La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

MARIE

T odavía no había amanecido. La luna brillaba alta en el cielo, cubierta en unas cuantas nubes de seda gris, iluminando algunas ramas del bosque mientras corría hacia sus adentros.

Algunas mariposas brillaban en tonos azulados y morados.

Se posaban en las hojas de las hierbas, llevándose consigo el polen de las flores.

Debía aguantar. Llevaba solo veinte minutos. Necesitaba cuarenta y cinco más. Era exagerado. Ayer logré llegar a cincuenta: cuatro días después del incidente.

Todavía me perseguían sus gritos de dolor, pidiendo que parara, y no lo hice. Lo quemé vivo. Cuando el Nocturix solo quería proteger sus crías, cayó en la trampa. Y la trampa era yo.

No sabía qué me pasaba. No sabía qué era. No sabía qué hacía. Era una abominación. Siempre lo había sido. No debería estar sorprendida. Pero lo estaba.

Todo lo que creía conocer ya no existía.

Mi madre ya no estaba. Esa ya no era mi madre.

Mi casa ya no era mi casa. Seguía allí, pero ¿cómo podría volver?

Eldoria ya no era mi responsabilidad, ahora era de James.

Quien, a ojos del pueblo, era encantador, amable, preocupado y leal.

Para mí, no era nada de eso. Siempre había fingido no notar sus miradas recelosas.

Corrí más rápido, con más fuerza. Intenté controlar mi respiración para evitar ese dolor punzante en el costado.

Siempre estaban ahí, sus murmullos, sus amenazas disfrazadas de preocupación.

«Lleva cuidado al ir al Templete, Aeliana no lo quiera y te encuentren descuartizada en una montaña».

«Aeliana no lo quiera y aparezcas con una soga al cuello».

Siempre en las sombras, acechando, invitándome. No quería temer a las sombras, ahora buscaba mezclarme entre ellas.

«Aeliana estaría decepcionada si al final resultas nula, sin magia».

«Inútil», querían decir sus palabras, como lo decían las de mi madre, como decían las de mi mente.

«Miedo a morir». Me repito que fue eso. No quería morir. «Mentira». Es mentira. Mentira. Mentira.

«No lo es. No lo es».

«Miedo a morir. Fue el miedo a morir».

«Deja de mentirte». No lo hacía.

Miedo a morir. «No quería morir», me repetí.

No quería morir a manos de mi madre, a manos del Nocturix.

«Mentira. Mentira».

Pedía que parara. Y no paré. Disfrutaba haciéndole daño.

No, no lo hice.

Daño como me hizo a mí. No, no es verdad.

«Se merecía morir».

No. No. No era un monstruo.

«Sangre, tenía sangre en las manos». Se lo merecía .

No. No. No.

Corrí más rápido entre los troncos. Había perdido la cuenta de los minutos. Volvería a empezar. Esta vez, mejor.

Sentía fuego en mi garganta. Pinchazos en el costado, me costaba respirar.

«Te lo mereces. Te lo mereces. Te lo mereces».

«No te distraigas».

Ritmo constante, reduje la marcha, me puse a trotar.

Me había perdido. Me había desviado del camino, no solo el del bosque, pero encontraría el camino de vuelta. Esperaba poder hacerlo.

Mi coleta se movía al compás de mis trotes, tenía la espalda llena de sudor y me dolían las rodillas, un poco el corazón también.

Contaba mis respiraciones, hasta diez y vuelta a empezar. Eso evitaba que me distrajera, me evitaba pensar.

«Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis» . Una pluma negra ardiendo.

«Uno. Dos. Tres». La mano de mi madre en mi cuello.

«Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho». Gritos de dolor.

Estaba sumida en mis pensamientos. Sumida, tan sumida que no me di cuenta de que el ambiente se había tornado más frío. Seguía siendo de noche, aunque se acercaba el amanecer. Sin embargo, todo estaba más frío. Ya no había mariposas. La luna ya no brillaba. Las hojas se secaban.

Estaba aquí otra vez. Venía a por mí.

Me lo merecía.

Esta vez, dejaría que me matase. Pondría fin a mi tortura.

No estaba armada. Solo venía a correr. Me había perdido, y a mí misma en el camino.

Seguí corriendo. Más rápido. Me enredaba entre las ramas, corría en formas extrañas con tal de dejarla atrás.

Ella susurraba, tarareaba una canción:

«No dejaré que la bruja ascienda.

No dejaré que la infame viva»

Esa voz era conocida. Sabía quién era. Y ella, quién era yo.

Seguí corriendo y tropecé con una raíz. Las copas de los árboles estaban negras, no quedaba vida. No quedaba nada.

«La profecía no debe cumplirse.

Los caídos deben ascender»

Ella seguía tarareando. La sombra.

Se escondía entre los árboles, corría detrás de mí. Jugaba con mi pelo. Jugaba conmigo. Hasta que me tiró al suelo y caí rodando, y rodando, y rodando.

La tierra húmeda manchaba mi pelo, mi cara, se me metía en los ojos y en la boca. Pequeñas ramas me arañaban y el poco musgo se me enredó por todo el cuerpo.

Se posó sobre mí cuando yo estaba de espaldas. El impacto le había hecho ganar tiempo y había vuelto a jugar con mi pelo. Se le desplazaba entre unos dedos inertes, sin vida, negros.

