La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

MARIE

E l plan era claro: dirigirme al Mainoît, encontrar a Adrien, matarlo y recuperar mi vida antes de que él apareciese en ella.

La entrada al Mainoît fue sencilla: nadie hizo preguntas. No había guardias protegiendo la entrada, lo que hizo que me recorriera el pensamiento que todo estaba siendo demasiado fácil. Algo iba mal.

Decidí no darle demasiada importancia y me dirigí hacia su arsenal de armas.

Un par de dagas deberían ser más que suficiente.

Cogí tres; coloqué dos de ellas en mi cinturón y la otra, en mi pierna.

Había cientos de armas que no había visto jamás, llevármelas supondría una insensatez, una carga extra, y no las necesitaba en absoluto para lo que estaba a punto de enfrentar.

Al pensarlo, me asaltaron los nervios y dudé, pero deseché aquella emoción y volví a centrarme.

Localizarlo fue simple. Donde hubiera decenas de Umbrae entrenando, allí estaría él.

El Mainoît tenía un muro de sesenta metros de alto que los Umbrae debían escalar, y eso es precisamente lo que algunos de ellos estaban haciendo, incluyendo a Laurent.

Todavía no comprendía muy bien por qué entrenaba con Umbrae si él no era uno de ellos.

No era una prioridad descubrirlo. Supuse que sería por ese Rito tan misterioso que no paraba de repetir.

Adrien, en cambio, estaba entrenando con otros tres.

«Entrenar» era una palabra demasiado floja para lo que estaba haciendo realmente: los estaba machacando.

Me senté en uno de los bancos que estaba a la sombra para observarlo. Sus músculos se marcaban con cada movimiento, que eran casi imperceptibles a la vista, eran limpios, perfectos y siempre, siempre daba en el objetivo. Se movía con una fiereza inhumana.

¿A qué estaba a punto de enfrentarme?

A un guerrero despiadado. Implacable.

A un demonio.

Una gota de sangre se escurría de sus labios en cuanto uno de sus oponentes logró alcanzarlo. Ver cómo era azotado cuando yo no podía hacerlo fue de lo más satisfactorio.

Su pelo negro estaba despeinado y todo su cuerpo estaba cubierto de arena y sudor, empapado de furia y tensión.

No necesité comprobar que sería capaz de romperle el cuello a uno de sus compañeros en apenas segundos.

La fuerza de sus golpes crecía y yo dejé de sentir mis manos, que se agarraban conmovidas al banco.

Tragué saliva con fuerza y traté de convencerme de que todo iría bien, que no me estaba dirigiendo a una trampa mortal.

Sonó una alarma ruidosa y los combates terminaron.

Hora del descanso. Se felicitaron entre ellos, con un par de golpes en la espalda, y Adrien se dirigió a una fuente de agua.

Comenzó a echarse agua por el cabello y las gotas se resbalaban por su espalda musculada.

Me acerqué con sigilo y, antes de poder desenfundar una daga, me derribó en el suelo, cerniéndose sobre mí.

—Eres patética —rugió. Sus ojos brillaban como los de un animal salvaje a punto de devorar a su presa, porque eso era lo que estaba a punto de hacer.

—Cabrón —musité mientras forcejeaba para librarme de su agarre.

—Me halaga saber que el odio es mutuo. —Una de sus manos viajó hasta mis caderas y me arrancaron una daga.

Sus rodillas estaban apoyadas a mis lados y en la cercanía me invadió su olor, tan sudoroso y embriagador que quise vomitar—.

No te queda mucho más tiempo para hacerme dedicatorias románticas.

Voy a acabar contigo. —Su voz sonó perezosa, como si asesinar se encontrara en su lista de tareas diarias.

Adrien se acercó a mi oído y me susurró—: ¿Unas últimas palabras?

—Acercó la daga a mi garganta y me revolví tratando de huir de ella.

—Púdrete en el infierno, demonio.

—Mmm... Incorrecto.

Su mirada encontró la mía de nuevo. Sus ojos, tan fríos y duros, me provocaban escalofríos y tuve claro que él era un cazador y yo, su presa. Todo esto había sido una idea pésima.

Una sonrisa terrorífica apareció en su rostro y mi corazón comenzó a latir temeroso.

No podía pensar en nada más que el terror que estaba sintiendo y en cómo podía camuflarlo.

