Capítulo 14 #2
—La primera transportación suele provocar todo eso que estás sintiendo ahora.
—Adrien estaba absorto en la torre del consejo y tuve la impresión de que esa fue una de las pocas veces que la veía.
Aunque el cielo estaba cubierto de nubes, no impedía admirar la grandeza del edificio.
Notaba cierta incomodidad en él, y supuse que se debía a la reunión que estábamos a punto de tener.
—Creo que no es la primera. Ayer…
«Algo parecido me había transportado de vuelta al Valenves, algo más luminoso, más vivo», fue lo que no conseguí decir.
—Ayer estabas demasiado sumida en otro tipo de emociones como para darte cuenta de lo que estaba pasando a tu alrededor.
—¿Cassian también puede… hacer esto? —pregunté, sin saber muy bien por qué.
—¿Te parece Cassian lo suficiente competente para hacerlo?
Pensé en ello.
Sí, sí me lo parecía. Según Laurent, era el entrenador de los Umbrae, implacable en la batalla. Adrien pareció notar el resquicio de duda que me invadió y se pellizcó el puente de la nariz.
—Por la Sombra. No, Marie. A ver, sí, Cassian es capaz, pero es más limitado y… —suspiró— Déjalo.
Arrugué mi expresión. La poca paciencia que tenía este hombre era preocupante, vivía con el riesgo constante de sufrir un infarto.
—Vivirías más y mejor —enfaticé— si no estuvieras tan frustrado siempre.
Adrien bufó.
—Tú eres el motivo de mi estrés. —Me señaló con rabia—. Eres insoportable.
—Podría decir lo mismo de ti.
Si Adrien me respondió o no, no llegué a escucharlo.
Mis piernas comenzaron a caminar por los jardines del consejo y él me siguió con urgencia.
Cuando le miré por el rabillo del ojo, percibí que todo su cuerpo estaba tenso, casi como si estuviese sufriendo.
Mis botas se llenaron de barro y mi cuerpo sintió una punzada de normalidad.
Abrí las grandes puertas del consejo y un ruido agudo chirrió cuando la madera rozó el suelo y el metal oxidado se esforzó por ceder.
Un Ignasari debería echarles un ojo a esas bisagras y, ya de paso, algún Ventori podría fabricar una puerta nueva.
Me sumí en las grandes escaleras de caracol mientras la humedad tan sofocante se me pegaba en la piel.
Cuando llegué a la Sala del Consejo, todos estaban sentados esperándonos. El aroma de las mechas quemadas y el incienso de salvia que fabricábamos en Eldoria impregnaban la sala.
Me llevé una decepción cuando no localicé el rostro de mi madre allí. Una quemazón creció en mi pecho y me obligué a mantener la compostura.
Todos eran rostros conocidos. Todos, menos uno.
Una chica pelirroja, que rondaría mi edad, estaba ocupando la silla de Théodore.
Su mirada parecía lanzarme dagas, a pesar de no conocerla en absoluto, y su presencia no hacía más que incomodarme.
No estaba del todo bien sentada: con eso me refiero a que no estaba para nada bien sentada.
Tenía la espalda sobre uno de los apoyabrazos de la silla y su chaqueta de cuero chirriaba cada vez que se movía.
Sus piernas, cubiertas por un pantalón negro también de cuero, estaban recostadas en el otro.
—Marie, cielo, te estábamos esperando —habló Aurore. Hoy vestía con otro de sus amplios vestidos blancos a conjunto con su pelo, que esta vez había decidido trenzarse.
—Gracias, siento llegar tarde.
—Llegas justo a tiempo. —Éloise se acercó para darme un breve achuchón.
—Está preciosa, Élo. —Le dediqué una sonrisa tímida.
Éloise se había maquillado con sombras de un tono celeste que combinaba con sus ojos y su vestido ceñido.
Siempre estaba preciosa, pero cuando dejaba su pelo castaño suelto como hoy, lo estaba más.
Me encantaba la forma que tenía su pelo de aclararse a medida que llegaba a las puntas, uno de los efectos de que en Avelora siempre tengan un sol brillante y unas aguas casi cristalinas.
