Capítulo 10
MARIE
E n los días siguientes, continué con mis visitas nocturnas a la enfermería. Cada vez que iba, mi madre dormía y yo revisaba sus heridas. Todavía no había reunido el valor para hablar con ella sobre lo que había pasado, pero por muy molesta que estuviera, no me perdonaría si algo llegara a pasarle.
Las mañanas las pasaba con las mellizas y Laurent aprovechaba para acoplarse de vez en cuando con la excusa de que tenía que vigilarme.
Al parecer, Janine era una especie de banshee, o al menos a ella le gustaba creer que lo era.
Tenía la habilidad del Velo del Tiempo, podía sentir muertes instantes antes de que ocurriesen y traspasar el velo que separaba la vida y la muerte para contactar con espíritus.
Era un poco escalofriante, pero entendía por qué Viktor le tenía un alto aprecio.
Tahlia, en cambio, era una bruja verde, podía curar plantas, manipularlas.
La mayoría de los Sylvari poseían esa habilidad.
No conseguía evitar que el fuego de mi interior ardiese de rencor, ni que este comportamiento amable me resultase extraño.
¿Por qué protegía a mi madre, hacía un trato con ella tan misterioso y la cuidaba como si estuviera en su propia casa?
¿Qué era lo que me estaba ocultando mi madre?
¿Y por qué este señor tenía tantos niños en el Tekhné y los ocultaba en un ala secreta del Valenves?
Me decidí a tener esa conversación tan incómoda que tanto trataba de evitar.
Aunque visitaba a mi madre varias veces al día, únicamente mantenía conversaciones de lo más triviales con ella.
Ya habían pasado cuatro días desde que la escuché con Viktor y cada vez que el recuerdo volvía a mi mente, mi cuerpo se llenaba de náuseas.
Teóricamente, ya debería estar curada y podríamos abandonar Nocturia ese mismo día.
Me dirigí al armario y saqué un vestido azul celeste de manga larga. Las mangas y el cuello eran translúcidos y tenían pequeñas flores azules de encaje. Un ligero corsé se ajustaba dejando paso a una larga falda con vuelo.
Trencé dos mechones de cabello que uní en la parte trasera de mi cabeza y me dispuse a salir cuando pisé una carta que se encontraba frente a la puerta.
El sobre blanco tenía pequeños detalles plateados que brillaban a la luz.
Estaba claro que no se habían confundido, porque mi nombre estaba en el centro del sobre.
Marie, reúnete conmigo en el Silva Lacus Veritatis.
Los vientos me han dado noticias sobre algo que podria interesarte. Es importante.
—Sasha.
Una oleada de alegría me recorrió al tener noticias de Sasha. Volví a leer la nota con detenimiento, esta vez me invadió un sabor agrio y molesto.
Desde que Sasha contrajo matrimonio con Maxime y se mudó a Zephyria, apenas habíamos podido vernos.
Había desarrollado habilidades típicas de un Zephyro, por lo que los vientos le contaban todo lo que se hablaba y ocurría en Varnath.
El hecho de que me hubiese escrito para quedar en el Silva Lacus Veritatis me levantaba los nervios.
Laurent me informó de que Viktor le había asignado unos aposentos a mi madre para facilitar su recuperación.
Las enfermeras afirmaban que tuvo suerte de que la flecha se clavase en la boca del estómago y de que el carruaje de los Arkenvoss fuese lo bastante rápido al traerla, de lo contrario, mi madre no seguiría aquí.
Decían que necesitaba mantener reposo un par de días más, y yo insistí en lo mismo.
Después de eso, éramos libres de volver a Eldoria y continuar con nuestra vida.
La idea de quedarme más días en este lugar tan tétrico me molestaba, y aunque no me había cruzado con los dos rostros que evitaba con tanto desespero, comenzaba a pensar que mi suerte estaba a punto de cambiar.
Los aposentos de mi madre no estaban cerca de los míos, lo que incrementaba todavía más los riesgos de encontrarme con esos Umbrae.
Sin embargo, conseguí llegar con éxito. Mi madre seguía recostada en la cama.
Aunque no había hablado con ella, eso no implicaba que no deseaba comprobar cada noche cómo estaba en un acto cobarde de intentar pedirle explicaciones.
Abrió los ojos despacio, habían perdido su brillo habitual, y me dedicó una sonrisa débil.
—Hola, cariño.
Su rostro seguía pálido. Había perdido demasiada sangre y se notaba que le faltaba un buen descanso, puesto que sus heridas habían resultado ser peores de lo que supuse en un primer momento. Le devolví la sonrisa a medias y ahondé de pleno en el asunto que llevaba días atormentándome.
