Capítulo 31 #2
Las calles tenían un olor peculiar a óxido, humedad y un incienso pesado parecido a la mirra o el pachulí.
Era un contraste definido si lo comparaba con Eldoria, donde el olor de las flores, la magia y el bosque impregnaban hasta las paredes.
Aun así, no era un aroma especialmente molesto, solo diferente.
Los edificios serpenteaban unos con otros con su entramado de madera ennegrecida y piedra húmeda.
Los tejados eran uniformes y agudos, inclinándose unos a otros como si estuvieran conspirando.
La luna se escondía tras las miles de chimeneas que borbotaban humo negro, imbuyendo en el centro el aroma agrio del carbón.
Nos iluminaban unos farolillos altos negros, que permitían ver los adoquines negros que pisabas, manchados de lodo y otras sustancias que prefería no reconocer.
—Qué asco —murmuró Janine al pasar cerca de un charco de vómito.
—¿Qué es este lugar? —Me pinché el puente de la nariz mientras las arcadas me azotaban.
—Son los suburbios —mencionó Laurent.
—¿Y aquí lo vamos a pasar bien? ¡Si ya le están poniendo precio a mis riñones!
—Es la parte baja de Nocturia —explicó Cassian—. El estilo de vida aquí deja mucho que desear, además de ser el lugar favorito de los Varkai para alimentarse. Llevad cuidado y no os separéis.
Me recorrió un escalofrío de imaginarme unos afilados colmillos penetrando mi carne.
Unos colmillos con nombre y apellido. Unos colmillos repletos de peligro y frialdad.
Me sentía un poco más segura con el hecho de que solo se pudiesen alimentar de mí con mi permiso, aunque Adrien me dejó caer que también podrían alimentarse sin él, solo que las consecuencias no serían óptimas.
Cassian se quedó en todo momento cerca de mí. Era parecido a un perro guardián enfurecido. Nadie podía respirarme demasiado cerca sin llevarse una mirada de desaprobación.
Era extraña la dinámica que teníamos. No la comprendía muy bien, pero casi parecía interesado en mí.
Veía un brillo en sus ojos al mirarme, una atención innecesaria y una fijación por pasar tiempo conmigo.
Estaba segura de que dentro de sus planes de esta noche no entraba emborracharse con un grupo de niñatos.
Tampoco sabía con certeza cómo eso me hacía sentir. Ni estaba segura de corresponderlo.
Continuamos caminando hasta que los locales y las casas se volvieron un poco más refinadas. Seguían manteniendo ese aire de Nocturia con los adoquines mojados, las fachadas negras y una iluminación lúgubre, aun así, el ambiente era distinto.
Predominaba un aroma a madera de haya, carbón y un toque de azufre.
El centro parecía tener más vida, más alegría, lo cual era curioso teniendo en cuenta lo fúnebre que era Nocturia en general.
Veías a gente llevando vestidos pomposos y un maquillaje extravagante, a algún soldado Umbrae haciendo guardia o a grupos de gente que entraban y salían de los distintos edificios.
A diferencia de las partes bajas, donde podías encontrarte a mendigos, estafadores que prometían poder ver tu futuro con solo mirarte o ladrones que trataban de distraerte.
Al entrar en la taberna, me azotó el olor a mecha quemada, cerveza e hidromiel, aunque lo que más me sorprendió fue la calidez del lugar.
Las mesas eran de madera oscura, casi negra, dispuestas en distintas formas: redondas, cuadradas, alargadas; y en distintas alturas.
Había taburetes, sofás y sillas de madera.
Se escuchaban mil conversaciones de fondo, risas, el sonido de los vasos al chocar, los grifos de bebidas y músicos tocando.
¿Dónde habían quedado escondidos los lugares tan bonitos de Nocturia? Este era uno de ellos. Esos que te calientan el corazón, donde acudirías a una gran celebración o donde encontrarías consuelo después de un mal día.
Tomamos asiento en un sillón de cuero granate que se encontraba en una de las esquinas del local. Las paredes eran de un tono verde oscuro con baldas de madera oscura, donde colgaban cuadros de los dueños y clientes del local.
Cassian se sentó a mi lado y Tahlia, a mi otro lado, dejándome a mí en el centro. Janine y Laurent se sentaron en las sillas de enfrente.
Me pedí un hidromiel de hierbas, Cassian y Laurent una cerveza, este último sin alcohol. Su entrenador le había permitido el pequeño capricho y nadie se interpuso. Tahlia se pidió otro hidromiel, esta vez afrutada, y Janine pidió una bebida que ni ella misma sabía qué era.
—¿Qué tal llevas los entrenos? —me preguntó Laurent.
—Muy bien. Adrien y yo estamos haciendo avances.
—¿En qué sentido? —me preguntó Janine, dispuesta a chincharme.
Le propicié una patada debajo de la mesa y Tahlia, a mi lado, trataba de reprimir una risa.
—Adrien es un buen entrenador —comentó Laurent, tratando de desviar a Janine de donde sabe Aeliana que pretendía llegar.
—Sí, lo es. Me sorprende que sea tan paciente.
—¡Haznos una demostración! —me pidió Janine, a quien el alcohol parecía estar afectando.
Todavía no dominaba demasiado el arte de moldear.
Había intentado crear mi propio sello, como tenía Adrien, pero estaba resultando ser más complicado de lo que esperaba.
Decidí ir a lo seguro. Una burbuja de agua.
