La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

MARIE

C orrí.

No pude hacer nada más que correr.

Corrí lo suficiente hasta alejarme de la Torre del Consejo unos metros.

Hasta haberme alejado de la bola de problemas que me perseguía, hasta que el peso de mi madre se evaporase.

No sabía a dónde habría podido ir ni tampoco por qué no me llevó con ella.

Y antes de adentrarme en una búsqueda sin sentido, necesitaba poner mis pensamientos en orden, tratar de averiguar a dónde había podido ir.

Las calles estaban abarrotadas de gente, con la que me chocaba sin parar. Había dado por finalizada la reunión al levantarme de la mesa y largarme. Una vez que mi mente se despejó un poco, no pude hacer otra cosa aparte de maldecir. Me había condenado, y lo había hecho yo solita.

Caminé entre las calles con una pequeña bolsa marrón colgada de mi hombro que entrecruzaba mi pecho y con las tripas rugiendo como un animal salvaje. Lo que sea que invocó Adrien para traernos aquí me había dejado exhausta y ahora tenía las emociones a flor de piel.

Los habitantes habían montado sus puestos en el mercado como hacían todas las mañanas. El reloj solar que adornaba la Plaza Del Alba marcaba que aún no había llegado el mediodía, por lo que, si tenía algo de suerte, tal vez quedaría algo que llevarme a la boca en algún puesto Fluvii.

Me perdí en los colores y el aroma de los puestos me embriagaba. Por un momento, me permití olvidar, perderme en el olor de algo conocido, en el barullo de la gente y en la sensación del sol acariciando mi piel.

A medida que avanzaba, los olores se entremezclaban cada vez más. El Mercado Central no tenía un aroma específico, pero era la mezcla de ellos lo que te avisaba que estabas en él: metal forjándose, madera recién cortada, inciensos, especias y tinta fresca.

Cuando por fin encontré un puesto Fluvii, la boca se me hizo agua.

Tenía frutas frescas, pan de lavanda y miel, alguna variedad de especias y cantimploras llenas de agua.

En cuanto vi la selythia, supe que era exactamente lo que mi cuerpo necesitaba y, tal vez, una de esas cantimploras de agua.

De tanto correr y transportaciones mágicas, tenía la boca seca y sabía que necesitaría provisiones si tenía que buscar a mi madre por mi cuenta.

Le pagué al Fluvii diez noctenes a cambio de la selythia y una cantimplora de agua.

Cogí la fruta con la intención de quitarle la cáscara azulada, sus vetas plateadas brillaban bajo la luz del sol y dejé paso a su pulpa jugosa y translúcida.

Me la llevé a la boca y la fruta explotó, liberando su sabor cítrico y refrescante, llevándose consigo parte del nudo que me apretaba la garganta.

La selythia era una fruta complicada de cultivar, ya que solo se podía plantar en los terrenos altos de Avelora y solo crecía una vez llegado el invierno.

Los terrenos altos eran los que más agua recibían, ya que estaban pegados a la Montaña de las Fuentes y de ahí crecían frutas y verduras tan refrescantes como la selythia, la sandía o la lechuga.

Seguí mi camino por el mercado, sin tener muy claro a qué montaña me dirigiría después.

No sabía si mi deber se encontraba ahora en Nocturia o, por el contrario, debería regresar a mi casa en Eldoria tras encontrar a mi madre.

Lo más sensato era volver a Eldoria, tratar de ponerme en situación sobre los ataques, si todavía sentíamos que la magia iba aminorando o si algo había cambiado en el pueblo.

Por otra parte, también parecía correcto volver a Nocturia.

La boda había sido anunciada y pactada frente al consejo —sin el consentimiento de Adrien, quien ya estaría planeando mil maneras de arrancarme la cabeza—, por lo que ya no tenía escapatoria.

No conocía las condiciones de este enlace, suponía que lo ideal era que ambos residiéramos en la misma montaña, y Adrien no se mudaría a Eldoria ni obligado.

Aunque Nocturia y Eldoria fueran territorios vecinos, se necesitaban varias horas a caballo para cruzar hasta La Sombra —la frontera que separa Nocturia del resto de Varnath— y, desde ahí, llegar al Valenves, que llevaría un par de horas también.

Decidí que eso era un problema a pensar en el futuro, cuando terminase de disfrutar mi fruta y del mercado. O lo era hasta que una figura conocida vestida de negro trató de impedirme el paso.

—Tenemos que hablar —gruñó Adrien.

—Mmm… ¿Ah, sí? —Me moví intentando apartarme y continuar con mi camino, pero este hombre tenía unos reflejos inhumanos.

—Sí. —Me agarró del brazo con rabia—. No amenaces a mi paciencia más de lo debido.

Y volvió a engullirme la oscuridad mientras yo continuaba masticando mi fruta.

