Capítulo 13
ADRIEN
H abía sido un cabrón. Lo sabía. No podía soltarle una bomba de esas dimensiones y después pedirle que se largara. Pero ya estaba harto. No era capaz de seguir tolerando novatadas. ¡Por la Sombra, que mi edad se acercaba a los ciento veinte años y mi paciencia disminuía proporcionalmente!
La estúpida bruja había tratado de matarme hacía solo unos días atrás y, aunque presenciar cómo lo intentaba fue de lo más divertido, no hizo más que añadir problemas a mi lista.
Me arrepentí pronto de mi impulsividad y mandé a un guardia a vigilarla.
En parte porque no me creía que la loca de su madre hubiese desaparecido sin más, burlando toda mi seguridad.
Por otra parte, porque esa mujer era un puto imán para los problemas y si la dejaba marchar, volvería a aparecer mañana con ocho problemas más.
Lidiar con los Viltoru escapando de nuestro territorio y atacando a las aldeas vecinas me provocaba insufribles dolores de cabeza, por no hablar de los planes secretos de mi padre, emparejándome con semejante tormento.
Sabía de sobra que mis oportunidades de matarla acabaron el día que entré en el despacho de mi padre, cuando todavía no me hacía una idea de lo dolorosa que podía llegar a ser su presencia.
Aunque podría arrebatarle la vida en cuestión de segundos, conocía de buena mano las consecuencias que traería.
Un enfrentamiento con el resto de Varnath y, por supuesto, perder todos los avances que habíamos logrado para restaurar el equilibrio del valle.
A pesar de que éramos vistos como monstruos sanguinarios, que no se preocupaban por nada más excepto Nocturia, llevábamos años actuando en secreto, protegiendo a Varnath desde las sombras.
Por eso me enfurecía tanto cada vez que la brujita abría la boca y soltaba sus disparatadas creencias, porque no podría estar más equivocada.
Supuse que ese era el precio a pagar, nuestra tortura interminable, un castigo que seguíamos pagando por algo que ocurrió siglos atrás.
Lo único que no lograba comprender era por qué mi padre aceptaría que su heredero contrajera matrimonio con gente de su calaña, porque él detestaba a todo aquel que no formara parte de Nocturia; acabaría con todos ellos si eso fuese posible.
Lo que me hacía pensar que la inútil Sylvari tal vez tenía algo especial.
Algo que ella desconocía, o que ocultaba demasiado bien a los demás.
Quizá había algo más detrás de todo esto, no creía que un simple matrimonio fuese la solución para arreglar todo este embrollo.
No fui capaz de retener el impulso de girarme y contemplar su ventana desde los jardines. Le había exigido que se fuera, pero su habitación seguía iluminada, lo que significaba que ella seguía dentro, haciendo quién sabe qué. Tal vez le apetecía dedicarse miraditas con mi hermano otro rato más.
¡Por la Sombra, a mí qué me importaba!
Yo estaba a punto de hacer lo mismo, no con mi hermano, por supuesto.
Accedí a la fuente de mi poder, dejando que recorriese cada parte de mi cuerpo, mientras un tornado de sombra me engullía y se hacía la oscuridad.
El frío amenazaba con congelarlo todo a su paso.
El Valenves giraba mientras las sombras me abrazaban y todo se volvió indistinguible, hasta que volvió a su sitio.
Las sombras regresaron a mí, la oscuridad se deshizo sobre el suelo y el frío se convirtió en un calor acogedor, demasiado para mi gusto, porque el Valenves había desaparecido: ahora estaba en Ignavar.
El aire era más espeso. Las nubes se fundían con el humo de la forja y, por la Sombra, hacía un calor insoportable. No comprendía cómo los Ignasari no se habían derretido todavía.
Las calles estaban formadas por capas de colada y basalto, cubiertas por un fino manto de hollín que teñía el aire.
Ewa se había quejado en severas ocasiones de que el Fuego Eterno de Ignavar había perdido fuerza, que cada vez forjar se les complicaba más y que el fuego era menos manejable.
