La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 9
13%

Capítulo 9

MARIE

C uando desperté, me sentía entumecida, con breves recuerdos de lo que pasó anoche que me golpeaban en segundos y traían de vuelta una ansiedad tan demoledora que me azotaba con rabia el estómago, provocándome una oleada de náuseas que me obligaban a correr al lavabo.

Mis ojos estaban hinchados y pegados de legañas por todo lo que lloré anoche.

Estaba convencida de que este asunto requería una conversación larga con mi madre, pero todavía no me sentía lista.

Creí que huir de esta responsabilidad la convertía en menos real, por lo que la pondría al final de mi lista de tareas imaginarias.

Volví a escabullirme en mitad de la noche para comprobar su estado, y me la encontré descansando plácidamente, lo que me tranquilizó ligeramente. Las heridas, aunque lucían graves y profundas, parecían estar bien desinfectadas y siguiendo su curso de cicatrización.

Tenía planeado explorar cualquier salida posible de este castillo.

Tal vez podría llevarme a mi madre y huir en mitad de la noche, pretendiendo que la conversación que escuché no había sucedido.

Había varios rostros que no me apetecía ver: el primero, con rasgos finos y bien definidos, cejas oscuras que enmarcan unos ojos penetrantes de color grisáceo; el segundo, con rasgos suaves, pero también prominentes pómulos, una mandíbula bien estructurada y unos labios delgados; y el tercero estaba abriendo mi puerta en aquel preciso momento.

Una sonrisa suave se asomó, enmarcando su curiosa mirada azulada en su piel clara, salpicada de pecas, y una cabellera salvaje pelirroja.

—¿Qué quieres, Laurent? —Puse mis brazos en jarra y enarqué una ceja mientras le dediqué una mueca de molestia que no conseguí mantener.

—Tranquila, fiera, me han mandado a controlar que no hagas ninguna locura como saltar por la ventana para huir o algo por el estilo.

Laurent parecía más tranquilo hoy y eso me calmaba.

—También quería disculparme —confesó—. Ayer estaba nervioso, no llevo muy bien conocer a gente nueva. Y tampoco me había topado con nadie que guardara tanto odio hacia Nocturia como tú.

—Desembucha, Umbrae —repliqué cortante, con los brazos en jarra, pero Laurent se echó a reír, como si le estuviese tomando el pelo con algo—. ¿Qué?

—No soy un Umbrae, Marie. No todo el mundo que vive en el Valenves es un Umbrae.

Lo observé con cautela, confusa, porque juraría que ayer mencionó algo sobre ser Umbrae.

—Pero ayer dijiste…

—…que era el aspirante más joven —intervino—, no el Umbrae más joven.

—Entonces, ¿eres un Somnari que aspira a ser Umbrae? —Me dirigí hacia mi cama tratando de organizar el resto de mi día tras esta inesperada visita y me tiré bocabajo sobre ella.

Laurent me ignoró y yo fingí no darme cuenta. Segundos más tarde, carraspeó tratando de llamar mi atención y, al ver que no le hacía caso, añadió:

—¿Quieres ir a ver a tu madre?

—No. —Me recoloqué en un segundo y todo el pelo se quedó sobre mi cara, metiéndose en mi boca.

Traté de escupirlo, pero solo me ahogaba más con él—.

He estado toda la noche a su lado, Laurent, y no estoy segura de querer verla ahora.

Tenía otros planes para hoy que, por cierto, te has encargado de estropear.

Podemos ir a ver a mi madre por la tarde.

—Me crucé de brazos y piernas con resignación, esquivando su mirada.

Sabía que lo correcto era ir a su lado y hablar con ella ahora que estaba consciente; aun así, una parte de mí se revolvía inquieta de solo imaginármelo.

Laurent alzó una ceja. Lo más probable es que estuviese pensando que estaba loca.

—Además, deberías llevarme a rastras y peso demasiado para ti. No podrías tú solo.

—Entonces llamaré a Cassian para que me ayude —lo fulminé con la mirada, Cassian era mi persona número dos a evitar hoy—.

¿O mejor a Adrien? —Abrí los ojos como platos y pensé que había conseguido espantarlo cuando soltó una carcajada tan sonora que retumbó en toda la habitación—.

Nadie va a obligarte. Además, me han encargado que estés cómoda en todo momento, por lo que, si no quieres ver a tu madre, eres libre de hacer lo que quieras, en mi compañía, claro.

—No lo entiendo.

—¿El qué?

«¿Quieren que esté cómoda? ¿Qué clase de majara estaría cómoda aquí?»

—¿Cómo voy a estar cómoda? —exclamé—. ¡Soy una prisionera!

Bueno, tal vez había exagerado eso último un poco demasiado, pero si tenía guardaespaldas, algo de razón tenía.

