La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

MARIE

H abía llegado el día y yo tenía los músculos doloridos. «Malditas flexiones».

Me había despertado con decenas de doncellas rodeándome. Sin embargo, hoy era distinto. Había un ruido bárbaro sumiendo el Valenves y masas de criados recorriendo los pasillos a toda velocidad. La boda se celebraría al anochecer, siendo así uno de los días más importantes para Varnath y para mí.

No me habían permitido emprender una búsqueda de mi madre. Según Adrien, el Consejo estaba preocupado de que algo pudiera pasarme antes de la boda. Me aseguró que cada montaña había designado gente para encontrarla, aun así, no podía decir que esa respuesta me tranquilizase.

Me habían enredado, por lo menos, tres peines en el pelo y tenía, como mínimo, seis manos intentando colocarme rulos en cada mechón.

Como era de esperar, nadie me preguntó qué peinado deseaba llevar el día de mi boda.

Aunque no tenía ilusión en que este enlace se llevara a cabo, ¿no tenía permitido elegir nada en este castillo?

Las doncellas trajeron miles de potingues que las mujeres solían ponerse en el rostro, no estaba acostumbrada a ellos, pero no podía imaginarme una boda sin estas doncellas pringándome la cara entera.

Me acercaron un espejo y cuando me vi en él, no reconocí mi propio reflejo, porque la que estaba al otro lado era la futura reina de Nocturia.

Se habían esmerado en contornear mis pómulos, que apenas llevaban colorete.

Los ojos tenían un degradado de sombras negro, con un pequeño delineado en la línea de agua que resaltaba el color esmeralda de mis iris.

Las pestañas estaban más largas y negras, acentuando aún más la forma rasgada de mi mirada.

Y mis labios… eran los protagonistas de semejante obra de arte, resaltaban en un granate oscuro. Era intimidante.

Me pintaron las uñas de un tono escarlata oscuro y forma almendrada. Cuando me soltaron el pelo, el aire escapó de mis pulmones.

Mi expresión era fría, casi inerte. Aunque estaban disimuladas y no se veían bajo el maquillaje, unas ojeras cafés adornaban el bajo de mis ojos, que carecían del brillo habitual de cuando vivía en Eldoria y el tono de labial no hacía más que palidecerme.

Me recogieron algunos mechones en una corona y dejaron algún rizo definido caer por los lados.

Las doncellas trajeron el vestido, cuya tela era, en su mayoría, negra, quitando algunas capas color antracita que se desvelaban con el movimiento.

Me retiré la bata de seda y, con ayuda de las doncellas, me puse el vestido.

El encaje negro recorría toda la parte superior del busto y abrazaba mis curvas como una segunda piel.

Mis pechos, no muy voluminosos, resaltaban en el escote en forma de corazón, que se adornaba con pequeñas flores en relieve plateado.

Las mangas, translúcidas, formaban capas de tul y encaje, que parecían unirse a mis hombros como si fueran parte de mí.

El encaje, a su vez, florecía hacia la parte baja de la voluminosa falda con una hiedra plateada hasta formar la cola del vestido.

El velo cubría casi todo mi rostro y los afilados tacones repiqueteaban a cada paso que daba.

Mi ramo estaba compuesto por rosas negras y rojas, orquídeas de luna, espinas —que estaba segura de que provenían de Vecthorn—, dalias moradas y lirios Nyx, creando una explosión de colores carmesí, negro, plateado y ébano.

La verja de la entrada al jardín para la ceremonia estaba adornada con flores similares: orquídeas etéreas que relucían con intrigantes destellos morados, plateados y celestes, acompañadas por dalias de un negro profundo.

Era, cuanto menos, una elección curiosa, dado el significado que tenían esas flores: un presagio oscuro de traición y tristeza que llenaba el ambiente.

El camino estaba cubierto con una alfombra oscura y piedras blancas a los lados.

El jardín estaba casi vacío y conseguí reconocer un par de rostros, aparte de a los líderes del Consejo.

Me sorprendió que les permitieran acceder a Nocturia, aunque, teniendo en cuenta la situación, no me extrañaba que quisieran asegurarse de que se cumpliera nuestra parte del trato.

Me decepcionó no ver a mi madre entre toda esa gente, lo que aumentó el nudo que se formaba en mi estómago.

No dejaba de pensar en ella, dónde había decidido irse y el porqué.

Apenas podía ver con el tul que me cubría y, cuando estuve al borde de tropezarme con una piedra, Laurent apareció a mi lado como la figura paterna de la que yo carecía, como el único familiar que podía reconocer. En ese momento, fue lo más parecido a un apoyo, a un amigo.

—No te dejaré caer —susurró.

Comprendí que, a veces, la compañía menos esperada se volvía, en el momento menos pensado, imprescindible.

Adrien estaba vestido con un traje negro típico, enmarcado por unas hombreras metálicas y ligeros detalles brillantes por el torso.

