Capítulo 19 #2
—Adrien Arkenvoss, bajo la luna y el juicio del destino, frente a la mirada de aquellos que nos observan, te acepto como esposo.
Prometo ser tu guerra y tu refugio, tu tormenta y tu calma, la única verdad en un mundo lleno de mentiras.
—Su sangre fluía mezclándose con la mía y, por un momento, juré que fui capaz de percibir parte de sus emociones—.
Aunque el destino nos reclame y el tiempo borre nuestros nombres, seguiré siendo tuya en cada chispa de luz y cada ápice de oscuridad.
El sabor de la mentira me dejó un regusto amargo en la boca. Su mano se separó de la mía y un frío, más cruel que el invierno más gélido, me acarició. Su mirada seguía fija en la mía cuando se llevó el cáliz a los labios y bebió.
Sus ojos se oscurecieron y sus pupilas se dilataban de una forma anómala. Podía ver las aletillas de su nariz moverse febrilmente y cómo su pecho se movía con rapidez. Casi parecía un instinto animal.
Pensé que me asquearía el sabor de mi sangre y la suya.
Sin embargo, el regusto metálico mezclado con la amargura del vino creó una explosión de sabores.
Fue entonces cuando sentí algo que no podía explicar.
Como si ahora existiera una parte de mí más oscura, más cruel, una parte que no era mía, luchando por hacerse un hueco en mi interior.
Sentí demasiadas emociones a la vez, algunas incluso que no me resultaban propias, como un hambre salvaje y el sentimiento de estar a punto de perder el control; otras, que no sabía de dónde podían surgir.
No sabía qué llevaba ese vino demoníaco, pero despertaba cosas que eran imposibles, cosas que yo jamás podría llegar a sentir: excitación, hambre, éxtasis y desesperación.
—Besaos —ordenó Varin.
No.
Ni de broma.
Parpadeé nerviosa y las manos comenzaron a sudarme. Adrien parecía casi tan escandalizado como debía estarlo yo. Tragué con esfuerzo y me armé de valor. Se suponía que teníamos que hacer este enlace creíble, convencer a la gente de que sentíamos… amor.
Ni lo sueñes.
«¿Qué cojones?»
¿Por qué tenía la voz de Adrien metida en la cabeza?
Sal. De inmediato.
Ojalá pudiera, brujita, pero me temo que no es posible.
Esto tenía que ser alguna especie de broma. Una que no estaba disfrutando en absoluto.
—Debéis hacer algo ya, la gente está empezando a sospechar —masculló el consejero.
«Mierda».
Con un gruñido y un par de improperios, Adrien estampó sus labios con los míos.
Al principio, ninguno de los dos se movió. No supe qué hacer con el repentino contacto de sus labios, ni la extraña sensación que me provocaba ahora su cercanía.
Tienes que hacerlo creíble.
Gruñí, porque hacerlo creíble era imposible. No había ni una sola fibra de mi ser que, en su sano juicio, deseara a este hombre.
—Estoy convencido de que podéis hacerlo mejor que eso —gruñó Varin con disgusto.
Se escuchaban murmullos que llenaban el jardín y supe que nuestra actuación no había sido creíble, que ninguno de los dos había conseguido disimular el asco recíproco.
—Repetidlo y, esta vez, hacedlo bien.
Adrien rugió y dio un paso hacia mí. Quise salir corriendo, apartarme, pero una de sus manos viajó hasta mi cintura y me acercó a él.
Todo pareció fluir con más naturalidad. Sus labios se movían sobre los míos con experiencia, como si conocieran el terreno.
Nadie me había besado así, como si fuera la cosa más asquerosa y más deliciosa que jamás había probado.
Su mano acariciaba mi cintura, atrayéndome más a él, exigiendo más, y la otra se enredó en mi pelo, deshaciendo todo mi recogido.
Su boca tenía un regusto metálico, pero a la vez a algo fresco, como la menta.
No supe en qué momento un leve gemido salió de mis labios, ni tampoco cuándo él lo correspondió.
Tampoco fui consciente de cuándo nuestras lenguas se fundieron entre sí, de una manera salvaje y apasionada.
Como si nadie estuviera mirando. Como si el odio y la traición que nos precedían no existiesen.
Pero el beso acabó y, cuando nos separamos para coger aire, nos dimos cuenta de lo que acababa de pasar. Lo que acabábamos de hacer.
¡Por la Diosa!, acababa de besar a Adrien de una forma poco convencional. Delante de su padre. Me iba a morir.
