Capítulo 20
MARIE
T raspasar la Sombra era una sensación a la que todavía no me había acostumbrado. Se sentía como si absorbiera parte de tu alma. Era fría, oscura, carente de emociones y me provocaba una opresión en el pecho que hacía que respirara más fuerte de lo normal.
Adrien me miró con esa expresión que decía «ya estamos otra vez»; al final sí sería verdad que tenía problemas respiratorios.
Por lo menos, no tenía que hacer algo tan importante como esto solo con Adrien. Habíamos acordado visitar Eldoria para tratar los aspectos relacionados con la desaparición de mi madre y mi nuevo rol en la montaña.
En otro carruaje, nos seguían Cassian, Laurent y, por algún motivo que desconozco, Janine y Tahlia.
Las dos hermanas habían resultado ser inseparables y, en cuanto se presentaron para acompañarnos, surgió una acalorada discusión entre Laurent y Adrien, que terminó con mi marido refunfuñando algo sobre una excursión escolar.
Para mi desgracia, no había podido evitar meterme en el mismo carruaje con semejante bestia.
Estaba mal visto que los reyes de Nocturia no compartieran carruaje y, si llegábamos a Eldoria en dos carruajes distintos, levantaría demasiadas sospechas.
Al final, solo los miembros del consejo y los más cercanos a mí y a Adrien —eso incluía a casi todo el cuerpo Umbrae— estaban al corriente de que esto había sido acordado.
La mayor parte del camino la pasé mirando por la ventana o durmiendo.
En cuanto cruzamos la Sombra, el Sol me dio la bienvenida como un viejo amigo.
Las Elyndras correteaban a nuestro alrededor y Adrien no hacía más que gruñir por lo ruidosas que eran y por el sol y calor que hacía.
Se había vuelto una bestia quejica, desesperada por cualquier resquicio de sombra.
El olor de los bosques me refrescaba y el aroma a magia, que me resultaba tan familiar a pesar de carecer de ella, me acariciaba como una vieja amiga.
Todo era más brillante, luminoso, colorido, alegre.
Desde mi ventana veía especies distintas de frongos creciendo en la tierra húmeda, pájaros sobrevolando el cielo.
Las copas de los árboles creaban una sombra que en nada se parecía a la de Nocturia.
Había flores de distintos tipos, tamaños, colores; grandes, pequeñas, blancas, azules, moradas; enredaderas que se colgaban de las ramas y crecían y crecían. A lo lejos se escuchaba agua: un lago.
Ese era mi hogar, y diosas, lo había extrañado.
Una vez que entramos en el centro de Eldoria, la gente se comenzó a amontonar a nuestro alrededor, querían observar.
Nos esperaban a nosotros. Estaban asombrados y no caí en la cuenta de por qué hasta que sus ojos brillaron al observar mi vestido.
Había buscado algo más casual, sin embargo, el armario no estaba de acuerdo.
Mi vestido era despampanante, de un degradado rosado, lavanda, verde menta y esmeralda. Tenía los hombros descubiertos, donde caían distintas flores malva y magenta, que parecían crecer en la misma tela, hasta la cintura y sus mangas abullonadas.
Decidí ir por un maquillaje más ligero, un poco de color en las mejillas y un labial que, según las doncellas, se adaptaba muy bien al tono de mi piel.
Mi vestido se manchó de tierra húmeda mientras abrazaba, sonreía y lloraba con mi gente. Los cumplidos volaban alrededor del aire, sin embargo, cuando un Sylvari murmuró «mi reina», todos se arrodillaron.
Ese tipo de respeto era distinto, no se parecía al que experimenté en Nocturia. No había miedo ni amenazas. Solo había amor, respeto y admiración. No fui capaz de retener las lágrimas que rápido destrozaron parte del maquillaje.
Los Sylvari se negaron a levantarse, porque por fin vieron a la reina que tanto habíamos esperado.
Criada lejos de la oscuridad. Mi mirada recorrió a aquellos que me rodearon y, cuando un rostro conocido se acercó desde la lejanía, me temblaron las rodillas: pelo negro largo, ojos verdes brillantes…
—Mamá —susurré.
El suelo se acercó a mí de pronto y me comenzó a faltar el aire.
No era posible, ella no podía estar aquí.
Algo parecía distinto en ella. Sus ojos ya no tenían vida, estaba más delgada, pálida, era igual que un alma sin vida. Sus abrazos ya no parecían los mismos, eran fríos, casi robóticos. Cuando rompí el abrazo y me crucé con su mirada, no la reconocí.
Y Janine gritaba.
Gritaba.
Gritaba.
Gritaba.
Gritaba.
Y gritaba.
Cada vez más agudo.
Cada vez más fuerte.
Entonces supe que iba a morir, que ella estaba anunciando mi partida.
Yo no me percaté de la mano que ahogaba mi cuello. De esa mirada malévola.
Me faltaba el aire. Notaba una presión abrumadora que juraría que era capaz de partirme la columna en dos y mi corazón latía cada vez más rápido, me inundaba los oídos. Trataba de arañar, gritar, necesitaba liberarme de este monstruo. Huir.
Ya no había nadie a mi alrededor. Nadie podría salvarme. Solo yo.
Yo.
Yo.
Yo.
Yo.
Y no era capaz.
Mi visión se ennegrecía. Todo estaba borroso y oscuro. Muy oscuro.
El aire ya no era suficiente.