Por lo visto, los Sylvari habían estado tratando a los Ignasari día y noche debido a las quemaduras de su fuego, su padre incluido.
Sin embargo, el Fuego Eterno estaba frente a mí, borboteando de la cima de su montaña, como un sol abrasador, amenazando con quemarme y reducirme a cenizas.
Había olvidado lo mucho que odiaba caminar por estas calles.
Todas sus casas habían adoptado el color de la noche, iluminadas por un fogoso reflejo escarlata, sin vida a su alrededor.
Solo había destrucción y mucho calor, y los Ignasari parecían adorarlo.
El olor a metal salía hasta de las alcantarillas, mezclándose con el tufo de azufre y cuero curtido que desprendían los talleres de forja.
No aguantaba más, necesitaba llegar a casa de Ewa enseguida. Para mi suerte, llegué a su puerta antes de lo esperado, huyendo del hedor tan letal de esta aldea.
—Llegas tarde. —El tono de su voz escondía pequeños tintes de rencor que trataba de disimular con una sonrisa desafiante.
Se suponía que había venido a desestresarme, no a escuchar otra charla infernal. Que los dioses oscuros me dieran fuerzas, si no era capaz de soportar a esta mujer durante unas cuantas horas a la semana, ¿cómo iba a ser capaz de aguantar a otra por lo que me quedaba de vida?
—Deja de decir tonterías. No me importa. —La hice a un lado y entré en su casa, una que conocía casi tan bien como su cuerpo.
Ewa cruzó los brazos sobre su pecho y alzó una ceja. Se pasó la lengua por el interior de la boca, apartando la mirada de mí casi de forma constante.
—Se comenta por ahí que vas a casarte. —Se apoyó sobre la puerta negra de la entrada mientras se observaba las uñas rojas con especial interés.
«Mujeres».
Rodé los ojos antes de murmurar:
—Algo he oído yo también.
Estaba tratando de evitar este tema a toda costa, joder.
Ya tenía suficiente con aguantar a Marie en la intimidad de mi casa; lidiar con el tema del matrimonio agitándome las tripas, como para dedicarme a hablar de esto con Ewa.
Me negaba. Ewa me miró como si acabara de matar a su padre, sus ojos saltaron y percibí cómo su corazón se aceleraba por momentos.
—¿Perdón? ¿Algo has oído? Adrien, ¡vas a casarte! ¡Por Aeliana! —Chasqueé la lengua ante la desagradable mención y sentí que mí —. Y te dignas a presentarte en la puerta de mi casa.
Al parecer no iba a poder evitar esta conversación tampoco.
—Estoy tratando de hacerme a la idea todavía. Ha sido todo muy repentino y muy poco consentido. —Me pasé la mano por el rostro—. Además, no hay nada seguro —mentí—. Mañana habrá reunión en el consejo y haré lo imposible para evitarlo.
En eso fui honesto. Yo no había elegido a Marie como mi esposa.
No la había cortejado. No la conocía en absoluto.
Lo único que sabía con certeza es que, desde que ese pelo enmarañado apareció al final de la calle, mi vida se había vuelto patas arriba.
Y utilizaría todos los recursos disponibles para mandarla lejos de mí.
—¿Quién es? —Me miró con recelo y se acercó un poco a mí.
—Eso no es relevante. —Y de verdad. No lo era.
—¿Es verdad?
—¿El qué?
¿Si era verdad que iba a casarme? Deseaba con todas mis fuerzas que no lo fuera.
Lo que me desconcertó todavía más fue cómo su mirada se entristecía, como si esta relación carnal supusiera algo más para ella. Como si yo significara algo.
—¿Es verdad que es una Sylvari?
Suspiré frustrado, me pregunté cómo podía ser relevante una noticia que involucrara a un Umbrae, teniendo en cuenta el desprecio que sentían hacia nosotros.
—Sí —admití.
—¿Y de verdad no quieres casarte con ella?
—¡Claro que no quiero, por…!
Ewa me interrumpió estampando sus labios con los míos y la acerqué a mí, agarrando su cuello con firmeza y borrando su pintalabios granate mientras mi mano se enredaba en su pelo rojo.