La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Me rodearon unos brazos tan cálidos como reconfortantes y, con su llegada, se esfumaron los demonios.

Las lágrimas me inundaban la vista y Janine no paró de limpiarlas, de estrecharme entre ella.

Me sentí ridícula, llorando entre unos brazos que apenas conocía, pero el corazón me oprimía tanto que apenas pude atender a motivos.

—Todo va a salir bien —afirmó Tahlia—. Nosotras estamos aquí, podemos enseñarte.

—Yo… No estoy segura —suspiré—. No estoy segura de poder hacerlo. De ser capaz. Ahora tengo nuevas responsabilidades y…

—¡Claro que sí! —me interrumpió la melliza mayor—.

Vas a formar una rutina. Eres la reina de Nocturia, ¿y qué?

Adrien es el rey y también es el líder Umbrae.

Puedes hacerlo. Además, siempre dicen que las mujeres saben hacer más cosas a la vez que los hombres.

Si ese gruñón es capaz de hacer dos cosas a la vez, tú harás cuatro.

Sus palabras me reconfortaron, me obligaron a abrir los ojos, a ver lo que tenía delante. Porque sí, mi vida había dado un cambio radical y debía aprender a lidiar con ello.

—¿Por qué os habéis molestado en venir?

—Porque nosotras también sabemos lo que se siente al estar sola en un lugar como este —musitó Tahlia. Sus ojos brillaron, rebeldes, y le dediqué una sonrisa torcida.

—Y porque somos amigas —continuó Janine.

Fruncí el ceño y le pregunté:

—¿Amigas? ¿Desde cuándo?

—Desde que yo lo he decidido —replicó.

Asentí, satisfecha con su respuesta, y mis pensamientos volvieron a la visita que estaba planeada a Eldoria, que fue un completo desastre.

Se suponía que debía hacer acto de presencia, escuchar a la gente, buscar soluciones para los problemas que pudieran estar surgiendo.

No pasó nada de eso. En su lugar, recibí un collar de tonos azulados y púrpuras que me asfixiaba.

A pesar de que había tenido nuevas… revelaciones —y no sabía en qué lugar me dejaban—, decidí volver a hacer el intento.

—Quiero interrogar a mi madre —dije mientras trataba de recomponerme en la triste camilla.

—Hablando de eso —Janine hizo una pausa—, no sé muy bien en qué se ha convertido, pero tiene más grietas que el bosque espectral. Está loca.

—¿Habéis conseguido averiguar algo? —Hice el amago de ponerme en pie, pero esa sensación abrasante me volvió a golpear y siseé del dolor.

—Nada, solo dice tonterías —afirmó Tahlia—. He tallado un sigilo de escucha en la puerta, pero solo escucho al bruto de Adrien gruñir y Cassian intentando calmarlo.

—Debería ir a ver.

—Descuida —dijo Tahlia—, ya se han callado.

En cuanto me puse en pie y vi el horrible atuendo que llevaba puesto —una bata de enfermería—, casi me desmayo. Adrien ya me había reñido por pasearme en pijama y no tenía fuerzas para enfrentarme a él hoy.

—Por cierto —me giré hacia Tahlia—, también deberías enseñarme a hacer esos sigilos, parecen útiles.

Mi madre acostumbraba a usarlos diariamente.

Eran manifestaciones de magia menor, una especie de runas o símbolos, creados por la misma persona, que tienen una intención específica.

Se suelen crear con una rueda numérica y el alfabeto, otras veces no era más que una simple composición de consonantes.

Nunca me esforcé en aprender cómo hacerlos, ya que, hasta hoy, no había tenido magia para manifestarlos, y un sigilo que no está embadurnado en magia no es más que un garabato.

—Sí —susurró Tahlia con una sonrisa—, pero primero necesitas aprender magia más básica.

—Desconocía que pudiera existir magia aún más básica que los sigilos.

—Oh, cielo. —Las manos de Janine se posaron en mi hombro—.

Hay mucho trabajo que hacer y muchas cosas que aprender.

Pero primero debes aprender cosas más básicas como el control, protección y la manifestación.

Los sigilos son magia menor, sí. Son fáciles de hacer, infalibles, y no necesitan una gran experiencia, pero no te sirven de nada si no sabes manifestar ni controlar tu propio poder.

Ahora, desfilando. El día es muy corto y todavía quedan muchas cosas por hacer.

Antes de ir a ver a «mi madre», habíamos decidido pasar por mi habitación a cambiarme de ropa.

Sin embargo, una vez llegado el momento de quitarme esta sucia bata, no encontré fuerzas.

Tenía la espalda dolorida y notaba una mezcla de picazón y abrasamiento que era insoportable, parecía que tenía pegado un flamearíe que no hacía más que quemarme.

Necesitaba algo con lo que ir cómoda, parecido a un camisón, pero que cubriera más, fuera un poco menos camisón de dormir y me abrigara contra el frío del Valenves.

El armario sacó un vestido blanco con unas cuantas flores amarillas, era ancho, pero a la vez se ceñía un poco a la figura; largo, hasta los tobillos, y tenía las mangas largas. Era perfecto.

