La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

MARIE

H abía pasado lo que quedaba de día encerrada en este cuarto maldito, sin hacer nada más aparte de observar por el gran ventanal el cielo nublado, absorta en repentinas lloviznas que atacaban el cristal.

Tenía la necesidad de poner en orden mis pensamientos y sentimientos, esos que Adrien había despertado sin permiso y me consumían y arrastraban hacia la oscuridad de mi mente, preguntándome constantemente si cabría la posibilidad de que tales tormentosas palabras estuviesen llenas de verdad.

Estaba claro que yo no era la persona más idónea para tomar el liderazgo en Eldoria, aunque fuese de manera temporal.

Mi madre no me había formado, pues todavía era demasiado joven y ella no esperaba que, en un futuro cercano, yo pudiese ocupar su lugar.

Volver a pensar en ella me envió punzadas al corazón.

Si realmente todo esto no era más que una estrategia para poder librarse de mí, ¿quién diantres ocuparía el lugar de mi madre?

Y lo más importante, ¿dónde narices estaba?

Los guardias se habían postrado en mi puerta, negándose a dejarme salir, a ir a buscarla, obligándome a ahogarme en un mar de rabia y preocupación.

No podía dejar de darle vueltas a su marcha, a cómo se había ido, a dónde, si alguien se la había llevado y por qué yo seguía en este maldito castillo y todo el mundo se negaba a dejarme salir.

Necesitaba pensar un plan, porque yo no tenía idea de liderazgo y tampoco poseía magia.

Tal vez, y solo tal vez, podría aprender algo sobre el liderazgo del salvaje con el que tenía que casarme. A pesar de que sus dotes eran muchísimo más extremas de lo que acostumbrábamos en Varnath, funcionaban, y estaba segura de poder encontrar una forma de adaptarlos a mí.

Respecto a mis poderes… Bueno, no creía recordar que mi madre utilizara los suyos para algo que no fuera curar gente ni preparar brebajes, y hasta la fecha no había sido necesario utilizar las habilidades más agresivas. Claro está, eso podría cambiar muy pronto.

Mientras trataba de componer una idea en mi cabeza, alguien tocó la puerta.

No estaba de humor para visitas y no sabía quién podría estar interesado en mi compañía.

Sin embargo, la puerta se abrió y apareció una melena pelirroja y un cuerpo delgaducho que portaba una sonrisa tan brillante como contagiosa.

—¿Qué necesitas…?

Antes de que pudiera terminar la frase, Laurent ya había allanado mi habitación y encontrado un hueco cómodo en mi cama. No pude evitar fruncir el ceño ante tal muestra de confianza.

—Bueno, las noticias vuelan en este castillo —admitió—. Ya me he enterado de que en breve formarás parte de esta fantástica aldea.

—No sé si puedo referirme a Nocturia como «fantástica» —bramé irónica.

—No seas tonta. Solo porque Adrien sea un borde descerebrado contigo no significa que todos los Somnari lo sean.

Mírame a mí. —Suspiré, porque en parte tenía razón, condenar a una montaña entera por los errores de sus líderes era, cuanto menos, cruel.

Sin embargo, no conseguía imaginar sentirme parte de este lugar—.

Mientras tanto, te toca clase de historia, vamos.

Laurent se puso en pie de golpe y se dirigió a la puerta.

—¿Qué?

—Vamos a la biblioteca oscura, supongo que querrás conocer mejor este sitio.

Una sonrisa volvió a iluminar su rostro y me sentí incapaz de decirle que no.

Había una posibilidad de que, si conocía mejor la historia de Nocturia, parte de mi odio hacia los Arkenvoss disminuyese.

Durante un instante pensé que podía utilizar este momento para escapar, burlar a los guardias y encontrar por fin a mi madre.

Lo seguí a lo largo de los fríos pasillos.

Una bruma parecía crecer del suelo, tintando las paredes de piedra de un ligero tono gris.

Una de las cosas que le hacían falta a este lugar era un poco de luz, un poco de sol, de calor.

Tanta oscuridad me amargaba. A pesar del aura sombría y lúgubre del Valenves, seguía siendo un lugar cautivante.

Al llegar a la Biblioteca Oscura, me quedé sin palabras.

El olor a tinta y a papel inundaba las altas estanterías foscas, repletas de tomos antiguos, diarios y miles de libros de historia, juntándose con el aroma a mecha quemada y la calidez de la luz de las velas.

Contuve el impulso de perderme entre las páginas de los libros y me obligué a seguir a Laurent, que se dirigía a lo que parecía otra sala de la biblioteca, separada por grandes puertas de madera.

Traté de memorizar el recorrido por si finalmente decidía poner en marcha mi plan y escapar.

Había algunos jóvenes estudiando en salas contiguas, supuse que serían alumnos del Tekhné.

