La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Al principio solo apoyé mi mano en su cabeza, su pelaje era espeso y a la vez suave.

Le crecía en un tono azabache y las puntas acababan en un color azul eléctrico brillante, del mismo color que sus afilados y radiantes ojos.

Me fue imposible contenerme, lo sentía en mi interior, como un lazo estrechándose alrededor de mi debilitado corazón, una promesa de que nunca más estaría sola.

Palpaba su sensación de protegerme, porque él era mío y yo era suya, hasta el fin.

Mi mano se movía, acariciándolo, las lágrimas se deslizaban por mi rostro sin control.

Era, sin duda, felicidad. No sabía qué tan gruñón podría ser, aun así, le rodeé la cabeza en un abrazo y me pareció sentir cómo se acomodaba entre ellos, como si llevara toda la vida esperándome y como si yo acabara de encontrar todo lo que me hacía falta para llenar ese vacío que era su ausencia.

Me subí a su lomo y me llevó de vuelta al Valenves, allí me esperaba otra bestia a la que me debía enfrentar, pero esta vez sola: mi marido.

Specter se quedó en los jardines del Valenves. No sabía si tenía permitido traerme un animal conmigo de semejante tamaño. Ya no me importaba, también era mi hogar, debería empezar a tratarlo como tal.

No perdí ni un segundo en ir a cambiarme, debía encontrar a Adrien.

Parecía una bestia salvaje, andando furiosa por los lúgubres pasillos, con el pelo enredado entre tierra, ramas, musgo y sangre.

Tenía parte de mi atuendo negro hecho jirones y empañado en sangre.

No dejaba de chocarme con hombros de Umbrae, doncellas, estudiantes, y mi mirada solo buscaba una cosa: Adrien.

—¿Marie? —La voz de Laurent me sacó del trance de ira en el que me había sumido y me miró, preocupado—. ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

—¿Dónde está Adrien?

Me alegraba verlo, que se preocupara por mí; estaba resultando ser el ejemplo de que no todos los Umbrae eran gilipollas, sin embargo, no tenía tiempo que perder ahora, tenía muchas preguntas que necesitaban respuestas y Laurent no iba a poder dármelas.

—Ha habido un asalto de Viltorus en Varnath, se han ido hará tres horas. No sé cuándo volverá —confesó mientras se pasaba una mano por el pelo anaranjado—. ¿Hay algo que te preocupe? ¿Algo de lo que quieras hablar?

—No, gracias —mentí. Sí había muchas cosas que estaban mal, muchas cosas que me preocupaban y muchas cosas de las que quería hablar, pero si me derrumbaba ahora, no me vería capaz de hacerle frente a Adrien—. Si lo ves, dile que lo estoy buscando.

—No creo que haga falta, están entrando justo ahora —dijo mientras señalaba una de las cristaleras del pasillo.

Tenía razón, un grupo gigante de Umbrae destrozados estaba cruzando justo ahora las puertas de entrada.

Lo abandoné en mitad del pasillo porque la bestia volvió a salir, recorría los pasillos a toda velocidad y llegué a los jardines en tiempo récord. Los Umbrae seguían descargando algunas armas y desmontando algunos caballos.

Tenía el pelo negro revuelto, algunos arañazos y goteros de sangre por la cara y los brazos.

Su uniforme también estaba medio destrozado y, aun así, seguía siendo atractivo.

Era complicado odiarlo y luego afirmar que estaba guapo, pero el aspecto desaliñado le quedaba mucho mejor, ese que te demostraba por qué era el general y te recordaba lo despiadado que podía llegar a ser.

Me dirigí con pasos firmes hacia él mientras seguía hablando con algunos de los Umbrae y guardaba la espada que acababa de limpiar.

Algunos de ellos me miraron con muecas, seguramente, preguntándose qué cojones me había pasado para lucir como si me hubiera caído por un pozo.

Cuando se percató de la presencia que se acercaba a él, se dio la vuelta y resopló con fastidio.

Algunos soldados hacían comentarios irónicos sobre mi aspecto, preguntas retóricas sobre mi pelea con un Viltoru.

Eran idiotas, como su general. Esperaba que Adrien se riera de mí también, mas los comentarios no parecían hacerle ni la más remota gracia y sus ojos estaban llenos de preguntas.

Los fulminó con la mirada y los mandó a callar.

Sorprendente, aunque no lo suficiente como para librarse de lo que le esperaba.

Su mirada estaba fija en la mía, observándome mientras me acercaba, escudriñando cada centímetro de mi demacrado cuerpo.

Levanté la mano para abofetearlo, por ocultarme demasiadas cosas, por no advertirme sobre esa maldita criatura, por ser tan él: odioso y perfecto a la vez. Apretó la mandíbula y me dedicó una sonrisa mortal que me hizo flaquear un segundo.

Mierda.

Agarró mi mano en el aire y me hizo rotar sobre mis talones, perdiendo el sentido. Solo estaba mi cuerpo pegado al suyo, su aliento sobre mi cuello y su embriagador aroma. Todo en mí era gelatina y escalofríos. Odiaba esa sensación, lo que él me provocaba.

