La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

MARIE

H abía quedado con Tahlia en el Bosque LunaVeritas.

El sol todavía no había salido, por lo que seguía oscuro.

Después de mi inesperado encuentro por estos caminos, me sentía recelosa de pisar estas tierras otra vez.

Me acordé de Specter, de cómo apareció justo cuando lo necesitaba, y me hizo sentirme un poco más confiada.

Además, así podría practicar para llegar a mi nueva marca personal. Los entrenamientos con Adrien eran exhaustivos: cuando no estaba intentando matarme con alguna de sus nuevas criaturas, estaba decidido a torturarme mediante ejercicio.

Seguía siendo un poco inútil con esto de mis poderes nuevos, solo se activaban cuando una emoción fuerte aparecía y las amenazas de Adrien ya no me parecían tan temerarias como antes.

Estas últimas semanas me había estado salvando a regañadientes de cada monstruo distinto, después de recordarme lo patética que era y que necesitaba más práctica. Como si no lo supiera ya.

La parte positiva era que cada vez controlaba más mi respiración. Laurent decía que era algo bueno, así que había decidido creerle.

Algunas tardes volvía a entrenar con Laurent y Cassian, pero el ambiente entre Cas y yo estaba un poco tenso desde el baile de máscaras.

A veces, le salía la vena entrenadora a relucir y me ponía un poco nerviosa.

Comprendía que solo lo hacía por mi bien, pero ya tenía a su general dándome caña, no necesitaba otra persona más.

Respecto a mi madre, todavía no había avances. En ocasiones, parecía haber entrado en un trance del que no podía despertar, otras, se volvía completamente demente y empezaba a gritar e insultar. Me dolía el alma verla así, ver cómo había quedado reducida a un cascarón roto.

Continué corriendo por el bosque a un ritmo constante y ligero. Había descubierto que lo ideal no era correr muy rápido y mucho, sino mantener un ritmo constante para poder llegar a los tiempos que me establecía.

Tahlia estaba esperándome en la entrada frondosa del bosque.

Mantuvimos las clases de meditación y control de emociones.

A pesar de que todavía no había notado avances, estaba convencida de que en algún momento lo haría.

Se había dejado su cabellera suelta y llevaba un vestido amplio blanco que ya tenía algunas manchas de tierra.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que estaba descalza.

—¡Tahlia! ¡¿Te has vuelto loca?! —le grité, todavía a un par de pasos de distancia—. ¿Qué haces descalza?

Una sonrisa le alegró el rostro y se acercó a los troncos de algunos árboles, posó su mano sobre la corteza oscura y cerró los ojos en un suspiro.

—Descálzate —me ordenó.

—¿Estás de broma?

—No, Marie, descálzate. La clase empieza ahora.

Sin pensarlo demasiado, le hice caso. Me quité las botas y dudé:

—¿Los calcetines también?

—Todo.

Me los quité, gruñendo por lo bajo.

La tierra estaba húmeda y había ramas por el suelo, por no hablar de los insectos. En cuanto mis pies tomaron contacto con la fría tierra, me estremecí. Tahlia parecía estar disfrutando de ello.

—Suéltate —me pidió.

—No… No sé.

Tahlia dejó su ritual con el árbol y se dirigió hacia mí en un reproche. Me puso las manos sobre los hombros antes de decirme:

—Cierra los ojos y respira.

Y eso hice. Al principio, no había nada, y después, tampoco. Todo permaneció negro.

—¿Qué se supone que tengo que ver?

—¿Llevas ropa interior debajo de ese traje? —Abrí los ojos en menos de un segundo.

—¿Qué? —pregunté alarmada.

—¿Llevas alguna camiseta de mangas más cortas o algún pantalón más corto?

—Sí. Sí —afirmé, con la duda revolviéndome el cuerpo—, pero no sé si la mejor idea es que me desnude en mitad del bosque.

—Hazlo —ordenó. Y yo obedecí.

Me quedé en una camiseta de tirantes negros y unos pantalones elásticos cortos.

