La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Sus palabras eran crudas, pero al menos eran sinceras. Al menos él se dignaba a mirarme a los ojos y decirme todas esas cosas repelentes y dolorosas que pensaba.

Los ojos me escocían y miré al cielo, por puro instinto, para evitar una escena dramática que Adrien odiaría.

—Todo está bien —mentí en voz alta con la esperanza de que, al hacerlo, eso lo haría más real.

—Es curioso.

—¿El qué? —pregunté confusa.

—Para ser alguien que odia a los mentirosos, no haces más que mentirte a ti misma.

—Eso no es verdad —dije mientras negaba con la cabeza y evitaba su mirada.

—Conmigo no necesitas fingir, brujita —declaró, en un suspiro cansado.

«¿Qué está pasando?».

—Eso no es verdad —repetí—. Te quejas si lloro demasiado, si grito demasiado, si me río demasiado.

—Y lo seguiré haciendo, pero no por eso tienes que dejar de ser menos tú.

No prives al mundo de semejante grano en el culo.

Tu pérdida sería fatal para algunos. —Me miró como si quisiera decir algo más, y mil palabras quedaron flotando en el aire entre nosotros—.

Siempre vas a ser perfecta en los ojos de alguien y no tan especial en los de otros.

Muy joven para el trono para unos, demasiado incompetente para otros.

No van a estar de acuerdo en lo que eres.

Nunca. Así que te aconsejo que seas quien quieres ser en realidad. Sin miedo a las consecuencias.

Sus palabras me atizaban, como si fuera una vara de metal ardiendo, provocándome quemaduras en la piel.

—Eso… ¿Eso es lo que te dices a ti mismo? —pregunté, sin maldad alguna—. Me refiero, ¿te ayuda a sobrellevarlo todo?

Adrien rio en un suspiro.

—Sí, supongo que, en parte, sí.

Seguimos caminando. Mientras, trataba de evitar la molestia que sentía en el pecho llamada corazón, una mezcla de latidos desenfrenados y, otra vez, ese bloque de hormigón que me dificultaba respirar.

Según Tahlia, también es una emoción y, a decir verdad, es una demasiado molesta.

Me hacía sentir incapaz en el mayor de los casos, pequeña.

Cuando menos lo necesito, pone a todo mi cuerpo en alerta y no lo soporto.

En el paseo, le expliqué a Adrien cómo era vivir aquí, estudiar en el Templete, pasear por los campos de Luminis.

Cuando le expliqué lo amable que solía ser la gente, no pudo evitar poner una mueca de sorpresa, porque ahora no lo estaban siendo en absoluto, gritaban comentarios como «farsante», «vendida», «hereje» o «traidora».

Me había empezado a acostumbrar a su presencia, y el temor lacerante que se asentaba cada vez que él estaba cerca, comenzaba a desaparecer.

Al parecer, mi cuerpo había decidido que no era una amenaza.

Después de mucho pensarlo, decidí tener en cuenta el consejo de un gruñón pelinegro y decidir que las palabras ajenas no me definen, que solo yo sé cómo soy en realidad, a pesar de que yo no tenía ni la más remota idea de cómo era en realidad.

Eldoria antes era fácil, bonita, alegre. Podía seguir siéndolo y que fuese mi propia percepción lo que haya cambiado de ella. Podían ser muchas cosas.

Encontramos a James, el nuevo líder de Eldoria, paseando cerca del centro del pueblo y decidí que era buena idea acercarnos a hablar con él, como primera toma de contacto de Nocturia con otra montaña tras el acuerdo.

Se me hacía extraño pensar que ahora representaba a Nocturia en vez de a Eldoria, que era lo que llevaba haciendo toda mi vida.

Como era de esperar, la gente se apartaba, nos dejaba demasiado espacio para pasar.

No sabía si era por la intimidante postura de Adrien, que actuaba como si fuese dueño de este lugar —que, en parte, lo era—, o ese aire de indiferencia sobre las miradas ajenas.

Era admirable cómo todo parecía darle exactamente igual, cómo actuaba siempre como un líder y siempre parecía saber qué decir.

James se dio la vuelta, sin disimular lo más mínimo su sorpresa, incluso —podría decir— su asco hacia nosotros.

«¿En qué momento me había convertido en todo lo que juré destruir?».

—Valiente de tu parte aparecer por aquí, Lafont.

¿Había dicho ya lo mal que me caía James?

Era el típico chico que estudiaba contigo: prepotente, sabelotodo, el que siempre te miraba por encima del hombro. Es curioso que sea así cuando nuestra familia siempre había sido la gobernadora de Eldoria y, por defecto, terminó tomando las riendas de Varnath por ese asunto de los Arkenvoss.

La verdad es que, desde que comencé a formar parte de Nocturia, muchas cosas habían comenzado a tomar sentido, como por qué se habían aislado.

Lo entendía, en parte. Tenían, literalmente, criaturas chupasangre.

Miré instintivamente al demonio que estaba a mi lado.

Adrien no se movió, pero no había manera de confundir la amenaza que suponía su silencio, que suponía él.

—Cuidado —advirtió Adrien, con ese tono que parecía descuartizarte. Asombroso.

—Eso debería decir yo —rugió James—. ¿A qué debo tan despreciable sorpresa?

