Capítulo 14
MARIE
A drien me había echado. Bueno, se había dignado a intentarlo, porque no tenía la más mínima intención de irme.
Al menos no hoy. Tampoco pensé hacerlo ayer por la noche.
No cuando mi madre estaba desaparecida en la Diosa sabe dónde y hoy tenía la reunión del consejo que amenazaba con destrozar la poca estabilidad que me quedaba, y donde podría evitar este matrimonio.
La noche anterior había intentado salir y buscar a mi madre, pero los guardias volvieron y se negaron a dejarme salir, a pesar de dedicarles toda mi rabia e insultos, lo que me pareció irónico.
Al menos, si la fiera aparecía, tendría una excelente excusa.
Quise pensar que mi madre se había marchado a Eldoria o que tal vez estaba de camino a la reunión.
Me acerqué al armario, furiosa, hoy no habría vestidos.
Hoy no habría sonrisas que dedicar. Estaba empezando a hartarme de los juegos que mi madre se traía entre manos con los Arkenvoss antes de enloquecer.
Por Aeliana, estaba retenida aquí en contra de mi voluntad, por su culpa, por la falta de puntería que tenía ese basilisco, ¡y luego se dignaba a tratar de echarme como si fuera una clase de marmota infectada por la umbravilis!
Me iría encantada, por supuesto que lo haría, pero no hoy. Sus deseos tendrían que esperar.
El armario me tiró por los aires una blusa blanca con un corpiño y algunos detalles florales verdes que recorrían sus extremos junto con un pantalón marrón bastante parecido al cuero.
Después de probarme el conjunto, decidí que era demasiado arriesgado ir a una reunión del consejo vestida así.
Lo que pensaba que sería una blusa holgada terminó siendo una segunda capa de piel con ese corpiño que destacaba mis pechos, que, a pesar de no ser muy exuberantes, parecían gigantes con esta cosa puesta.
Y el pantalón marcaba todas las curvas de mi cadera y de mi trasero.
Era vergonzoso. Tal vez volver a los vestidos sería una idea mejor.
Sí lo era.
Pero el armario se negaba a abrirse de nuevo. Maldije y forcejeé con él durante unos minutos.
«Mueble cabezota».
Le saqué la lengua y se abrió, dejando unas botas para montar y una capa fuera.
Le di las gracias a regañadientes, ya que seguía sin acostumbrarme al frío que hacía en Nocturia. Recogí la mitad de mi pelo en una trenza, mientras que la otra mitad caía sobre mis hombros, llegándome hasta la cintura.
Al salir de mi habitación, una versión más deteriorada de Adrien estaba esperando fuera.
Las ojeras le manchaban la piel, tenía el pelo alborotado y algo parecido a moretones rodeándole el cuello, la clavícula…
Abrí los ojos disgustada, porque eso no eran moretones, a menos que se los hubiera dado un puño untado en pintalabios granate.
Gruñí con asco.
¿Eso es a lo que se dedicaba a hacer? ¿Dejarme a la deriva y luego tirarse a cualquier mujer que encuentre por Varnath? Mujeriego inmundo. Vaya matrimonio que me esperaba.
—Una noche dura, por lo que veo. —No traté de ocultar el disgusto en mi voz. Odiaba a este hombre. Me repugnaba cada fibra de su ser.
En vez de dedicarme una respuesta válida —que obviamente no podía exigir—, me dedicó su típica mirada engreída mientras se arremangaba su camisa negra demasiado arrugada y llena de arañazos.
¿Pero qué había estado haciendo este hombre?
Parecía como si se hubiera acostado con un brumario salvaje en celo.
—Creo que he sido demasiado claro con tu presencia en esta casa. —Se cruzó de brazos y continuó apoyado en la pared frente a mi dormitorio. Su expresión se volvió fría, con un toque asesino.
Retrocedí un par de pasos ante la peste de su aliento, infectado de alcohol, y su olor… Mejor no hablar de eso. Era una mezcla de sudor, mirra y… ¿madera quemada?
—Pensaba que había sido clara con el hecho de que me importa una mierda lo que sea que ordenes.
No eres mi líder, ni siquiera un gobernador.
No eres nadie. No tengo que obedecer. —Traté de apartarlo para poder pasar—.
Me voy a la reunión del consejo, tal vez pueda solucionar y evitar este desastre.
Después, me iré, si es que tus guardias me lo permiten.
Me agarró con una mano, inmovilizándome en el sitio, y pude percibir algo parecido a la sorpresa en su mirada. No sería tan estúpido como para pensar que yo querría siquiera tocarlo con un palo, ¿verdad?
—Iré contigo.
El aire abandonó mis pulmones mientras Adrien seguía aprisionándome. Primero me echaba y luego trataba de acompañarme. No sé qué clase de frongo tóxico consumió anoche, pero le recomendaría no tomarlo más.
—Ni hablar. ¿Has visto qué pintas llevas? —Señalé su atuendo, haciendo especial hincapié en su cara y arrugué la nariz cuando su hedor me llegó de nuevo—. Parece que acabas de salir de uno de esos bares que tienen demonios de compañía, o que acabas de perder una pelea contra un brumario.
