La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

MARIE

L os días siguientes fueron una combinación de reposo, sentirme insuficiente, untarme ungüentos, momentos motivacionales, meditar, llorar, intentar entrenar y fallar por el dolor de espalda, enfadarme, asistir a clases con Tahlia sobre el control de emociones y no poder dormir bien.

Y como si no fuese suficiente, debía añadirle las visitas que le hacía a mi madre, que terminaban con otra tanda de insultos por su parte.

No comprendía cómo podía haber cambiado tanto; apenas era capaz de reconocerla y, por mucho que desease llegar al fin del asunto, decidí darme un día de respiro. No sabía cuánto más podría aguantar sus comentarios mordaces junto con los de Adrien.

Cassian, Janine, Tahlia y Laurent habían conseguido ponerse de acuerdo para crearme una rutina.

Por las mañanas, me curaba las quemaduras de la espalda.

No había visto que unas quemaduras tardaran tanto en curarse con el ungüento, ni siquiera las de Ignavar.

Cada día que pasaba, tenían peor aspecto, la piel no se regeneraba y el dolor seguía presente, como si tuviera una llama ardiendo sobre la piel ya chamuscada.

Después, tenía práctica con Tahlia de lo que a ella le gustaba referirse como «Velanthia», un ritual que consistía en el control de las emociones.

Tahlia hablaba de él como algo parecido a una mazmorra donde se encarcelaba todo aquello que era perjudicial para ti o te distraía.

Digamos que había sido capaz de encarcelar algunas emociones y, segundos después, les daba la llave para que salieran. Es exhaustivo.

En teoría, el primer paso era identificar la emoción, lo que debería ser algo fácil, ya que únicamente existían seis emociones: alegría, tristeza, miedo, sorpresa, ira y asco.

Lo que nadie te explicaba era que a raíz de esas emociones surgían más de cuatrocientos cincuenta sentimientos, por lo que la lista era larga.

Tahlia estaba convencida de que era cuestión de tiempo que consiguiera identificarlas y ponerlas bajo llave.

Yo no estaba del todo segura, ya que siempre había pensado que las emociones eran un pilar importante y nuestro conducto más potente, por eso era más fácil manifestar cuando una emoción fuerte como la ira o la tristeza te invadían.

En cuanto terminó mi tortura número uno, pasé a la segunda: los entrenamientos con Cassian y Laurent.

Correr era más complicado cuando tenías la espalda achicharrada, quién lo iba a decir. Por no hablar de esa práctica que a los hombres les gustaba llamar flexiones. Quien quiera que inventara eso, merecía que lo tragara el Mainoît y no le devolviera ni los huesos.

En cuanto a la manifestación, bueno, era mejor no hablar de ello.

Janine quería que empezara invocando una pequeña bola de luz, decía que era una demostración mínima de magia, moldeable y controlable.

Yo no estaba de acuerdo. Cada vez que lo intentaba, la sala terminaba llena de margaritas o Janine envuelta en enredaderas.

Para terminar bien el día, debía compartir cena con Adrien. No sé qué clase de sombra rastrera había decidido que compartir espacio con ese demonio era buena idea.

Mi día se resumía en tortura, tortura y triple tortura.

Había intentado saltarme las cenas, usualmente eran incómodas y, aunque la comida era deliciosa, preferiría atragantarme antes que entablar una conversación con Adrien. Para mi suerte, él opinaba igual.

Al llegar al salón, una imponente mesa larga de madera estaba repleta de platos.

Había algo parecido a un pato, patatas asadas, ensalada, mantequilla, jarras y jarras de vino, y algunos acompañantes como guisantes, zanahorias y una salsa marrón viscosa.

Me rugieron las tripas en cuanto olí toda esa exquisita comida.

Los entrenamientos me dejaban completamente exhausta y hambrienta.

Estos días había conseguido controlar mi ansia y comer pequeñas raciones.

Mi madre solía decir que comía como una manada entera de brumarios y no quería causar mala impresión.

El recuerdo me envió una punzada directa al corazón, provocándome una sensación de malestar con la que ya me estaba acostumbrando a vivir.

Aunque, si lo pensaba bien, si Adrien creía que era una bestia comiendo, tal vez podría librarme de estas irritantes reuniones.

Las sillas cuadradas y altas seguían en la misma posición que ayer, estaba empezando a dudar de que este salón no lo usaba nadie, o que se limpiaba cada poco, lo cual daría sentido a ese maravilloso olor de brasas, romero y madera que se desperdigaba por la sala.

Esa noche había decidido llevar ropa más cómoda, me dolía la espalda más que en la mañana y tampoco podía llevar ropa ajustada, ya que se pegaba al pus de la quemadura.

