Capítulo 17
ADRIEN
S uponía que la pesada Sylvari no podía quedarse quieta sin dejar de meter las narices donde no le incumbía. Supuse bien.
Había llegado a mis oídos las aventuras de Laurent, pero decidí dejarlo pasar.
«Es joven».
«Necesita amigos».
Tonterías. No eran más que tonterías.
Laurent había llevado a Marie a mi despacho, después de que la encontrara en el pasillo como una muerta, y ahora me tocaría tener una larga charla sobre un secreto familiar bastante bien guardado.
La existencia de los Varkai permanecía oculta a ojos del resto de montañas por una buena razón. No todo el mundo podía saber que teníamos criaturas que se alimentaban a base de sangre cada luna menguante: desataría un completo caos y reacciones como la de Marie.
—Habla —le ordené, pero desde que Laurent la metió aquí, tenía la mirada absorta, como si le hubiesen chupado hasta la última gota de su sangre—. Supongo que tendrás preguntas.
No hubo respuesta y yo tampoco me molesté en intentarlo más. Prefería que fuera un ser casi muerto, generaba menos problemas y, por lo menos, mantendría la boca cerrada.
Terminé llamando a Cassian para que se la llevara a dar un paseo y le explicara un poco más sobre los Varkai.
Era la mejor opción, Cassian toleraba a la desastrosa Sylvari más que yo y, por alguna razón, ella no se convertía en un monstruo pulgoso a su lado.
Una vez solos, Laurent ocupó la silla frente a mí, la misma en la que estaba sentada Marie.
Sabía que Laurent no era un mal chico, lo conocía desde que él era pequeño, cuando llegó al Valenves como nada más que un niño abandonado. Desde entonces había tenido la extraña fijación de no decepcionar a la gente, en especial a mí.
—Es suficiente —dictaminé.
—Sí, señor.
—Vas a centrarte en el entrenamiento. A partir de ahora, entrenarás dos días más a la semana. Conmigo.
—Sí, señor.
Los ojos le comenzaron a brillar acuosos y se mordió la mejilla, conteniendo las lágrimas que se le arremolinaban en los ojos.
Conocía a este chico como si fuera mi hermano y sabía que, en el fondo, se estaba atormentando a sí mismo, pensando que me estaba decepcionando. Quise decirle que no era así, que él jamás sería una decepción, pero no era el papel que me tocaba desempeñar.
—No puedo consentir que la humana vaya correteando por todo Valenves y me ponga la vida patas arriba —gruñí al recordar la prisión a la que me había atado—. Se acabaron las clases secretas y las visitas al Tekhné.
—¡¿Qué?!
Laurent se revolvió en el asiento, restregándose las manos por el pantalón. Sabía que había tocado una fibra sensible, Laurent adoraba visitar el Tekhné, pero necesitaba buscar una solución que le permitiese centrarse y obligar a Marie a estarse un poco más quietecita.
—Es solo algo temporal —suspiré—. Cuando me demuestres que estás centrado, podrás volver a tus excursiones.
Laurent no respondió.
—El rito está a la vuelta de la esquina —insistí.
Laurent arrugó su expresión antes de añadir:
—Sí, señor.
—Mañana entrenaremos al alba. Puedes retirarte.
Laurent asintió y se marchó. Deseé poder hacer lo mismo, porque me esperaba una reunión de lo más emocionante con mi padre.
Me permití un respiro para tomarme una copa, tal vez tres, teniendo en cuenta con quién me tocaba lidiar.
Después de que Marie saliera corriendo de la reunión, dejándome con cara de estúpido, no tuve más remedio que negociar los aspectos más básicos y fundamentales del matrimonio. Solo de pensar en ello, me retumbaba la cabeza.
El consejo había decidido que dos semanas era esperar demasiado y nos dio un plazo máximo de cinco días para celebrar la boda. Todo este asunto me llevaba a la locura, había demasiados secretos rodeando este enlace, demasiadas mentiras.
Cuando mi padre entró a mi despacho, el aire se volvió más denso, casi asfixiante, tenía una presencia capaz de provocarle infartos a los corazones humanos más débiles y, a pesar de que el mío dejó de latir años atrás, al estar cerca de él sentía cómo se oprimía en mi pecho.
Mi padre se acarició la barba, larga y canosa, antes de tomar asiento y entrelazar sus manos. Lo observé de arriba abajo, desde sus ojos negros, tan vacíos como el propio abismo, hasta la túnica oscura que lo cubría por completo.
Cuando su mirada se cruzó con la mía, sentí esa pizca de incomodidad revolviéndome.
—Tenemos mucho de qué hablar —expresé, sin saber muy bien cómo comenzar la conversación.
—Así es —replicó.
Nos invadió el silencio por lo que pareció una eternidad.
—Vas a retirarte —afirmé por él.
Viktor asintió y se negó a decir nada más.
—¿Cuándo? —inquirí.
—El día de la boda. Tú tomarás mi puesto como heredero junto con tu esposa.
Bufé irónico.
«Esposa».
—Está bien —acepté a regañadientes—. ¿Y cuándo pensabas contármelo?
La furia me nublaba la vista, era un nudo caliente en mi estómago.
Estaba más que acostumbrado a los planes retorcidos de mi padre.
No obstante, esta vez había ido demasiado lejos.
Me dije a mí mismo que lo que me enfurecía era su egoísmo y no el hecho de que, en menos de cinco días, tendría que enterrar a mi padre y casarme con una mujer tan insufrible como repulsiva.
El ritual de sucesión obligaba a aquel que fuese a abandonar el trono a acabar con su vida, dejando vía libre al siguiente en la línea del trono.
—No tenía pensado hacerlo.
Me reí ante su escueta respuesta.
—¿Perdón? —Mi padre me miró, inescrutable, sin apenas pestañear—. Padre… —Insistí mientras sentía la palabra pudrirse en mi boca. Tampoco hubo respuesta y terminé optando por cambiar de tema—. Hablemos de la Sylvari.
Mi padre carraspeó, se puso en pie y comenzó a rodear la mesa, observando algunos retratos familiares y mapas de Varnath que colgaban de las paredes.
—Es una pieza importante —declaró.
¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Tenía que conformarme con eso?
Cerré mis puños, apretando hasta dejarme los nudillos blancos mientras perdía la paciencia y, con ello, mi compostura.
—Padre, me temo que vas a tener que ser más explícito si deseas que comprenda a lo que te refieres —gruñí—. Por lo que sé, la joven no posee poderes y el único beneficio que puedo encontrar ante tal información es que no manifestaría los poderes Somnari.
Entonces mi padre habló. Una vez que las piezas comenzaron a encajar, no pude hacer otra cosa aparte de maldecir por el tormento que me acompañaría hasta que exhalase mi último aliento.