Capítulo 28 #2
—No hay de qué.
Tahlia me dedicó una última mirada estirada que ocultaba su sonrisa.
Me sentí avergonzada. No solo había demostrado ser un completo desastre, sino que parecía no conocerme a mí misma en absoluto. Estaba tan empeñada en no hacerle daño que no me di cuenta de que podría haber muerto.
—Usas el poder a borbotones.
—¿Perdón?
Adrien suspiró, frustrado. Yo no entendía a qué se refería y él no tenía la suficiente paciencia para explicármelo.
—Explícame qué viste cuando creaste el lirio.
Se puso frente a mí con los brazos cruzados y una expresión de interesado.
No me había dado cuenta de lo que estaba tardando en responder. Me había visto sumida en el recuerdo.
—Pues, vi el paisaje en el que estaba.
—¿Y qué más?
—Hilos. Hilos plateados.
—¿Los tocaste?
—Sí.
Adrien se pasó una mano por la cara, rebufando.
—¿Y qué pasó después?
—Apareció el lirio.
Adrien pareció pensar durante unos segundos antes de añadir:
—Bien, ahí lo tienes, brujita.
—No lo entiendo.
—La magia no es algo sólido, es moldeable.
Tú utilizas el poder puro, tal y como aparece, ese es más difícil de controlar y normalmente aparece cuando te desbordas —explicó—.
Los hilos plateados son tu forma de contacto con la magia, es la manifestación de esta.
Supongo que apareció el lirio porque estás más ligada a Eldoria que al resto de montañas.
—¿A qué te refieres?
—Marie —interrumpió Tahlia—, creemos que puedes manifestar poderes de cada montaña. La de Eldoria seguro, ya que Adrien también puede. —Desvié mi mirada hacia el general. Su mirada permanecía impasible.
No me había dicho que él era capaz de manifestar mis poderes. Aunque tenía todo el sentido, ya que todas las parejas tenían esa habilidad.
—Piénsalo un momento, el primer día también hubo viento. No es seguro, pero puede que sea de Zephyria.
—En Eldoria también hay gente capaz de manifestar el viento.
—Lo sé, por eso no es seguro. Después, vino el fuego; ahora, el agua. También manifiestas sombra y oscuridad gracias a Adrien. Nadie es capaz de manifestar más de dos poderes sin estar casado.
—Lo que Tahlia quiere decir es que, si de verdad eres capaz de manifestar por todas las montañas elementales, explicaría por qué todavía no has podido practicar con ningún don en específico.
No sabía qué decir. Nunca me había parado a pensar de dónde había provenido ese fuego y a la sombra no le di demasiada importancia, ya que sabía que era por Adrien. Pero ahora había venido el agua y era algo que ya no podía dejar pasar sin más.
—Cada poder acude a ti cuando lo llamas. Supongo que es una carrera de ver quién es más rápido. A lo que quiero llegar es que necesitas ser capaz de manifestar el elemento que quieres para, después, poder moldearlo.
—No me veo capaz —admití por fin, con todo el peso sobre mis hombros.
—Y eso está bien —me consoló Tahlia, estrechándome entre sus brazos—. Nadie nace aprendido. La única diferencia es que tú has manifestado más tarde. Tienes más inseguridades, miedos y prejuicios, y puede ser más difícil aprender.
—¿Y cómo puedo… ya sabes… elegir qué elemento quiero usar?
Seguía encerrada en los brazos de Tahlia y una parte de mí no quería moverse de allí nunca. Era lo más parecido a un hogar que tenía estos días.
—Ahí no te puedo ayudar yo, pero sé de alguien que sí. —Me dedicó una amable sonrisa mientras dirigía su mirada a Adrien, quien miraba la escena con un asco considerable.
Ya le preguntaría más adelante a Tahlia cómo se habían apañado para llevarse bien y no temerle a pesar de ser una bestia chupadora de sangre. También bombardearía a Adrien con preguntas sobre mis pesadillas y ese misterioso lugar.
Tahlia nos dejó solos, otra vez, y sentí cómo la sala se volvía más fría y tensa sin su presencia.
Me estaba empezando a acostumbrar a lidiar con Adrien, aunque eso no significaba que me hiciera un poco más de gracia compartir un espacio tan reducido con él.
Ningún espacio, en realidad. Deseaba mantenerme bien alejada de sus colmillos. Y de él, ya puestos.
La siguiente media hora la pasé intentando hacer demostraciones, como si fuera la cabecilla de un espectáculo. Adrien quería que intentara una y otra vez invocar un lirio, un aqualito, o la Diosa sabe qué.
Fallé repetidas veces; una y otra vez. Podía ver la decepción en sus ojos y cómo se frustraba cada vez que fallaba.
—Cierra los ojos —ordenó. Y yo cerré los ojos.
—Imagínate una sala con seis puertas. —Asentí con la cabeza mientras él seguía con su monólogo—. ¿Conoces los estandartes de cada montaña? —Volví a asentir—. Bien, pues pon cada una en cada puerta, imagínalas de forma que reconozcas fácilmente cuál es cada una. ¿Lo tienes?
—Sí.
Imaginé una sala parecida a la sala del consejo, con las paredes oscuras, vetadas de madera, pequeños arcos y columnas en cada una de las paredes que formaban un rombo.
Eldoria estaba cubierta con flores de tonos fríos, hierbas medicinales y su estandarte en el centro de la puerta: un sol al que le caían gotas de las puntas, rodeado de flores.
Nocturia era una pared oscura, rodeando la puerta de una niebla espesa y con su estandarte de una luna menguante y una estrella caída.
Le siguió Ignavar: una puerta de madera roja con herraduras colgadas a sus lados, piedras volcánicas y su estandarte de un fuego indomable.
A su lado, Zephyria: puerta blanca que parecía moverse por vientos tronantes en su interior; liderando la puerta, una nube de viento que se movía en velocidad.
De seguido, estaba Vecthorn: una puerta hecha de roble, con raíces a su alrededor, y su estandarte con su gran roble.
Por último, Avelora: una puerta inestable que parecía gravitar en el aire, junto a su estandarte, unos cuernos hechos de agua que representaban a las luminorcas.
—Ahora imagínate dentro. —Lo hice—. Abre una puerta, la que sea, pero hazlo despacio.
Me dirigí a la puerta de Zephyria y giré el pomo plateado.
Dejé entrar una ligera corriente plateada.
Los hilos salían disparados, volvían a correr por la sala como niños en Yule y me rodeaban por todas partes.
Agarré uno de ellos, seguía siendo frío y electrizante y una sensación reverberó en mi cuerpo: poder.
Mis manos volvieron a estar teñidas de un color plateado.
Sentí la brisa que me recorría, la moldeé con mis manos y la dirigí hacia los rincones de la sala; salían por las ventanas y luego volvían a mí. La llevé toda a un lado, apagando las antorchas que recorrían la sala.
Abrí los ojos, temiendo perder el control, pero no fue así. Seguía teniendo un pie en la sala del consejo y también estaba aquí, con Adrien delante.
Fui recogiendo las corrientes como si se tratara de una cuerda y, cuando se convirtieron en apenas un susurro, las apagué.
La expresión de Adrien seguía inescrutable, pero había un brillo en sus ojos, apenas perceptible, que yo interpreté como algo parecido al orgullo.
—La clase ha terminado por hoy —dijo mientras se ponía en pie—. Buen trabajo.
Una oleada de satisfacción me recorrió desde los pies hasta la frente. Porque era capaz. Podía hacerlo.
Salí de la sala con una esperanza que podía acabar con el mundo.