La sala entera se sumió en un cortante silencio cuando Adrien hizo acto de presencia.
Su perfume parecía perseguirme allá a donde fuera e impregnarme las fosas nasales, como un tormento que no acababa nunca.
Se disfrazó con su máscara de indiferencia y frialdad, que me causó escalofríos.
Era la primera vez que un Arkenvoss hacía acto de presencia en…
¿Siglos? Tenía claro que era algo que Varnath no olvidaría.
Adrien carraspeó y recorrió la sala con la mirada. Me dio la impresión de que, al llegar, a la chica pelirroja se le entrecerraron los ojos y la mandíbula se le tensó durante unos segundos.
—Buenos días.
Su voz quebraba el aire, rugía como un trueno enfurecido y Adrien se transformó en el líder que Varnath esperaba. El que tomaba las decisiones difíciles. Sus ojos no desprendieron luz alguna, eran dos gemas heladas y tenebrosas. Por la Diosa, le estaba haciendo toda la justicia a Nocturia.
—Comprendo que es… extraño que me presente en una reunión de esta manera.
—Se dirigió hacia la silla de acebo negra y se sentó en ella, sin pestañear.
Por un segundo mi corazón se detuvo, porque lo que me producía verlo sentado ahí, como nuestro gobernador, fue peor que el miedo—.
Pero estaremos todos de acuerdo en que la magnitud del desastre lo necesita.
Sus manos se entrelazaron sobre la mesa circular y, antes de poder salir corriendo, seguí su ejemplo y me senté en mi silla. En la silla de mi madre. No sabía cómo iba a poder hacer esto sin perder la cordura.
Temí lo que ocurriría en esta reunión, lo más probable es que me designaran sucesora temporal de Eldoria y se convirtiera en mi responsabilidad.
—He de admitir —comenzó Lucien— que es más que oportuno que asistas hoy a esta reunión, puesto que uno de los temas que debemos tratar es vuestro enlace.
La incomodidad se palpaba en el aire y la tensión era tan asfixiante que me ahogaba y me arrebataba la calma.
Me mordí el labio en un intento deplorable de calmar mis nervios, mis manos sudaban, y solo era capaz de escuchar el sonido tan ensordecedor de mi corazón, a punto de escapar de mi pecho.
No podía dejar de sentir la molestia de estar en un lugar que no me correspondía: ocupando la silla de mi madre.
Por la Diosa, la necesitaba, no podía quedarme sola en el mundo.
No podía. Necesitaba encontrarla, saber dónde estaba.
El corsé me apretaba más que antes, el aire me quemaba al entrar y salir de mi cuerpo, y lo único que era capaz de pensar era en cómo podría sobrevivir a una vida sin mi madre.
Sentí el peso de todas las miradas sobre mí y pasé las manos por mi pecho, aliviando el ardor que crecía dentro de mí. Mis ojos se encontraron con otros, tan duros, sombríos y vacíos. Estaban entrecerrados y parecían intentar examinarme y gritar: «Cálmate, estás quedando en ridículo».
Tragué con dificultad y traté de pensar qué es lo que haría mi madre.
Sin embargo, el problema era que yo no era ella, yo no era capaz de reprimir mis emociones de la manera en la que lo hacía ella, como si nunca hubiesen existido.
No sabía liderar una montaña. ¡Por Aeliana!
, si ni siquiera era capaz de mantener mis pensamientos en orden.
Una corriente de oscuridad desconocida me acarició mientras el viento se colaba en mi sistema y me proporcionaba el aire que tanto parecía faltarme.
Era algo conocido, como si fuera parte de mí, como si hubiera escuchado mis plegarias nocturnas de acabar con esta pesadilla. Y mi corazón se ralentizó.
Mi mente se encerró en una prisión de emociones, luchando contra un intruso que lentamente reconoció como a un igual, como parte de mí.
Fue como una caricia conocida recorriéndome, suplicándome que luchara, que siguiera adelante, que yo era más grande que esto, que ella estaba conmigo.
