La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

MARIE

S e dice que cuando sueñas con la muerte es porque esta viene a buscarte, y ella parecía estar frecuentando los míos a menudo.

Me levanté agitada.

Había tenido una de mis habituales pesadillas que no conseguía descifrar. La de esa noche había sido más vívida que nunca. Todavía sentía el tacto de esa putrefacta piel, que parecía muerta, el gélido viento que caminaba descalzo por la cueva y el agua.

Recordaba el río, las almas, el barquero.

Recordaba ahogarme.

Gruñí antes de ponerme en pie, el corazón me latía como un tambor de guerra anunciando un mal presagio.

Me di un baño con la esperanza de deshacerme del hedor a putrefacción y, tal vez, con suerte, del peso que sentía en el pecho que me impedía respirar.

No funcionó. Parecía estar empeñado en acompañarme, por más que me frotase la piel con desespero.

Decidí trenzarme el pelo, como comenzaba a ser costumbre. Me había vuelto a poner esas prendas de entrenamiento negras que Adrien me dio. Les había cogido cariño, eran cómodas y me permitían moverme con facilidad.

No sabía qué esperar del entrenamiento de hoy, aunque no fuera a ser muy largo, ya que después nos tocaba una visita a Eldoria. Sin embargo, antes de mi pequeña tortura diaria, tenía que hacer una pequeña visita a un amigo.

Caminé por los pasillos con confianza. Ahora ya sabía hacia dónde me dirigía y no me sentía tan cohibida con la gente. Muchos de ellos todavía no estaban muy contentos con mi presencia aquí y otros lo disimulaban bastante bien.

Me encontré a Laurent con el grupo de aspirantes, dirigiéndose a la sala cerrada de entrenamiento.

—¡Laurent! —lo llamé a gritos, haciendo que la mitad de personas se giraran a mirarme.

Corrí hacia él mientras seguía llamándole.

—Marie, ¿qué haces aquí?

—Tengo que preguntarte algo.

—Vale, pero tiene que ser rápido. Hemos empezado las pruebas de entrenamiento del Rito y…

—Sí, sí, vale. —Me pasé las manos por la cara, tratando de recordar la pesadilla de anoche—. ¿Sabes qué son los caídos?

—Sí, creo haber leído algo sobre ellos.

—¿Y algo de unas puertas grandes, muy grandes, y una cueva con un río azul que lleva almas y un barquero?

—Ehhh, según leyendas y mitos, hay algo así en Pristia.

Fruncí el ceño.

—¿Pristia? ¿Qué cojones es Pristia? —le pregunté, pero ya estaba cogiendo rumbo hacia el resto de aspirantes—. ¡Oye! ¿Y qué es el Rito?

—¡Te haré llegar los escritos a tus aposentos! —exclamó por todo el pasillo.

Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Necesitaba interrogar a alguna otra persona. Como un milagro, aparecieron las mellizas por el pasillo. Caminaban entrelazadas del brazo, con un par de tomos en los brazos libres.

—Hola —dijeron las gemelas al unísono. Una más alegre que la otra.

—¡Hola! Por casualidad, ¿sabéis…?

—Tenemos clase —me interrumpió Tahlia alejándose.

—¡Estás preciosa hoy, Marie!

Y me volvieron a dejar sola entre estas paredes lúgubres de piedra.

Corrí hacia la sala de entrenamiento que habituaba con Adrien. Corrí a toda velocidad porque llegaba tarde.

Adrien iba a matarme. Me iba a descuartizar miembro a miembro, cortándome en trocitos muy pequeños, me iba a recomponer de nuevo y me iba a arrastrar por cada pasillo existente del Valenves. Pasearía mi cabeza como si fuera una especie de medalla mientras gritaba: «La Reina por fin está muerta».

Cada vez que pensaba en él, me venía a la mente sus ojos teñidos del color de la sangre, la amenaza de una muerte inminente, su letalidad. Me estremecí y deseché aquellos pensamientos.

Intenté entrar con sigilo. Adrien estaba de espaldas, limpiando una daga con un pedazo de tela. Caminé de puntillas, aguantando la respiración.

—Llegas tarde —señaló sin expresar emoción alguna.

—Lo siento —me disculpé sin sentirlo demasiado—. He tenido una pesadilla y…

—Soy consciente.

—¿Qué?

—Soy consciente de tus pesadillas, te escucho por las noches. —Me miró como si, en el fondo, quisiera decir algo más.

—Ah. —Fue lo único que pude decir. Era obvio que él podría escucharme, y aun así, no sabía por qué le había contado lo de mis pesadillas, por alguna razón había sentido la necesidad de excusarme.

Me dirigí a la pared de armas, donde había decenas de dagas colgadas, espadas y otras armas que no sabía nombrar, con formas extrañas y pinchos.

—Hoy no las vas a necesitar.

—¿Perdón?

—Marie, tú eres tu propia arma, ya va siendo hora de que te trates como tal. Todo eso —dijo señalando las cuchillas— no debería ser más que complementos.

Suspiré, porque tenía razón, solo que todavía no me sentía lista. Tenía miedo de lo que era capaz de hacer y decidía contenerme a mí misma, suponía que eso era más fácil.

—Invoca a tus florecitas.

—¿Qué?

—Joder, brujita, ¿estás sorda o qué diantres te pasa hoy?

—Yo… no lo sé —dudé.

—No me importa —rugió—. No me importa en absoluto. Sal y deja toda esa mierda en la puerta y vuelve a entrar. Si no eres capaz, no vuelvas.

