Capítulo 32
MARIE
T odo estaba negro. Era ese tipo de oscuridad que se colaba entre mis gritos impidiéndome, de alguna manera, respirar. Como si todo el oxígeno que me rodeaba no fuese más que pequeñas cenizas que me intoxicaban al momento de entrar en tu cuerpo.
Todo estaba oscuro y el corazón me palpitaba veloz, como un bombo sobre mi pecho, que retumbaba en seco sin llegar a dejarme herida. El frío era tan húmedo que me calaba en los huesos, dejándome una sensación de vacío que me hacía perder la cabeza.
Miré a mi alrededor. Una puerta. Dos.
Estaba aquí, otra vez. El lugar misterioso de mis pesadillas.
Ahora había investigado más, sabía un poco más. Si eso que tenía frente a mí eran las puertas de Pristia, todo este tiempo había estado… ¿en el infierno? ¿Era solo un sueño o estaba aquí realmente?
Empujé las puertas, pero no se abrieron. Lo intenté otra vez más fuerte. No pasó nada.
Di dos golpes con mi puño sobre ellas, para ver si, de esa forma, alguien me abría. No pasó nada, otra vez. Y yo comencé a desesperarme.
Se escuchaba un silencio sepulcral y todo a mi alrededor parecía muerto. Estaba en el inframundo, joder, ¿cómo debería estar todo?
Me detuve a observar las puertas con más detenimiento.
Medirían, por lo menos, ocho metros de alto y unos quince de largo.
La piedra oscura traspasaba un frío que quemaba y los ataches negros metálicos estaban congelados, adornados por pequeñas volutas gélidas.
En las puertas había grabados de llamas, una estrella caída y una luna caída que se juntaban entre ellas.
Me pregunté hasta qué punto estas puertas tenían relación con Nocturia.
Cerré los ojos, apoyé ambas palmas en la madera y me concentré. Tal vez enviando fuertes corrientes de viento podría ser suficiente para abrir las puertas.
Accedí a la fuente de mi poder y abrí la puerta de Zephyria. Dejé que la plata me recorriera, que formara círculos a mi alrededor hasta que agarré uno y tiré. Tiré con fuerza. Y no pasó nada. Esperé un vendaval y no se levantó siquiera una brisa.
Volví a intentarlo. Agarré otro hilo, embadurnándome del metal y lo dejé resbalar por mi mano.
Tiré.
Nada.
Dejé caer mi espalda sobre las puertas y mi cuerpo al suelo, exhausta y abatida.
Podía llegar a comprender que las puertas no se movieran ni un milímetro, pero, ¿no haber sido capaz de manifestar al viento?
No lo entendía, pensaba que había hecho progresos.
Así que, o este lugar estaba exento de magia, o yo no había mejorado tanto como creía.
Tampoco entendía por qué no me había despertado ya. Si esto no era un sueño, no sabía cómo había llegado hasta aquí y quería irme inmediatamente. Me vendría muy bien tener esos poderes de teletransportación.
Quedé absorta en mis pensamientos, recapitulando qué es lo que podría haber salido mal, qué es lo que yo había hecho mal. No lo comprendía.
Me pareció que pasaron horas hasta que un susurro se comenzó a escuchar al otro lado de la puerta, apenas comprensible. Una voz melódica que se dedicaba a tararear las mismas frases una y otra vez, sin descanso. Pegué mi oreja a la piedra, hasta parecer estar fusionada con la misma.
Desglosaba las palabras, ya que no eran mi idioma, ni tampoco sabía cuál era:
«Navah»
¿Qué significaba eso?
«se»
¿ Navah se ? Por la Diosa, no tenía ni idea de qué narices estaban diciendo al otro lado.
«na»
«drie»
Navah se na drie.
Navah se na drie.
Navah se na drie.
Las voces no paraban de repetirlo sin cesar, cada vez con más fuerza, con más emoción. Casi parecía que gritaban dentro de mi propia cabeza, y cuanto más me concentraba por dejarlas ir, más alto gritaban.
Navah se na drie.
Navah se na drie.
Navah se na drie.
Sentí un dolor que me taladraba las sienes, que me antojaba la muerte como un dulce se le antoja a un niño, una vía de escape indolora.
Y yo gritaba, gritaba hasta desgarrarme la garganta porque no había nada como ese dolor, como ese cántico peligroso que estaba acabando conmigo.
Era un coro de gritos decidido a acabar con mi existencia. Dolía. Y yo gritaba.
Dolía y gritaba tanto que no me percaté de que la misma mano que encontré aquí días atrás me estaba arañando la piel con sus pútridas uñas.
Solo había dolor. Un dolor incapacitante que te hacía olvidar dónde estabas, que te impedía pensar y moverte. Hasta que solo hubo silencio y yo me desplomé.