Me atacó la curiosidad sobre por qué había jóvenes de otras partes de Varnath y cómo habrían llegado aquí.

A pesar de que parecían felices, no conseguía librarme del mal presentimiento que se asentaba en mi pecho.

Laurent me explicó que las salas estaban separadas por categorías, que cada una de ellas pertenecía a un ala distinta y que había salas específicas para el estudio dentro de cada una de estas.

Nos dirigimos a la sección de historia, recorriendo vastos pasillos que parecían no tener fin y, en cuanto llegamos a una de las largas mesas de roble, un montón de libros parecía esperar por nosotros.

Pasamos horas debatiendo sobre el inicio de Nocturia y de cómo pasó a ser una sombra en comparación con lo que era antes.

En los libros había distintos bocetos que reflejaban el antiguo Valenves: un gran castillo que se alzaba en lo alto de la montaña, iluminado por lo que parecía una luz mágica que nunca cesaba, con detalles en dorado y blanco a lo largo de las torres y jardines que parecían ser auténticos bosques llenos de vida y color.

Desde siempre se nos había explicado que lo que llevó a Nocturia a convertirse en la tierra de las sombras fue una avaricia de poder por parte de los antepasados Arkenvoss. Una avaricia que los llevó a cometer rituales oscuros, relacionados con la misma muerte y oscuridad.

Se decía que lo que antes parecían ser personas iluminadas por la diosa, llenas de vida y alegría, se convirtieron en monstruos sin alma, liderados por dioses oscuros de Pristia.

En Nocturia no les gustaba recordar lo que solían ser y los textos sobre sus antepasados estaban prohibidos, quemados o resguardados en las partes más recónditas del castillo.

Sin embargo, Laurent estaba convencido de que la historia no ocurrió tal y como se cuenta popularmente.

También mencionó sin descanso una balada que le recitaba su madre antes de fallecer, que contaba la historia de Nocturia y cómo ellos también habían sido traicionados.

Después de horas de debates que no llegaron a ningún lugar, pasamos a conocer las bestias de Nocturia.

Cada montaña tenía sus propias criaturas, ligadas al poder de su montaña y con habilidades relacionadas a esta.

En Eldoria teníamos a las Elyndras, los brumarios y los nubloris.

Todas eran criaturas bastante pacíficas que habitaban en los Campos de Luminis y cerca del Templete, donde los maestros Sylvari enseñaban magia elemental.

—Mira, esto es un Viltoru. —Laurent señaló una criatura con alas membranosas y una dentadura afilada y tenebrosa. Su cuerpo era peludo, oscuro como el carbón, y su cabeza era diminuta en comparación con el resto de su cuerpo.

—Es la criatura responsable de todo este desastre —murmuré.

—Sí… Es la que atacó la plaza. No suelen salir de nuestras tierras y, aunque su aspecto sea temerario, suelen ser pacíficos, tímidos y se agrupan en manadas.

Supongo que todo ese jaleo del equilibrio también nos está afectando a nosotros.

—Los ojos de Laurent no se despegaron de las páginas del libro y sus dedos inquietos golpeaban la mesa.

—No lo entiendo. Si son criaturas pacíficas, ¿cómo es posible que llegaran a Varnath y arrasaran con todo?

—No se sabe. Adrien lo está investigando —dijo sin mirarme—. Al parecer, algunos de ellos consiguen escapar de Nocturia y atravesar La Sombra.

La Sombra era una especie de barrera mágica que permitía aislar Nocturia, evitando que criaturas como los Viltoru escaparan o que cualquier otro habitante de otra montaña entrara sin permiso, por lo que, o La Sombra se estaba debilitando, o Nocturia tenía problemas mayores con los que lidiar.

—Dejando eso a un lado, ¿nunca te has preguntado qué son los pajarracos esos que están todo el día sobrevolando Nocturia?

—Sí, sí lo he hecho, me han despertado en más de una ocasión. —Laurent soltó una risa seca—. No entiendo cómo os habéis acostumbrado a esos graznidos demoníacos.

Me recosté sobre la mesa y bostecé. Esa noche no había conseguido conciliar el sueño —gracias a Adrien y mi madre—, y me estaba pasando factura.

—Levanta, anda. —Me sacudió—. Se llaman Nocturix, unas de mis criaturas preferidas. Son una especie de pájaros mensajeros, pero más imponentes y grandes.

Miré el boceto del libro, sin poder apartar la vista del pico afilado y su dentadura tan retorcida, y me recorrió un escalofrío.

—Espero que no tengan ningún mensaje para mí —murmuré y Laurent negó con la cabeza, dedicándome una media sonrisa.

—Aunque no lo creas, son guardianes bastante leales y se toman muy en serio proteger al Valenves.