El mundo pareció detenerse. Tenía que alejarme. ¡Ya!

Su mano acarició mi muñeca, bajándomela sin esfuerzo, la otra estaba apoyada en mi vientre, acercándome más a él.

—Aquí no, brujita —susurró en mi oído y me sentí un paso más cerca de la muerte—. Tenemos compañía.

En un suspiro, sus sombras nos envolvieron y en menos de un segundo estábamos en su despacho.

—No vuelvas a hacer eso, jamás —refunfuñé.

—No vuelvas a intentar levantarme la mano delante de mis soldados. No eres mi madre —rugió. Bien, cabreado era más fácil lidiar con él—. Ahora explícame qué cojones te ha pasado.

—Qué romántico. —Me crucé de brazos y me apoyé en su mesa. Él imitó mi postura, sentándose en la silla que tenía enfrente.

—No era mi intención, querida. —Me dedicó una de esas sonrisas suyas, tan perfectas. Joder, las odiaba—. Habla.

—Háblame sobre la Diosa Noche —exigí.

—No sé de qué me hablas —declaró con indiferencia.

—Mientes. ¿Quiénes son los caídos?

—No, no miento, y sigo sin saber de qué me hablas.

—Mientes, otra vez. ¿Qué me ha atacado hoy? ¿Cómo está mi madre y qué cojones le ha pasado para perder la cabeza así?

—Brujita, con esas descripciones tan ambiguas y esas preguntas estúpidas, me haces perder el tiempo. No sé qué le ha pasado a tu madre ni cómo está. Dime qué quieres.

Bueno, eso tampoco era una respuesta, y él seguía mintiendo. Joder, que este era su territorio; debería saber todo lo que las sombras iban susurrando por ahí, ¿no?

—Quiero respuestas, ya.

—No puedo darte respuestas que no sé. —Se levantó cabreado de la silla—. Tengo cosas mejores que hacer.

—¿Qué es esa sombra? Es la segunda vez que la veo.

—¡¿De qué hablas?! —gritó, esta vez más exaltado—. No tenemos constancia en el bestiario de nada de eso. Tú misma lo leíste.

Tenía razón. Cuando le expliqué todo lo que había sucedido esta mañana, no parecía preocupado ni alertado, solo indiferente, como si le acabara de contar que esa mañana había desayunado un bollo con ese mejunje que todo el mundo llamaba café.

—¿No vas a decir nada? —pregunté.

—No. —Se había vuelto a sentar en la silla, tenía un pie apoyado sobre la pierna y sus ojos seguían posados en los míos, reflejando poder, control y seguridad sobre sí mismo—.

Tengo hambre. Mejor dicho, mataría ahora mismo por algo de comer.

Tengo un ejército entero al que echar la bronca, uno que se pensará que se ha librado de esta porque, a su parecer, estoy fornicando ahora mismo contigo.

—Aparté la mirada, avergonzada por el comentario y de imaginarme la situación—.

No tengo tiempo para tus pesadillas nocturnas, Marie, no tengo tiempo para nada que esté relacionado contigo.

No sé a qué clase de bicho habrás invocado con esos inútiles poderes nuevos, pero ya basta.

Deja. De. Molestar. Deja. De. Entrometerte.

Bufé, sarcástica, estaba claro que había acudido a la persona incorrecta y había vuelto a confiar en quien no debía.

—Cierto, discúlpame por alejarte de tus obligaciones como gobernador. Olvidaba lo ajetreada que es tu jornada y lo incompetente que eres en todo lo que se refiere a tu reino. —Las palabras salían atropelladas de mi boca, no las podía controlar, al igual que mi furia.

Adrien Arkenvoss era un completo cabrón, y hoy no iba a ser el día que iba a salir impune.

Sus ojos se abrieron como platos, su nariz se ensanchaba a medida que hablaba e intuí su intención de salir despedido hacia mí tiempo antes.

Sus brazos se habían envuelto entre raíces hasta los reposabrazos, que crecían por todo su cuerpo hasta su garganta, un pequeño déjà vu me golpeó durante menos de un segundo.

—Oh, no, querido —hice un énfasis irónico en la palabra—, tú no vas a ninguna parte. Me vas a escuchar hablar y levantarás el culo cuando yo te lo diga.

Me sorprendió que no mostrara confrontación y que hiciera exactamente lo que le dije. Se quedó callado y quieto, sin apenas parpadear.

—Ha sido completamente insensato pensar que tú —dije mientras lo señalaba con el dedo. Me había sentado en la mesa, segura de estar manchando todos sus papeles de sangre— podrías darme las respuestas que necesitaba. ¿No me crees? No me importa. Lo solucionaré sola.

Me dirigí hacia la puerta mientras Adrien seguía inmóvil en la silla, como un niño castigado o un pequeño cachorro herido.

—Vas a acabar conmigo, mujer —gruñó mientras echaba la cabeza hacia atrás. Podía percibir la repulsión que denotaba su voz y la intención asesina de sus ojos.

—Te veré esta noche, esposo. Y hazme el favor de buscarle un sitio a Specter, no puede dormir en la calle.