Capítulo 12
MARIE
I mpotencia. Eso es lo único que podía sentir. Él me había dado el control, el poder de acabar con él, y yo simplemente no pude. ¿Cómo se suponía que iba a tomar las riendas de mi destino si, cuando tenía la oportunidad de hacerlo, la desaprovechaba?
Me arranqué mis ropas con furia, tirándolas a mi paso por el cuarto, donde parecía que había pasado un tornado. La ira se adueñaba de mi cuerpo, impidiéndome pensar con claridad. Solo quería matarlo y no había sido capaz.
Deseaba arruinar toda posibilidad de que el matrimonio se celebrara y era incapaz de elaborar un buen plan para hacerlo. Todo esto era inútil.
«Acaba conmigo y líbrame de esta tortura. Mátame y acaba con la tuya. Destrózame».
Las palabras de Adrien me aceleraban el pulso, me había hecho sentir que casarse conmigo sería lo peor que alguien podría hacerle y eso me encendía, porque yo tampoco lograba concebir cómo la idea de un matrimonio con el líder de los Umbrae y un heredero Arkenvoss podría generarme felicidad alguna.
Por más que lo pensara, sabía que solo podría encontrar oscuridad, soledad y tristeza.
Un matrimonio que acabaría conmigo y me arrastraría a la oscuridad, que me consumiría y terminaría por apagarme.
Decidí hacer una visita de última hora a mi madre, antes de mi encuentro con Sasha, con la esperanza de poder disuadirla de esta locura.
No me arreglé demasiado. Estaba oscureciendo y no me fascinaba la idea de caminar por el bosque en un elegante vestido de baile.
En su lugar, me puse mi vestimenta habitual.
Un vestido azul medianoche de vuelo con un corsé ajustado en la parte superior y unas mangas que cubrían mis brazos en su totalidad.
El frío entraba por las juntas de la ventana y siseaba enfurecido, por lo que le pedí al armario una capa del mismo color.
A pesar de llevar casi una semana con él, todavía no podía imaginarme el almacenaje que tendría o cómo lograba confeccionar prendas en apenas segundos.
Me sacó una capa color cobalto con brillos grises que subían desde el fondo de esta hasta la capucha, cubierta por una guirnalda de pelaje blanco con pequeñas hojas plateadas y rosas azules.
Volver a tener una conversación con mi madre me generaba un nudo en el estómago.
Podía sentir las náuseas y los mareos que acarreaba, sobre todo teniendo en cuenta cómo terminó la última que tuvimos.
Para mi sorpresa, el aspecto de mi madre no había mejorado en absoluto.
Todo lo contrario. Su pelo negro estaba alborotado y las ojeras bajo sus ojos no habían hecho otra cosa aparte de incrementar.
Su piel había palidecido de manera considerable.
Según las enfermeras, era algo normal debido a las heridas y la medicina.
No terminaba de convencerme. No obstante, insistieron demasiado en que era una reacción habitual.
Apenas la reconocía. No quedaba nada de esa mujer fuerte que era capaz de liderar un pueblo entero y sus distintas montañas; de esa mujer ambiciosa, cabezota y entusiasta.
Ahora solo estaba un cuerpo medio viviente que necesitaba más que una noche de descanso.
Después de insistirle mucho a las enfermeras para que le revisaran esa medicina, decidí abandonar.
Puse rumbo a mi reunión con Sasha con un peso en el pecho incómodo.
El Bosque LunaVeritas era uno de los más fríos de todo Varnath.
Aunque todavía no había entrado el invierno en su totalidad, la tierra estaba cubierta de una gruesa capa de brillante nieve, tornando los árboles blancos, y la luz de la luna brillaba con fuerza, iluminando el camino con una intensa luz celeste.
Los frongos estaban ahora iluminados de un precioso color aguamarina, casi como si fueran un portal a otro mundo lejano.
La melena blanquecina de Sasha destacaba entre la oscuridad del bosque y, en cuanto se giró hacia mí, juraría que su sonrisa iluminó un poco más este lugar.
Sus brazos me rodearon con añoro y cariño.
Mis manos agarraron sus manos morenas y le dediqué una cálida sonrisa antes de volver a abrazarla. Teníamos mucho de qué hablar.
—¿Cómo has estado? —me preguntó con una mueca desconcertante.
—He estado mejor —admití—. ¿De qué querías hablar?
Sasha dudó durante un segundo antes de decir:
—Las demás montañas están preocupadas, Marie, lo que los vientos me susurran.
.. —Sasha soltó un suspiro entremezclado con el miedo y la preocupación—.
Es horrible. Se habla de misiones de rescate para buscar a tu madre y traerla de vuelta.
El pueblo está tenso, creen que os han secuestrado; algunos incluso que tenéis forjada una alianza.
De una manera u otra, terminarán revelándose.
Quise decirles que no estaban tan equivocados, que no era libre de huir de Nocturia, que mi madre había vendido mi futuro, pero las palabras no conseguían salir.
Estaba tan saturada que el aire de mis pulmones amenazaba con escaparse de golpe y no era capaz de retenerlo.
