La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

MARIE

M e cambié a toda velocidad mientras echaba un vistazo a los libros que me había dejado Laurent en la habitación.

Pasaba las páginas mientras me subía los pantalones.

Le estaba empezando a coger gusto a esto de llevarlos, aunque seguía teniendo cierta debilidad por mis vestidos de vuelo.

Me habían traído también un poco de pan, queso y fruta para que me comiese después del entreno, o antes de ir a Eldoria, no lo tenía claro. Tal vez las dos.

Tenía un trozo de pan encajado en la boca, al que intentaba darle bocados mientras, con una mano, me terminaba de subir el pantalón y, con la otra, pasaba las páginas del libro y leía pequeños fragmentos a toda velocidad.

«Las puertas del inframundo […] ocultas y majestuosas […] Guardián de las puertas […] desconocido […] la llave…»

Dejé todo lo que estaba haciendo y agarré el libro con fuerza.

Tenía una visita que hacer, de inmediato.

Corrí por los pasillos a toda velocidad, con el libro en una mano y el pelo a medio peinar. Me chocaba con estudiantes, Umbrae y criados por todos los lados. Bajaba las escaleras como un rayo y estuve a punto de comerme el resto cuando me tropecé a mitad de trayecto.

Las celdas se encontraban dos niveles más abajo, por lo que seguí bajando.

Di gracias a mis entrenos matutinos, de lo contrario, no podría estar ahora corriendo como una loca poseída.

Me encontré a mi madre enjaulada y esposada como una demente. Hacía días que no iba a verla y me sentía como si me estuvieran rodeando el corazón un puñado de espinas, y apretando. Dolía. Dolía mucho.

Tarareaba una canción, parecía una nana de cuna que le cantas a los niños antes de irse a dormir. De esas que al principio parece una historia preciosa, pero después, si la estudias en profundidad, te das cuenta de su siniestro significado.

Su voz era apenas un susurro sumido en un trance:

«Duerme, pequeña, la niebla llegó,

La reina olvidada no te olvidó.

Duermen mis hijos bajo el umbral,

La tierra los cubre, los vuelve cristal.

Fuego y silencio, ceniza y raíz,

Caímos cantando lo que está por venir.

Pero en tu sangre vibra el temblor,

de antiguos nombres, de antiguo ardor».

—Mamá —la llamé, pero no pareció escucharme, su mirada estaba perdida en algún lugar y se acunaba a sí misma.

—Mamá. —Volví a llamar, esta vez más exigente.

Su mirada se encontró con la mía y sentí una patada en el estómago. Esa mujer no era ni la sombra de lo que era antes.

Agarré el libro con furia y lo abrí por la página que estaba leyendo antes. Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro, que parecía oscurecerse con pequeños matices de satisfacción.

—Explícame esto —exigí en un grito que se rompió a medio camino.

—Veo que por fin estás lista para afrontar la verdad… —Hizo una pausa y su sonrisa se hizo más grande, si eso era posible—. Conejito.

El nombre me sacudió, porque la mujer que tenía delante llevaba demasiado tiempo sin parecerse en absoluto a mi madre, y todo lo que salió de su boca segundos después, me continuó demostrando lo mucho que la había perdido.

No dejaba de cantar, de tatarear la misma canción una y otra vez, ignorando mis preguntas.

Yo gritaba, lloraba y le imploraba. Ella cantaba. Una vez tras otra.

Sentí que quería vomitar, que el suelo temblaba bajo mis pies; sentía a gente llamándome, eran voces conocidas, pero no podía parar de andar. Me tambaleaba hacia los lados y un regusto de saliva amarga se amontonaba en los laterales de mi boca.

Había un barullo que no paraba de repetir mi nombre, pero se quedaba en un pequeño susurro, sofocado con el pitido que escuchaba.

El corazón me latía a toda velocidad y sentía un bloque de piedra muy pesado sobre mi pecho, una cuerda atada a mis brazos y piernas, que arrastraba un castillo entero y me dificultaba avanzar.

Un tornado a mi alrededor, del cual yo era su epicentro y giraba en torno a mí, engullendo todo lo demás.

Unas manos callosas me agarraron ambos brazos, impidiéndome el paso.

Sacándome del trance. Mi visión se estaba empezando a enfocar de nuevo y veía un destello dorado; unos ojos azules como un pozo profundo: Cassian.

—¿Ya te estás metiendo en líos, princesa?

No fui capaz de responder. La lengua me pesaba y mi mirada volvía a estar perdida.

Sentía las lágrimas amontonándose en mis ojos y, aun así, fui incapaz de llorar.

Cassian me estrechó entre sus brazos, un gesto poco habitual entre nosotros, ya que hasta ahora solo nos habíamos llevado con una amistad cortés.

Tal vez fue el calor de unos brazos que me rodeaban.

Tal vez fue el nudo que me impedía respirar.

Tal vez fue darme cuenta de que no volvería a ver a mi madre, el calor de su sonrisa, sentir su magia revoloteando por mi alcoba.

Tal vez fue todo eso. O tal vez no fue nada lo que me obligó a derrumbarme.

Cassian me apretó más fuerte mientras me susurraba cosas que no lograba oír por el peso de mis lamentos.

