La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

ADRIEN

C assian había osado irrumpir en mi dormitorio. No conseguía conciliar bien el sueño, solo alcanzaba a dormir unas cuantas horas antes del alba y, cuando lo hacía, no me gustaba ser interrumpido. Mucho menos por la compañía que traía consigo.

—Tenemos problemas —dijo mientras se acercaba a las cortinas, para dejar entrar a la poca luz que asomaba y yo contuve un alarido cuando la sentí posarse sobre mi piel.

—Bien, vuelve dentro de tres horas. —Me tapé la cabeza con la almohada y gruñí. Todo el mundo en este castillo parecía ser un completo incompetente. No podían solucionar nada sin mí.

—¡¿Me has oído?! —gritó esta vez. Al apartarme la almohada, vi cómo Janine asomaba detrás de la espalda de Laurent, quien estaba al lado de Cassian—. Pro-ble-mas.

—¿Me has oído tú a mí? Tres. Horas.

—Es Marie —masculló, como si eso debiera significar algo.

—¿Por qué debería preocuparme por nada que la involucre a ella?

Era increíble. No solo me habían despertado, sino que habían interrumpido mi único momento de paz por la inútil bruja, otra vez. Parecía que no se percataban de que lo único que traía era eso: problemas.

En primer lugar, me obligaban a casarme con ella.

Luego, tenía que soportarla, lo que conllevaba más paciencia de lo que pensaba, y como si no fuese suficiente, también la tenía que entrenar porque retrasaba los entrenamientos de los Umbrae y era más torpe que una Elyndra borracha.

Cada vez que intentaba hacer una flexión, terminaba comiéndose el suelo.

—La quemadura de la espalda se le ha curado —susurró Janine en un murmuro casi imperceptible.

—No veo el problema en eso —gruñí.

—Se ha convertido en una… —tragó saliva y se pensó dos veces antes de continuar— marcadebruja.

—¿En qué? —pregunté—. Cariño, o hablas más alto, o más despacio. Esa combinación que utilizas no es muy favorecedora.

Cassian suspiró y apartó a Janine de su espalda, que me fulminaba con la mirada, pero ¿qué esperaba? Hablando así, no entendía cómo alguien conseguía comprender lo que decía.

—La quemadura de Marie se ha convertido en su marca de bruja, una enorme, por cierto.

—Sigo sin ver el problema.

Esta gente había hecho un complot para arruinarme el día y ponerme de los nervios. No sabían decir las cosas directamente.

—Las marcas de bruja a menudo son similares a pequeñas marcas de nacimiento, pueden aparecer en cualquier parte del cuerpo, pero no suelen medir más de cinco centímetros. A veces aparecen en forma de tatuaje también, como pequeños símbolos. No suele ser lo habitual —añadió Tahlia.

—Muchas gracias por esta lección tan inútil, ¿alguien podría explicarme de una vez qué está pasando?

—La marca de Marie le ocupa toda la espalda y es un tatuaje de runas.

—Vale, sigo sin entender en qué me afecta todo esto. ¿Se va a morir? Un favor que me hace el universo.

Ya no tenía paciencia. No entendía por dónde iban los tiros ni qué significaba que una marca de bruja fuera gigante y estuviera compuesta por runas.

—No es todo —intervino Cassian—. Cuando la encontramos, estaba envuelta en sombras.

Me levanté de un salto. ¿Sombras? ¿Quién sería tan estúpido como para invocar sombras en el Valenves? Y mucho menos para la Sylvari.

—¿Quién…?

—No había nadie más. Fue ella —me interrumpió Cassian.

—Bromeas.

Era imposible, si hace menos de una semana no conseguía invocar ni una plantita.

Era imposible que una Sylvari invocara a las sombras.

Solo unos cuantos Somnari eran capaces de hacerlo y era una habilidad que requería práctica, tiempo y cordura.

Cosas de las que ella carecía. Ni siquiera nuestro compromiso podría acelerar de aquella manera el proceso.

—Ojalá, pero no. Está en la enfermería, tal vez quieras ir a verla.

—Dejadnos solos —ordené.

Cuando la pandilla escolar dejó mi habitación, confesé:

—No puedo verla.

—¿De qué hablas?

—No. Puedo. Verla.

—Eso lo he entendido —gruñó—. ¿Por?

No me sentía cómodo hablando de estas cosas con Cassian. Él había prometido allanar el terreno cuando explicó lo de los Varkai, ya que parecía una muñeca de trapo, pero ahora comenzaba a dudar de que realmente lo consiguiera.

—Ayer descubrió que soy un Varkai.

—¿Qué? —vaciló.

—No puedo verla.

—Eso no es una solución. Le expliqué las cosas más básicas sobre los Varkai, pero ahora te toca a ti. No puede tenerte miedo ni te puedes negar a verla. El baile de máscaras es mañana, la gente sospechará si no os ve juntos.

—Encontraremos a alguien parecida a ella. No le verán la cara, por lo que nadie sospecharía —sugerí.

Cassian me dedicó una mirada asesina. No conseguí convencerlo. Tampoco pude librarme de ir a ver a Marie.

Tenían razón. La marca era enorme.

En el centro de la espalda tenía una media luna, con tres lunas más pequeñas en su interior.

