La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

ADRIEN

A ntes de irme con la brujita a Eldoria, tenía una cosa que hacer.

En un mes se celebraría la primera prueba del Rito del Umbracero: la caza nocturna; y tenía que asegurarme de que Laurent estaba listo. Había estado demasiado despistado las últimas semanas con la panda de Sylvari. Cada vez que pensaba en ellas me entraba la neura.

Tahlia había accedido a estar en la clase de hoy solo con tal de ayudar a Marie, después de muchas amenazas por su parte, y otras muchas por parte de su melliza, que estaba como una cabra. A decir verdad, me sorprendió que abriera la boca y que soltara tantos improperios. Quién lo iba a decir.

Marie prometió que entrenaría con Laurent a cambio de no despistarlo y estaba cumpliendo con su palabra, más o menos.

Sin embargo, estas últimas semanas eran clave.

Laurent era uno de los que más atrasados iba en todo el grupo de aspirantes y eso me preocupaba.

Sería un gran inconveniente perder a esa mata de pelo pelirrojo en el Rito.

Pero no tenía otro remedio aparte de confiar en él y en lo bien que lo estaba entrenando Cassian. Aunque en eso último, no tanto.

Encontré a Laurent con una pila de libros recorriendo el pasillo.

«¿Qué cojones estaba haciendo?».

Me acerqué a él sigilosamente, como una sombra oculta en un rincón, y pregunté:

—¿Qué haces?

Laurent se sobresaltó y casi tiró toda la pila de libros que llevaba. Debía llevar, por lo menos, doce de estos.

—Nada —gruñó.

Cogí el libro que estaba al principio de la pila:

Historia de Pristia

¿Qué hacía este hombre estudiando a Pristia?

Era un lugar que se había decidido olvidar en Varnath por una razón muy válida.

Era una especie de infierno, donde las almas iban después de la muerte y eran juzgadas en función de su vida —si habían pecado o no—.

No había registros que pudieran probar la existencia de este lugar.

Cogí otro libro de la pila:

Las puertas del inframundo

Me estaba empezando a poner nervioso y a cabrear, mucho. Laurent comenzó a sudar. No fue hasta que cogí el siguiente libro cuando llegué a mi límite:

La balada de los caídos

—¿Qué puta basura es esta? —reclamé, desprendiendo una ira feroz.

—¡No es para mí! —declaró asustado, mientras trataba de arrebatarme los libros.

—¿Entonces para quién es?

—No te lo puedo decir —expresó renegado.

Bien.

La. Puta. Bruja.

Me estaba empezando a joder demasiado que metiera tanto las narices. Se quejaba demasiado de lo malos que éramos en Nocturia y lo bueno que era el resto de Varnath, pero no hacía otra cosa aparte de amargarme.

Le devolví los libros a Laurent. Si la entrometida quería investigar, que lo hiciera, ya se daría cuenta pronto del flaco favor que se estaba haciendo al meterse en todo esto.

—Llévale esto a mi esposa, después, ven a la sala de entrenamiento, te hace falta.

—¿Qué? —balbuceó.

—Por favor, Laurent, si llega a ser la Caza Nocturna, ya estarías más que muerto.

Lo dejé que siguiera con su cometido, y yo me fui a la búsqueda de dos mellizas muy problemáticas.

Las encontré deambulando por uno de los pasillos del Tekhné, con unos libros y cuadernos en las manos.

Las dos iban vestidas con el nuevo uniforme que acabábamos de implementar: falda negra con medias negras tupidas, camisa blanca, corbata verde de cuadros y una americana.

Me colé en medio de las dos y le agarré el brazo a cada una de ellas.

—¿Qué haces? ¡Bruto! —exclamó la chiflada.

No sabía qué veía Laurent en ella, era realmente repelente, me atrevería a decir que más que Marie. Tahlia, en cambio, solo me dedicó una mirada que prometía descuartizarme en trocitos pequeños para alimentar a los Nocturix. Qué agradable compañía me esperaba.

—¡Suéltanos!

Abrí una puerta que sería probablemente un cuarto de escobas. Esto iba a dar pie a muchos chismorreos.

—Las dos, dentro. ¡Ya! —ordené y, gracias a la sombra, me hicieron caso.

—No me extraña que no te quiera ni tu esposa —gruñó Janine, acariciándose la zona donde la había agarrado. Tahlia seguía en silencio y fulminándome con la mirada. No sabía cómo esta mujer hacía amigos con lo callada y borde que era.

—Tampoco es que quiera su afecto, pulgosa.

—¡Oye!

—¿Qué quieres? —preguntó por fin Tahlia.

—Quiero que me expliquéis qué cojones está haciendo la bruja investigando Pristia y a los caídos.

—¡¿Quéeeeeeeeeeeeeee?! —gritó Janine. Esta mujer tenía la voz de un pito, era insoportable.

—¿Puedes dejar de gritar? Eres peor que una resaca de hidromiel.

—No sabemos nada de eso —dijo Tahlia.

—Nada de nada —continuó Janine.

Estas mujeres iban a acabar conmigo. Ya podrían haberme casado con una mosca, seguro que daba menos por culo.

—Pues averigua algo, tu noviecito va por allí trapicheando con libros para ella.

—¡¿Quéeeeeeeeeeeeeee?! —volvió a gritar, revolviéndome los sesos. Niñata insolente.

—Mujer, ¿cómo te aguanta esta gente? No lo comprendo.

—O empiezas a ser amable o no te ayudo. —Janine se cruzó de brazos y me desafió encarnando una ceja.

—Esto no funciona así. O me ayudas, o mueres. —Le dediqué una sonrisa de dientes abiertos. No me gustaba ir por ahí amenazando a la gente, pero últimamente, parecía el único recurso.

—No —se negó Janine.

—Puedes contar conmigo. Sea lo que sea que esté tramando Marie, no es bueno si implica a Pristia.

—¡¿Quéeeeeeeeeeeeeeee?!

Pero, ¿qué cojones pasaba con esta muchacha?

—Janine, ¿qué mierda desayunas por las mañanas? Voy a pedir que lo retiren ya.

—Ah, pues, desayuno unos huevos, con zumo de…

—Para —le pidió su hermana—. No esperes que venga a contarte lo que sea que averigüe. Marie es mi amiga. Esto lo hago para protegerla a ella, no para ayudarte a ti.

—Me importan una mierda tus motivos, Sylvari, pero, por favor, evita que haga estupideces, valoro demasiado mi vida como para perderla por esa bruja.