Capítulo 22 #2
La camiseta dejaba relucir su marca, que le subía hasta la parte delantera de los hombros y algunas partes de la nuca. Dudaba que ella supiera que la tenía. No se había visto en un espejo en todo lo que llevaba de día.
No podía hacer otra cosa que esperar pegado a la pared a que terminara de arreglarse el pelo.
Cuando por fin terminó de hacerse la trenza y se miró al espejo, chilló tan fuerte que pensé que sería capaz de quebrarme los cristales de todo el Valenves.
Ahí estaba su marca, siendo resaltada y mostrada por los finos tirantes que llevaba.
Se la tocaba, se giraba a un lado, a otro, se acercaba al espejo, se alejaba, se volvía a acercar, se volvía a girar.
Pasó sus finos dedos por encima de las runas que llegaban a su clavícula, contorneando su forma, hasta que, finalmente, se giró y me sonrió.
Juraría que el corazón se me paró por un segundo. Nunca habíamos tenido un gesto tan íntimo, nunca se había sentido en la confianza de dedicarme una de sus sonrisas. No quería ninguna más. No quería conocerla, ni que se sintiera cómoda conmigo porque yo nunca lo haría con ella.
Carraspeé y su atención se desvió a mí; rápidamente, se sintió avergonzada y el miedo no tardó en regresar cuando recordó mi naturaleza.
Se secó el sudor de las manos en el pantalón y, con la cabeza gacha, me siguió hasta nuestro campo de entrenamiento manteniendo una distancia preocupante.
Escuchaba su corazón latir acelerado, lo cual era una verdadera distracción.
A pesar de que teníamos instalaciones dentro del Valenves, la tarea de hoy necesitaba de medios más expertos.
—¿Dónde vamos? —preguntó, tratando de camuflar parte del entusiasmo y el miedo de estar a mi lado.
—Al campo Umbrae. Te resultará familiar, ya sabes: me amenazaste allí con una daga.
Rebufó, sus labios se sellaron y agachó más la cabeza; un tono rosado le tintaba las mejillas y no podía evitar juguetear con sus manos.
El suelo terroso estaba seco debido al calor que hacía hoy. El cielo estaba casi despejado y se escuchaba a un par de Nocturix graznar por el cielo.
Los Umbrae no entrenaban, ya que era su día de descanso, por eso íbamos a aprovechar al máximo este terreno.
—¿Puedes salir al sol?
Al parecer, la ronda de preguntas idiotas no había terminado por hoy.
—Pensé que, al ser un Varkai, no podrías… ya sabes, salir al sol.
—¿Por qué pensarías semejante desfachatez? —pregunté alterado.
Las conexiones mentales que realizaba esta mujer me ponían negro. Todo eran estupideces, no entendía por qué a Cassian le caía bien.
—En el bestiario ponía «bebedores en las sombras» —dijo, recalcando unas comillas con los dedos—. Si sois bebedores en las sombras, no deberíais poder salir al sol.
—Deberías dejar de creer todo lo que lees, te está afectando a tu casi nula inteligencia. Puedo salir al sol, como ves, no me estoy desintegrando —moví mis dedos con ímpetu para remarcar mis palabras—, pero es molesto y, en más de una vez, he terminado con quemaduras.
Marie murmuró algún insulto en voz baja que no me preocupé por escuchar.
—Cuéntame en qué han consistido tus entrenamientos. Todos. Incluso los de las mellizas chaladas —exigí.
—No están chaladas —bufó. Eso era discutible, una no callaba ni debajo del agua y la otra no emitía un sonido ni aunque estuviera siendo atacada por un Viltoru.
Cuando Marie me contó los ejercicios que había estado practicando, entendí por qué continuaba siendo tan inútil.
—Empecemos por el principio, ¿cuántos minutos eres capaz de correr ahora?
—Cuarenta —dijo orgullosa.
—Al final de esta semana quiero que hagas sesenta.
—Eso es imposible —se quejó, exactamente lo que le había dicho que no hiciera.
—Serán sesenta y cinco —declaré—. Respecto a la magia, vamos a hacer un pequeño ajuste de cuentas.