Esto no cambia nada.
—Buen trabajo —confesó Varin satisfecho.
La emoción estalló: los aplausos, los vítores, los silbidos. Todo el mundo estaba celebrando. Pero esa noche algo había cambiado.
No se hizo el silencio hasta que Viktor agarró la daga, imbuida por nuestra sangre, y se la llevó al cuello, realizando un corte experimentado y rajándose la garganta de lado a lado.
La sangre salía a borbotones y no sabía distinguir qué gritos eran míos y cuáles no, pero a diferencia del resto, los míos estaban llenos de terror, miedo y confusión.
El público gritaba eufórico, anhelante, como si acabaran de ver una representación de la mejor función teatral, aullando el lema: «¡Larga vida al Rey Oscuro!
». ¿Por qué nadie parecía aterrorizado ni sorprendido por lo que acababa de pasar?
«El ritual de sucesión se llevará a cabo después de la celebración y todos los presentes estáis invitados al mismo».
Si se suponía que eso era el ritual de sucesión, este reino estaba habitado por completos dementes.
Unos cuantos Umbrae me agarraron de ambos brazos, tratando de alejarme de semejante escena mientras Adrien les seguía, con la cabeza alta y una expresión cortante.
Me revolví de su agarre, pero me agarraban con tanta fuerza que me fue imposible.
—¿Dónde vamos? —pregunté—. Me están haciendo daño.
—El ritual no ha terminado, majestad.
«Majestad».
La palabra parecía atorarse en su garganta, no obstante, la naturalidad con la que la pronunció era desgarradora. Había dejado de ser una simple joven que de vez en cuando recogía frongos en los Campos de Luminis para ser su reina.
—Tenemos órdenes concretas de escoltarla al palacio.
No tenía claro que pudiese acostumbrarme a ese trato, a esa gente, a esas tradiciones. Fingir que Nocturia podría llegar a ser mi hogar era una insensatez.
Cuando llegamos a las puertas del gran salón, había perdido el velo por el camino.
Los Umbrae se habían colocado detrás de nosotros y Adrien estaba a mi lado.
El mero hecho de su presencia y de lo que estaba por venir me revolvía las tripas.
Sentía una opresión en el pecho que me dificultaba respirar y la visión comenzó a emborronarse.
Compórtate , maldijo Adrien en mi cabeza.
Como si eso fuese sencillo. Ojalá existiese algún botón que me desactivara las emociones, aunque fuese de manera temporal, y me convirtiera en un monstruo sin emociones como él.
—Escúchame bien, esa gente de ahí dentro está esperando ver a su próximo rey y reina: debes estar a la altura.
Si no puedes hacerlo, finge. Nocturia está en tanto caos como el resto de Varnath.
No están esperando a la líder de Eldoria, sino a la reina de Nocturia.
Recuérdalo. Más adelante trataremos tus problemas respiratorios.
Incluso aunque Nocturia no fuese mi montaña natal, esa gente sería parte de mi responsabilidad también.
No conseguiría que me respetasen si la persona que estaba a punto de entrar fuera la joven indefensa y llorona que llevaba rondando estos pasillos durante semanas.
Y fingir, podía hacerlo. Llevaba haciéndolo demasiado tiempo.
Así que decidí que pondría una sonrisa en mi rostro cada vez que sintiese unas ganas incontrolables de gritar.
Las puertas se abrieron y la gente se arrodilló.
Adrien se deshizo de su americana y su corbata, volviendo a su estilo habitual, con la camisa hasta los codos y con algún botón abierto de más.
La forma en la que andaba era imponente, como si las vidas de cada uno de los presentes le perteneciesen.
Las mujeres lo adoraban, los hombres lo temían.
Era la representación perfecta de una noche de tormenta oscura que amenazaba con robarte todo.
Intenté no bajar la cabeza, mantener la vista al frente. Aunque el público seguía arrodillado, se escuchaba un molesto cuchicheo que se silenció con una única mirada fulminante de mi parte.
Varin estaba posado frente a dos imponentes tronos oscuros, llenos de calaveras que se amontonaban hasta el suelo y con un respaldo puntiagudo y letal. Llegué allí en apenas segundos, como un fantasma que nunca era visto, y me coloqué al lado de Adrien.
Dos coronas negras reposaban en una vitrina frente a nosotros.
Una era más robusta, con pinchos y pequeñas piedras a su alrededor, la otra parecía un espejo de mi propia alma.
