Capítulo 26
MARIE
L levaba días sin poder conciliar el sueño y los pocos minutos que se me permitía dormir, mi mente volvía a atacarme.
Había visto cosas horribles, verdades atroces que me habían abofeteado una y otra vez. Me sentía como si me hubieran clavado un puñal hasta el último centímetro de mi corazón y lo hubieran retorcido para sacarlo y volver a meterlo, durante muchos, muchos, muchos años.
Siempre supe que las verdades eran dolorosas, pero nunca me imaginé que pudieran llegar a esta magnitud.
Ya no sabía diferenciar qué era la realidad o qué era una tortura hacia mí misma.
Me había sentido diminuta, como si miles de millones de metros de mar se estuvieran cerniendo sobre mí y yo fuese incapaz de nadar.
Incapaz de nada más que no fuera agonizar.
Seguía levantándome cada mañana al alba y corría. Corría hasta que me dolían tanto las piernas que ya no era capaz de volver. Corría tan rápido que ya no podía respirar, porque, en parte, eso era lo que me merecía.
Me las había apañado bastante bien para saltarme mis entrenamientos y mis clases, menos las que me tocaban con Adrien.
Ese hombre era una verdadera garrapata. Me chupaba toda la energía; era molesta, irritable, y no había manera de librarte de ella.
Insistió en que siguiera practicando después de mi progreso con Tahlia.
Lo dijo con mucho énfasis en «progreso», porque Tahlia confiaba en que el LunaVeritas no fuera un gran desafío. Se equivocaba.
La comida ahora me sabía a poco, los ojos me pesaban y estaba segura de que apestaba de aquí a Zephyria. No había sido capaz de volver a entrar en contacto con el agua. Todo me recordaba a esa pesada sensación de ahogamiento y, en las pocas comidas que hacía al día, evitaba tener bebida cerca.
También me había saltado mis habituales cenas con Adrien.
Aunque, últimamente, casi siempre cenaba sola, ya que él nunca parecía estar disponible.
Las visitas a mi madre se habían vuelto cada vez más recurrentes.
En ocasiones, me quedaba dormida, recostada en los barrotes de su celda mientras ella desvariaba o lloraba exigiendo una explicación hasta que terminaba doliéndome la cabeza.
Mi vida se había vuelto ridícula.
Más doncellas arremetieron en mi cuarto, me había cansado de echarlas durante tantos días seguidos, así que decidí que era momento de fingir que algo de lo que decían me importaba, o que estaba escuchando.
Esta vez no se esforzaron en hablar, Adrien venía con ellas.
Mis reflejos fueron pésimos, ya que no me di cuenta de que él estaba aquí hasta que me cogió como un saco y me tiró a la bañera mientras yo seguía en camisón.
Mi corazón se sobresaltó ante el peligro de su contacto y, durante un instante, creí que pondría fin a mi vida, que sus colmillos se hundirían en mi carne y succionarían hasta dejarme vacía.
Grité, pataleé, pero nada parecía funcionar, seguía manteniendo su agarre firme sobre mis hombros.
—¡Déjame salir!
—Querida, apestas más que una mierda de Vortex. Hazme el favor y báñate. Detestaría tener que hacerlo yo.
—¡No quiero! —Seguí pataleando, tratando de sacar toda el agua que había en la bañera—. ¡Suéltame!
—Bruja estúpida —masculló—, me importa una mierda si decides tirar tus días por la borda, pasearte como si fueras un muerto viviente, pero hoy es un día importante y, para mi desgracia, eres mi consorte y tienes que asistir.
—Pues iré así.
—Por la sombra, mujer, sé que eres una completa idiota, pero hoy no te comportes como tal.
Cerró la puerta al salir y echó el pestillo.
—Te doy veinte minutos —rugió desde el otro lado.
Me había quedado sola y era incapaz de moverme, rodeada de agua y más agua.
Me costaba respirar y mi corazón latía acelerado. Mi mente se había puesto en alerta, a la espera de una amenaza que no existía. Traté de hacer uso de las técnicas de relajación que Tahlia me había enseñado. Cerré los ojos y me concentré.
Escuchaba un gotero de agua, probablemente del grifo, cómo creaba diminutas olas.
