La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

MARIE

M e dolía la cabeza. Me dolía al moverme, al parpadear, al respirar. Era como si un martillo golpease sin cesar mi cerebro.

Cuando Cassian me llevó a pasear por la noche, me habló sobre los Varkai: criaturas que surgieron de la maldición Noctheis y que llevan existiendo siglos.

Dijo que apenas existían Varkai, que los Somnari consideraban que convertirse era una maldición, y eran muy pocos los que decidían convertirse tras recibir la marca.

Me explicó que no había una norma fija ni edad para recibir la marca, que podía aparecer en cualquier momento si esta te elegía o si la heredabas de algún antepasado.

Aquellos que, tras recibir la marca, decidían convertirse, debían realizar un ritual tan letal y mortífero que solo los más aptos conseguían sobrevivir.

Una de las pocas cosas que llegué a preguntarle fue por la sed de sangre, y es que, al parecer, los Varkai solo tenían permitido alimentarse de lugares o bancos designados por Nocturia.

Algunos, decidían alimentarse de animales; otros, en cambio, poseían humanos designados para el alimento.

Me costaba imaginarme cómo alguien en su sano juicio decidiría saciar a semejantes criaturas por voluntad propia.

Aunque, al parecer, esta última opción era la más habitual.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo de tan solo recordar los bocetos de esas criaturas y sus afilados colmillos; de imaginarme el regusto de sangre y lo doloroso que debía resultar que unos dientes penetraran tu carne.

La única cosa que podía encontrar positiva era que los Varkai debían alimentarse, al menos, una vez entre lunas menguantes.

Como si su aspecto monstruoso no fuese suficiente, los Varkai eran más poderosos, rápidos, tenían mejor visión en la oscuridad, se curaban con una rapidez inhumana y eran más difíciles de matar que los peores insectos, ya que su condición les obligaba a envejecer mucho más lento.

Me revolví en la cama, inquieta, incapaz de sacarme los vagos recuerdos de anoche de la mente.

Tocaron mi puerta por tercera vez en lo que iba de mañana. A pesar de tener intenciones de seguir ignorando tal molesto sonido, el personal en este castillo era de lo más insistente.

Me acurruqué más en la cama, tapándome hasta arriba con las mantas mientras unos quejidos incomprensibles salían de mi boca.

Lo único que deseaba era quedarme en esta habitación, lamentándome, poniendo mis pensamientos en orden y, tal vez, labrar algún plan para escaparme de cierto heredero; pensando qué narices se traería mi madre entre manos y por qué no me permitían buscarla.

Me había cansado de repetir la misma discusión con los guardias una vez tras otra y supuse que no darían su brazo a torcer tampoco.

El personal se cansó de ser ignorado y arremetió en mi cuarto en filas de tres. Había, por lo menos, doce doncellas cargadas con cestas, telas, cuadernos y flores para una boda que no se celebraba hasta dentro de dos semanas.

—¿Qué estáis haciendo? —pregunté sin obtener respuesta.

Laurent me comentó que en el Valenves no se chismorreaba de nada más estos últimos días.

El servicio pensaba que yo era demasiado vulgar, una simple Sylvari que no merecía el corazón del heredero.

Se preguntaban cómo era posible que el temido Umbrae decidiera, por fin, contraer matrimonio y lo hiciera con alguien de mi calaña.

Por la Diosa, si tanto deseaban a este impresentable, ¡podían quedárselo para ellas!

Antes de poder presentar réplica, ya me habían sacado de la cama y envuelto en cintas métricas.

Parloteaban como gallinas y recorrían la estancia como insectos.

Habían enredado todo su material en el dosel de madera oscura de mi cama, esparcido todo tipo de muestras de tela por el suelo y corrido las cortinas de mi gran ventanal, obligando a la poca luz que iluminaba Nocturia a dispersarse por mis aposentos.

Trajeron consigo un escabel, donde me obligaron a subirme sin escuchar mis quejidos, mientras dos de ellas me quitaban mis ropajes.

Corrían de esquina a esquina, entraban y salían a toda velocidad y chillaban cosas incomprensibles.

—¿A qué se debe tanta prisa? —pregunté y, de nuevo, nadie respondió.

No hacían más que incrementar mi dolor de cabeza con sus tan agudas voces que me taladraban las sienes, con sus discusiones sobre el tono de la tela, si debería llevar encaje o el tamaño del velo.

Tampoco entendía por qué el vestido debía ser de un blanco que me abrasaba los ojos.

¿No se suponía que esto era el reino de la sombra y la oscuridad?

—¿Por qué el vestido debe ser blanco? —inquirí y, esta vez, la sala se detuvo. Todas las doncellas se giraron a mirarme, incrédulas—. Tal vez, yo no quiera… —balbuceé—. Yo… pensaba que el blanco no era el color que se utilizaría en las bodas de Nocturia.

—Y no lo es, señorita Lafont —se animó a contestar una de ellas—. Se suelen utilizar colores más oscuros como la antracita o el negro, pero pensamos que, al no estar familiarizada con nuestras costumbres, tal vez se sentiría más cómoda con un vestido más tradicional —replicó una doncella rubia.