Y eso hice. O al menos lo intenté. Salí, cerré la puerta y suspiré mientras cerraba los ojos.

Intenté deshacerme de todo. De mi madre enjaulada y demente. De mis pesadillas recurrentes. Del caos en el que se estaba convirtiendo mi vida. De la persona que veía cada vez que me miraba en el espejo y no reconocía. De la criatura letal que estaba al otro lado de la puerta.

No era fácil. No era tan sencillo como cerrar los ojos y dejarlo todo atrás, pero supuse que podía encerrarlo todo en un cajón de mi interior, uno que ya explotaría en otro momento. Si me rendía a mitad de camino, ¿de qué habría servido todo esto?

Estuvimos entrenando durante un rato mi resistencia física.

Adrien estaba empeñado en que fuera a pegarle un puñetazo y yo no paraba de negarme.

No era buena idea atizar a una bestia mortal con colmillo y no tenía ganas de acabar con mi vida de manera prematura.

Además, ya había quedado más que claro que era muy capaz de derribarme.

—Vamos, querida, solo un pequeño golpe —dijo señalándose la mandíbula—. Estoy seguro de que has soñado con darme unos cuantos. Ahora es tu momento.

—No.

Adrien me dedicó una sonrisa ladeada y me provocaba fingiendo darme un par de golpes.

—No sabía que fueras tímida.

—No lo soy —musité.

—Bien.

Adrien dio por finalizada la conversación, no sin antes venir a asestarme unos golpes a mí.

Su puño se abalanzaba a mi cara y lo paré con mi antebrazo, el otro se dirigió al estómago y no pude esquivarlo, por lo que me tocaba seguir entrenando con un órgano menos.

Adrien continuó dándome golpes precisos, con una técnica impecable.

Desde luego, no iba a ganar una pelea contra el general de Varnath.

—Imita mi técnica, brujita.

Lo decía como si eso fuera algo fácil. Me fijé en la postura de sus pies y traté de copiarla, fracasando estrepitosamente: me caí, tropecé y terminé comiéndome el suelo. Al intentar imitar la postura de sus puños, me llevé un golpe en la nariz.

Joder. Esto no era lo mío.

Volví a separar un poco los pies, a flexionar las rodillas un poco, pero no demasiado. Adrien me hizo un barrido y me comí el suelo. Otra vez.

—Lo estás haciendo mal.

Farfullé. Después de cinco puñetazos y de haberme comido el suelo nueve veces, no había llegado a esa conclusión.

Adrien se puso detrás de mí y me agarró ambos brazos por la muñeca.

Estar cerca de él era algo electrizante, encendía todas mis terminaciones nerviosas y ponía mi cuerpo en alerta. Me obligó a flexionar los brazos, de manera que uno me cubría el rostro y el otro se encontraba cerca de la garganta.

—Las manos, siempre cerca de tu cara. Son tu línea de defensa y tu protección contra los golpes.

Me hizo adelantar el pie izquierdo y a plantarlo fuerte en el suelo.

Desconocía la técnica correcta, por lo que apreté fuerte mis dedos de los pies, esperando que tal vez así me quedara en el sitio.

El otro se quedó en línea con el cuerpo.

Tenía que apoyarme en la parte delantera del pie, pero, aparentemente, eso no significaba ponerme de puntillas.

Todo esto era demasiado complejo.

Una vez que Adrien estuvo conforme con mi postura, era momento de aprender a golpear.

—La fuerza no debe salir de los hombros, debe estar más centrada. No muevas tanto el cuerpo al intentar golpear.

Volví a intentarlo y, de la fuerza, volví a perder la postura.

—No entiendo de qué me sirve aprender a pelear si puedo usar la magia —declaré enfadada.

—¿Tú crees, brujita? Tu magia te hace tanto caso como el fuego a Ignavar.

—Eso no es verdad —mascullé.

—Bien, pongámoslo a prueba —sentenció y pude ver un atisbo de desafío y emoción en sus ojos.

Tahlia entró por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Grazné de sorpresa.

—¿Y tus clases? —pregunté reticente.

—Estas son mis clases.

Deslicé la mirada entre ella y Adrien. Necesité un par de segundos para comprender lo que estaba ocurriendo.

—No voy a pelear contra ti —declaré.

—Oh —dijo en una mueca—, ¿tienes miedo de hacerme daño?

—No —titubeé.

«Sí».

Unas enredaderas comenzaron a brotar de las manos de Tahlia, que se dirigieron a mí a toda velocidad. Comenzaron a trepar por mis tobillos, mis muslos y mi cadera, enrollándome una y otra vez hasta quedar completamente a su merced.

Deseé ser capaz de invocar el mismo fuego que apareció semanas atrás.

En su lugar, apareció una cascada de agua, que no hizo más que empeorar la situación.

Las enredaderas crecían y crecían cada vez más rápido gracias al agua.

Me apretaban fuerte y estaba segura de que me quedarían marcas y heridas, algunas bastante profundas.

Seguí intentando con todas mis fuerzas que el agua se tornara en fuego, o que adoptase algún tipo de forma, como si yo fuera alguna Diosa milagrosa, pero el agua no paraba de salir en raudales.

Parecía que hubiera picado una montaña y hubiera descubierto una fuente que llevaba retenida durante siglos.

¿De dónde salía tanta agua, joder? ¿Y qué cojones significaba esto?

—Es suficiente —dictaminó Adrien—. Gracias, Tahlia.