—No eres una prisionera —negó, girando la cabeza—. Solo estás bajo arresto domiciliario.

Lo miré con sorpresa ante su intento de broma y apreté los labios con fuerza, tratando de tragarme la carcajada que apretaba mi garganta.

—No eres como ellos, eres…

—Marie —me interrumpió, casi como si el comentario le molestase—, Adrien es un Arkenvoss, esperar que él sea precisamente amable es una insensatez, y Cassian…

bueno, es Cassian. —Laurent soltó un profundo suspiro mientras se puso de cuclillas frente a mí—.

Es mi entrenador. Aunque lo aprecio mucho, la empatía no siempre es uno de sus grandes fuertes.

Ellos son como máquinas hechas para matar monstruos y yo supongo que todavía no he desarrollado esa habilidad.

Conseguí chantajear a Laurent para que me llevase de ruta por el Valenves durante, al menos, media hora.

A decir verdad, agradecía que Laurent no fuese un Arkenvoss ni un Umbrae todavía, porque de esta manera podía darme el lujo de apreciar lo gracioso y amable que era sin sentirme del todo culpable.

Me había estado comentando algo sobre el Tekhné del Valenves.

Aparentemente, era el sitio donde los Umbrae tenían refuerzos mágicos con todo tipo de salas para practicar.

Con refuerzos se refería a niños de otras montañas, en su mayoría Sylvari.

También había mencionado unas hermanas que me caerían bien.

Se notaba que apenas tenía personas con quien hablar y que no era alguien que funcionase bien en la soledad.

No tenía ese porte frío que parecían tener todos aquí.

Estaba tratando de no cogerle cariño, pero era una persona tan cercana que en apenas una conversación era capaz de romper todas las barreras que ponía a mi alrededor.

A pesar de que estuviese segura, casi al completo, de que mi estancia en Nocturia sería temporal —porque ni loca aceptaría el matrimonio con Adrien—, había una parte de mí que deseaba que no lo fuese solo para que él no se sintiera tan solo.

También había decidido obviar que era la única persona que, a los veinte años, no había desarrollado su habilidad en Varnath, por lo que no podría hacer uso tampoco de ese «Tekhné».

En Eldoria la magia funcionaba de manera diferente al resto de montañas.

Habitaba en nosotros de una manera más viva.

Mientras que en el resto de montañas solo podían moldear su elemento, en Eldoria cada Sylvari manifestaba una habilidad única: desde la manipulación de la vegetación hasta invocar y comunicarse con los espíritus que habitaban en el Bosque Espectral, que podían ser tanto guías como protectores.

Yo, a diferencia del resto, ya estaba considerada un caso perdido. Se esperaba que la magia despertara, como máximo, a los veinte años, aunque no solía ser habitual que tardase tanto. Yo todavía no había mostrado indicios de manifestarla pronto.

Cuando las imponentes puertas de madera —que parecían habituales en el Valenves— se abrieron, estaba convencida de necesitar un refuerzo para mantener mi mandíbula en su sitio.

No esperaba que el Tekhné fuera tan majestuoso ni que se sintiera la calidez de la magia nada más entrar.

Las paredes de piedra se fusionaban con la hiedra que crecía sobre ellas.

La luz se colaba entre las puntiagudas ventanas que ofrecían vistas de un imponente y colorido jardín donde decenas de niños corrían sobre la hierba y, por un momento, olvidé el lugar tan sombrío en el que me encontraba.

Esa ala no tenía nada que ver con el resto del Valenves.

Una parte de mí sentía envidia de lo que ellos eran capaces de hacer, de su magia. Sin embargo, había otra que se entristecía al pensar que estos niños no estaban realmente en su hogar. El hecho de que estuvieran aquí implicaba que sus padres habían renunciado a ellos.

Varnath nunca había estado tan sumido en la oscuridad y es que, desde la traición de los Arkenvoss y la maldición que recayó sobre ellos siglos atrás, el pueblo se había ido deteriorando cada vez más.

Al principio, eran pequeños detalles, apenas perceptibles, como que el número de peces estaba disminuyendo en Avelora, o que los vientos de Zephyria alcanzaban cada vez menos distancias.

Algunos padres decidieron vender a sus hijos, debido a la escasez de recursos y dinero que estábamos sufriendo estas últimas décadas.

Los niños Sylvari eran los más abandonados y también los que se adquirían con mayor facilidad, ya que estaban bien valorados por el resto de montañas debido a sus capacidades curativas y la manipulación natural.

Aun así, lo que no conseguía comprender era por qué Viktor poseía una cantidad preocupante de estos niños.

El simple hecho de pensar lo que podía haber detrás me revolvía las tripas.

Mientras caminábamos por el pasillo, todo tipo de olores se mezclaron a mi alrededor: caléndula, salvia, romero y sándalo.