La poca fruta que quedaba en mi estómago decidió que no era buena idea continuar en mi interior y vomité con una fuerza desagradable.

La visión se me empañó de lágrimas mientras una mezcla de bilis y selythia salía disparada de mi boca.

Ni siquiera tuve tiempo de recomponerme antes de que Adrien abriera su bocaza.

—¡¿Qué cojones se supone que has hecho?! —Su enfado retumbaba en las paredes de piedra mientras el sonido de sus pasos parecía romper el roble del suelo.

—Lo que tenía que hacer —suspiré, tratando de buscar un apoyo en el que sujetarme, como la barandilla negra de las escaleras, pero todo parecía estar demasiado lejos, moviéndose demasiado.

—Lo único que tenías que hacer era mantener esa lengua viperina quieta y negarte al enlace. No has hecho nada de eso.

—¡Joder! —Me limpié los restos de vómito con el dorso de mi mano y tragué para deshacerme del regusto amargo que se repetía en mi boca—.

¿De verdad piensas que tengo algún interés en casarme contigo?

No se me ocurre peor persona con la que juntarme, pero era lo que tenía que hacer, lo que mi madre quería, por mi pueblo, por Varnath, por…

—¿Ellos harían lo mismo por ti? —Adrien se acercó a mí con los ojos en llamas—.

¡Te han tirado a los lobos y tú, como una idiota, has aceptado encantada!

¡Tu madre te ha abandonado aquí y tú sigues cumpliendo con sus deseos!

Y como si fuera poco, ¡me has arrastrado contigo! Deja de ser tan complaciente.

—No hables como si fuera algo de lo que podrías haberte librado.

—Podría haberte matado y así evitarme esta tortura. —Una sonrisa temeraria se hizo paso en su rostro y retrocedí un par de pasos.

—Todavía puedes hacerlo —lo desafié—. Todavía puedo matarte yo.

Sabía de sobra que necesitaría más que un milagro para poder herir a Adrien y, aun así, mentí.

—¿Tú? —preguntó incrédulo—. Bruja estúpida, ya lo intentaste una vez y he de decir que tus habilidades en combate son pésimas.

—Adrien continuó acercándose a mí, amenazándome con su presencia, y yo me quedé sin espacio al que retroceder.

Tenía la pared pegada a mi espalda y la única opción que me quedaba era correr, pero estaba demasiado cansada y débil como para poder huir de él—.

Todo sería más sencillo si desaparecieras.

Se me acabarían estos horribles dolores de cabeza que me produces continuamente y dejarías de ser un lastre para tu familia.

Balbuceé impactada por sus palabras, que me estrujaron el corazón como hiedra venenosa que se esparcía por todo mi cuerpo.

—Yo no soy un lastre.

—¿Ah, no?

Se paró frente a mí y, a pesar de que me sacaba cabeza y media por lo menos, levanté el mentón, fingiendo que no me intimidaba.

—Deja que te lo desglose para que lo entiendas más fácil. —Agarró mi barbilla con sus dedos y el contacto me revolvió el estómago—. Una Sylvari que debe ocuparse de su reino, sin marca de bruja, sin poderes que manifestar, es decir, una gobernante inútil para Eldoria.

Adrien se acercó todavía más y enredó uno de sus dedos en un mechón de mi pelo. Me invadió un hedor que apestaba a muerte y destrucción.

—¿Te extraña que, a la primera ocasión, hayan intentado endosarte al horrible y temido enemigo? —se burló, entrecerré los ojos para librarme del dolor punzante que me ahogaba—. ¿Hay mejor opción que esa para apartarte de su vista? Era de esperar que tu madre terminase huyendo.

Me mordí el labio con rabia para contener el escozor de mis ojos.

—De todas maneras, ¿quién aceptaría casarse contigo de buena gana? Nadie.

Y fue ahí cuando sacó mis peores temores a la luz, cuando terminé de romperme.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas y el peso de mi cuerpo era demasiado para aguantarlo.

Vacié mis pulmones de aire al sollozar con tanto dolor que juré que no sería capaz de recomponerme, de volver a ponerme en pie.

Para él no fue suficiente, porque, a pesar de estar en mi lecho de muerte, necesitó rematar el trabajo.

—Nadie querría a alguien que no puede manifestar poderes. No serías útil para nadie, porque nadie sacaría nada de provecho de ti.

—Cállate —sollocé mientras mi cuerpo se dejaba ganar y caía lentamente al suelo.

—Lo que suponía.

—Te odio —gruñí con tanto odio, con tanto dolor, que apenas se quedó en un balbuceo.

Adrien se arrodilló frente a mí y susurró:

—Por fin estamos de acuerdo en algo.

Y con eso, se fue, como una sombra fundiéndose en la oscuridad. Se fue, dejándome sola en este sombrío lugar, rodeada por nada más que el frío, con la visión empañada de lágrimas y una sensación en el pecho que me abrasaba.