Reí. ¿De verdad este desgraciado se estaba atreviendo a hablarme así? ¿A mí?

—Lo siento, señor Duddle, pero me parece que no está entendiendo demasiado.

Si tu rey y tu reina vienen a visitarte, te callas y los recibes.

—Me sorprendieron mis propias palabras, tan mordaces y afiladas.

No sabía de dónde había sacado el coraje de plantarle cara a semejante tirano.

Escuché la risa satisfactoria de Adrien y sentí mi poder bullir en mi interior—.

Hasta no hace demasiado, mi familia era la que gobernaba todo esto —dije mientras señalaba mis alrededores—.

No deberías olvidar que, cuanto más rápida es la subida, más duele la caída.

James parpadeó con fuerza, preparando el veneno que soltaría con sus próximas palabras:

—Una familia que no hizo más que alargar nuestro declive, que quiere que nos pongamos de rodillas ante traidores como él —escupió señalando a Adrien— y como tú.

¿Estaba entendiendo algo mal? ¿Nosotros?, ¿que habíamos hecho todo lo posible para parar las consecuencias del desequilibrio de Varnath?, ¿que incluso habíamos vendido nuestra libertad al otro?

—¿Perdón?

El murmullo de la gente cada vez era más alto, nos miraban sorprendidos y había algo cocinándose a fuego lento en mi interior.

—¿Podrías enumerarme las cosas que tú has hecho por esta montaña? ¡Oh! Deja que lo haga por ti… Nada —dije enfurecida.

Ya no podía controlar mi afilada lengua y sentía cómo, poco a poco, perdía el control.

No podía inundar, quemar, oscurecer, o vete a saber qué poder tomaría el control.

Sentí una mano áspera entrelazándose con la mía.

Mi corazón reconoció el contacto y las llamas abrasantes de mi interior parecieron disminuir un poco.

Adrien no me dejaría perder el control, aquí no.

No donde él quedaría en evidencia. Mantener contacto físico solo era una medida desesperada, porque cuando notó que mi furia disminuyó, me soltó.

No fue más que una simple caricia, un roce que me recordaba que debía comportarme.

Ahora solo me quedaba esperar que no se hubiera dado cuenta de que mi corazón se aceleraba por otros motivos.

Deseé que volviese a meterse en mi mente para gritarle que dejase de tocarme a pesar de que no había vuelto a hablarme mentalmente desde la boda.

—Aquí no sois bienvenidos. Los traidores y mentirosos no pisan nuestras tierras.

—Es la última vez que voy a advertirte de vigilar tu tono.

James suspiró de manera irónica y se desató la guerra.

Una bruma mística comenzó a recorrernos, ya nada era visible. Las raíces comenzaron a brotar del suelo, como troles enfurecidos, listos para la guerra. Parecían látigos que azotaban la hierba. Los árboles comenzaron a sacudirse y la estupidez me embargó.

Estaba hiperventilando, nunca había podido imaginar que no iba a ser bienvenida de nuevo en mi hogar.

«Un hogar que ya no es tuyo», pensé.

De Adrien surgieron miles de murciélagos que sobrevolaban sobre la bruma y se materializaban en guerreros delante de su presa.

Hilos de sombras combatían contra raíces y ramas de la naturaleza que nos rodeaba.

Estaba evitando que llegaran a mí, a nosotros, porque sabía que, si me tocaban, estaba perdida.

No era capaz de defenderme ni de dejar de llorar.

Mi mirada estaba perdida en algún lugar donde, según yo, James estaba liderando este desastre.

Un cuerpo robusto se paró frente a mí y me agarró el mentón con los dedos.

—Querida, ahora mismo necesito que vuelvas a ser tú. Encierra todo eso en ese cajón hasta que llegues a casa —me pidió, usando un tono amable que nunca le había visto utilizar.

«Hasta llegar a casa». ¿Cuál se suponía que era ahora mi hogar?

—Por favor —suplicó, esta vez más demandante.

—No puedo. No —dije entre lágrimas.

Veía de fondo cómo él seguía combatiendo, incluso aunque estuviera pendiente de mí.

El ritmo de mi respiración era agitado y ver cómo unos guerreros armados hechos de sombra portaban todo tipo distinto de armas y una armadura, mientras atacaban a, literalmente, plantas, no me estaba ayudando demasiado.

—Joder, tú y tus problemas para hacer algo tan básico como respirar.

Yo seguía bloqueada. La silueta de James apareció entre la bruma y podía jurar desconocer a este hombre totalmente.

Adrien pareció verlo como si tuviera ojos en la espalda y le lanzó una daga de sombras al muslo izquierdo, lo que hizo que James gritara y sus raíces se enfurecieran con gritos tan agudos que me taladraban el cerebro.

Después de eso, todo ocurrió a cámara lenta:

Adrien delante de mí.

Sus pupilas dilatadas.

Una mirada decidida.

Sus manos en mi barbilla.

Agachó la cabeza.

Sus labios cerca de los míos. Muy cerca.

Se me olvidó hasta cómo pensar. Solo actué en impulso, como si fuéramos dos imanes que se están atrayendo entre sí, que no pueden hacer nada más que ceder.

Lo besé. Me besó. Nos besamos.