La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Mi salvación tocó la puerta, en forma de dos mellizas que comenzaban a hacerse un hueco en mi vida.

Janine llevaba un ceñido y largo vestido morado y una pequeña corona de trenzas.

Tahlia, un vestido blanco más holgado en comparación al de su hermana, de tirantes, y se había dejado su melena oscura suelta.

Se habían retocado un poco con algo de maquillaje y ambas estaban preciosas.

Me dedicaron una amplia sonrisa al abrir la puerta y me tiré a sus brazos: el único lugar que parecía conocido estas semanas.

—¿Problemas, alteza? —preguntó Janine, entusiasta.

Sí, la verdad es que tenía demasiados como para poder enumerarlos.

Mi vida se había convertido en un completo caos estas últimas semanas y, en más de una ocasión, había sentido el impulso de ahogarme en llanto dentro de la bañera durante horas, o intentar correr a los brazos de mi madre, a pesar de nuestra última conversación.

—Diosas, sí, llegáis justo a tiempo. Necesito…

—¿Un completo cambio de aspecto en minutos? Hecho.

Las mellizas se metieron en mi habitación y comenzaron a trabajar en segundos. Tahlia estaba a cargo de mi pelo y Janine de mi cara.

Las manos de Tahlia se enredaban en mi cabello, colocando ganchos y recogiendo la abundante cantidad de pelo en un peinado alto.

Janine había decidido innovar y había aplicado unos polvos negros y granates en mis párpados, que se mezclaban entre ellos.

Luego, llevó un lápiz negro e hizo una línea alargando mi ojo.

No comprendía las modas de hoy en día, pero era algo que me quedaba bien. Tal vez debía aprender a hacerlo.

Tahlia dejó un par de mechones sueltos en la parte delantera de mi pelo, delante de mis orejas, y algún mechón corto en la parte trasera.

Tenía todo el pelo recogido en una especie de moño, aunque muy elegante.

Las mellizas trabajan rápido, lo que me hizo deshacerme un poco más del nudo que se formaba en mi estómago.

A veces, se me humedecían los ojos de manera inevitable al pensar en mi madre y temía estropear el esfuerzo de Janine en hacerme parecer como una auténtica reina de la oscuridad. Por el momento había conseguido disimularlo bien, o ninguna era lo suficientemente valiente como para sacar el tema.

Mis labios brillaron en un tono rojo que conjuntaba con el vestido.

Janine había marcado mis pómulos, una moda muy habitual en Nocturia. Mi aspecto era, por las Diosas, digno de arrodillarse ante él. Me hacía sentir cómoda y me pareció que, de alguna forma, reflejaba lo rota que me sentía por dentro.

Las mellizas me colocaron la máscara roja y negra, que solo tapaba mis ojos verdes.

Habíamos terminado, por lo menos, diez minutos antes del baile y yo estaba más que presentable por fuera.

Sin embargo, por dentro seguía siendo una bola de emociones acumuladas que amenazaban con atropellarme en cualquier momento.

Después de unos cuantos abrazos y muchos agradecimientos, pusimos rumbo a la sala. Tahlia me agarró de la mano y me apartó a un lado del pasillo durante un segundo.

—¿Pasa algo? —pregunté, tratando de fingir una sonrisa.

—Está bien no estar bien —soltó, pillándome de improviso, arrancándome de golpe el vendaje de una herida. Puse una mueca, fingiendo que no comprendía lo que estaba diciendo. No quería comprenderlo.

—Volverás a estar bien algún día. —Sus manos seguían agarradas a las mías con fuerza, marcando determinación en las palabras que, poco a poco, me iban rompiendo en dos—. Y está bien si ese día no es hoy. Deja que duela, Marie, deja que el dolor te consuma.

—No te comprendo —mentí en un jadeo, como nunca antes lo hice en mi vida. Quería salir corriendo, esconderme en algún lugar oscuro donde nadie pudiese encontrarme.

—Un día te será más fácil respirar y tu alma será mucho más bonita y fuerte.

Tahlia estaba convencida de derrumbar el poco autocontrol que había guardado para el resto de la noche.

Las lágrimas se me acumulaban, batallando por salir.

Asentí con la cabeza y tragué con fuerza, porque no tenía palabras y porque sabía que en el momento en el que abriera la boca todo se desplomaría y me llevaría consigo.

Me abrazó. Esta vez fue un abrazo más real que nunca, una caricia a mi alma. Una promesa de que ella tampoco me dejaría sola. No me dejaría caer y, si por alguna razón caía, ella seguiría a mi lado.

Suspiré mientras caminaba hacia el baile. Solo me concentré en respirar, en desterrar todo rastro de pensamientos destructivos y en ocultar lo muerta que me sentía por dentro.

Mis brazos estaban entrelazados a cada lado por las dos mellizas, y agradecí internamente que fuera así, porque no estaba segura de poder mantener el equilibrio.

El salón estaba abarrotado de gente, de vestidos pomposos que danzaban por toda la pista, máscaras de distintas formas y colores, y al fondo, como un imán que me obligaba a mirar, estaba Adrien.

