Capítulo 18 #2
Para mi sorpresa, Janine estaba sentada en uno de los bancos observando a Laurent y comenzó a gesticular de manera exagerada para que me sentara a su lado.
Hacerme paso entre hombres musculosos pegándose palizas como basiliscos fue más complicado de lo que creía.
Las dagas volaban por la sala, intentando alcanzar alguna diana, otros disfrutaban repartiéndose golpes entre sí y había otros que, de tan solo mirarlos, me provocaban agujetas.
Laurent siempre decía que Cassian era un entrenador duro y exigente y que, en ocasiones, le gustaba combatir contra los aspirantes.
Esta era una de ellas y Laurent no estaba quedando muy bien parado.
Cassian no tardó mucho en aburrirse de machacar a Laurent —quien terminó con un ojo hinchado, un labio partido y algún que otro moretón en la mandíbula— y en darle más de una lección.
—Vaya cerdo —murmuró Janine.
Parpadeé sorprendida ante el comentario y no fui capaz de contener la carcajada que cosquilleaba mi garganta.
—¿Qué? —preguntó.
Negué con la cabeza y me mordí el labio, obligándome a silenciarme.
—Es un cerdo.
—Lo es —confirmé.
Janine se unió a mi carcajada y Cassian nos fulminó con la mirada.
Una vez que pudimos controlar nuestros desvaríos, Cassian les explicó a los contrincantes la primera prueba del reto, ignorando que Janine y yo estábamos allí y era información clasificada.
La Caza Nocturna consistía en una cacería de aspirantes que eran liberados en el bosque que rodeaba el Mainoît y cazados por los Umbrae formados y experimentados.
Los aspirantes debían evitar ser capturados durante toda la noche utilizando su astucia, sigilo y conocimiento del terreno.
Todo aquel que fuera capturado se enfrentaría a un duelo contra otros capturados en la arena del Mainoît, al amanecer, donde solo el más fuerte y sagaz sobrevivía.
Decidí aprovechar ese momento para preguntarle a Janine:
—¿Sabes alguna manera de escapar del castillo sin que los guardias se te echen encima?
Ella abrió mucho los ojos y balbuceó sin parar. Finalmente, tomó una gran bocanada de aire y se relajó.
—No puedes irte, Marie. Sé que... sé que es complicado estar aquí, sin saber dónde está tu madre, pero hiciste un pacto con el consejo. No puedes huir a días de la boda.
Oculté mi mueca de desaprobación y decepción y fingí una sonrisa.
—Seguro que está bien —me consoló, acariciándome el brazo con ternura—. No creo que te hubiese dejado a la deriva de no estar bien ni convencida de que no corrías ningún riesgo.
Asentí y zanjé el tema. Me gustaría estar igual de convencida de lo mismo; sin embargo... Me dolía que me hubiese dejado allí, que no se hubiese dignado a despedirse y, a la vez, me enfadaba. No sabía muy bien cómo sentirme al respecto.
Una vez que terminó el entrenamiento, me acerqué a Cassian, quien estaba recogiendo el material:
—¿Hoy no hay rabietas? —se burló.
—Depende —repliqué—. ¿Vas a ser un idiota hoy también?
Cassian me dedicó una risa ronca.
—Mis disculpas.
—Disculpas aceptadas —murmuré.
Me paseé por la sala, examinando todo el equipamiento que había en ella.
—Has sido demasiado duro —le dije.
—No es verdad —farfulló y me miró con el semblante frío.
A pesar de haber estado peleando toda la tarde, no tenía ni un solo rasguño, solo unas cuantas marcas de sudor resbalando por su sien y un pelo platino alborotado—.
Debe centrarse, Marie, y tú solo tienes dos opciones: o entrenas con él, o dejas de verlo.
—Entonces entrenaré con él —dije sin pestañear.
Laurent era la única compañía que tenía por aquí y la idea de quedarme sola, tras todo lo que había pasado con mi madre, en este lugar no me resultaba atractiva.