Estaba hecha de cuernos enredados entre sí, luchando por salir a la superficie.
Cuando encajó en mi cabeza, mi corazón se paralizó por un segundo, como si hubiera encontrado una parte de mí que no sabía que faltaba, una parte oscura y retorcida y, a su vez, hermosa y viva.
Durante un segundo lo vi posible. Me vi capaz de sentarme en este trono a su lado, gobernar Nocturia, ser su reina y formar parte de esta oscuridad. Hacer de Nocturia mi hogar.
Varin me dedicó un asentimiento lleno de orgullo y la sala estalló en aplausos, aceptándome como reina sin ser de Nocturia.
Respetándome. Fue cuando me di cuenta de que algo había cambiado también dentro de mí, en mis ojos, en mi alma.
Se asentaba, buscaba un hueco libre y se cocinaba a fuego lento.
No era como nada que yo hubiera visto antes, era mucho peor.
✽✽✽
Adrien y yo abrimos el baile. La gente bailaba, saltaba, sonreía, y yo me sentí obligada a sonreír por ellos, por todas las veces que deseé encerrarme y ahogarme con mis propios gritos.
Lo odiaba. Odiaba que una parte de mi vida hubiera sido sellada de esta forma repentina, que no hubiera tenido elección.
Odiaba tener que fingir algo que no era, arrinconar mi odio por mi marido y la preocupación por mi madre.
Y aunque me repetía que me preocuparía de todo eso mañana, fui incapaz de no verme arrastrada.
No podía mirar a Adrien y fingir que lo amaba, que tenía esperanza de que este matrimonio pudiera arreglar Varnath, que todo saldría bien, que encontraría a mi madre, que el Consejo en algún momento entraría en razón. No creía en nada de eso. ¿Y si ya era demasiado tarde?
Solo sentía odio, un odio tan profundo que creía capaz de explotarme los intestinos.
Una furia tan visceral por tener que mirar a la cara a uno de los responsables de todo este embrollo.
Temor: tanto que me paralizaba. Lo odiaba, lo temía, quería matarlo, y eso me aterraba.
No podría aguantar con esto mucho más. Unas horas habían sido suficientes.
Por La Diosa, ¿qué esperaba? ¿Que un beso mágico arreglara todo en cuestión de minutos? Había sido ingenua, estúpida, terca, y continuaba llorándole a la persona que me vendió como si no fuera más que un inútil saco de patatas.
—Si desde un principio me hubieran comunicado tus problemas de salud, me habría planteado dos veces este matrimonio.
—Si desde un principio me hubieran comunicado que eras una lumbrera de estiércol, me habría planteado dos veces este matrimonio.
Adrien agarró mi mano, marcando el ritmo del baile.
—No hables como si eso no fuera algo que tú desconocías.
Además, fuiste tú la que aceptó por los dos, ¿recuerdas?
— Se acercó a mi oído y susurró, para que nadie más escuchase—: Aquel día en el consejo, cuando se te volvió a olvidar cómo respirar.
—Agarró un mechón de mi pelo y jugueteó con él.
Si se trataba de aparentar, era el mejor—.
Deberías mirártelo, la verdad. No durarás mucho si no sabes hacer algo tan básico como llenarte los pulmones de aire.
—Eres tan egocéntrico que no te has parado a pensar si ese es el efecto que produces sobre las mujeres.
—Créeme, brujita, sé muy bien el efecto que tengo sobre las mujeres —mis pies seguían los pasos de baile mientras evitaba fruncir el ceño.
Lo odiaba, joder, con toda mi patética alma.
Adrien me hizo girar sobre mis talones hasta que mi espalda se apoyó en su pecho— y si alguna de ellas se queda sin aire, no es por los mismos motivos que tú.
—Eres un cerdo asqueroso —gruñí— y un completo soberbio. —Giré mi cabeza hasta que mi mirada se encontró con la suya, gélida y desafiante.
—¿Te gustaría comprobarlo?
—Ni estando drogada en frongos —refunfuñé—. ¿Eso es lo que haces con esa putita pelirroja tuya?
—Cuidado, querida, cualquiera podría pensar que estás celosa —musitó en mi cuello con una sonrisa. Estaba cerca, demasiado cerca.
En una situación normal, le hubiera pateado los huevos.
—Me dais igual.
—Seguro que sí. —La música terminó por fin y, con eso, mi agonía—. Estás ridícula en ese vestido.
Gilipollas.
Lo odiaba.
Lo odiaba.
Lo odiaba.
Lo odiaba.