A cada lado de la figura central había una runa cuyo significado desconocía, seguida por un semicírculo de símbolos: una combinación de rombos, líneas, triángulos, rayas y puntos que se superponían entre sí.

Debajo de este conjunto crecían cinco composiciones más: algunas parecían flechas, otras eran círculos entrelazados con líneas o puntos. En los costados, ascendiendo hasta los hombros, se extendían dos figuras adicionales.

No sabía si cada runa tenía un significado concreto o si una marca tan extensa era un mal augurio, pero las expresiones de las mellizas no me tranquilizaban.

Marie seguía descansando en la camilla, estas últimas semanas había pasado más tiempo aquí que entrenando, cosa que cambiaría en breve. Si la quemadura que tan mala pinta tenía ya se había curado, no tenía motivos para no entrenar.

Su rostro descansado era pacífico, no tenía las arrugas que solía tener cada vez que me miraba con ira, asco o miedo.

Abrió lentamente sus ojos verdes y, al encontrarse con los míos, noté cómo se sobresaltaba. No había olvidado lo que pasó anoche, perfecto. Su pecho se movía rápidamente y su cabeza giraba a todas partes, buscando a alguien que le pudiera ayudar. «Patético».

Unas gotas de sudor resbalaron por su frente y sus manos se agarraron a las sábanas blancas con fuerza.

—¡Por favor! —suplicó en llantos.

—Brujita, no tengo intención alguna de beberme tu sangre.

Y era verdad. Cuando la probé en la boda, era un absoluto manjar. Me despertó sentidos que pensaba tener muertos desde hacía años, pero, en ese momento, no me resultaba apetecible. Era como un pequeño cervatillo asustado, tratando de correr por su vida ante un claro depredador.

—¿Vas a matarme? —preguntó, sin apenas levantar la mirada.

—Respecto a eso, debido a tus nuevas... —hice una pausa, pensando en cómo podría referirme a los problemas que ha estado causando. Mi mano se meneaba en el aire mientras pensaba— habilidades, he pensado que podrías serme útil en algún aspecto.

—¿En cuál?

—Es algo que todavía tengo que averiguar. Vístete, vamos a entrenar.

Cuando estaba a punto de abandonar la lúgubre sala, Marie todavía no se había levantado de la camilla. Tenía la mirada perdida en algún lugar de la pared y parecía estar sufriendo una conmoción.

—Vamos —mascullé impaciente.

—¿Ahora? ¿Contigo?

—Sí. Ya hemos hablado de esto.

—Sí, pero antes de saber que eras…

Resoplé frustrado. Joder, sí, era un Varkai, pero todo el mundo parecía llevarlo bien, menos ella.

—Marie, ¿sabes que no nos podemos alimentar de alguien sin su consentimiento, verdad?

—¿No? —vaciló.

Fantástico, así que mi adorado Cassian, quien había prometido explicar lo más esencial, se había olvidado, en efecto, de explicar lo más esencial.

—Los Varkai no se pueden alimentar sin consentimiento, de hacerlo, la sangre se tornaría en veneno, te abrasaría la boca…

—Lo pillo, lo pillo. Cassian mencionó algo de bancos de sangre o animales, pero ahora no lo recuerdo muy bien.

Suspiré, sin comprender la necesidad de explicarle cómo llevaba a cabo mis funciones primarias, no obstante, si eso la hacía entrenar de una vez y me ayudaba a descubrir por qué narices podía conjurar sombras, lo haría.

Esperé de corazón que esos no fuesen los poderes que yo le había traspasado en el enlace.

—Sí, existen bancos de sangre en Nocturia, y no, no está permitido alimentarse fuera de la Sombra, efectos secundarios de la maldición, igual que el veneno. Hay algunos que se alimentan de animales, pero es poco práctico porque primero los tienes que matar. También existen las saciadoras.

—¿Eso son —tragó con fuerza— mujeres que dan la sangre voluntariamente?

—Son más bien acompañantes, por explicarlo de alguna forma. No necesitas saber todas esas cosas. La cuestión es que, si no quieres que me alimente de ti, no podré hacerlo.

—¿Y si decides alimentarte de mí porque piensas que yo quiero que te alimentes de mí, pero realmente no quiero que te alimentes de mí, pero tú piensas que sí, entonces…?

—Brujita, soy un caballero —la interrumpí; no podía seguir lidiando con ese monólogo de insensatez—.

Hago algo llamado preguntar. Además, tendría que reencarnar Aeliana para que yo llegara a alimentarme de ti.

Ahora, a entrenar. —El nombre me burbujeó en la boca y sentí como mi instinto más primitivo se ponía en alerta.

Después de una larga discusión y varios gritos, accedió a venir conmigo.

Al final, tuve que recurrir al chantaje emocional y sacar el tema de su madre, pero había funcionado.

Podía oler su miedo incluso a metros de distancia, percibir el temblor de su cuerpo y la necesidad de controlar todos mis movimientos.

Bien. Prefería mil veces que me temiese.

Marie se cambió a un conjunto Umbrae negro, no había demasiadas mujeres en nuestras filas, pero las pocas que había se prestaron a dejarle algo para entrenar.

Era muy parecido a la ropa que ella había estado usando, solo que más práctica y de mejor calidad.

Llevaba una camiseta de tirante fino, unos pantalones anchos que se ceñían en sus tobillos y unas botas Umbrae.