La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Sus labios eran suaves al tacto y su aliento tenía ese regusto a menta que, a veces, volvía a mi mente.

El beso no fue demandante, era lento, como un vals, como una buena receta de cocina que requiere su tiempo.

Sus labios se movían sobre los míos como si conocieran el terreno.

Mis manos se posaron sobre su cuello, revoloteaban su pelo.

Las suyas estaban en mi cintura, acercándome más a él; en mi cuello, enredadas en mi pelo.

No sabía qué estaba haciendo. Solo sabía que esto no se sentía tan mal como debería.

Mi corazón no sentía que esto era un error, al menos no por ahora, y detesté la agradable sensación.

En aquel momento no parecía un depredador con el poder de acabar con mi vida, el traidor que había destruido mi reino.

Abrí un poco mis labios para recibirlo. Su lengua entró en mi boca como si yo fuera suya y su única preocupación era hacérmelo saber.

Agarré su camisa para estrecharlo más contra mí y él me acercó todavía más.

De repente, ya no parecía suficiente. Tenía sentidos encendidos que desconocía que existían. Todo estaba aplacado por él, por esto.

Nos separamos para tomar aire y esperé que me abofeteara la culpa, el asco, pero no fue así. Tampoco lo fue para él. Nuestros ojos se encontraron y hablaron por sí solos entre ellos.

—Espero no tener que besarte cada vez que te olvides de cómo respirar —declaró, y una parte de mí sintió que no lo decía en serio.

—Ya, yo también —dije, y esa parte de mí me gritaba.

De pronto, sentí una fuerza capaz de mover montañas en mi interior. Me sentí capaz, por primera vez en mucho tiempo, y sentí por fin que podía respirar, que ya no dolía, ya no costaba. Era liberador.

Accedí a mi poder, a mi sala del consejo y abrí la puerta de Ignavar.

Pensé en moldear el fuego. Creé pequeñas volutas de fuego que volaban entre la bruma, iluminando el camino para los soldados y murciélagos de Adrien, aunque realmente no lo necesitaran.

De ellas brotaban pequeñas chispas que se quedaban suspendidas en el aire, como estrellas en un cielo despejado.

Les ordené quemar todo lo que encontraran: las ramas que intentaban apartar a manotazos; las raíces que crecían y se desplazaban como una serpiente hacia su presa; y cualquier atisbo de vida que pudiera suponerme una amenaza.

James comenzó a crear sus propios soldados de tierra, raíces, ramas y hojas.

Se levantaban enredados. De sus manos brotaban lianas que buscaban atraparnos como una red.

Mi fuego se encargó de quemar dos, hice volar otra y cuando el impacto de la siguiente parecía inminente, unos murciélagos se enredaron en ella mientras la deshacían a mordiscos.

Miré rápidamente a Adrien. Estaba impecable liderando a sus soldados, incluso me pareció verlo enviar unas cuantas enredaderas a un soldado de barro que había creado un Sylvari.

¿Quién diría que este día acabaría en una guerra con mi propia gente?

Otro soldado de tierra se materializó a espaldas de Adrien, con una afilada hacha que se levantaba decidida a cortar carne.

Esta fue aplacada por una burbuja de agua que salió a toda velocidad, reblandeciendo todo a su paso.

El barro no era más que tierra mojada que, cuando se calentaba, dejaba de ser moldeable.

Tal vez un poco de fuego le enseñaría que no está bien levantar armas a tus invitados.

Claro está, a nosotros nadie nos había invitado.

Me agaché y toqué la tierra húmeda con mis palmas. Sentí un calor recorriéndome desde la columna, asentándose en mi pecho, y me moría por soltarlo. Tal vez fue el sentimiento de ser traicionada que bullía en mi interior. O, tal vez, mi propia ansia.

Exhalé un suspiro ardiente que puso en llamas un camino directo al pequeño muñeco, que se quedó reducido a una bonita estatua: una armadura empuñando un hacha. Tal vez me la quede para mi habitación, como recuerdo.

Celebré la victoria internamente demasiado rápido.

Una afilada cuchilla se posó en mi garganta, realizando un pequeño corte que la manchó con mi sangre.