Lucía un sencillo traje negro y su habitual pelo alborotado.

Como era de esperar, no había nada cubriendo su cara.

En una de sus manos llenas de anillos plateados, agarraba un vaso de lo que supuse que sería alguna bebida alcohólica fuerte.

Nuestros ojos se encontraron y mi corazón sintió un tirón que casi me obligó a caminar hacia él.

Se llevó el vaso a los labios y lo levantó sutilmente.

El muy cabrón estaba brindando en el aire por la diosa sabe qué.

Mis ojos siguieron todos sus movimientos.

Su boca posada en el vaso. Su garganta moviéndose al tragar.

Su lengua recorriendo sus labios, para luego volver a centrarme en su penetrante mirada oscura.

Aparté la mirada. Estaba demasiado frágil como para entrar en ese juego estúpido, como para fingir que no me importaba lo que hiciera con otras mujeres —cosa que no debía importarme—, como para fingir algo más que absoluto desprecio.

Cassian apareció en mi campo de vista. Desde que dejé de entrenar con él, no lo veía tan a menudo y me alegró sentir su presencia cerca esa noche.

—Estás brillante, Marie. —Su mirada me recorrió entera, posándose más tiempo del debido en mis labios rojos y en las ceñidas curvas de mi escote. Agradecía que eso me sirviera de consuelo con las inseguridades que me acechaban.

—Gracias, Cassian. —Eche un vistazo rápido a su traje, compuesto por una camisa negra, corbata roja y pantalones negros. Su rostro lucía una pequeña máscara negra, un pelo rubio perfectamente peinado y una sonrisa de infarto—. Tú tampoco estás mal. —Reí por primera vez en la noche.

—¿Me concedería un baile, alteza?

Lo pensé, no tenía claro si quería bailar con él. Lo que sí sabía era que quería olvidarme del patán de mi marido y su mascota pelirroja que lo buscaba con la mirada por toda la sala. Quería pasar un buen rato.

Me ofreció su mano, esperando una respuesta. Dudaba de si era políticamente correcto ver a una reina bailando con el entrenador del ejército de su marido. Me mordí el labio, dudosa. Debatiéndome entre el deber y el querer, al final, hice lo que quería.

Adrien no había tenido conciencia ni empatía con sus compañías, un baile no le haría daño a nadie. Tampoco debería importarle, este matrimonio ni siquiera era real.

—No vuelvas a llamarme así. —Tomé su mano con una leve sonrisa y Cassian me arrastró al centro de la pista.

Sus pies se movían con fluidez y su mano estaba apoyada en la parte baja de mi espalda.

Mis ojos estaban fijos en sus iris azules claros, que brillaban tanto que creía capaces de deslumbrarme.

Sus ojos me devoraban, anhelantes, una mirada que nunca antes había visto en él. No pude evitar sonrojarme.

Fluíamos al ritmo de la música. Cassian me giraba sobre mis talones y, en ocasiones, apoyaba mi espalda sobre su pecho. Se sentía bien. Aun así, no pude quitarme de encima la sensación de que esto no estaba bien, que era extraño.

Mi mirada huyó, perdida, buscando la de unos ojos grises.

Unos que estaban fijos en mí mientras estaba sentado en su trono con la mujer pelirroja de pie a su lado.

Observaba cada uno de mis movimientos, con los ojos entrecerrados.

No apartaba la mirada de la mía ni cuando se llevaba el vaso a los labios, ni cuando se los limpiaba con la lengua tras saborear su bebida.

Mi corazón, estúpido, se aceleró. Sentí muchas emociones a la vez, emociones nuevas que nunca antes había experimentado, pero lo que más sentía era rencor.

—Vaya —murmuró Cassian—, mirar a otro hombre mientras bailas con uno es un golpe directo a su ego —me susurró Cassian al oído. No era la primera vez que manteníamos una conversación así. El día que lo conocí, tuvimos una muy parecida.

—Ese hombre de ahí es mi marido —argumenté.

—Por desgracia —musitó—. No deberías darle tantas vueltas. Él está ahí, con su saciadora, y tú… —recorrió las venas de mi cuello con uno de sus dedos mientras mi cabeza continuaba apoyada en su pecho y mi mirada fija en el rey— estás aquí, conmigo.

—Eso no es justo —farfullé—. Solo porque Adrien sea un cerdo desalmado no significa que yo también deba serlo.

—Me giré para poder mirarlo a los ojos—.

Esto —dije mientras nos señalaba— es solo un baile.

No está pasando nada más y no va a pasar nada más.

—Una ridícula excusa para intentar convencerme a mí misma sobre lo que estaba haciendo: convencerme de que no era tan malo, que no éramos iguales.

—Mira, aprecio a Adrien…

—Todavía no comprendo por qué —interrumpí.

—Hay cosas que no se pueden evitar, alteza —dijo mientras volvía a susurrar en mi oído y regresamos a la pista—. Solo digo que no le debes lealtad.

—Yo no soy así, Cassian.

Suspiré, agotada. La verdad, llevaba bastante tiempo sin saber cómo era realmente.