A diferencia de su aspecto usual, su pelo estaba engominado y bien peinado hacia atrás.

Parecía estar mejor descansado y sus ojos grises azulados brillaban con su habitual toque de disgusto cuando estos se dirigieron a mí.

El traje remarcaba todos sus músculos y él los lucía con confianza.

Viktor Arkenvoss se postraba tras él como una sombra impactante.

Las arrugas eran protagonistas en su piel flácida y caída.

Su pelo, largo y canoso, lucía despeinado, incluso en la luz de la luna.

Se había adornado la larga barba con un charro plateado que tenía pequeñas cuencas colgantes.

Y su cuerpo, rozando lo esquelético, se había tornado de un tono grisáceo, como si estuviera muerto.

Traté de evitar que mi mirada viajara por los asientos y la centré en mi único objetivo de esta noche: Adrien.

Por mucho que me revolviera las tripas mirarlo y su presencia llenara hasta la más vacía de las estancias, tenía la corazonada de que era lo correcto.

Esta no sería una boda romántica, sino una mera unión por necesidad. Ambos hacíamos esto por nuestro pueblo.

Cuando llegué al altar, su fragancia lo inundaba todo, esa mezcla de cedro, ámbar oscuro y la acidez de una manzana verde.

Su ceño estaba fruncido como de costumbre y las palpitaciones de mi corazón se aceleraron ante el escrutinio de su mirada gélida, que despertaba la fiera más rebelde que habitaba en mi interior.

Le dediqué una breve reverencia que él no me devolvió.

—Me gustaría empezar agradeciendo a todos los presentes —comenzó Viktor en un tono serio—. Para Nocturia es muy importante la celebración de este enlace y, aunque el único representante de Eldoria sea la novia, estoy convencido de que esta unión supondrá un antes y un después en Varnath.

Los vítores de la multitud le impidieron continuar con su discurso y el jardín se inundó con el sonido de alegres aplausos.

—Además, me gustaría anunciar que, con efecto inmediato, mi hijo ocupará mi lugar en Nocturia, convirtiéndose así en el gobernador de Varnath y rey oscuro de Nocturia.

—¿Qué cojones estaba pasando aquí? Mi mirada viajaba entre Viktor, Adrien y los rostros desconocidos que nos rodeaban, pero todos mantenían esa máscara de indiferencia que tanto me inquietaba—.

El ritual de sucesión se llevará a cabo después de la celebración y todos los presentes están invitados al mismo.

Los susurros formaron una nueva oleada de ruido y fue cuando me di cuenta de que esta información era tan novedosa tanto para los invitados como para mí. Sin embargo, ahora no tenía tiempo para averiguar qué implicaba la renuncia de Viktor, ni tampoco el ritual de sucesión.

—Adrien ha sido formado en los aspectos más fundamentales del liderazgo y sé, a ciencia cierta, que su momento ha llegado y que dejo mi reino en las mejores manos. Ahora, por favor, demos paso a la ceremonia.

Un rostro familiar ocupaba el lugar del oficiante. Pelo largo y negro, rostro inexpresivo, ojos del mismo color de la oscuridad. Qué poco original había sido elegir al consejero de Adrien como juez de paz.

Varin sacó una daga de su túnica negra mientras apoyaba una copa negra en el altar de piedra.

Ambos nos giramos hacia él y tomó una de nuestras manos.

Hizo un corte experimentado y limpio en nuestras palmas y vertió parte de nuestra sangre derramada en la copa, que se mezclaron entre sí junto con un líquido que parecía vino.

—Estamos aquí reunidos, ante la luz de nuestra luna llena, para celebrar el compromiso de Adrien Arkenvoss y Marie Lafont. Un lazo que trasciende el tiempo, la luz y las sombras, y que hoy se sella ante todos los presentes.

Varin le hizo un gesto a Adrien, indicándole que comenzara con sus votos.

—Marie Lafont, ante la sombra y la luz, ante aquellos que nos precedieron y los que vendrán, elijo tomarte como esposa.

Me entrego a ti hoy, no como rey ni como guerrero, sino como un hombre sin más armas que su alma desnuda.

—Varin tomó mi mano y la puso sobre la de Adrien y una corriente eléctrica me recorrió.

El contacto de su mano con la mía era algo íntimo, una muestra de algo que no existía, pero que, a ojos del resto, podía parecer la caricia de dos amantes—.

Prometo protegerte, aunque la oscuridad nos engulla, el mundo bajo nuestros pies se rompa y todo lo que hoy conocemos se redujera a cenizas. En cada vida y en cada sombra.

A pesar de que no debía estar nerviosa, lo estaba. Había practicado mis votos centenares de veces estos últimos dos días y ahora me había quedado sin habla. No era el momento para acobardarse. Aunque pudiese salir corriendo y dejar a este hombre en el altar, ¿en qué lugar me dejaría eso?