Adrien me dijo que era parte del procedimiento Umbrae llevar prendas más cortas debajo del uniforme, ya que ayuda a absorber mejor el sudor y prevenir algunas rozaduras que pueden crear las pieles.

En ese momento, agradecí haberle hecho caso por una vez.

Tahlia me hizo un gesto para que me sentara con ella en el suelo y obedecí a regañadientes. Todavía no me convencía mucho eso de la meditación y el control de las emociones, aunque no tenía más remedio que hacerle caso si quería tener algún poder sobre mi cuerpo y mis nuevas habilidades.

Nos tomamos ambas manos y cerramos los ojos, dando respiraciones profundas y lentas.

—¿Qué oyes a tu alrededor?

—Pues… pájaros.

—¿Qué más?

Me concentré en dejar el sonido de las aves en segundo plano.

—Oigo la brisa moviendo las hojas de los árboles. —Me concentré más—. Y escucho… ¿Agua? Un lago.

—Bien. Está bien. ¿Qué más?

Recorrí mentalmente cada rincón del bosque.

Corriendo entre nosotras, entre los troncos y las ramas, algo que no había visto nunca.

Flotaba en el aire como una bruma de color plateado.

A simple vista parecía intangible, pero, si me acercaba, parecía tener la suficiente consistencia como para tirar de ella.

La agarré con miedo. Se sentía como coger un témpano de hielo y, a la vez, un metal ardiendo.

Era una sensación dolorosa y agradable. Era la clase de poder que surge del dolor y promete reconstruirte por dentro.

Mis manos parecían estar imbuidas en metales diluidos que me provocaban unas molestas cosquillas que subían hasta mis codos.

Abrí los ojos, recelosa. No quería dejar escapar esa sensación, esa desconexión momentánea, y lo que me encontré fue mil veces mejor.

Un pequeño lirio blanco estaba creciendo entre mis manos y sus raíces se enredaban por mis brazos. Lo había conseguido.

No era más que una pequeña e insignificante flor, pero lo había conseguido.

No comprendía qué había hecho ni qué botón había tocado, pero ahí estaba.

Notaba sus pequeñas pulsaciones de vida, aferrándose a mí y compartiéndome parte de ella.

Yo le estaba dando forma y, a cambio, ella me estaba ofreciendo algo mucho más peligroso: poder.

Levanté la mirada para encontrarme con Tahlia, que se hallaba sonriendo, asombrada. Su sonrisa era sincera, lo que me hizo no poder contener las lágrimas de alegría recorriendo mi rostro como un río sin fin.

Había aprendido en mis clases con Janine que lo ideal era manipular lo ya existente: las raíces, hojas o ramas de los árboles que me rodean; por lo que crear de la nada era un gran avance.

—Creo que estás lista para conocer a alguien muy especial —dijo Tahlia, sin poder ocultar la sonrisa que puso a bailar hasta las pecas que le adornaban el rostro.

Continuamos andando por el bosque y tenía que admitir que tener la mayor parte de mi piel en contacto con la naturaleza me hacía sentir más.

Me ayudaba a crear una conexión con la tierra; sentir el viento acariciando mi piel, el poco sol que asomaba calentándome, la tierra a mis pies y a mi alrededor, el agua fluyendo.

Sobre todo, ahora sentía la magia. La veía en todas partes al cerrar los ojos.

Miles de hilos plateados enredándose en mis brazos, piernas, en los árboles y hasta en las nubes.

Después de una larga caminata, por fin llegamos al lago.

Era la primera vez que lo veía y no tenía palabras suficientes para describir lo bonito que era.

A su alrededor, había plantas luminiscentes de distintos colores, flores de tonos rosados y un follaje verde vivo.

El agua resplandecía en reflejos celestes y morados, como si una parte de la luna habitara en él.

—¿Yvaine? —preguntó Tahlia.

Una tímida cabeza se condensó frente a nosotros.

Su melena larga resplandecía en tonos fríos y parecía ondearse en el aire.

Sus ojos no tenían un color definido, parcialmente eran blancos, pero brillaban igual que su cabello.