¿Cómo había llegado hasta aquí? Había tratado de reprimir todo lo que sentía, encerrarlo en un cajón del que se preocuparía cuando este explotase.

Uno que justo acababa de explotar. Y yo nunca había sentido tantas ganas de morirme.

Sabía que estaba empapando la camiseta que llevaba Cassian.

Me aferraba como si la vida me fuese en ello.

Mis dedos agarraban la tela blanca con tanto desespero que amenazaban con rasgarla.

Mis sollozos eran el único sonido que se escuchaba por todo el pasillo y, aunque ahora me había convertido en un ser mocoso e insignificante, Cassian no soltó su agarre en ningún momento hasta que yo conseguí calmarme.

—Gracias —dije mientras me secaba las lágrimas y me sorbía los mocos.

Cassian volvió a estrecharme en sus brazos y, esta vez, fue un gesto más… cercano, como si haberlo bañado en mis sustancias viscosas nos hubiera unido más, de alguna manera. Supongo que ver llorar a alguien también es una forma eficaz de estrechar lazos.

—Todo va a estar bien —me aseguró mientras seguía entre sus brazos.

No pude contestarle más que un leve asentimiento de cabeza, ya que, si abría la boca, estaba convencida de que me iba a desmoronar de nuevo. Todo el mundo me repetía que todo estaría bien, que el dolor que sentía al despertarme algún día desaparecería, y yo no podía desear más que ese día llegase.

—No sé a qué tormento te enfrentas, pero puedes…

—¿Puedes parar de lamentarte por todas las esquinas? Vamos a llegar tarde —le interrumpió la voz de mis pesadillas.

Cómo no, siempre tan amable.

Cassian me depositó un suave beso en la coronilla, agarró mi cara con ambas manos y me susurró:

—Cuando la oscuridad aceche, puedes contar conmigo para luchar contra ella a tu lado.

Volví a asentir y lo dejé atrás. Procurando no voltearme para mirarlo.

Había sido un momento íntimo, de esos que no tienes con cualquiera.

Había visto la preocupación en sus ojos, del tipo que sientes por gente próxima a ti.

Aunque Cassian y yo habíamos compartido bastantes momentos juntos —como el paseo por los jardines tras la gran revelación—, nunca llegué a considerarme una persona que pudiera cautivar su interés. Tal vez eso estaba a punto de cambiar.

Tal vez, solo tal vez.

Eché un rápido vistazo mientras me iba y me encontré con sus ojos, tan fríos y a la vez tan cercanos, pendientes de los míos.

✽✽✽

Al llegar a Eldoria, el aire no me pareció tan fresco como recordaba.

Los colores eran más apagados y el sol no era tan brillante.

Mi hogar ya no se sentía como mi hogar. Esa sensación de irte, pensar que todo seguirá siendo igual.

Que el color del atardecer nunca cambiaría, que el sol siempre te brindaría su calor y que siempre tendrías unos brazos a los que acudir si todo salía mal. Ya no quedaba nada de eso.

Tenía una fe ciega en que, cuando yo me fuera, Eldoria permanecería igual: mi gente seguiría siendo mi gente y mi casa seguiría brillando y teniendo ese calor tan familiar.

Nada de eso era así. Y lo que se suponía que debería ser mi nuevo hogar, no se sentía como uno en absoluto: era frío, lúgubre, triste.

Me hacía sentir triste la mayoría del tiempo.

Y me sentía sola, muy sola. Como si una parte de mí se hubiera quedado estancada en un lugar perdido en el tiempo y hubiera dejado de existir.

Adrien se había pasado gran parte del camino dedicándome miradas recelosas, cargadas de repudio y mil preguntas abiertas que no fui capaz de devolverle. Sencillamente, estaba demasiado cansada. Odiarlo estaba resultando agotador, y tolerarlo todavía más. Necesitaba un descanso.

Se me escapaba alguna lágrima, algún sollozo de camino.

Mi corazón estaba partido en muchos pedazos que había ido perdiendo en lugares desconocidos y sus comentarios odiosos no ayudaban en absoluto.

Por lo que me limité a suspirar y decirle algo como: «Podría ser mil millones de personas distintas, que tú me seguirías odiando, ¿no es así?

». A lo que él respondió: «Espero el día en el que tu odio por mí te corrompa y quedes reducida a algo igual de inútil que tú, como las cenizas».

Al bajar del carruaje, no había signos de hospitalidad, amabilidad o alegría.

Los adultos corrían a esconder a sus hijos, lejos de nosotros.

Lejos de mí. Evitaban posar la mirada sobre la mía y, si me atrevía a dirigirme a alguien, simplemente me ignoraban.

¿Qué había pasado? ¿Qué había cambiado? La respuesta era simple y, aunque admitirlo amenazaba con terminar con una parte de mí, la otra lo sabía muy bien.

Yo. Yo había cambiado. Y de una manera estúpida. No pude evitar cuestionarme si había hecho algo mal, si yo estaba mal.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté a Adrien, sin esperar muy bien una respuesta.

—Querida, la última vez que estuviste aquí, casi matas a tu madre delante de medio pueblo y, por el camino, a ellos.