—No sería tan idiota como para pelearme con un brumario, y pienso acompañarte. Antes de que digas algo más, existen duchas y ropa limpia. Yo tengo ambas cosas. Si en esa reunión se va a decidir nuestro posible compromiso, voy a asistir.
Su tono de voz, tan gélido y duro, no dejó lugar a discusión, además, la presencia de Adrien podría aclarar un poco la situación. O podría empeorarlo todo. Me libré de su agarre y tomé camino hacia la salida del Valenves antes de dedicarle mi respuesta:
—Te espero en los jardines. Tienes diez minutos o llegaremos tarde.
Pasaron ocho minutos hasta que Adrien salió por la puerta oscura del Valenves y ya no había resto del Adrien deteriorado y resacoso que se había presentado en mi puerta.
Su pelo negro estaba húmedo y despeinado, sus ojos grises ya no estaban marcados por ojeras y su cara volvía a estar iluminada por una sonrisa egocéntrica.
Estaba vestido con una camisa negra arremangada hasta los codos y a medio abrochar, junto con unos pantalones negros.
—¡¿Dónde escondéis los caballos?! —pregunté a gritos, impaciente. Necesitábamos llegar en menos de un minuto y medio a ellos, prepararlos y montarlos, y tal vez no llegaríamos tarde.
—¿Caballos?
—Sí, esos animales que se utilizan en ocasiones para…
—Sé lo que es un caballo, Marie —gruñó, y yo rodé los ojos ante su rabiosa respuesta—. ¿Tú has visto alguno en toda Nocturia desde que estás aquí?
—Es difícil ver caballos si tienes prohibido salir —repliqué.
—Norma que te has saltado repetidas veces. No hay caballos, Marie. Esto no es una tierra donde un caballo pudiese vivir.
—¡Vinimos en un carruaje! —exclamé furiosa— ¡Llevado por caballos!
—Los he matado —declaró sin apenas pestañear—. A todos ellos.
Parpadeé sin descanso ante su comentario. Quise creer que no sería capaz de hacer semejante barbaridad, pero sería engañarme a mí misma.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—No, no lo es.
Adrien bufó y me fulminó con la mirada, acabando con la discusión.
—Dame la mano.
Le dediqué una mueca de disgusto y las arcadas me invadieron solo de pensar en su contacto.
—Dame un caballo —exigí.
—No hay caballos, Marie, y, por el momento, no puedo inventarlos. Dame la mano.
—No voy a tocarte. —Di un paso hacia atrás—. Dame un maldito caballo o llegaremos tarde.
Adrien se pasó una mano por el pelo y me volvió a ofrecer su mano.
—Dame la mano o vas a pie y no llegas a la reunión.
—Está bien —gruñí—, pero no me toques más de lo necesario.
—No tenía pensado hacerlo.
Fue entonces cuando él me cogió de la mano y las sombras empezaron a aparecer, como una cortina que nos cubría a ambos.
Un viento frío se movió en círculos a nuestro alrededor y amenazaba con engullirme; la oscuridad se agitaba a mi alrededor y la temperatura descendió.
De pronto hacía más frío que en el peor de los inviernos, como si el calor y la luz hubieran sido arrancados del aire.
Las sombras me devoraban y me ahogaban entre ellas, me hundía en su abismo mientras miles de descargas eléctricas me recorrían y me erizaban la piel. Ocurrió algo que jamás había esperado: rompí mi petición de no tocar más de lo necesario.
Agarré el brazo de Adrien con fuerza mientras él permanecía rígido como una roca, nada en él parecía estar alterado por esta tormenta de sombras.
Yo, por el contrario, sentía que flotaba en la nada y, de no tener la certeza de que estaba tocando sus músculos, creería que me había tomado un trago de esos que a Adrien parecían encantarle.
Cuando la ventisca aminoró y la luz comenzó a hacer acto de presencia entre las sombras, me sentí vacía, como si algo me hubiera estado acompañando y, de repente, ya no estuviera. Mi estómago estuvo a punto de expulsar mi pequeña ración de desayuno y me llevé una mano temblorosa a la boca.
Fue entonces cuando un olor llegó a mí, un veneno disfrazado de un perfume adictivo y, que Aeliana me perdonase, pero totalmente seductor.
Una mezcla de bergamota, cedro y algo ácido pero dulce como las manzanas verdes, un toque afilado y fresco.
Cuando busqué el origen de ese aroma tan embriagador, llegué hasta él.
Levanté la cabeza y su mirada ya estaba puesta en mí, su mano estaba en la parte baja de mi espalda, ofreciéndome estabilidad.
Pero sus ojos, por la Madre, esos ojos grises me embaucaban prometiendo acabar conmigo.
Su mirada afilada estaba preparada para hacerme sentir incómoda, para hacerme llegar su inquietud, y por eso aparté la mirada.
No fue porque creía que me perdería en ella.
No fue nada de eso lo que provocó que me alejara de él como si fuera un baboso sapo.