Yvaine ladeó la cabeza para observarme. En vez de sentirme intimidada por el gesto, sentí comodidad, como si algo en mi interior me dijera que podía confiar en ella.

Todo su ser parecía etéreo, como si no fuera de este mundo. Me examinaba con expresión curiosa: sus ojos estaban levemente más abiertos que antes. Levantó una mano para agarrarme un mechón de pelo que se me había soltado y jugó con él entre sus dedos.

—Hay algo en tu interior —dijo segura—, que brilla como el Sol, pero es oscuro como la misma Nyxiara.

Desconocía por completo quién o qué era Nyxiara, tampoco me molesté en preguntar.

—¿Y eso es bueno? —dudé.

—No hay nada bueno ni malo, solo existente. —Me analizó con especial interés, para segundos después añadir—: ¿Piensas aceptar el vínculo? Va a torturarte hasta que tomes una decisión.

Hice una mueca de extrañeza. Pensé en Specter. No sabía si él seguía esperando una respuesta por mi parte. Tal vez era eso por lo que no se mantenía cerca.

«Está loca», pensé. No era posible que viera ese tipo de cosas, ¿o sí? Fuera como fuese, decidí dejarlo. No quería seguir torturándome más de la cuenta.

Observé el lago que estaba a nuestro lado. El agua parecía llamarme, como una verdad a medias, pidiéndome que bebiera de ella, o que me sumergiera hasta ahogarme.

—Estamos en el LunaVeritas —afirmó Tahlia.

Había oído historias al respecto. Sobre cómo esas tentativas aguas te obligaban a confesar tus más oscuros secretos, o cómo te abrasaban si osabas mentir.

No creía demasiado en esos mitos absurdos, aunque ahora, al estar frente a ellas, me sentía intimidada.

Como si una parte muy privada de mi ser estuviese siendo expuesta sin mi consentimiento. Era de lo más incómodo.

—¿Quieres entrar? —preguntó Yvaine.

No tenía clara la respuesta. Si accedía, temía que todo lo que yo no era a los ojos del resto se viera desvelado.

Había ido acumulando demasiados secretos sobre mí misma y todavía no me sentía lista para aceptarlos ni para hablar de ellos.

Por otra parte, quería sucumbir a esa tentación, dejar a un lado esos miedos y luchar contra ellos.

No sabía qué podía esperarme allí, pero sí sabía qué decisión debería tomar.

Yvaine pareció leerme la mente, lo que me hizo dudar un poco de mi decisión sobre confiar en ella, ya que una sonrisa iluminaba su pálido rostro.

—Las normas son sencillas: ropa fuera. El agua hará el resto.

Dudé. ¿A qué se refería exactamente con «el agua hará el resto»?

—¿Esto es otra especie de ejercicio?

Tahlia me dedicó una fúnebre sonrisa. Al parecer, haber sido capaz de invocar un lirio no le parecía suficiente.

—Quiero ver de lo que eres capaz.

Me quedé únicamente en ropa interior y, cuando uno de mis pies rozó el agua, me sorprendió su calidez.

La temperatura era perfecta, no era demasiado fría, tampoco parecía un caldo. Era el tipo de calor acogedor que asociabas a un hogar.

Todos mis peores temores no tardaron en aparecer. De repente, sentí una especie de vacío demoledor que devoraba todo tipo de paz.

El agua comenzó a engullirme. Parecía arrastrarme hasta el fondo y encadenarme ahí, llenándome los pulmones de agua. Mil imágenes pasaban a toda velocidad por mis ojos: mi madre ahogándome; los colmillos de Adrien; los ojos de mi madre mientras le arrebataba la vida; sus mordaces palabras…

Y me ahogaba.

Me ahogaba.

Me ahogaba.

No había luz.

No quedaba vida.

Los monstruos me acechaban.

Eran una versión de mí misma.

Intenté patalear, salir a la superficie. No obstante, había una fuerza sobrenatural que me volvía a bajar al fondo y me torturaba. Me desnudaba el alma y se alimentaba de mis peores miedos. Me limpiaba.

Solo estaba yo.

El fantasma de mi madre persiguiéndome.

Y el agua.