La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

MARIE

E l baile de máscaras era en menos de dos horas y yo estaba recorriendo los pasillos con Laurent. Me lo había encontrado de vuelta tras mi «charla» con Adrien y había accedido a acompañarme en otra de mis visitas a mi madre. Ahora estábamos regresando y Laurent no paraba de hablar, fascinado.

Algunos fragmentos de mi conversación con Adrien volvían a mi mente; a pesar de que trataba de concentrarme en la conversación que estaba manteniendo e ignorarlo, no parecía funcionar.

Recordaba lo sencillo que me había resultado doblegarlo ante mí; no había puesto resistencia.

Recordaba su mirada llena de disgusto y una pizca de asombro.

Recordaba su aspecto después de combatir y el comentario fuera de lugar sobre lo que los Umbrae pensaban que estábamos haciendo.

No podía evitar imaginarlo, y lo odiaba.

Odiaba notar cómo el calor subía a mis mejillas al imaginar su mano enredada en mi pelo, sus labios sobre mi cuello, lo cerca que habían estado esa mañana. Lo odiaba todo y me hacía odiarlo todavía más a él. Sobre todo, a mí, por pensar en semejantes obscenidades con esa clase de persona.

Había estado preocupada sobre dónde meter a Specter.

Laurent me había dicho que los Nyctorus eran criaturas más independientes y que, como eran tan escasos y apenas forjaban vínculos, en el Valenves no había espacios designados para ellos.

Excepto, claro, para el Nyctorus de Adrien, que, según Laurent, se llama Vortex.

Por lo que, mientras tanto, Specter seguirá viviendo —la diosa sabe dónde— donde vivía antes.

Tampoco tenía claro qué tipo de relación teníamos y, tal vez, pedirle que viniese aquí era, cuanto menos, extremo.

Laurent está convencido de que, si en algún momento volvía a necesitarlo, aparecería.

Aun así, no pude evitar sentirme preocupada y vacía a la vez.

—Marie, ¿qué tipo de flores te gustaría que te regalaran? —preguntó Laurent de pronto, sacándome del hilo de mis pensamientos.

—¿Tienes pensado regalarme flores?

—No, a ti no. Quiero regalarle flores a alguien con quien voy a ir al baile y no sé si…

—A Janine le gustan las margaritas, pero creo que en Nocturia no crecen. Un par de rosas debería estar bien.

Laurent se puso rojo y evitó el contacto visual. Sus intentos por ocultar sus sentimientos habían sido decentes.

—No son… ¿Cómo sabes…? —balbuceó y yo le dediqué una sonrisa—. En fin, gracias —agradeció avergonzado.

—De nada. Por cierto, mis ojos están en mi cara, no en la pared —reí.

El resto de la conversación fue variando, pero, sobre todo, se centró en preguntas, miles de preguntas, sobre Janine y si creía que él tenía posibilidades.

Laurent no sabía que Janine ya se había dado cuenta de lo que él sentía y estaba esperando a que él diera el primer paso. Obviamente, eso era información que se quedaría conmigo.

Tras pasear por los jardines, hacer un buen ramillete y unas cuantas charlas motivacionales a Laurent, volvimos dentro. Tenía que empezar a arreglarme, quedaba un poco más de una hora para el baile e iba contra reloj.

Deambulábamos por los pasillos a paso rápido. Laurent me seguía como un perrito nervioso, a pesar de haberle pedido que fuera a arreglarse y darse un baño para relajarse antes de ver a Janine.

En uno de los pasillos, las paredes comenzaron a retumbar en una serie de risas y gemidos.

No pude evitar pensar lo descortés que era ser tan ruidoso a mitad del día y aceleré el paso.

No quería seguir escuchando y, quien sea la que estuviera disfrutando de tan buen sexo, me estaba poniendo de los nervios, ya que cada vez elevaba más la voz.

Laurent parecía ahora más nervioso que antes y supuse que para él tampoco era cómodo escuchar semejantes obscenidades. Por Aeliana, que era menor de edad.

—Por favor —gruñí.

Me sentía como si yo misma estuviera dentro de la habitación con esa muchacha, debía aprender a ser más discreta. Todo el mundo en este castillo se estaba enterando de sus aventuras.

Laurent me adelantó por un lado y cada vez andaba más deprisa. Me pareció sospechoso, tal vez el ambiente todavía seguía tenso con Adrien y… Me detuve en seco.

—No —rogué lo suficientemente fuerte para que Laurent me escuchara, a pesar de estar bastantes pasos por delante. Mi corazón se enfureció al darme cuenta de dónde nos encontrábamos y de dónde… provenían esos gemidos—. Dime que no.

—No es lo que piensas. Está… —Intentó excusarse, pero lo detuve en seco.

—¿No es lo que pienso? Venga ya, Laurent. Ya sé que aquí todos pensáis que soy estúpida, pero esto ya es llegar a otro nivel.

Me dirigí hacia la puerta del despacho de Adrien y acerqué la oreja a esta. Estaba claro que los gemidos venían de ahí dentro.

Joder. Vaya un sinvergüenza.

Mi mano agarró el pomo con tanta fuerza que pensé que lo partiría en dos.