—¿Los Nocturix tienen permitido salir de Nocturia? —pregunté.

—Sí, pero no. Son raras las veces que se decide usar a los Nocturix para comunicarse con el resto de montañas y tampoco es que los necesitemos demasiado.

Los pocos negocios que todavía mantienen contacto con nosotros solicitan un permiso para entrar en Nocturia, si no es posible, Viktor envía a Varin a recoger el mensaje.

—¿Quién es Varin?

—El consejero real —replicó—. Es como la mano derecha de la corona, intimida bastante, pero es muy leal. No te quedará mucho hasta que empieces a tratar con él.

Gruñí al recordar el porqué. Todavía no había hablado con Adrien sobre la posición en que me dejaba estar casada con él, ni si tendría permitido ir a Eldoria y cómo podría hacerlo.

—Entiendo.

Sentí cómo la ansiedad me recorría el estómago y mandaba punzadas directas a mi corazón, porque se suponía que debería estar fuera buscando a mi madre y, en lugar de eso, estaba estudiando las criaturas de Nocturia con un Somnari.

—He dejado lo mejor para el final. —Laurent abrió una de las páginas del bestiario y apareció una de las criaturas más hermosas y temerarias que había visto jamás.

No pude contener mi asombro cuando unas criaturas similares a los lobos aparecieron dibujadas.

Eran imponentes, musculosos, y entre todo su pelaje negro resaltaban unos ojos rasgados brillantes—. Son hermosos, lo sé.

—¿Qué son?

—Los Nyctorus son espíritus protectores. No suelen vincularse con humanos, pero cuando lo hacen, es de por vida.

—¿Cómo forjan el vínculo?

En Eldoria, nuestras criaturas no forjaban vínculos, se limitaban a interaccionar con algún humano muy de vez en cuando, aunque lo más habitual era encontrarte con Elyndras juguetonas, que se dedicaban a molestarte.

—No se sabe. Es a discreción de ellos. Cada uno desarrolla habilidades únicas y cada relación que tienen con su amo es distinta. Apenas se dejan ver y los vínculos con un Nyctorus son muy escasos. En el último siglo, solo un Nyctoru decidió vincularse.

—Déjame adivinarlo —gruñí—. ¿Fue con Adrien?

Laurent asintió.

—Cómo no —murmuré. Sentí cierta envidia de que una criatura tan hermosa y protectora se hubiese vinculado con la persona más nefasta de Varnath, pero no era quién para juzgar el criterio de estos espíritus.

Mientras Laurent pasaba las páginas, pude ver de refilón un boceto distinto, algo que parecía humano.

—¿Qué es eso? —pregunté mientras trataba de robarle el Bestiario a Laurent.

—Son Varkai. —Su respuesta fue escueta, como si no quisiera hablar del tema.

—¿Y qué es un Varkai? —insistí.

—Creo que es mejor que lo dejemos por hoy. —Laurent cerró el libro de golpe y comenzó a recoger sus cosas.

—¡Oye! Explícame qué es eso.

—No. —Su respuesta fue tajante, pero yo no me daba por vencida tan rápido.

En cuanto se dispuso a levantarse de la mesa, le robé el libro y salí corriendo—.

¡Marie, para! —Escuché sus pasos retumbando en el suelo, acercándose a mí mientras yo pasaba las páginas a toda velocidad y corría por los pasillos, buscando un escondite entre las estanterías.

El libro era inmenso, buscar una página concreta mientras corría no era demasiado práctico. Miré a mi alrededor y creí reconocer la zona en la que estaba. Me había movido de sala y estaba a punto de salir de la biblioteca sin rastro de Laurent por ninguna parte.

Una vez fuera, me senté en mitad del pasillo, donde estudiantes y Umbrae paseaban, aun así, eso no me impidió seguir rebuscando entre las páginas. Y, finalmente, lo encontré:

VARKAI: LOS BEBEDORES EN LAS SOMbrAS

«¿Qué diantres?».

“Los marcados”

“Criaturas ancladas al limbo entre la vida y la muerte”

«¿De qué narices está hablando esto?».

“Sujetos a la maldición Noctheis”

“Sed de sangre”

Todo comenzó a dar vueltas, mi visión se volvió negra, borrosa, y mis oídos no escuchaban nada más aparte del agudo pitido que me impedía pensar. Traté de ponerme en pie, pero las paredes se alejaban y se acercaban, moviéndose sin descanso.

—Supongo que no puedes estarte quieta ni un segundo —dijo la voz que protagonizaba mis más oscuros tormentos.

Creí escuchar a Laurent llamarme, detenerse a mi lado, pero ya era demasiado tarde, porque acababa de entrar de lleno en la guarida del peor de los monstruos, y mis planes de escapar se acababan de hacer trizas.