Las manos me temblaban y, aunque deseaba que fuera por el frío, apenas era capaz de sentirlo.
Una rebelión no nos haría ningún favor, solo aumentaría más las tensiones, y en el poco tiempo que llevaba en Nocturia, sabía con certeza que los Umbrae les arrancarían el corazón sin pestañear si fuese necesario.
¿Cuáles eran las probabilidades de que los vientos no le estuvieran dando la información correcta? Ella consiguió estas habilidades al casarse con Maxime, convirtiéndose en mitad Zephyro, pero su otra mitad seguía siendo Sylvari.
—¿Has hablado con tu madre?
No respondí, estaba centrada en el desastre que podía desencadenarse.
—¿Marie? —me llamó otra vez—. ¿Has hablado con tu madre o no? —Su duro tono me trae de vuelta a la realidad. Agité la cabeza, tratando de deshacerme de mi tormento.
—Perdona. Sí, pero no ha sido una conversación fructuosa. No creas que no lo he intentado —suspiré—, es que parece estar perdiendo la cabeza completamente. No hace más que dormir y las pocas palabras que me dirige... No parece ser ella.
Me llevé las manos a la cabeza, que palpitaba sin descanso.
—Voy a dar por hecho que en esas pocas palabras te ha contado la idea que se le ocurrió para intentar salvar el valle.
—Si te refieres a su idea de casarme con un Arkenvoss, sí.
La sola idea de imaginarme el estar unida a uno de ellos me revolvió el estómago por completo. ¡Por la Diosa!
—No consigo comprender qué podrían sacar de provecho de que alguien sin capacidad de manifestar poderes se casara con el hijo de la persona más poderosa de todo el valle.
—Sasha miraba a nuestro alrededor sin descanso, como si estuviese buscando algo entre los árboles.
Arrastré mi mirada hacia el mismo lugar, pero no encontré nada—. ¿Sasha?
Ella me devolvió la mirada y se alisó el vestido antes de tragar con fuerza y añadir:
—Hay una reunión mañana con el consejo, te resolverá un par de dudas. Por lo que ha llegado a mis oídos, no es tu magia lo que los ha llevado a tomar esta decisión, sino la carencia de esta.
La cabeza me retumbaba como tambores de guerra rabiosos. Todo mi alrededor se disipaba, se convertía en ceniza que volaba lejos de mí.
—No lo entiendo. Es que no le veo la lógica —suspiré—. Tampoco sería capaz de canalizar sus poderes porque no soy capaz de canalizar nada.
De pronto mis palabras se detuvieron en seco y las piezas comenzaron a encajar.
—Dime que no, Sasha. Dime que no es lo que yo estoy pensando.
—Cielo, tú misma lo has dicho. —Su expresión se suavizó mientras me agarró de las manos y me dedicó una sonrisa tensa, que no llegó a iluminar sus ojos—.
¿Quién mejor para casarse con el heredero al trono que la hija de la actual líder del consejo, la que ha ayudado a Varnath a mantenerse unido durante quince años?
Si a eso, además, le sumas que no puede canalizar poder.
.. Eso te descarta como una amenaza para él.
No puedes usar su poder ni el de Nocturia contra ellos.
Cualquier otra familia de Varnath no entregaría a su hija a Nocturia, mucho menos a un Arkenvoss, además de que la unión podría no dar el resultado. ..
—¡¿Y qué les hace pensar que conmigo sí lo dará?!
De repente, me sentí más exhausta que nunca. El sabor de la traición me repetía en la boca y me impedía pensar con claridad, me corroía por dentro, me oxidaba, me destrozaba.
Saber que el único familiar que me quedaba me había traicionado de una forma tan rastrera y cruel, me obligaba a preguntarme cuál era mi error, qué habría hecho mal todos estos años para que ella no me eligiese a mí.
Sin darme cuenta, comencé a hiperventilar.
Mi mano se agarró con fuerza a la tela del vestido que estrangulaba mi tripa, como si eso pudiera evitar el vómito que arremetía en mi garganta y me ahogaba.
Ataqué mi vestido con desespero, buscando librarme de él, de la presión que ejercía en mi pecho, cerca del corazón, en punzadas tan afiladas que me desangraban por dentro.
Sin embargo, ninguno de mis órganos parecía estar afectado y, aun así, la abrasión era tan asfixiante, tan insoportable, que me laceraba el alma.
Mis rodillas aterrizaron en el suelo y mis manos no fueron lo suficientemente rápidas para detener el impacto, tampoco para evitar el vómito que brota de mi interior como veneno.
Escuché voces a mi alrededor, pasos que me rodeaban, manos tratando de ponerme en pie, pero el sufrimiento era tan angustiante que me impedía notar nada más.
—Marie —murmuró Laurent con la voz teñida de preocupación.
Entonces sentí un tipo distinto de odio, porque él no debería estar aquí, no debería estar viéndome así, y cuando sus brazos rodearon los míos en un acto tan íntimo y a la vez extraño, mi cuerpo me traicionó y se rompió, me llevó consigo y desató un mar de lágrimas imparable.