—¿Y por qué tenéis tanta prisa? La boda no es hasta dentro de…

—La boda es dentro de tres días, señorita Lafont —me interrumpió la misma doncella.

Sentí que mi cuerpo se quedaba sin sangre, como si uno de esos Varkai me la estuviese arrebatando, y todo mi cuerpo se puso a funcionar.

—Puedo pedirle al armario...

—¡¡Ni hablar!!

Las doncellas ahogaron gritos de sorpresa, como si se sintiesen atacadas.

—Un vestido así no se puede crear con el armario. Es más que capaz de hacerlo, pero la tradición...

—¿Tenéis algún boceto que pueda ver? —Me bajé del escabel a toda prisa mientras una de las doncellas rebuscó en sus cuadernos entusiasmada—.

A decir verdad, no deseo llevar un vestido tradicional y mi ánimo tampoco está para fiestas.

—Fingí una sonrisa y las doncellas me miraron apenadas—.

No es necesario que tenga tantas mujeres a cargo de mi vestido, podéis iros.

Tomaros un descanso, echaré un ojo a los bocetos con…

—Eleonor, señorita Lafont —añadió sonriente la doncella rubia, mientras me acercaba el cuaderno de bocetos.

—Con Eleonor —continué—. Cuando tenga una decisión tomada, podremos elegir el color de las telas y el resto de detalles.

Las doncellas se miraron entre ellas, indecisas sobre cómo actuar, y, finalmente, se retiraron, exceptuando a tres, incluida Eleonor.

Me enseñaron bocetos preciosos, ostentosos, atrevidos e incluso aburridos.

No quería demorarme en elegir, porque sabía que debían confeccionar el vestido en menos de dos días, pero ninguno de ellos parecía convencerme.

Sin embargo, cuando Eleonor buscó entre sus cuadernos y encontró un elegante vestido negro, supe que ese era el que debía llevar al altar.

Era delicado, como la oscuridad de la noche, con una figura envuelta en misterio y gentileza.

La tela negra parecía fluir como una sombra; su parte superior era ceñida y estaba pensada para resaltar el busto, adornada con hilos plateados que simulaban el brillo de las estrellas de Nocturia y con flores plateadas, sacadas de la misma Eldoria.

Las mangas eran largas y de encaje negro transparente, floreciendo en un bordado intrincado; la falda, amplia, con capas de tela que caían como un susurro al viento, creando una cola que parecía no tener fin.

Combinaba lo mejor de ambos mundos: la vida y la oscuridad.

—Quiero este —señalé.

—¿Está segura? Es bastante oscuro.

Asentí, con una seguridad que llevaba semanas sin sentir, y las doncellas se pusieron manos a la obra.

El resto de la mañana pasó en lo que dura un parpadeo, discutiendo entre qué flor era más apta para el ramo, cuáles deberían formar el arco y con cuáles adornar los centros de mesa.

Tenía el pensamiento de que todo lo que pudiese florecer en estas tierras estaría marchito —a excepción de las rosas que adornaban sus jardines—, pero quedé embelesada con la belleza de alguna de las flores.

Todas parecían invocar la vida y la muerte de maneras únicas.

Le insistí sobre el tema del armario, pues en Eldoria no disponíamos de semejante magia.

Eleonor me explicó que los armarios mágicos eran muy escasos en Varnath.

Cuando Aeliana desterró a los Somnari, se vieron obligados a experimentar para conseguir ropajes y telas.

Los alumnos del Tehkné trabajaron muy duro hasta que consiguieron crearlos.

Según Eleonor, se repartieron por tiendas del centro y otros se quedaron en el Valenves.

Después de una sesión tan intensa, quedé exhausta y lo único que deseaba era volver a mi cama. Ni siquiera me quedaban fuerzas para regresar a la misma discusión sin sentido con los guardias. Sin embargo, le prometí a Laurent que iría a verlo en su entreno.

Mi cuarto estaba hecho un caos, había montones de ropa, alguna hoja caída por el suelo, cestas llenas de tela y montones de bocetos desperdigados. Evitando todo obstáculo posible, me acerqué al armario buscando ropa cómoda, pero pareció entender que iba a ser yo la que iba a entrenar.

El armario eligió un conjunto de entreno de cuero negro, con un corsé de tirantes que se ceñía perfectamente a mi figura, lo bastante elástico como para permitirme el movimiento, junto con un pantalón de cuero negro también.

Supuse que era el atuendo más similar a lo que llevaría una Umbrae para entrenar, a pesar de no haber visto a ninguna mujer entre sus filas.

Me hice una coleta apretada y alta. Si iba a dar el pego, debía hacerlo bien.

La sala de entrenamiento dentro del Valenves era bastante parecida al Mainoît, pero cerrada y con menos instalaciones.

Laurent permanecía reservado respecto a sus entrenamientos y en qué consistía el Rito, pero supuse que sería importante, teniendo en cuenta los nervios que lo acechaban últimamente.