Nadie sabía cómo me hice esa quemadura y yo tampoco lo recordaba, por lo que una camiseta gris y unos pantalones de algodón deberían ser suficientes.

Adrien ya estaba sentado en la otra punta de la mesa, sin embargo, hoy estaba distinto. Había cambiado sus habituales camisas negras por una blanca, y que las diosas me perdonen, pero lucía aceptable.

Tragué saliva más fuerte de lo habitual y él me dedicó una de sus molestas miradas que me maldecían en secreto.

«Llegas tarde», «Luces horrible», «Puede que en Eldoria no existan, pero aquí tenemos peines», «Sería mejor compartir cena con una Somnari», y todas esas cosas que Adrien acostumbraba a decir.

Carraspeé antes de tomar asiento, sin poder despegar la mirada de esos ojos grises profundos.

La cena transcurrió en silencio hasta que, tomándome por sorpresa, Adrien decidió romperlo:

—Cassian dice que no te adaptas bien a los entrenamientos.

Traidor. No podía creerlo. Se pasaba quince minutos dedicándome charlas motivacionales sobre lo que estaba mejorando y después iba a quejarse a Adrien.

—Él me ha dicho que estoy mejorando —refuté ofendida.

—Sí, pero no al ritmo que deberías.

—¿Perdón? ¿Es que a todo el mundo en este lugar se le olvida que tengo la espalda como si me hubiera pillado un carruaje en llamas?

—grité y me puse en pie dando un sonoro golpe—.

Por no añadir que quien yo consideraba mi madre ha terminado siendo una persona cruel que me dejó a la intemperie con un montón de idiotas y en una montaña donde, además, ¡hay sanguijuelas mágicas!

—¿De qué hablas?

—¿Qué de qué hablo? ¡De los Varkai! Casi estoy convencida de que es mejor buscar la guarida de esos mosquitos y que me chupen la sangre viva antes que soportar una más de estas ridículas cenas.

—Los Varkai no tienen guarida, Marie. No son.

.. —Hizo una pausa mientras suspiraba, agotado—.

Es igual. Mira, hemos tomado una decisión.

Cassian no tiene tanto tiempo para dedicarte con los Umbrae y tú necesitas un entrenamiento más personalizado, alguien que esté más pendiente de ti. Yo te entrenaré a partir de ahora.

—Oh, no.

—Oh, sí. Janine ya ha hecho los cambios a ese horario ridículo.

—¿Y qué pasa con el trato? Prometí que entrenaría con Laurent —me quejé.

Estaba cansada de que todo el mundo tomara decisiones por mí. Tenía veinte años, era más que capaz de decidir por mí misma. Además, no estaba segura de que entrenar con Adrien fuese productivo, uno de los dos terminaría apuñalando al otro antes de que saliese el sol.

—No tienes ni voz ni voto en esto. Tampoco comprendo por qué te gusta que todos los Umbrae te vean hacer el ridículo en esos atuendos que te pones.

—¿Perdón? —Traté de salir del salón, pero un alarido de dolor se me escapó. El dolor a veces venía en forma de pinzamiento y no conseguía reprimir los gritos. Antes de que pudiera volver a ponerme en pie, Adrien estaba detrás de mí.

—Déjame verlo.

—No.

—No estoy para juegos, Marie —dijo utilizando esa insoportable voz que decía: «Soy el rey de Nocturia y Varnath y vas a hacer lo que yo te diga»—. Déjame verlo.

Sus manos ásperas y frías recorrieron mi piel, provocándome descargas eléctricas a su paso. Notaba cómo los escalofríos se producían sin pesar, eran incontrolables, y odiaba la sensación que estaba provocando sobre mí. Era repugnante.

Se desplazaba sobre mi camiseta con cuidado, levantándola poco a poco, y la repentina exposición me hizo sentir estúpida, porque mi espalda lucía horrible.

Fuegos artificiales explotaron en mi estómago y mi corazón se marcó una maratón. Solo pude cerrar los ojos.

Su aroma embriagador me envolvía como una nube.

Estaba por todas partes. Lo olía incluso cuando él no se encontraba cerca, como un recordatorio de que siempre estaría ahí, de que este era su lugar.

Actuar así con tu esposo era ridículo, debía acostumbrarme a su tacto o, al menos, aprender a disimular que no me revolvía el estómago.

Noté un líquido caliente recorrerme la espalda y supuse que sería alguna ampolla que se acababa de reventar tras el roce.

—Estás sangrando. —Su voz sonó tensa, temblorosa y su respiración comenzó a agitarse.

—¿Cómo?

Al girarme, lo último que esperaba encontrarme eran unos ojos grises tornados rojos, con las pupilas totalmente dilatadas y fijas en la línea de sangre que recorría mi espalda.

