La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Sus brazos rodearon mi cuerpo. Me acunaron mientras las lágrimas brotaban descontroladas y mis sollozos eran cada vez más sonoros.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Sasha, confusa.

Hice el esfuerzo de apartarme de él, pero me retenía con tanta seguridad que me era imposible. Escuché de fondo la voz de Sasha discutiendo con alguien, sin embargo, no tenía fuerzas suficientes para levantar la cabeza y mirar.

—Suéltame.

—No.

—Suéltame —repetí.

—A veces un abrazo es todo lo que necesitas para levantarte de nuevo —musitó mientras sus manos acariciaban mi pelo, sin soltarme.

No supe si fue su determinación o la calidez que desprendía, pero me hizo sentirme lo suficientemente segura como para aparcar las diferencias que tenía con Nocturia durante unos minutos y encogerme en su abrazo.

—Tenemos que irnos. —La voz de Cassian retumbó entre los árboles como un mal presagio, despertando la rabia que había conseguido domar.

—Eres un idiota —declaré.

Cassian me ignoró y se acercó a mí, tan letal y mortífero como repugnante y desquiciante.

—Y tú estás enloqueciendo.

—¡Gilipollas! —gritó Sasha plantándole cara.

Recurrí a toda la fuerza que me quedaba, a todo el odio que se agitaba en mi interior y parecía estar a punto de explotar. Aparté a Sasha y le crucé la cara a Cassian en apenas un segundo. Laurent me agarró los brazos, obligándome a dejarlos quietos.

Las lágrimas volvieron a recorrer mi rostro mientras mis manos trataban de apartarse del suave agarre de Laurent.

Sin embargo, forcejear era en vano, porque no iba a llevarme de vuelta a la normalidad ni a mi casa con mi madre para tratar a un par de enfermos, mucho menos a la vida que había planeado, aunque solo fuera una estúpida ilusión.

—Tenemos que irnos. Ahora —insistió Cassian con la mejilla enrojecida.

¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se dignaba siquiera a ordenarme qué era lo que yo tenía que hacer?

Me agarró de las manos, arrastrándome por el suelo, pero Laurent se negaba a soltarme, y yo, a dejarlo ganar.

—Le estás haciendo daño. Para —intervino Sasha.

—He aguantado suficiente —bufó Cassian— para lo que me queda de vida.

Le dediqué la peor de mis miradas y él se burló de ella.

—Es la segunda vez que trato de ayudarla y la segunda vez que aparece con estas jodidas rabietas de cría.

Laurent aflojó su agarre y Cassian aprovechó para agarrarme y echarme sobre su hombro. Pataleé y le golpeé su espalda con desespero, pero él solo gruñía, como si mis golpes no fuesen más que una estúpida molestia.

—Estate quieta, joder.

—Ni en tus sueños —bufé.

—¡Suéltala! —exigió Sasha. Nadie le hizo caso.

Cassian movió la muñeca y una llamarada dorada nos rodeó a los tres, desubicándome por completo, pues no hacía más que girar, girar y girar. El viento cálido que trajo consigo era agresivo. Vino buscando algo y tenía intención de llevárselo; nos estaba buscando a nosotros.

—¡¿Qué es eso?! —traté de gritar, mas nadie me escuchaba. El rugido del tornado era tan alto que me taponaba los oídos.

Me aferré a los brazos de Cassian, buscando un apoyo entre toda esa extraña luz, entre la nada.

Sus manos me bajaron de su hombro y me rodearon por completo, protegiéndome del vendaval que nos engullía.

Durante un segundo, me arrepentí un poco por el golpe que le di antes.

Busqué la mano de Laurent, como si fuera posible perderlo en medio de este abismo de luz.

El aire atizaba cada vez más fuerte, lo que provocó que los brazos de Cassian me rodeasen con mayor intensidad. Todo giraba cada vez más rápido, más fuerte. Y ya no sabía dónde estaba.

Cuando pareció que mis pies tocaban tierra firme, mi cuerpo ya no parecía estar metido en medio de un tornado y un rayo de luz de unas velas asomaba. Mi mirada se encontró con la suya y sus brazos soltaron los míos despacio.

—Bueno —la voz letal de Adrien me despertó de mi trance y trajo de vuelta mi odio.

Sentí mi mirada en llamas, el calor galopar en mis mejillas, y cuando nuestras miradas se cruzaron, se dibujó una sonrisa irónica en su rostro.

—¿Distrayendo al personal, bruja?

—Basta, Adrien —intervino Cassian, y yo no fui capaz de ocultar mi sorpresa por su repentino ataque de amabilidad.

—¿Llamas bruja a cualquier Sylvari o debería sentirme halagada de que me dediques tales románticas palabras? —inquirí burlona.

—Llamo bruja a cualquier Sylvari, pero debido a la ausencia de tus truquitos mágicos, tal vez debería dejar de insultar a una montaña entera al llamarte bruja, ¿no crees?

Mi corazón galopaba rabioso y mi respiración se volvió tan agitada que parecía estar a punto de un ataque de nervios.

Tal vez fue su comentario sobre la ausencia de mi magia, tal vez fue su mera presencia, que resultaba tan gratificante y embriagadora, lo que me llevó a preguntarme si sería imprudente escupir al heredero al trono que, casi con total seguridad, sería mi futuro marido.

Lo más probable es que sí, pero hoy me sentía más que imprudente, por lo que lo hice de todas formas.

En cuanto mi saliva aterrizó en su pálido rostro, Adrien necesitó recolectar toda su paciencia para no arrancarme la cabeza en el acto.

—Niñata estúpida. —Su mano se deslizó por su rostro, limpiando mi saliva, mientras una arcada amenazaba con escupir toda su merienda—. Esto se acabó.

—Adrien —interrumpió Laurent, con la voz temblorosa.

Yo, en cambio, le dediqué a Adrien mi sonrisa más brillante y victoriosa. Él se acercó a mí en apenas un parpadeo y aulló:

—No. Estaba siendo benevolente. —Su mano rodeó mi cuello mientras sus ojos grisáceos oscurecieron a medida que apretaba más, arrebatándome el aire—. Coge tus cosas y lárgate. Tu madre ha desaparecido, así que puedes buscarla sola.

A pesar de haberme liberado, seguí sintiendo mis pulmones vacíos de aire.