Un agudo pitido retumbaba en mis oídos, ensordeciéndome mientras que Adrien no hacía más que acercarse despacio.

Me pregunté qué tipos de torturas tenía planeadas para mí, cómo me haría pagar por esto, pero nada de eso fue suficiente para apagar la rabia que bullía en mi interior, la misma que me hacía desear arrancarle los ojos.

Su mirada era fría, impasible y tan vacía que era imposible ver nada reflejado en ella, hasta que me miraba a mí, con esa mezcla de asco y confusión, como si no estuviese del todo decidido sobre mí.

Fue motivo más que suficiente para que recuperara la confianza que perdí momentos atrás y para que una sonrisa victoriosa se dibujara en mi rostro.

—¿Sorprendido?

—¿Qué es lo que haces aquí? Aparte de intentar matarme de la manera más patética que he visto.

Me quedé perpleja y lo analicé al detalle. Esta vez era yo la que no comprendía nada en absoluto. Se apartó y me ofreció la mano para levantarme. Una vez en pie, se encaminó de vuelta al Valenves, como si nada de esto hubiese ocurrido.

—¿Qué estás haciendo? —rugí.

Adrien me ignoró y continuó su camino.

Sentía cómo el odio burbujeaba en mi interior hasta ahogarme y corrí tras él. No tardé demasiado en alcanzarlo y volver a amenazarlo con mi daga, esta vez iría directa al corazón.

—Parece que le has cogido el gusto a eso de usar cuchillos para hacerme daño —añadió mientras desplazaba su mano hasta el filo del cuchillo.

Su sangre se deslizaba creando líneas imperfectas en su brazo y goteando hasta la arena.

Apenas nos separaban un par de centímetros y mi cuerpo me traicionaba con ataques de nerviosismo—.

Por favor, haz los honores. —Apretó ligeramente el filo contra su pecho y otra riera de sangre apareció.

—¿Qué haces? —No comprendía nada de lo que estaba haciendo. Estaba actuando como un verdadero demente y eso me confundía, porque debería estar aprovechando la ocasión de matarlo y no lo estaba haciendo.

—No sería un caballero si te matara en tal desigualdad de condiciones. Si tan empeñada estás en acabar con mi vida, hazlo, así me librarás de la tortura que supondría aguantarte el resto de mi vida.

Parpadeé, incrédula, temiendo estar en un sueño, y Adrien tomó las riendas de la situación de nuevo.

Me había hecho creer todo este tiempo que yo tenía el control, que podía tener una oportunidad, cuando, en realidad, lo único que deseaba era huir de este destino tanto como yo.

Antes de que pudiese decidirme, envió una patada hacia mi estómago que me hizo caer al suelo en un golpe seco.

Si salía con vida de esta, no sabía qué debería mirarme primero la enfermera: si la contusión que iba a tener en la cabeza o los moratones que me estaba dejando este hombre.

Intenté balbucear palabras sueltas que ni yo misma lograba comprender hasta que Adrien me interrumpió, apuntándome con mi arma.

—Eres una incrédula si de verdad piensas que deseo casarme contigo.

¿No te ha dado por pensar que yo elegiría a cualquier otra mujer?

Tal vez alguna Somnari, o alguna mujer que al menos sepa blandir una espada.

Eres desquiciante, repelente, y cada vez que te miro, no puedo sentir otra cosa que no sea asco.

—La daga cada vez amenazaba más con cortarme la piel y un sudor frío se resbalaba por mi sien, hasta llegar a mi espalda—.

Créeme cuando te digo que tengo las manos tan atadas como tú.

Y aunque me cueste la vida, evitaré este matrimonio.

Adrien apartó la daga de mi garganta. Todavía podía notar el calor de su furia recorriéndome el cuerpo.

Cuando menos lo esperé, envolvió mi mano con la suya y se apuntó con ella.

Sus ojos brillaban furiosos, me dedicó una sonrisa igual de oscura que la noche y tan amarga como el azufre.

No pude evitar sentirme sorprendida, ni tampoco el ritmo tan poco apropiado de mi corazón, que latía acelerado por el simple contacto de su piel con la mía.

—Desahógate, brujita. Pégame si eso te hace sentir mejor. —Adrien aflojó el agarre y dirigió la daga a su corazón—. Acaba conmigo y líbrame de esta tortura. Mátame y acaba con la tuya. Destrózame.