Mi boca tenía un regusto metálico y una sensación oscura era palpable en el ambiente. Mi cara seguía mirando el suelo y las pocas partes de mi cuerpo que entraban en contacto con ella, supongo, sufrían de constantes escalofríos que terminaban propagándose.

Me sentía vacía y, a cada segundo que pasaba, la sensación iba en aumento, como si estuviera absorbiendo cada molécula de vida en mi interior, hasta no quedar nada más.

El oxígeno parecía insuficiente, mis pulmones se sentían llenos de tierra; como si una piedra pesada estuviera ejerciendo cada vez más presión sobre estos.

Atragantada, intenté toser, liberarme de alguna manera. Me había acorralado, por débil. No podía luchar, no tenía armas, no tenía nada.

No tenía suficiente control como para recurrir a mi magia, no había sido capaz ni de invocar unas cuantas flores de sol con Janine, era imposible que invocara algo ahora, apenas tenía fuerzas.

Recurrí a la tierra como medida desesperada, agarrándola en un puño con fuerza mientras le suplicaba.

«Por favor, por favor, por favor».

Nada. No hubo respuesta. Ni siquiera un breve movimiento.

La magia me había abandonado. Estaba sola. En esto, en todo.

Hacía demasiado frío y yo estaba cansada de intentar sobrevivir, de luchar por gente que me daba la espalda constantemente, y me permití cerrar los ojos un momento. Mis párpados se habían sentido tan pesados y, ahora, todo se sentía bien, todo era más fácil. Dejé de esforzarme, de luchar.

Me había rendido.

Tenía arañazos profundos en un costado y estaba segura de que un gran golpe en la cabeza también, ya que notaba un líquido denso desplazarse por mi frente.

La sombra seguía tarareando, acariciándome el pelo, y yo cada vez tenía más sueño.

«La Diosa Noche ascenderá,

A los mortales matará.

Conseguirá su venganza.

A base de sangre y lanzas.

Los traicioneros caerán.

Los caídos ascenderán»

Mi respiración se volvió irregular y los latidos de mi corazón aminoraron. Por fin, por fin podría descansar.

Un gruñido surgió de entre los bosques y se abalanzó sobre la sombra, pelaje negro y azul eléctrico, ojos brillantes del mismo color.

Toda la vida que me estaba arrebatando volvió a mí, junto con una pizca de decepción: había dejado que se metiera en mi cabeza, había pensado en rendirme, algo que no debía hacer.

Puede que mi madre ya no exista más, que esté casada con un Varkai gruñón, que hubiera perdido mi hogar y todas esas cosas que me hacían sentir un poco más yo.

Pero debía adaptarme. Me lo debía a mí, porque no creía que todo este sufrimiento no me llevaría a ningún lado, debía merecer la pena.

Volví a dirigir mi mirada hacia la bestia que, en cierta manera, me había salvado. Tenía una guerra con la sombra, que apenas era perceptible. Sus patas propiciaban arañazos y su mandíbula dejaba a la luz su temeraria dentadura.

Parpadee una vez. Dos veces.

No era posible.

No podía serlo.

Y ahí estaba. Acabando con la sombra por mí. Defendiéndome cuando nadie más lo estaba haciendo.

Clavó sus afilados colmillos en el cuello nebuloso y esta se esfumó; una paz se asentó en mi interior, llevándose consigo una sensación de incomodidad e insertando una emoción que no lograba descifrar. ¿Era alivio? ¿Felicidad? ¿Incredulidad?

Unos ojos brillantes me miraron y sentía que se me paraba el corazón. Su cuerpo era musculoso y era enorme. Su peluda cabeza triplicaba en tamaño la mía. Parecía más imponente a medida que se acercaba a mí y, por alguna estúpida razón, no le temía.

Era algo distinto, era respeto, admiración y, por loco que sonara, sentía lealtad. No solo porque me acabara de salvar la vida, era algo más, algo que no había experimentado nunca.

Los sollozos se entremezclaban con mis risas, que hacía tanto que no escuchaba.

Mi visión estaba borrosa y me costaba respirar.

Me estaba volviendo loca, estaba claro. Tenía un Nyctoru delante de mí, salvándome, y yo estaba actuando como una chiflada.

Mas su mirada no era juiciosa, solo estaba esperando, pacientemente.

—¿Por qué me has salvado? —pregunté inclinando un poco la cabeza para poder mirarlo bien.

No hubo respuesta. Solo estaba la misma mirada de antes, pero esta vez más entrecerrada. Estaba convencida de que estaría diciendo algo como: «¿En serio, humana?».

—¿Cómo te llamas? ¿Tienes nombre?

Tampoco hubo respuesta.

Sentí una oleada en mi interior, no era una respuesta clara, no había voces, pero sabía exactamente lo que decía: «Specter».

El corazón se me encogió por lo menos dos tallas. No era posible que un Nyctorus se hubiera vinculado a mí, ¿no? ¿O sí?

Specter pareció ver las dudas en mí —o escucharlas— y se sentó sobre sus patas traseras, agachando la cabeza. ¿Debería acariciarlo? Era un mamífero enorme, ¿se sentiría avergonzado? ¿O era más un gesto de respeto?

Me dedicó un gruñido y lo entendí como un «haz lo que te dé la gana», y eso hice.