—Tenemos que hablar, mamá.
—Lo sé. —Se acomodó en la cama con un siseo y me dejó un sitio para sentarme mientras me invitaba a empezar la conversación.
—¿Has planeado casarme? ¿En serio, mamá? ¿Además con un Arkenvoss?
Los ejercicios de autocontrol que tanto había practicado esos últimos días fueron en vano, pues en cuestión de segundos mi rostro estaba empapado en lágrimas.
—Sí. —Su respuesta me impactó, fue sincera, directa, cortante. Fue ese el momento en el que supe que no estaba hablando con mi madre, sino con la líder del consejo. No había excusas, explicaciones, consuelo, solo una simple orden. Y yo debía cumplirla.
—¿Por qué? —Mi voz sonó tajante. Odiaba discutir con mi madre, pero odiaba más que hubiera decidido y organizado el resto de mi vida por mí y no se hubiera molestado en preguntarme.
—Aurore lo dijo, tenemos que hacer unión. Viktor y yo pensamos que...
—Para. ¿Qué tiene que ver Viktor en todo esto?
¿Desde cuándo haces tratos con él y pensáis igual?
¿Cómo sabe él lo que pasa en el consejo si nunca ha asistido a ninguna reunión?
—Mi tono de voz se elevaba cada vez más, no podía controlar mi ira.
Había demasiadas cosas que no me estaba contando, que estaba evitando.
Demasiadas mentiras—. ¡Explícate! —grité, y sentí como el peso de mil cristales se hacían añicos, clavándose en mi piel.
—No tengo nada que explicar, Marie. —Sus ojos se tornaron desafiantes y, durante un segundo, me pareció que su brillo esmeralda cambiaba a un negro profundo y vacío, capaz de arrebatarme el alma.
A pesar de llevar un solo camisón y todo su pelo negro despeinado, todavía me resultaba intimidante y su faceta tan indiferente se colaba en mis huesos.
—Esto no es el consejo. No pienso casarme porque sí, así que explícate o me voy.
—No seas ridícula, ¿a dónde piensas ir? —Me desafió con la mirada y se cruzó de brazos. Conocía los riesgos de un ultimátum y, aun así, estuve dispuesta a correrlos.
—Dime quién es —exigí. Sabía de buena mano que Adrien era el candidato. No obstante, no me quedaría tranquila hasta que ella me lo confirmase— y dime por qué. Te doy dos minutos.
—No eres tú la que pone las condiciones aquí, hija.
Reí. No pude evitarlo. Mi madre estaba pretendiendo casarme con a saber quién, probablemente con Adrien, y pretendía que lo aceptara sin más.
—Me sorprendes, mamá, me conoces bien —suspiré— y ahora mismo pareces no conocerme en absoluto. Te queda un minuto y medio antes de que me vaya.
A pesar de mi semblante de piedra, me temblaban las piernas; nunca había desafiado a mi madre, ni tampoco la había desobedecido, pero no mentía. Ella sabía que no iba a aceptar que me casara sin más y, aun así, estaba aprovechándose de mi debilidad y forzándome a aceptar.
El nudo que se formaba en mi garganta amenazaba con ahogarme mientras la mirada inescrutable de mi madre me desafiaba cada segundo más.
—Tienes que hacerlo, Marie, tienes que casarte. —Mi madre parecía agotada, mas no pareció importarle. Mantuvo su mentón alzado, aunque la discusión pareciese haber acabado con todas sus fuerzas—. Tú eres la única esperanza.
—Mamá, no te entiendo —resoplé—. Creo que estás desvariando, has perdido mucha sangre. —Traté de buscarle fiebre, pero, en su lugar, me encontré un cuerpo gélido, casi muerto.
Mi madre parpadeaba despacio, como si su cuerpo ya no aguantase más la agonía de mantenerse despierta, se pasaba las manos por la sien, masajeándolas en un intento de despejarse.
—Cásate, Marie —me insistió en apenas un hilo de voz—. Cásate con Adrien y restaura el equilibrio de Varnath.
El aire se disipó de mis pulmones en cuanto admitió que debía casarme con Adrien.
De todos los hombres que había en Varnath, tenía que elegir al más despreciable de ellos.
Le dediqué una mirada dura. No había dado por finalizada la discusión, pero mi madre parecía tan exhausta que decidí dejarla descansar.
Sus ojos se cerraron casi al instante debido al agotamiento y su piel recuperó un poco del color que había perdido minutos atrás.
Le deposité un beso en la frente y le acomodé el pelo.