Solo escuchaba mi corazón.
Pum.
Pum.
Cada vez más despacio.
Pum.
Pum.
Mis pies se adormecían, como si mil mariposas volaran entre mis venas, llevándose el poco oxígeno que me quedaba. Porque ya no era suficiente. Estaba muriendo. A manos de mi madre.
Mi madre que, claramente, ya no era mi madre.
Mi fuerza ya era inútil, mis golpes perdieron potencia. Entonces ella se acercó y susurró:
—La profecía no se puede cumplir.
Eso me sonaba familiar, pero no conseguía ubicarlo en mi mente. Porque no recordaba nada.
Estaba muy cansada. Incluso como para despertarme cuando un vendaval me revolvió. Cuando parecía estar volando y ya nada me apretaba. Cuando por fin pude respirar.
«Que la Diosa me proteja de lo rápido que mi alma ha traspasado el velo».
Aun así, seguía manteniendo una sensación extraña. Un hormigueo cosquilleaba por mis brazos y un calor abrasaba mis manos. No quería abrir los ojos. Si mi alma estaba abandonando mi cuerpo, preferiría no verlo y, aun así, lo hice.
Ese hormigueo, que me recorría como insectos, era una hiedra salvaje, lianas y espinas brotando de mí.
Se enredaban y se enredaban y se enredaban en mi brazo, una vez, dos veces, tres…
Seguí su recorrido con la mirada, hasta mi madre.
Se le enroscaban como serpientes que cazaban a su presa, por los brazos, por las piernas.
Los ahogaban de la misma manera que ella me había ahogado a mí.
Estaban descontroladas, enfadadas, confusas.
Querían venganza y luchaban desesperadas por conseguirla.
Los vientos galopaban en el cielo como furiosos dragones que rugían y pronto se convertirían en asesinos huracanes. Todo esto era obra mía.
Las enredaderas parecían entenderme, saber qué es lo que yo necesitaba. Lo que anhelaba en el fondo de mi corazón. La verdadera pregunta es si sucumbiría a tales deseos.
Las copas de los árboles dejaron de sacudirse, las hojas ya no flotaban en el aire y las hiedras volvieron a mí.
Mi madre recuperó parte del color y, antes de poder darme cuenta, Tahlia apareció a mi lado. Estaba derrumbada, me dolían las rodillas, la cabeza y puede que también el corazón. Ella me ofreció su hombro como apoyo y cerré los ojos.
«Solo por un momento», me dije, «después todo estará bien».
Cuando volví a abrir los ojos, ya no estaba en Eldoria.
La luz de la sala era cegadora, blanca e iluminaba las paredes sosas, tenían un relieve extraño.
¿Eso eran paredes? Seguía teniendo la visión borrosa y estas parecían moverse como si el aire soplara sobre ellas.
Sentí una molestia al tragar, era un dolor extraño, y cuando me llevé la mano al cuello, parecía que mil agujas se me clavaban en él a la vez.
Una sensación abrasante me recorría la espalda, como si hubiera sufrido una clase de quemadura horrible, y me revolví incómoda entre las mantas.
Los párpados me pesaban y yo solo quería dormir. Sí, dormir estaría bien.
Entonces las paredes se abrieron y dos personas salieron de ellas. Grité y grité y ahí estaba otra vez esa molestia agonizante que me arañaba la garganta y me quemaba la espalda.
Ellas gritaron también, asustadas, antes de que la más alta de las dos exclamara:
—Marie, estúpida —rugió—. Nos has asustado otra vez.
Mi visión se enfocaba y se desenfocaba y solo veía resquicios de un pelo castaño, o negro, tal vez. Largo, liso; muy liso y muy largo.
—¿Janine? —pregunté.
—¿Cómo estás? —Se acercó a mí y sus ojos verdes ocuparon toda mi visión—. Estábamos preocupadas. —Janine me golpeaba los brazos y me giraba la cara, provocándome mareos—. Tu madre te atacó y tú…
De repente, se hizo el silencio. Comprendí por qué me dolía el cuello, por qué estaba tan agotada. Recordé el miedo, la falta de oxígeno, cómo estaba casi convencida de estar a punto de morir y, después, la magia.
«Mierda, mierda, mierda».
Se suponía que yo… no podía tener magia. Era una Sylvari sin magia, por eso me eligieron, por eso me casaron, por eso…
Me había pasado veinte años aceptando que esa vida no era para mí, que nunca tendría una marca de bruja, y las posibilidades eran tan ínfimas, escasas. Tenía que ser un malentendido.
—Yo no fui —declaré.
—Marie… —Titubeó Tahlia.
—¡Yo no fui! —El aire me quemaba, me arañaba el pecho, y solo pude sentir dolor—. ¡No tengo una marca de bruja! No puedo tener magia sin tener una marca.
Y lo sabía. Lo sabía tan bien que me dolía. Lo sabía por todas las horas que pasaba frente al espejo, inspeccionando cada centímetro de mi cuerpo, esperando encontrar algo. Un lunar nuevo, una mancha que antes no estaba ahí. Nunca encontré nada.
El oxígeno parecía esfumarse y la sala se volvió diminuta. Volvió la mano, con el rostro de mi madre ahogándome. Una vez. Otra. Sin parar, y yo solo podía ver sus ojos, adornados de esquirlas verdes, mirándome y murmurando cosas. Cosas sin sentido. Ella hablaba de una profecía, de una llave.