Y las tornas se invirtieron. Mis emociones estaban entre rejas y me sentí…
libre. Recuperé la capacidad del habla, levanté el mentón y declaré:
—Mi madre ha desaparecido y este reino es un caos. No me importan las razones que nos hayan reunido hoy aquí. Quiero saber cuál es el plan.
No hubo respuesta.
—Supongo que todos estabais al tanto del caprichoso matrimonio que había concertado mi madre. Tengo ciertas teorías sobre el porqué. Pero ahora necesito que me digáis exactamente qué tenéis planeado, para mí, para Adrien y para Varnath —exigí mientras me comenzaba a impacientar.
—El consejo llegó a un acuerdo sobre… vosotros —titubeó Éloise—.
Creemos que la implicación de Nocturia en Varnath sería positiva, que ayudaría a detener el declive de Varnath y también a que, tal vez, el equilibrio se fuera restaurando.
—Su mirada se alternó entre Adrien y yo.
Sin embargo, cada vez que sus ojos se posaban en los de él, una chispa de temor se encendía en ellos—.
Viktor fue el que propuso a Adrien, según Camille.
Él pensaba que la implicación que necesitaba Varnath era la de un líder, la de un gobernador.
La expresión de Adrien no se vio alterada ni un segundo, era como si lo que le acabara de confesar no significase nada.
—Mi padre piensa retirarse —afirmó Adrien por ella.
—Sí. —Éloise se giró hacia mí—. Y respecto a ti…
—Conozco las razones de mi madre —la interrumpí.
No necesitaba que expusiera delante de todo el consejo mi carencia de poderes; el hecho de que todavía no hubiera recibido una marca de bruja, que yo era una inútil.
—Bien, yo no, dilas. —La voz de Adrien retumbó cortante, como dagas afiladas que te hacían sangrar con solo mirarlas. Había nacido para estar en el trono, estaba claro.
Suspiré y maldije en silencio antes de confesar mis secretos más guardados.
—No tengo una marca de bruja, ¿vale? Creo que mi madre pensaba que eso podía ser beneficioso porque no sería una gran pérdida para Eldoria y porque…
—Y porque parte de mis poderes no se te transferirían —me interrumpió—. ¿Cuáles son las probabilidades de que, casándome con ella —añadió en tono despectivo mientras me señalaba como si fuese un pedazo de mierda pegado a su zapato—, todo este embrollo se arregle?
—No lo sabemos con exactitud —confesó Lucien—. Es una cuestión de fe.
—¿Fe? —reí incrédula—. Por Aeliana, ¡mi madre acaba de desaparecer!
—golpeé con fuerza la mesa con mis puños—.
¡¿Y pretendéis que tenga fe cuando me obligáis a casarme con este?
! —Le devolví el gesto—. Esto es ridículo.
—Me crucé de brazos y recorrí los rostros que me rodeaban.
Fue entonces cuando lo vi, cuando la verdad que había tenido delante me golpeó con fuerza.
Adrien no podía apartar la mirada de la Ignasari que estaba ocupando la silla de Théodore.
Porque ella lo miraba como si lo conociese de la manera más íntima que podías conocer a alguien y cuando esta se llevó el pulgar a sus labios, limpiándose parte de su labial, me percaté de que era el mismo tono que manchaba el cuello de Adrien esta mañana.
No controlé las palabras que salieron de mi boca, tan disparatadas y rebeldes.
Mi cuerpo estaba enredado en una maraña de furia y decepción por las expectativas de mi madre, por la obligación que estaba poniendo sobre mis hombros, y decidí cumplir su deseo.
Ocuparía su lugar en Eldoria hasta que apareciese de nuevo y me casaría con el monstruo que protagonizaría mis próximas pesadillas.
—Voy a ocupar el papel de mi madre en Eldoria hasta que ella aparezca y este matrimonio se va a celebrar. En dos semanas. Ahora, voy a hacer lo que nadie se digna a hacer. Voy a encontrar a mi madre.
Lo que jamás llegué a imaginar es que los monstruos que acechaban no tenían nada que ver con la apariencia tan controlada de Adrien, y que la peor de mis torturas no había hecho más que comenzar.