Escuchaba mi respiración, menos agitada que antes.
Olía la salvia, lavanda y romero del jabón, y el agradable aroma también me ayudó a relajarme.
Sentía la espuma trepando por mi piel y abrazándome en un manto confortante.
Me deshice del camisón y me propuse, por lo menos, intentar disfrutar de este baño.
Todavía me costaba mantener la calma y estar en contacto con el agua me hacía perder los estribos.
Cada vez que sentía que el control se deslizaba por mis dedos, volvía a empezar el ritual.
Cogía aire por la nariz y espiraba por la boca.
Una vez, dos. Hasta regular el ritmo de mi respiración de nuevo.
Al salir, parecía una persona totalmente renovada. Mi pelo volvía a estar brillante y ese hedor que me había acompañado durante días había desaparecido. Sentía un poco más de calma que antes. Aun así, no podía evitar que los recuerdos me bombardearan por momentos.
—¿Qué pasa hoy?
Adrien se había ido. Había tardado un poco más de veinte minutos en ducharme, aunque no entendía por qué tenía tiempo límite para hacerlo.
En su lugar solo quedaron las múltiples doncellas traidoras que habían entrado con él a mi habitación. Ya sabía cuál iba a ser el motivo de chismorreo en el Valenves los próximos días.
Un vestido negro de seda ajustado me esperaba colgado en una percha, tenía los tirantes finos, cruzados en la parte trasera, una abertura en una de las piernas y un escote en uve.
Se ceñía a mi figura en las partes adecuadas y quedaba holgado justo donde lo necesitaba.
No era un vestido extravagante, de esos a los que había empezado a acostumbrarme.
Hoy decidí dejarme la melena suelta, definiendo un poco mis ondas con un mejunje que usaban las doncellas y un poco de tinte rojo en los labios y mejillas.
También usaron ese producto que tanto les encantaba para las pestañas.
Estaba empezando a cogerle el gusto yo también.
Las veces que lo había usado aquí, me había agrandado la mirada y mis pestañas se veían más largas y bonitas.
Aparentemente, hoy era un día importante en Nocturia. Era uno de esos días al mes donde los habitantes venían al Valenves a expresar preocupaciones, peticiones especiales, quejarse, o, simplemente, disfrutar de un banquete a la hora de comer.
Mi papel de hoy consistía en hacer acto de presencia y, sobre todo, fingir que estaba enamorada de Adrien. Una idiotez. No entendía cómo alguien en su sano juicio podría enamorarse de semejante monstruo.
El ambiente en el salón era festivo. Adrien y yo habíamos tomado asientos en nuestros tronos, a los cuales todavía no me había acostumbrado, mientras decenas de habitantes se acercaban a nosotros con todo tipo de cuestiones.
Unos estaban preocupados por los ataques de Viltoru, cosa de la que Adrien ya estaba al corriente y estaba tratando de buscar una solución.
Al parecer, era un efecto secundario del desequilibrio de Varnath.
Nuestro matrimonio no parecía estar haciendo demasiado efecto, claro está.
Se esperaba que Nocturia se involucrara más con el resto de territorios, cosa que todavía no había hecho.
Otros muchos nos felicitaban por el enlace y por la maravillosa celebración. No podía estar más en desacuerdo.
En un momento tuvimos en frente a un señor, un poco regordete, con una calva en medio de la cabeza y bastante bajito, que afirmaba estar muy preocupado por la condición de la Sombra en Nocturia.
Decía que estaba siendo discriminado porque en su parcela había menos iluminación que en la de su vecino.
Había procurado prestar atención al principio, después comenzó a soltar estupideces sobre que este reinado era corrupto y que se favorecía a su vecino porque tenía hijos y él no.
No paraba de repetir cuánto necesitaba tener un poco menos de sombra y de preguntar si no había manera de iluminar más su terreno.
Inevitablemente, miré a Adrien. Su expresión prometía matar a ese tipo si pronunciaba una sílaba más. Decidí intervenir. Me iba a reír de este momento durante mucho tiempo:
—Señor Bargaly, ¿ha pensado usted en poner un... no sé… farolillo?
Adrien trató de contener una sonrisa y tuve la sensación de que era el tipo de comentario que él podría haber hecho también.