Un comportamiento animal ante algo tan humano.

Adrien se llevó las manos a la cara, estaban temblorosas, y se alejó de mí a una velocidad imposible.

Adrien se había refugiado en una de las esquinas del comedor, entre una cortina de sombras que había invocado.

—Aléjate, por favor —suplicó con voz grave. Apenas podía verle la cara, pero notaba cómo hacía pequeñas muecas y escuchaba desde aquí su agitada respiración.

—¿Qué... qué pasa?

—No voy a hacerte daño, Marie, hoy no. Así que, por favor, vete. —Volvió a suplicar.

«Hoy no».

—¿Hacerme daño? ¿Por qu...?

—¡Márchate! —Un grito le rasgó la voz.

—¡¿Qué pasa?! —grité sin comprender qué había hecho.

Adrien se apartó las manos de la cara. Se había transformado en algo desconocido. Monstruoso. Sus ojos todavía brillaban del color de la sangre y cuando volvió a gritarme, unos colmillos asomaron por sus labios.

No. No. No. No.

El destino se estaba riendo de mí de una manera cruel.

No era posible. No podía serlo.

«Varkai»; «Bebedores en las sombras»; «Sed de sangre».

Me llevé los dedos a la espalda. Se toparon con un líquido caliente y escarlata que no tardó en bañarlos por completo. Observé cómo Adrien se descontrolaba, cómo me gritaba y se rascaba el cuerpo con impotencia.

Las manos me temblaban desconsoladamente, no sabía cuándo empezaron los sollozos que intentaba silenciar y que salían disparados en forma de gritos.

Aunque trataba de arrastrarme por el suelo para salir huyendo, no podía.

Estaba bloqueada. Por Aeliana, hacía apenas unos minutos había estado hablando de los Varkai y ahora tenía uno frente a mí.

—Huye —me ordenó—. Corre antes de que te dé caza.

—¡Monstruo! —grité entre sollozos.

—Oh, no lo sabes bien.

Yo suplicaba y suplicaba, lloraba y temblaba, estaba tirada en el suelo y caminaba a gatas hasta la puerta, que estaba lejos, muy lejos, más que antes, y a cada paso que daba, me giraba.

Adrien seguía escondiéndose en la esquina, arañándose la piel, y no hacía siquiera el intento de venir a por mí, pero eso no era motivo suficiente para quedarme a averiguar si tenía intención o no de matarme esta noche, así que corrí.

Me persiguieron sus gritos y el estruendo de los muebles al romperse. Estaba agitando el castillo, todos sus cimientos.

Corrí resbalándome por los pasillos, agarrándome a las esquinas de las paredes, comprobando a cada poco que seguía sola, que nadie venía en busca de mi sangre.

Las lágrimas me emborronaban la vista. Joder, me habían casado con un Varkai. Hacía apenas unos meses no sabía ni que eso existía.

La poca cena que tuve tiempo de ingerir, comencé a devolverla, era asquerosa.

Una mezcla de bilis y comida manchaba las paredes, que en este pasillo eran de color cerceta y tenían pequeños motivos de terciopelo negro, una pena.

Cada vez que sentía que mi cuerpo había dejado de vomitar, nuevas arcadas arremetían contra mí, expulsando más contenido que dudaba tener.

Una quemazón volvía a hacer acto de presencia sobre mi quemadura, pero esta vez el dolor era distinto, era más intenso, cegador.

Mi voz se quebraba en alaridos de dolor y mi visión era completamente blanca.

Sentía como si me estuvieran azotando la piel con un látigo en llamas. Una vez, otra, sin cesar.

«¡Haz que pare!», me gritaba a mí misma.

Me agarraba del pelo, me mordía la piel.

Tenía la cara empapada de lágrimas y nada parecía suficiente para dejar de gritar, nada apaciguaba el dolor.

Sentía el calor, pero no había fuego presente.

Solo estaba yo y un dolor incesante. Tenía mil agujas clavándose sobre mí; salían y se volvían a clavar, más fuerte, más rápido.

Volví a vomitar. La cabeza me daba vueltas, el pasillo se había vuelto del revés.

Estaba envuelta en una nube de sombras que me abrazaban y me tranquilizaban.

«Estamos aquí», decían. «Todo saldrá bien».

Me acunaban y aliviaban el dolor, como un viento protector, como una promesa llena de esperanza. Se enredaban por mi pelo, me acariciaban la mejilla. Solo que no había nadie más en el pasillo que pudiera invocarlas. Solamente estaba yo.

Parecían tararear una canción, me hacían sentir cómoda, respetada, me invitaban a dormir.

«Nosotras te protegeremos», decían.

Y eso hice: dormir.