Un sentimiento desconocido se asentaba en mí, creciente por cada sala que pasábamos, y aunque no conseguí descifrar por qué había tantos niños en el Tekhné, casi me atrevía a pensar que parecían felices.

—¿Son libres? Me refiero a si pueden...

—Pueden irse cuando quieran —me interrumpió Laurent con una sonrisa que apenas le cabía en el rostro—, pueden decidir qué estudiar e incluso a veces se saltan las clases.

—¿Por qué están aquí? ¿Qué necesita Viktor de ellos?

Quería creer que no había ningún motivo oculto tras esto, pero sabía de buena mano que no se podía confiar en un Arkenvoss.

—No lo tengo claro, pero no los maltratan. —Laurent se encogió de hombros y me dedicó una mueca torcida—. Supongo que Viktor está en contra de la venta de niños y los compra para evitar que caigan en peores manos.

Quise creerlo, de verdad, pero había algo que se agitaba en mi interior y me decía que no bajara la guardia todavía.

El pasillo parecía interminable. No podía evitar tocar las paredes para sentir la vida que corría en cada hoja, las risas que habían escuchado, las lágrimas que habían caído sobre ellas.

Laurent se pasó parte del camino hablando de las mellizas. Odiaba darle la razón, pero, por lo que me había contado, estaba casi segura de que íbamos a hacer buenas migas.

Las hermanas también se criaron en Eldoria hasta que tuvieron siete años y sus padres decidieron venderlas porque no podían llevar el peso de criar a dos niñas a la vez, ya que supondría mucho gasto y esfuerzo.

—Están aquí. —La voz de Laurent era casi un susurro y pude notar cómo se le tensaban los músculos mientras su nuez subía y bajaba sin control.

—¿Por qué estás tan tenso? —reí.

Laurent abrió los ojos como platos y me fulminó con la mirada mientras un ligero rubor pintaba sus mejillas.

Dos chicas aparecieron en la esquina final del pasillo. Físicamente, eran casi idénticas, pero, sin haber hablado con ellas, sabía que identificarlas sería una tarea sencilla.

Mi cuerpo se relajó al ver la alegría que había en el rostro de una de ellas, que apenas podía evitar correr para achucharme y dejarme sin aire en los pulmones. Mi cara se enredó en su fina melena oscura y cuando por fin me soltó pude volver a notar mis costillas.

—Perdona. Soy Janine. —Se apartó su pelo oscuro de la cara mientras me dedicaba una cálida sonrisa y se dispuso a abrazarme de nuevo.

Mi rostro ya estaba rojo de la fuerza que estaba ejerciendo, pero, de manera inevitable, me sentía bien.

No sabía si era por la emoción que contagiaba Janine o por ser el primer abrazo que recibía en días.

—Siento ser tan entusiasta, es que, ¡creo que eres la primera persona real que vemos en meses! —Janine no podía contener los saltos de emoción y una carcajada salió disparada de mi cuerpo al ver la indignación en la cara de Laurent.

—¡Oye! ¡¿Yo no soy una persona real?! —bufó cruzándose de brazos.

—Sí, pero tú no cuentas, bobo. —Janine le achuchó los mofletes, que pronto se tiñeron de un color rosado, y su timidez, que parecía habitual cerca de las mellizas, volvió. Lo miré desafiante, ya entendía por qué estaba tan tenso antes. No pude evitar gritarle con la mirada.

Janine hablaba con tanto entusiasmo y fuerza que era imposible que no te contagiase parte de su energía.

Durante un segundo, se sintió bien desconectar de la maraña de problemas que parecían hundirme.

La otra hermana estaba tiesa en el pasillo, sonreía tensa, con la mirada centrada en el pálido suelo, evitando el contacto con el resto de personas mientras agarraba una pila de libros que casi duplicaban su tamaño.

Sin embargo, cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, no pude evitar dedicarle una sonrisa y acercarme a ella.

Al principio, la idea de estar en contacto conmigo pareció asustarla, y yo desconocía de dónde había sacado la confianza que tanto fingía.

Apenas tardamos segundos en seguir a Janine y Laurent, que se encontraban en medio de una acalorada discusión.

A Janine le gustaba chinchar a Laurent y ver cómo este se sonrojaba.

Él simplemente se conformaba con cualquier muestra de atención que ella le dedicara.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

Se notaba que era más tímida que su hermana y, en cierta parte, me recordaba un poco a cuando conocí a Sasha —mi mejor amiga desde pequeñas—. Cuando la conocí estaba tan cerrada en banda como ella, pero, con el tiempo, conseguí sacarla de su coraza.

—Soy Tahlia, Tahlia Frostbane. —Su voz sonó fría como el hielo, y, aun así, había algo en sus ojos verdes que brillaba de una manera que no lo hacía segundos atrás.

—Encantada de conocerte, Tahlia —le sonreí—. Yo soy Marie.