Aquello que antes me fascinaba, ahora me resultaban estúpidas, y todo lo que pasé tanto tiempo odiando, ahora parecía ser lo único capaz de llenarme.

Tantas cosas habían cambiado ese último mes que sentía la necesidad de volver a conocerme a mí misma, las cosas nuevas que me gustan, las que odiaba y quién era.

Cassian había desaparecido de mi lado, dejándome margen para explorar a decenas de parejas bailar.

Entre ellas, estaban Janine y Laurent, riéndose.

Janine tenía una margarita enredada en el pelo, encima de la oreja, una que no estaba ahí antes.

Obra de Laurent, quien parecía haber perdido toda la timidez.

Se movían entre pasos de baile, dedicándose tiernas sonrisas y comentarios que provocaban que ambos se sonrojaran.

Supongo que eso era demasiado pedir: algo que fuera sencillo, donde no necesitaras pensar demasiado, donde poder ser tú misma sin miedo a que te juzguen.

Un futuro Umbrae y una Sylvari, adorándose entre ellos, como si todas las barreras que llevan siglos separándonos ya no existieran más.

—Supongo que ya te has aburrido de Cassian —susurró una voz ronca detrás de mí. Era demasiado optimista pensar que podría librarme de lidiar con Adrien por lo que quedaba de noche.

—Yo no… —resoplé, frustrada. No tenía más ganas de discutir—. Ya está bien, Adrien. Ya es suficiente —le rogué, girándome para poder verle.

—¿El qué?

—¿Podrías, por una noche, comportarte como un verdadero marido? Dejar atrás los comentarios sobre lo ridícula que me veo y lo patética que soy, ¿solo por esta noche?

—Querida, si lo que quieres es un marido…

—Enroscó su dedo en una de mis ondas mientras jugueteaba con ella.

Su expresión era tan serena que me perturbaba, como si toda palabra que saliera de mi boca no significara más que un puñado de letras sin sentido—.

Deberías convertirte en alguien digno de tener uno.

Y ahí estaba su eterna amabilidad. Me giré para irme, para dar por finalizada la conversación, cuando su mano agarró la mía, impidiéndome dar un paso más. Pero no me digné a girarme. Esta vez no.

—Concédeme este baile, preciosa —volvió a susurrar en mi oído, con su mano todavía agarrando la mía, y mi corazón dejó de latir.

—Deja de reírte de mí.

—Me has pedido que finja por una noche, que deje de lado mis comentarios y, cuando lo hago, me pides que pare. Nadie te entiende, brujita.

Me dio la vuelta y posó su mano libre en mi cintura, estrechándome hacia él. No me di cuenta de que mi cuerpo comenzó a seguirle los pasos de baile hasta que fue demasiado tarde. Toda la sala estaba mirando. No podía salir corriendo, ni abofetearlo por ser un patán. Me tocaba fingir.

La música era lenta, una melodía que obligaba a tener más contacto físico del que yo podría aguantar. Su piel parecía quemar la mía y estaba tan absorta en sus ojos que todo desapareció a nuestro alrededor.

Nunca había visto a Adrien bailar, pero sus movimientos eran refinados, elegantes, experimentados. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Reflejaba confianza y no temía por meter la pata en algún paso, a diferencia de mí.

—El rojo te sienta bien.

—Gracias. Últimamente pareces tener una gran debilidad por él.

Él se rio hacia un lado de mala gana. No fui capaz de devolverle el cumplido. No a pesar de todo.

—Los celos, en cambio, no.

—Odio a los mentirosos, ¿lo sabías?

—¿Te importaría explicarme en qué he mentido? Creo que he sido especialmente justo en todo lo que a ti respecta.

—Sí, has dejado tu opinión clara en todo momento, mas no has sido franco con lo que respecta a tu saciadora.

No entendía de dónde había salido la necesidad de echarle eso en cara. Me molestaba. Me molestaban tantas cosas que ya estaba harta.

—Oh, discúlpame, no sabía que estabas interesada en temas tan triviales como mi alimentación.

—Oh, cariño, nada me importa menos.

Nuestros pies continuaban moviéndose y nuestras manos continuaron agarradas con gracia mientras todo el mundo estaba expectante a semejante demostración de amor.

Por el rabillo del ojo pude ver a Janine y Laurent escabullirse del salón.

Laurent siguió a Janine con plena confianza mientras agarraba su mano. Ojalá todo fuera así de sencillo.

—¿Preferirías que me alimentara de ti? —preguntó Adrien. Manteníamos una conversación a susurros para evitar que posibles chismosos nos escucharan, y lo más complicado era fingir una sonrisa cuando realmente quería arrancarle los ojos en este momento. ¿Qué clase de pregunta era esa?

No. No. No. No. Y no.

Luego, aparecieron fragmentos de Ewa, gimiendo sobre él. Parecía estar disfrutando, disfrutando de verdad, y me sonrojé ante la idea de estar en su lugar. Nunca había experimentado… ese tipo de placer. Ninguno, para ser sincera.

—Antes muerta.