La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

MARIE

A trapada.

Estaba atrapada.

Y no sabía dónde.

Había unas imponentes puertas de madera chapadas en hierro frente a mí. Eran el doble de altas. El triple. Cuando miraba hacia arriba, no veía nada más.

Hacía frío, mucho frío, y a la vez calor. Un calor abrasador.

Apenas había luz, quitando un par de antorchas que colgaban en la interminable pared de piedra. Su luz era brillante, pero peculiar.

Azul, el fuego era azul. ¿Dónde diantres me encontraba? Buena pregunta.

Las puertas habían desaparecido y ahora estaba dentro de una cueva, una donde no se veía el final.

Todo estaba negro. Había estalactitas que caían del techo, algunas se conectaban con las estalagmitas que crecían desde abajo, formando columnas, y el frío era tan húmedo que me calaba en los huesos.

Se escuchaban graznidos espeluznantes de fondo y había sombras sobrevolándolo todo.

Un halo de luz azul iluminaba la cueva. Era una luz tenue que parecía moverse.

Era agua.

El agua era azul.

Era de un azul brillante que te llamaba a sumergirte y, una vez dentro, entraba por todos sus orificios para acabar contigo, atrapado eternamente en ella.

En las paredes rocosas, algo parecía moverse, parpadear, como miles de pares de ojos que me observaban. Pero no había nada.

Aun así, no fui capaz de librarme de esa sensación de incomodidad de que alguien estaba detrás de mí.

No. No había nadie.

Sí. Sí lo había.

Lo noté en el aire, como una brisa tenebrosa que te recordaba que no estabas sola. Que ella siempre estaría ahí.

«¿Quién es?».

Decidí acercarme al río que recorría toda la cueva, que era inmensa.

El sonido del agua no me relajaba en absoluto.

Al contrario, me obligaba a poner el cuerpo entero en modo alerta.

Había algo nadando. Muchas cosas. Parecían peces gigantes, con un cuerpo amorfo.

Me acerqué todavía más. Nunca había visto esa especie de peces.

Claro está, este sitio no tiene nada de corriente.

Oh. Oh, no.

Por la Diosa.

No podía ser.

No eran peces.

No eran animales.

Eran cuerpos.

Cuerpos humanos que nadaban por todo el recorrido.

Había miles.

Me llevé la mano a la boca para contener un grito.

Porque eso eran almas atormentadas. Gente que había muerto o que había hecho un trato que no había terminado demasiado bien para ellos.

Parpadeé y ya no estaba ahí.

Estaba tumbada en algún lugar que parecía de madera.

Había una silueta encapuchada frente a mí. Estaba en un barco, con un barquero. Y se movía demasiado.

Me asomé para ver el agua y ya no había muertos. ¿Estaba en otro sitio? ¿O es que ellos eran producto de mi imaginación?

—¡Eh! —Intenté llamar al barquero, que estaba en la proa del pequeño barquillo. Parecía otro muerto más—. ¿Dónde estoy?

No hubo respuesta. No sé qué esperaba. Él seguía completamente inmóvil, con la mirada fija en el frente. Cuando hice el amaño de levantarme, una mano cruda me agarró.

Su tacto era peligroso y sentí mi corazón acelerarse hasta estar a punto de salir volando de mi pecho.

Volví a notar esa presencia, esta vez estaba segura de que había algo detrás de mí. De que había alguien más. Porque me tenía agarrada del brazo.

Notaba cómo sus largas uñas se clavaban en mi piel y cómo esos dedos exangües me tocaban. Quería vomitar. Eso si no me desmayaba antes.

Se acercó a mi oreja y noté su putrefacto aliento rozarme.

—Los caídos ascenderán. Reza a tus Diosas, conejito. Nadie puede salvarte.

Y me empujó.

Volví a caer al agua.

Hasta el fondo.

No podía parar de caer.

Todo me volvía a dar vueltas.

Y me estaba ahogando.

Otra vez.