Capítulo 31
MARIE
E sa noche habíamos quedado Laurent, Janine, Tahlia y yo. No tenía muy claro si Cassian se decidiría a última hora unirse a nosotros o no.
Las últimas semanas fueron intensas, por definirlo de alguna manera. Había estado entrenando con Adrien y Cassian por separado y, en ocasiones, con los dos juntos.
Descubrí que se podía crear un sello único de magia.
Eso era lo que suponían los murciélagos para Adrien, eran su manera de moldear la magia para hacerla suya.
También me explicó las ventajas que tenía, como que los ojos de esos animalitos también se convertían en los suyos.
También que el poder es una extensión de ti mismo y, por ende, reaccionaba en función de ti.
Era algo que sospechaba por mis explosiones y mi descontrol emocional.
En los primeros días de entreno con Adrien, el ambiente entre nosotros era un poco tenso, no sabía muy bien cómo actuar después de ese numerito en Eldoria. Por lo que supuse que ambos llegamos a la conclusión de que lo mejor era fingir que no pasó nada allí.
Total, solo fue un beso, ¿no?
Había noches que no lo tenía tan claro.
Laurent llevaba las últimas semanas bastante tenso, me explicó que tenía unas pruebas muy importantes que no quería fallar, por lo que se estaba matando a entrenar y apenas era capaz de verle el pelo durante más de diez minutos.
Sus tiempos libres los dosificaba entre Janine y mis investigaciones.
Estaba muy contenta de que ambos hubieran decidido dejar de ser unos bobos y se tomasen por fin en serio sus sentimientos. Se lo merecían los dos, de verdad.
También tuve bastantes charlas con Tahlia, un poco acaloradas sobre, cómo no, mis investigaciones con Laurent. Agradecía que Tahlia fuese tan comunicativa y supiese decirte lo que pensaba de una manera… ¿Cómo decía ella?… Asertiva.
Me pidió que, por favor, llevara cuidado.
Al parecer, Pristia era bastante peligrosa y, aunque se hubiera quedado como un mito lejano, algunos aldeanos no se tomarían nada bien volver a escuchar a alguien nombrar ese lugar.
Lo cual no comprendía, porque se suponía que era un lugar donde la gente iba después de morir y solo llegabas a la parte más turbia si realmente habías sido… ya sabes… malo, malo.
Había otras noches en las que también me preguntaba si Adrien había hecho cosas lo suficientemente malas como para llegar a esos niveles de Pristia tan oscuros. Un debate que solucionaba diciéndome que claramente sí, que se lo merecía.
Esa noche íbamos al centro de Nocturia, lo cual me resultaba excitante, porque nunca antes había ido y, según Laurent, había un bar bastante bueno llamado The Hollow Oak.
Janine y Tahlia estaban en mi habitación, no pude evitar darme cuenta del gusto que le estaban cogiendo a estar aquí y lo mucho que se lo estaba cogiendo yo a tenerlas cerca.
Janine llevaba puesto un vestido de algodón negro, ceñido, pero bastante cómodo, con un escote cuadrado.
Se había recogido el pelo negro en una coleta alta perfecta.
Apenas llevaba maquillaje, había decidido remarcarse el lunar que tenía cerca del labio inferior y retocarse un poco las pestañas.
Tahlia llevaba también un vestido holgado de tela vaporosa azul marino, de corte asimétrico, unas sandalias negras de tiras y el pelo negro completamente suelto.
Yo, por el contrario, había decidido llevar unos pantalones de cuero ceñidos y una blusa blanca holgada, junto con unos botines y el pelo medio recogido.
Mis labios tenían un tono ciruela oscuro y había remarcado mi mirada, haciéndola más rasgada con una línea negra y marcando mi línea de agua.
Una tendencia de Nocturia a la que estaba empezando a aficionarme.
Janine estaba tumbada boca arriba en mi cama, sobre un montón de su ropa, y estaba decidida a comerme el tarro hoy:
—A ver, es que no lo entiendo —comenzó indignada—. Primero te dice todas esas cosas repelentes y luego va, ¡y te besa! Pero no un beso de esos como el que tuvisteis en vuestros votos, que todo el mundo se quedó preguntándose si de verdad el gran Adrien Arkenvoss sabía besar…
—Janine… —le riñó Tahlia.
—¡Noooooooo! ¡Un beso! ¡De los de verdad! ¡Con lengua y todo!
—¡Janine! —exclamé avergonzada mientras le lanzaba una almohada—. No puedes ir gritando eso por ahí.
—Bésalo otra vez —dijo emocionada.
—¿Eres boba?
—Yo creo que deberíais hablarlo —suspiró Tahlia en su tono terapéutico, lista para darte una lección de vida.
—Yo creo que lo tienes que besar otra vez.
—¿Por qué haría eso? —pregunté refiriéndome a las dos preguntas.
—¡Porque estás casada con él, tonta!
—La comunicación es importante.
Esta conversación era de tarados, de verdad.
—No voy a besarlo y no voy a hablar con él. Si hubiera querido hablarlo conmigo, ya lo habría hecho. Él no tiene problema en decir lo que piensa. Y, Janine, estamos casados, pero ya sabes… no de verdad.
—Que yo sepa, estáis casados muy, muy de verdad —me contradijo.