Error número uno: derramar sangre de la esposa de una criatura chupasangre.

Como si hubiera escuchado una clase de llamada en clave, Adrien se giró. Estaba demasiado lejos como para ver su reacción y, aun así, sentí su ansia, su furia, recorriéndole como veneno. Todo en él gritaba peligro.

Hizo un movimiento feroz de manos y sus sombras parecieron explotar tras él. Rápidamente, mi atacante se estaba ahogando en una nube de humo negro agresiva.

Las sombras bailaban para él mientras se acercaba a mí, desafiante. Como un tigre acercándose a su presa: sigiloso pero letal.

Quienquiera que estuviera detrás comenzó a convulsionar, atragantándose en humo, y soltó levemente el agarre del arma, lo que me permitió propiciarle un codazo en la nariz y, en un giro de muñeca, su cuello estaba estrangulado en hiedra, hasta tornarse azul.

Adrien dio un golpe fuerte de palmas y se hizo la oscuridad. Se escuchaban gritos, súplicas y lamentos. Esta vez no habría piedad.

La oscuridad se fue disipando, como una neblina que, al llegar el sol, le iba dejando paso.

—Lafont —me llamó James.

Estaba expectante, con unos cuantos habitantes que sentían nada más que odio hacia mí.

—Arkenvoss —le corrigió Adrien.

—¿Qué? —preguntó confuso.

—Si vas a dignarte a dirigirte a ella, hazlo bien.

—Oh, sí, desde luego. Ha demostrado demasiado bien que ya no es uno de los nuestros.

Bufé. ¿Cómo podía atreverse? Él nos había atacado, yo me defendí.

Todo lo que pasó después lo tengo bastante borroso. Solo recuerdo tener a un pequeño demonio dentro de mí, gritándome centenares de maneras para torturarlo. Quemar ese pelo platino, ahogarlo con su propia saliva o reventarle los pulmones con su oxígeno.

Mi visión se volvió negra. Tal vez —muy probablemente— dije cosas bastante feas y Adrien tuvo que sacarme de allí como si fuera un saco, mientras pataleaba y le golpeaba la espalda y, tal vez —muy probablemente, otra vez—, también le hubiera dicho cosas muy feas.

Después, estábamos en un carruaje de camino a Nocturia. Quedaban un par de horas todavía y no podía evitar sumirme en mis propios pensamientos, que resultaban tortuosos.

—No me has preguntado si estoy de acuerdo con usar tu apellido —comenté al fin, después de haber estado repasando esta conversación mentalmente durante un buen cuarto de hora.

—No pensé que fuera necesario.

—¿Cómo que…? ¡Escúchame bien! Soy muy capaz de tomar decisiones de mi vida personal y…

—Estamos casados.

—…no necesito que un malhumorado…

—Marie —ordenó.

—¿Sí? —Me detuve de inmediato. Hoy estaba que trinaba.

—Pensé que era obvio. Cuando te casas con alguien, adoptas su apellido, y más si te casas con el gobernador de Varnath.

—Pueeeeeedeeeequetengasrazón —dije a toda velocidad, y me arrepentí enseguida de estar dándole la razón.

—Llevarás mi apellido —sentenció sin dejar lugar a discusión. Yo no estaba tan de acuerdo.

—¿Y si no quiero?

Suspiró. No sabía cómo este hombre me aguantaba, a decir verdad. Parecía que él se estuviera preguntando exactamente lo mismo.

—Voy a dejar las cosas claras. Eres mi esposa, llevarás mi apellido. No quiero escuchar más peros.

Me burlé de él en silencio, imitando su estirada postura.

De repente, sentí como si mi corazón estuviera en su puño y él lo estuviera estrujando muy fuerte, tan fuerte que juraba que iba a parar de latir.

Ya no tenía tan claro cuál era el motivo: si todo lo que había descubierto hoy; el énfasis con el que había dicho «mi esposa»; que me desterraran de mi hogar, que hace mucho había dejado de serlo; o que, estúpidamente, no pudiera dejar de recordar cómo se sentían sus labios sobre los míos