—¡Oh! Pues no, señora Arkenvoss —titubeó y el corazón me dio una vuelta al escuchar cómo se refería a mí. Parecía que me iba a atragantar con la nada—, mas me temo que debería ser el rey quien me proporcione semejante artilugio.
Adrien suspiró, frustrado por querer acabar con esa conversación cuanto antes.
—¿Perdón? —preguntó.
—Señor Arkenvoss, su esposa acaba de…
—¿Le da la impresión de que mi esposa sea coherente?
Ahí estaba. Había tardado demasiado en meterse conmigo. Claro está, no sería bien visto que me levantara y lo acuchillase aquí en medio.
El Señor Bargaly comenzó a reír incómodo, debido a la situación.
—No, ni lo más mínimo, señor. Yo…
Bargaly comenzó a titubear, indeciso sobre qué decir después:
—Su esposa parece la mujer más estúpida de Varnath. Todas sus ideas son pésimas, señor —rio—. Además, no es tan guapa.
—Bien —murmuró—, puede irse, señor Bargaly.
—¿Cuándo podría contar con ese farolillo? Aunque, una luz más grande también…
—Nunca —le interrumpió.
—¿Perdón, señor?
—Puede irse, señor Bargaly. La próxima vez que aparezca por aquí, no me moleste con cosas tan ridículas.
Y si vuelve siquiera a dignarse a insultar a mi mujer de nuevo, me encargaré de que su terreno no vuelva a ver un ápice de luz en los próximos siglos y que todas sus tierras se vuelvan infértiles.
Estaba alucinada. No entendía muy bien qué acababa de pasar, pero la mirada de Adrien era más oscura ahora que nunca mientras sus manos se agarraban al reposabrazos con fuerza.
—¿Qué acabas de hacer?
—Querida, que seas inútil no quiere decir que cualquier persona tenga el derecho a llamártelo.
Sus ojos no me miraban y su expresión había vuelto a ser fría y calculadora.
—Vaya, gracias —dije irónicamente.
El resto de la mañana pasó rápido, cosa que agradecía profundamente.
La gente venía a quejarse por cosas estúpidas y tenía la cabeza como uno de esos instrumentos de percusión que tocaban de vez en cuando.
Adrien se limitaba a mirar prejuicioso a la mitad de las personas, lo que era respuesta suficiente a todo lo que pedían. Debería aprender a hacer eso.
Solo quedaba cerrar el día con un baile, una tradición que odiaba porque significaba mantener contacto con Adrien y detestaba cómo se sentía cada vez que su piel rozaba la mía.
La música no era tan lenta como de costumbre, aun así, requería demasiado contacto y a ojos del resto, era de lo más romántico.
Adrien me colocó un mechón de pelo tras la oreja, un gesto extraño, pero que me revoloteó todo el desayuno.
En parte porque lo sentí como una amenaza, un recordatorio de que podría acabar conmigo en cuestión de un parpadeo.
—Mañana, después del entrenamiento, iremos a Eldoria.
Sus ojos estaban fijos en los míos, aguardando una respuesta, mientras una de sus manos estaba apoyada en la parte baja de mi espalda y la otra jugueteaba con el mechón de pelo, provocándome cosquillas.
—¿Por qué? —pregunté. No era habitual que alguien de Nocturia visitara mi reino, menos aún Adrien, pero ahora que James estaba al cargo, ya no había nada que me atara allí.
—Quiero ver exactamente qué está haciendo ese John.
—James —corregí.
—Lo que sea —gruñó en un susurro—. Además, parte del trato que hice incluye que Nocturia se relacione con el resto de Varnath y se familiarice con sus tradiciones. Pensé que Eldoria era el mejor lugar donde podríamos empezar.
—Entiendo.
Los ojos de Adrien se desviaron a alguna parte detrás de mí. Evité girarme. Sabía bien quién podría estar y no tenía intención de verla.
El baile terminó por fin y Adrien corrió a los brazos de Ewa, después de susurrarme al oído:
—Prepárate bien para el entrenamiento de mañana, querida.
Y se fue, dejándome sola en mitad de la sala, con una sensación muy parecida a la impotencia que me consumía por dentro.