—Sí... pero ya sabes, no porque nos queramos ni nada por el estilo. Solo es… por Varnath —me convencí.
—Tal vez no quiera hablar contigo porque piense que te hizo sentir incómoda.
—No lo habla, porque no quiere. Literalmente me dijo: «Espero no tener que besarte cada vez que se te olvide cómo respirar».
—¿Y tú de verdad crees que Adrien siempre es sincero?
Ahí estaba. Había vuelto la Tahlia que te hacía cuestionarte hasta si sabías cómo funcionar como persona.
—Ehhh… ¿Sí? Al menos en todo lo que respecta a mí, sí. Siempre está con esas tonterías de «eres una inútil», «eso ha sido patético», «qué mal te queda ese vestido».
—Entiendo.
Fruncí el ceño ante su respuesta tan escueta y, a la vez, di gracias a la Diosa que estas dos me hubiesen dado por fin una tregua.
—Cambiando de tema, ¿qué tal con Laurent? —pregunté.
Tahlia bufó, harta de aguantar a su hermana.
—Bien —dijo intentando no expresar demasiada emoción, lo que le resultó en un fallo calamitoso porque el calor le empezó a subir a las mejillas.
—¿Bien? ¿Y ya está? —inquirí tratando de chincharla.
Tahlia escondía una sonrisa y Janine corrió a taparse la cara con una almohada.
—¡Oye! ¡Me las vas a manchar! —me quejé.
—Puede que me guste —murmuró mientras se destapaba un poco.
—¿Puede? —le picó Tahlia.
—Sí, puede —exclamó tratando de mostrar indiferencia mirándose las uñas.
Tahlia y yo nos miramos, intentando contener una carcajada.
Estaba hasta las trancas—. Puede que me guste o que lo quiera, que nunca me haya sentido así con nadie porque es detallista y cariñoso y atento y… —suspiró—. Pero solo puede.
Todo lo que habíamos estado intentando contener, explotó. La sala retumbó entre risas y carcajadas. Esta mujer estaba tarada.
Terminamos de arreglarnos con anécdotas de Janine y Laurent.
Nos explicó que desde que Laurent descubrió que a ella le encantaban las margaritas, chantajeó a una estudiante Sylvari a que le creara un campo personal para poder llevarle una cada vez que se encontraban.
También cómo Laurent se aprendía sus temarios por las noches para ayudar a Janine a estudiar.
O cómo en su tiempo libre le enseñaba a bailar para que ella pudiera acompañarlo a los eventos en Nocturia.
Llegadas a este punto, Janine ya estaba del color del fuego.
—¿Vamos a ir a pie o…?
—¡Mujer! ¿Pero estás loca? Tenemos un carruaje aguardando fuera.
Al llegar a los jardines, Laurent ya nos estaba esperando, llevaba unos pantalones ceñidos negros y una camiseta negra simple. Laurent nunca se complicaba mucho a la hora de vestir, todo parecía quedarle bien. A final de cuentas, era un Umbrae.
Nos acomodamos los cuatro dentro. Era amplio, aunque no lo suficiente para cuatro personas.
Alguien dio unos suaves golpes al carruaje y apareció la cabeza de Cassian.
—¿Qué estáis haciendo?
—¡Cas! ¿Qué haces aquí? —le pregunté, intentando hacerme hueco en esta mierda de carruaje.
—Ir con vosotros, pero no ahí.
—¿De qué hablas? ¡Si ya lo he reservado!
—Me da igual —farfulló—. Todos fuera. —Cassian utilizó ese tono de entrenador con el que te castigaba con veinte flexiones más.
—¡Genial! ¿Y ahora qué?
Laurent se enfadó; había puesto especial empeño en el carruaje, lo había buscado durante días y había usado sus pocos ahorros para reservarlo, pero no íbamos a entrar ahí los cinco. Era imposible. Aun así, no pude evitar sentirme mal por él.
—Agarraos las manos.
Janine y Laurent se dieron las manos. Janine se la dio también a Tahlia, que me la dio a mí.
Solo me quedaba una mano libre y solo quedaba una persona sin agarrar: Cassian.
Miró de reojo a Janine y negó con la cabeza.
Ignoré el gesto y agarré su mano mientras le dedicaba una sonrisa que no dudó en devolverme.
Mi corazón galopó en una falsa sensación de comodidad y no pude sacarme de la cabeza el pensamiento de que, por una vez, me sentía bien, que comenzaba a encajar en algún lugar; que mi mente no parecía estar sumida en un torbellino de oscuridad constante; que, de vez en cuando, se colaban pequeños rayos de luz y me brindaban un poco de esperanza.
Nos envolvió una nube dorada, una sensación de calor, como una caricia conocida o la calidez de un hogar.
Una luz cálida que no te deslumbraba, sino que te acompañaba en la oscuridad.
No era para nada parecido a viajar con Adrien, aquí no había lugar para el frío, el miedo o la sombra.
Todo parecía brillante y cercano. Aun así, me costó acostumbrarme a las caricias de una magia que no fuesen del Varkai irascible.
Llegamos al centro antes de lo pensado. El viaje no me resultó un camino interminable, sino más bien un camino a caballo bajo la luz del sol, en un prado vibrante, donde disfrutas del camino y no temes perderte.