—Sabía que el plan no le iba a hacer gracia, pero no quería perder más tiempo del estrictamente necesario con Marie.
Tenía mejores cosas que hacer—. ¿Qué fue lo que sentiste cuando manifestaste los poderes? Las dos veces.
Su mirada dudó, había algo que prefería no contar y yo no iba a forzarla a que lo hiciera, terminaría dándose cuenta ella sola, así que, si se mentía a sí misma, no conseguiría nada.
—Al principio fue miedo, después, dolor.
—¿Miedo? —pregunté incrédulo. Vaya, esperaba de verdad que se hubiera esforzado más en darme una respuesta decente.
—Sí, miedo a morir —confesó—. Mi madre me tenía agarrada por la garganta y sentía que todavía era demasiado joven para morir. Después, fue el dolor.
—Está bien.
Como había dicho antes, no la iba a forzar, tal vez no estaba lista para afrontar las cosas y quería seguir encerrada en su cascarón como una niña pequeña, así que veremos si era verdaderamente el miedo lo que la hizo canalizar.
Me saqué una pequeña flauta metálica del bolsillo y la soplé con fuerza, Marie no se había dado cuenta de que el recinto donde la había llevado estaba vallado. Si quería escapar con vida, debía canalizar; si no lo lograba, moriría.
El Nocturix bajó a toda velocidad, buscando una presa.
No solían ser pájaros violentos. De hecho, su función principal era la mensajería.
Pero si le ponías carroña fresca, un sonido que los volvía furiosos y una mujer que parecía esconder los huevos de sus crías, tal vez sí se vuelvan un poco violentos.
El pájaro graznaba con fuerza y Marie gritaba mientras se intentaba acorralar en una de las esquinas valladas. Error. Cuando el Nocturix aterrizó con fuerza, comenzó a recorrer el terreno con sus largas patas negras. No tardó mucho en localizar a Marie e ir tras ella.
Realmente, no había ningunos huevos escondidos, pero el sonido del silbato recreaba el graznido de sus crías pidiendo ayuda. Era un sonido agudo, muy parecido a los gritos de la brujita.
El Nocturix le arañaba los brazos, con los que trataba de cubrirse, mientras seguía gritando y maldiciéndome.
—Si quieres salir de esa, empieza a manifestar —ordené. Sabía que muy probablemente no lo lograría. El miedo a morir es un buen conducto de poder, pero no fue el suyo, no en este caso, y como no canalizase en menos de cinco minutos, estaría muerta.
Tenía el cuerpo lleno de arañazos, picotazos y mordeduras, la trenza se le había deshecho y tenía la camiseta hecha jirones.
Un chorro de sangre le resbalaba por la frente y buscaba mi mirada con la suya.
Todo en ella desprendía ira, había dejado de prestar atención a cómo el Nocturix le graznaba y le picoteaba el pelo.
Solo me veía a mí. Era una violencia divina con un apetito de destrucción insaciable.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que su mejor conducto no era el miedo a morir, era la venganza, porque ella ya sabía de lo que era capaz aunque nunca lo hubiera visto.
—¡¿Has sido tú?! —reclamó en un grito que parecía partir el cielo.
—¿Quién si no, brujita? ¡No hay nadie más aquí!
Las patas del Nocturix le llegaban por lo menos hasta la cadera. Amenazó con levantar una, cuando un grito de Marie declaró lo que estaba por venir.
Me esperaba flores, espinas, plantas, tierra, sombras, tal vez oscuridad.
Nada de eso fue lo que salió. En su lugar, un fuego rojo brillante brotaba desenfrenado, arrasando todo a su paso y elevando la temperatura del ambiente.
Solo quedó su esqueleto y un par de plumas en llamas que volaban por el aire.
Eso solo significaba una cosa: problemas, mucho más grandes de los que pensaba.
No solo es capaz de manifestar poderes de un Sylvari o un Somnari, los cuales claramente provenían de mí, de nuestro matrimonio, sino que también los de un Ignasari.
Si lo que estaba pensando era verdad, mi padre tendría razón, esta mujer sí que era la clave de todo, y eso era un verdadero peligro.