—Marie, no —sollozó Laurent acercándose lentamente a mí.

—Oh, cállate, Laurent.

Cuando abrí la puerta, esperé encontrarme una escena traumática. Aunque lo fue, no era del estilo que imaginé.

Adrien estaba sentado en su sillón con la pelirroja sentada encima.

Ambos completamente vestidos, pero sus dientes…

Sus dientes estaban clavados en su cuello y la mujer gemía cada vez que Adrien succionaba.

Sus ojos grises estaban centrados en mí mientras bebía de la mujer y no pude evitar sonrojarme.

Quería evitar la mirada. Quería hacerlo tanto.

Pero la suya era tan profunda, lujuriosa, que me aceleraba el pulso y me obligaba a respirar aceleradamente.

Un recorrido de sangre le caía hasta el cuello y, cuando por fin sacó sus afilados colmillos de su sucio cuello, se llevó un pulgar hasta su boca para limpiarse los rastros.

—¿Necesitabas algo? —preguntó Adrien.

La pelirroja mantuvo su mirada desafiante y de desprecio hacia mí y recordé el día que nos reunimos en el consejo, cuando ella ocupó la silla de Théodore. Me hacía sentir incómoda. No me hacía especial ilusión que otra mujer estuviera gimiendo a horcajadas de mi esposo, por mucho que yo lo odiara.

—Solo molestar, al parecer —dictaminó la garrapata pelirroja. Esta noche terminaría matando a uno de los dos, estaba claro.

—Silencio, Ewa.

Me sorprendió que el bicho pulgoso se callara cuando Adrien lo ordenó.

—Vete —le ordené.

—No pienso irme a… —comenzó a contradecirme.

—Vete. —Esta vez la orden provino de Adrien. Segunda sorpresa de la noche.

Cuando la muchacha abandonó el despacho a regañadientes, cerré la puerta de un golpe inmediatamente, dejando a Laurent fuera.

—Juegas con mi paciencia, brujita, y eso no es bueno, nada bueno.

—¿Qué estabais haciendo?

—¿A ti qué te parece?

—Sinceramente, no lo sé. No sé qué fetiches tienes a la hora de practicar el sexo.

No sé por qué razón estúpida me acerqué a él. Seguía sentado en el sillón, con su típica postura pasota, y me dirigí a la mesa. Era territorio conocido.

—¿Quieres descubrirlos? —Apareció otra de sus ladeadas sonrisas y esta vez no pude evitar fijarme en que sus colmillos estaban un poco más afilados de lo normal, aunque menos que antes. Eran tan intrigantes como aterradores.

—No compartiría cama contigo ni aunque fueses la última persona de este reino.

—No tiene que gustarte alguien para acostarte con él, brujita.

—¿Eso es lo que estaba pasando? ¿Una clase de preliminares demoníacos? —La imagen de Adrien volvió a mi mente, sus labios en el cuello de esa chica, el derrame de sangre. Me pareció aterrador y, aun así, no pude evitar preguntarme cómo se sentiría. «Tonta».

—Querida, ¿cómo creías que se sentía cuando un Varkai se alimenta de un humano?

—Se empezó a acercar a mí, a pasos lentos pero decididos, y me agarré más fuerte a la mesa.

El corazón me latía tan fuerte que pensaba que se me iba a salir del pecho—.

No hay nada parecido al dolor en eso. Ewa es mi saciadora, te hablé de ella, ¿recuerdas? —asentí brevemente con la cabeza.

—¿Por qué la traes aquí? ¿Por qué la llevaste al consejo?

—Es la hija de Théodore. Las quemaduras que le trataste no se curaron tan rápido como él esperaba y Ewa ocupó su lugar en la reunión.

Me costaba imaginarme cómo podía ser tan diferente de Théodore. Eran polos completamente opuestos.

—¿Te acuestas con ella también? —pregunté con un miedo injustificado a la respuesta.

—Vete, Marie, o llegarás tarde.

Eso no era una respuesta, pero este absurdo despiste me había robado más tiempo del que poseía, así que salí disparada de la habitación, con el corazón bombeándome sangre a mil por hora y una sensación arremetiendo al estómago que no sabía identificar.

En la cama me esperaba un vestido voluminoso rojo de gala, tenía el escote en forma de corazón con detalles en negro que formaban una pequeña capa casi transparente e irregular sobre la falda.

Nunca había usado un vestido sin mangas, ni tampoco un color tan atrevido.

El rojo me recordaba a la sangre, y la sangre a Adrien y la escena que había presenciado minutos antes.

Apenas me quedaba tiempo y no sabía muy bien qué hacer con mi pelo ni mi cara.

Lamenté que mi aspecto arruinara semejante vestido.

Ponerme el vestido sin ayuda fue una tarea complicada. Aun así, me quedaba como un guante. Antes, no estaba acostumbrada a llevar vestidos elegantes, ni siquiera a bailes, tampoco a preocuparme por cómo lucía. Me limitaba a existir, sintiendo que eso era más que suficiente.

Creía que este tipo de eventos servía para llenar a gente vacía y ahora yo era uno de ellos. Estaba hueca; ir a un estúpido baile con un brillante vestido me hacía sentir un poco menos miserable.