Si un par de entrenamientos era el esfuerzo que tenía que hacer, lo haría encantada.
Además, toda distracción para olvidar el lugar tan lúgubre en el que me habían encerrado y dejar de torturarme con el paradero de mi madre era bienvenida.
—Empezaremos ahora.
La clase fue demoledora, a pesar de que no hice ni la mitad de lo que se espera en un Umbrae.
Cassian se empeñó en que lo primero que tendría que mejorar era mi fuerza y resistencia y me puso a correr durante treinta minutos, de los cuales solo conseguí aguantar siete sin fatigarme y suplicarle parar.
Sin embargo, él estaba convencido de que mejoraría con el tiempo.
Después me obligó a hacer un entrenamiento por intervalos, que no se me dio tan mal…
durante los primeros cinco minutos. Tenía que correr con el máximo de mi potencia durante treinta segundos e intercalarlo con trotes suaves durante un minuto, pero a la tercera serie ya estaba demolida y Cassian estaba convencido de que era suficiente.
No sabía en lo que me había metido. Solo había tenido una clase y ya estaba agotada.
Al día siguiente, me sorprendí a mí misma y a Laurent acudiendo al entrenamiento a primera hora, y Janine nos sorprendió a los dos acudiendo también.
Cassian nos puso a todos a correr alrededor del centro de entrenamiento durante unos eternos treinta minutos —de los cuales no conseguí escaquearme por muy dolorida que estuviera—, aunque me halagó saber que yo lo llevé mejor que Janine, quien casi se desmayó a los diez minutos.
El entrenamiento por intervalos se me hizo más corto hoy.
Cassian lo recortó a cinco series corriendo a toda velocidad durante treinta segundos y trotando por un minuto.
Llegado ese momento, Janine y yo ya nos estábamos arrastrando por el suelo, esquivando las miradas desdeñosas de los Umbrae y los aspirantes, que parecían más que acostumbrados a semejante tortura.
Aun así, no fue suficiente, porque le siguieron algo llamado «sentadillas con peso».
Un movimiento parecido a sentarse, quince veces, con unas barras más pesadas que el plomo, y repetirlo tres veces más.
Cassian se refería a eso como «series y repeticiones», pero Janine y yo fuimos incapaces de entender a lo que se refería.
Tener a Janine conmigo ayudaba. Nos dábamos consuelo mutuo a pesar de ser terribles y, de paso, me ayudaba a conocerla un poco más y su vida en el tekhné.
Cuando Cassian quiso incorporar algo a lo que él llamaba «flexiones» y los Umbrae se pusieron a ello, creí estar alucinando. No entendía cómo era posible que pudieran flexionar los brazos de esa manera y, aunque la demostración parecía más o menos sencilla, la práctica era otro infierno.
Si no me comía el suelo, flexionaba también las rodillas; y cuando no, Janine se las apañaba para salir rodando.
En teoría, debíamos hacer doce repeticiones, descansar y repetirlo todo tres veces más, pero mis brazos se negaban a colaborar y mis rodillas tampoco parecían muy interesadas en quedarse rectas.
—Patético —murmuró una voz robusta que conocía demasiado bien.
—Déjalas entrenar —gruñó Cassian.
—No creo que eso pueda entrar en el concepto de entrenar. —Cuando volví a intentar hacer una nueva flexión, me comí el suelo—. Eso ha sido todavía más lamentable que lo anterior.
—¿Por qué no te callas de una vez? —rugí y le dediqué una mirada fulminante.
Adrien me dedicó una mueca de disgusto y masculló:
—¿Quién te ha hecho pensar que puedes hablarme, bruja? —sentenció mientras me señalaba despectivamente—. Y mucho menos exigirme algo.
—No pensaba que necesitara un permiso para dirigirme a mi prometido.
—Has vuelto a cometer el error de dirigirme la palabra.
Se dio media vuelta y se fue.
Suspiré, intranquila. Me esperaban muchos años de amargura. Por el momento, me dedicaría a practicar mis flexiones lejos de su mirada juiciosa.