Necesité algo de ayuda para quitarme la bata y, cuando mi espalda quedó descubierta, las mellizas no pudieron contener murmullos de asombro que no sonaban nada bien.

Cuando miré el reflejo de mi espalda, grité.

Era como si hubiera decidido tostarme en Ignavar.

Estaba cubierta de repulsivas ampollas y quemaduras que tenían un tono rojizo preocupante.

La piel se había levantado en distintas capas y de algunas quemaduras había comenzado a brotar un líquido amarillento. Eso explicaba el dolor constante.

—Bien, que no cunda el pánico. —La voz de Janine temblaba, lo que no ayudaba demasiado a que no cundiera el pánico—. Necesitaremos caléndula.

—Y mahonia.

—Sí, mahonia también.

—Y sábila. Mucha.

—También eso, sí. —Janine correteaba, con la esperanza de encontrar todas esas plantas medicinales en mis aposentos.

—Podéis buscar todo eso mientras, yo volveré a ponerme esa ridícula bata e iré a buscar a mi madre.

—¡No puedes ir por ahí con la espalda así!

—Tiene razón, Marie.

—Sí, las dos la tenéis, pero este asunto tampoco puede esperar —suspiré—. Volveré y podréis curarme después. Necesito hablar con madre y averiguar qué sucede.

No permití que me llevaran la contraria, puesto que me fui en busca de mi esposo, el entrenador y un demonio.

Cuando aparecí, Adrien me recibió con una mueca de asco.

—Apestas —masculló Adrien.

—¿Estás bien? —preguntó Cassian a la vez.

—No mucho —murmuré—, me siento como una mierda de Brumario.

—Luces como una.

—¿Por qué no te vas a la hoguera? —bufé—. ¿Dónde está?

—Perdona, ¿de verdad piensas entrar así? —dijo Adrien, señalando mi atuendo y mi cara.

—Sí. No puedo cambiarme de ropa porque tengo la espalda quemada y tampoco he priorizado ducharme, esto es urgente.

—¿Quemaduras? —inquirió Cassian—. Marie, allí no había fuego, es imposible…

—¿Estabais allí? ¿Visteis cómo me intentaban asesinar y nadie hizo nada?

Era increíble. Joder, esperaba que al menos Cassian o Laurent intentaran hacer algo.

—Si lo hacía ella, evitaba mancharme yo las manos. —Sonrió Adrien sarcásticamente. Cada vez que pensaba que no podía ser más gilipollas, me demostraba que sí era posible.

—Tienes menos sesos que una Elyndra borracha —espetó Cassian—. No fue eso lo que pasó, Marie. Estábamos ahí, pero no nos podíamos mover, estábamos completamente petrificados.

—Eso no es posible.

¿Cómo podría serlo? No existía ningún Sylvari con esa capacidad, y mucho menos mi madre.

—Voy a entrar —anuncié.

No esperaba encontrarme unas mazmorras. Las escaleras se enrollaban entre sí como una serpiente y bajaban y bajaban.

El aire era cada vez más frío y húmedo, el ambiente más espeluznante.

Las paredes de piedra tenían pequeñas gotas de humedad y algunas antorchas que daban algo de luz.

No tuve que buscar demasiado. Mi madre estaba en la primera celda.

Se me revolvió el estómago cuando la vi y no fui capaz de reconocerla.

—Mamá —la llamé—, tenemos que hablar.

—Oh —exclamó—, pero si es mi pequeña e inútil hija.

—Todo en ella irradiaba indiferencia, como si no hubiera sido ella quien estuvo allí viéndome dar mis primeros pasos, o la misma que me abrazaba noche tras noche cuando en el Templete los niños se reían de mí—.

Siempre tan confiada, tan ingenua. Nunca has sido buena viendo las señales, incluso las que tenías enfrente de ti.

—¿De qué estás hablando?

No podía dejar de parpadear, como si lo que estaba pasando no fuera real. Toda pizca de bondad parecía haberse esfumado y transformado en maldad, sus ojos brillaban por malicia y su sonrisa se ensanchaba revelando su brillante y peligrosa dentadura.

—Oh, vamos, cielo —sollozó en una espeluznante carcajada—.

No vas a decirme en serio que no te dabas cuenta —escupió—.

Todas esas miradas indiscretas, de lástima y repulsión, los comentarios apenas perceptibles cada vez que paseabas por el bosque.

No podía tener a una incompetente viviendo bajo mi techo, ni mucho menos dejarla a cargo de Eldoria. ¿Qué pensaría la gente?

—No estás hablando en serio.

No podía estar haciéndolo. Se trataba de mi madre, por las brasas. Aquella que me trenzaba el cabello día y noche, que me daba un beso en la frente antes de dormir y la que me defendía con una escoba si era necesario.

—¿Por qué, si no, te vendería a Nocturia? Te quería alejada de mí —hizo una pausa—. Y no te preocupes, cielo —exhaló con una voz que rozaba lo frío y lo sarcástico—, Eldoria está en buenas manos. Estoy segura de que el encantador James cuidará bien de ella.

Esto era peor que una pesadilla. ¿James? ¿A cargo de Eldoria? Nada bueno podría salir de ahí.