Básico, lo sé, pero era lo único que sabía con certeza que no iba a terminar en una bomba y, si lo hacía, lo peor que podría pasar sería terminar empapados.
Una bola con vida propia apareció sobre mi mano, se movía y ondeaba, reflejando la luz que había alrededor. Cerré el puño y la extinguí.
Hubo una ronda de aplausos por la mesa y no pude evitar sonrojarme. Había esperado mucho tiempo para sentirme así, en buena compañía. Noté cómo la mano de Cassian se apoyaba en mi muslo y lo miré, sorprendida. Me dedicó una sonrisa capaz de desarmarme y me colocó el pelo detrás de la oreja.
—Estoy orgulloso de ti —dijo, como si esas palabras no fueran suficientes para derretirme el corazón.
Una estúpida sonrisa se esbozó en mi rostro y los dos volvimos a la conversación.
Su mano continuó allí unos momentos más de lo debido y cuando por fin la apartó, sentí como si me estuvieran arrebatando una parte de mi ser.
Donde antes había calor, lo había enfriado un vendaval agresivo.
Continuamos hablando, mayoritariamente chinchando a Laurent, que el pobre necesitaba desfogarse.
Todo era una maraña de risas y pullas hasta que cayó la noche por completo.
Janine, Laurent y Tahlia cogieron un carruaje de vuelta al palacio.
Cassian y yo fuimos a pie y estuvimos charlando sobre cómo era la vida en el Valenves antaño.
—Todo parecía estar más oscuro, como si toda la felicidad se hubiera borrado y escondido en un lugar lejano a nosotros, ¿sabes? —suspiró.
—A mí no me parece que ahora sea muy distinto —me burlé.
—Lo es. Todo ha cambiado demasiado. En especial desde que estás tú aquí.
Tragué con dificultad y cuando me armé de fuerzas para mirarlo, su mirada ya estaba puesta en la mía y me miraba dispuesta a desvelarme sus más oscuros deseos.
—Es que… todo parece muy surrealista. No entiendo cómo Adrien ha accedido a algo así.
—¿A qué te refieres? —Fruncí el ceño ante el cambio de tema tan repentino.
Cassian se quedó callado un largo segundo.
—A ti. Me refiero a ti. Adrien no es una persona que haya deseado nunca casarse. Le repelía la idea y nunca se ha preocupado por Varnath, solo lo mínimo. Ya sabes, evitar que nuestras bestias toquen sus tierras y poco más.
—¿A dónde quieres ir a parar?
—No lo sé —resopló—. Solo estoy preocupado.
—No creo que debas estarlo.
—Pues lo estoy —me interrumpió—. Creo que Adrien está ocultando algo, está tramando algo y, de alguna manera, tiene que ver con Viktor.
—¿Qué tiene que ver su padre en todo esto? —Cassian hizo una mueca extraña.
—En Nocturia se cede el trono. Hay una vieja tradición que asegura el linaje —se detuvo, inseguro sobre si continuar o no—.
¿Te acuerdas de los marcados? —asentí—. De alguna manera, cuando llegó la maldición, afectó a un Arkenvoss y ese sería el mismo que gobernaría durante cientos de años más tarde.
Con los años, ese mismo Varkai tuvo tres herederos.
Imagínate la sorpresa cuando al hijo de en medio lo marcó la maldición.
—Se quedó con el trono.
Cassian se rio, irónico.
—Según la historia, estaban deliberando quién se merecía más el trono, si el hermano mayor o el hermano marcado. ¿Qué opción era más viable: la de un ser inmortal que mantendría el legado durante, si la sombra quiere, siglos, o la de un simple mortal?
—¿Qué pasó con el resto de hermanos?
—Por aquel entonces, nada —balbuceó—, pero ahora las cosas funcionan de una manera diferente. Los hermanos del marcado se quedan en la sombra, como si… no hubieran llegado a nacer.
—¿Y qué tiene que ver todo esto con lo que planeaba Viktor?
—No es de Viktor de quien estoy hablando.
—¿Entonces...?
—Solo digo que es injusto. Nada más —suspiró como si le quemase el aire—. Y, por favor, lleva cuidado con Adrien. Odiaba mucho a su padre, pero sé que tiene algo planeado. No me gustaría que salieras malparada.
Las palabras se negaron a salir de mí y el silencio se alargó. Cassian fijó su mirada en el cielo nublado, donde la luna asomaba tímida e iluminaba sus marcadas facciones.
—Lo tendré en cuenta.
Cassian asintió con recelo. No fui capaz de borrar esa conversación de mi mente. Si eso era como decía Cassian, entonces, ¿Adrien tenía un hermano? Nunca había contemplado la posibilidad, pero ahora podría tener sentido.
Cassian se revolvía, guardaba las manos en los bolsillos y volvía a sacarlas, como si no tuviese claro qué hacer con ellas, por lo que decidí cambiar de tema.
—¿Tú también eres inmortal? —bromeé. Cassian no pareció notar los toques burlones de mi voz, porque sentí que acababa de tocar una fibra sensible.
—Princesa, ¿me ves colmillos por alguna parte? —Se rio secamente—. Solo soy un mortal que nació por accidente.
Tragué con fuerza, deseando ser capaz de librarme del regusto amargo y espeso que se asentaba en mi boca.
—Lo siento, Cas.
—Está bien —contestó apenado, fingiendo una sonrisa.
Y yo no supe qué más decir.