«Cásate, Marie. Cásate con Adrien y restaura el equilibrio de Varnath».
Quise borrar de mi mente sus desvaríos, pero se repetían de manera constante mientras abandonaba la habitación.
¿Cómo podía pretender que me casara con Adrien sin conocerlo? Por no hablar de su encantadora personalidad.
La ansiedad me acechaba a cada paso que daba y las lágrimas, desesperadas por salir, me nublaban la vista. ¿Sería esto lo que Sasha quería contarme?
Traté de controlar el ritmo de mi respiración, inspirando y espirando con fuerza, pero el aire que pasaba por mi garganta parecía estar en llamas y la fuerza con la que cerraba mis puños sería la culpable de delatarme.
En apenas segundos, la ansiedad se volvió ira y todo empezó a caer en picado.
Me sentía traicionada, como si mi madre me estuviese vendiendo, como si yo no fuese nada más que una ridícula moneda de cambio.
No soportaba la idea de tener que casarme con un Arkenvoss, y mucho menos si este era el líder de los Umbrae: tan arrogante y problemático.
¿Cómo se suponía que podría mirarlo a la cara después de todo lo que había hecho su familia?
Me sentía en una prisión, situada en un castillo muy lejos de mi hogar, en la que no podía decidir mi destino, donde no podía tomar las riendas de mi vida.
Me había vuelto incontrolable, como un fuego forestal que se disponía a arrasar con todo, y yo nunca había estado tan segura de querer hacerlo.
Las lágrimas se evaporaron de mis ojos, quería gritar.
Quería hacerlo tan fuerte que se derribaran los cimientos de todo el Valenves. Quería reducir este lugar a la nada.
Nunca había sido una persona rabiosa, de esas que perdían las formas en segundos por cualquier nimiedad, siempre tenía una sonrisa en mi cara, siempre sabía qué contestar, pero él parecía estar rompiendo mis esquemas.
Despertaba latidos enfurecidos en mí, tan desesperados por el caos que era imposible acallarlos. Todo era culpa suya.
Tal vez, si Adrien desapareciese, yo podría tener una vida normal. Bueno, normal. Matar al heredero al trono tendría sus consecuencias, pero, al menos, yo tendría el control sobre mi vida. Hubiera elegido eso. No podía imaginarme una persona que mereciese tanto morir como él.
Arremetí en mi habitación con inquietud, tratando de elaborar un plan, pues burlar a un experto en la muerte no sería tarea sencilla, y menos aún para una vulgar cualquiera que apenas sabía blandir un arma.
Sabía que no estaba pensando con claridad, pero todo mi cuerpo bullía enfurecido y necesitaba ponerle fin a aquello.
Tenía que intentarlo. Nunca me perdonaría haber aceptado ese destino sin pelear primero.
Desde la ventana de mi habitación se veía el Mainoît —según Laurent, el campo de entrenamiento Umbrae—.
Aunque ahora se encontraran en pleno entreno, descansarían en media hora.
Estos últimos días había tenido que ser más observadora de lo normal, porque las horas que se pasaban los Umbrae —y Laurent— entrenando eran las únicas en las que podía pasear por los pasillos sin alguien siguiéndome el rastro a todo momento.
Además, mirar por esa majestuosa ventana fue la única diversión que tuve mis primeros días.
Todavía no había conseguido descifrar cómo el armario comprendía los atuendos que quería para el día, pero pareció entenderme como nunca antes.
Un mono de cuero negro brillante apareció en su interior.
Tenía un cinturón sobre las caderas y cintas sobre la rodilla izquierda que me permitían poner distintas armas.
Una vez puesto, me di cuenta del pronunciado escote que tenía y de lo mucho que marcaba mis curvas.
No estaba acostumbrada a llevar prendas tan ceñidas, ya que siempre llevaba vestidos sueltos.
Sin embargo, debía admitir que me sentaba de infarto.
No había recibido un entrenamiento sobre cómo empuñar armas, pero supuse que matar a alguien con una no debía ser complicado, la gente lo hacía constantemente. A veces, sin querer. Claro, ellos no se enfrentaban a un líder de guerra como yo.
Aprovecharía cualquier momento de distracción para clavarle una daga en el corazón, si es que acaso disponía de uno.
Lo haría por arrebatarme mi vida, por todo el daño que ya ha hecho.
No dudaba que después tendría que huir, esconderme en algún lugar, y también debía sacar a mi madre de aquí.
Demasiadas cosas en las que no me había parado a pensar porque mi mente estaba demasiado ocupada imaginando el rostro del general cuando le arrebatase la vida.