La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

MARIE

OCHO AÑOS ATRÁS

S asha estaba trenzando mi pelo antes de ir a la escuela.

Aunque ella no lo quisiera admitir, se le daba bastante bien peinar los cabellos.

Me la imaginaba de mayor con una tienda en la Plaza del Alba con colas interminables de clientes esperando a que Sasha hiciera su magia habitual en formas de extravagantes peinados.

—Prométeme que cuando abras tu negocio me trenzarás siempre. —Le dediqué una mirada suplicante mientras le hice pucheros.

—Mi mejor amiga siempre tendrá peinados gratis —dijo riendo.

✽✽✽

La lección de hoy parecía aburrida. El profesor Kennedy se había empeñado en explicarnos otra vez la historia de Varnath. Como hacía cada año.

—He llegado a la conclusión de que este año sois suficientemente mayores para comprender la historia de Varnath, pero no la hermosa historia que cuentan los cuentos, sino la tenebrosa historia de las traiciones de Varnath.

—El señor Kennedy vino totalmente preparado, había traído consigo pequeñas figuritas de madera y una imponente maqueta de Varnath.

Era impresionante ver cómo ese año había puesto especial interés en esta explicación, ya que los ocho años anteriores nunca había traído material parecido.

—Con doce años yo todavía no conocía esta historia, pero estoy seguro de que me hubiera facilitado entender bastantes cosas.

Como por qué hay una montaña vinculada a la oscuridad y todas las demás montañas tienen a un elemento distinto vinculado: La Montaña de la Forja se vincula al fuego; La Montaña del Bosque Espectral, a la magia; La Montaña de las Fuentes, al agua; La Montaña del Gran Roble, a la tierra; y La Montaña de los Vientos Susurrantes, al aire.

Pero entonces, ¿por qué hay una montaña vinculada a la oscuridad?

¿Por qué nuestros líderes están sumidos en las sombras?

La mitad de la clase pasó rápida y aburrida mientras el señor Kennedy explicaba la creación de las montañas y la bendición de la Bruja del Alba, Aeliana: lo mismo que explicaba todos los años. La misma historia que conocíamos y rezábamos cada año.

—La Montaña de la Sombra Eterna no ha sido siempre así.

Antes era conocido como el Monte Solerion.

Los Arkenvoss eran líderes natos, ayudaron a las familias fundadoras a levantar edificios, obradores, tabernas, hogares…

Eran admirados por todo Varnath. Eran amables, preocupados por el pueblo, considerados.

—Entonces, ¿por qué ahora son tan...? —Comenzó Sasha antes de que la interrumpiese el profesor Kennedy.

Era complicado hablar de los Arkenvoss porque apenas se dejaban ver. Nadie conocía su apariencia. Se habían reducido a historias que corrían a través del aire sobre las miserias que eran capaces de realizar.

—¿Tenebrosos? ¿Misteriosos? Los Arkenvoss son muchas cosas ahora, Sasha, pero siguen protegiendo al pueblo, a su manera —añadió el profesor y yo fruncí el ceño sin entenderlo—.

El Castillo Solerion, que conocemos ahora como Valenves, estaba construido en piedra blanca y mármol, sus torres alcanzaban el cielo como lanzas de luz y sus altas murallas reflejaban los rayos del sol.

Sus jardines siempre estaban llenos de flores exóticas, fuentes y árboles frutales adornaban los alrededores.

»No obstante, a pesar de lo considerados que eran, ellos deseaban más poder, para Varnath y para ellos.

Juraban que nos harían grandes, que nunca anhelaríamos nada, pues cuando ellos se volvieran más fuertes, nos lo otorgarían todo.

En parte, eso hicieron. Ellos buscaron más fuerza, rapidez, conocimiento.

Obtuvieron todo eso y más. Desde luego, ellos no sabían que el precio a pagar sería tan alto.

Renunciaron a una parte de su humanidad: a su consideración, amabilidad y preocupación.

Pensaban que ellos podían seguir apoyando al pueblo, liderando.

Sin embargo, habían renunciado a tanto que, cuando poseyeron tal cantidad de poder, el pueblo ya no era importante.

—¿Y qué pasó entonces, profesor? ¿Por qué, si eran tan buenos, se convirtieron en… monstruos?

—Aeliana estaba furiosa, desde luego. Ellos juraron servirnos para siempre, aunque mantenían su promesa, la confianza del pueblo se rompió, igual que la de Aeliana.

—Kennedy se sentó sobre la mesa y cerró un antiguo libro sobre sus piernas—.

Ella los maldijo, los condenó a la Sombra Eterna.

Los desterró. Algunos Somnari huyeron, pero los que no, se convirtieron en tenebrosas criaturas que ahora residen en el Bosque Oscuro.

—Profesor, ¿cómo conoce usted todo esto?, ¿y por qué nadie nos lo había contado antes? —añadí.

—A veces, una historia necesita ser contada por sus dos partes.

Esta no es ni la mitad de la historia y estoy convencido de que los Arkenvoss nos contarían otra muy distinta.

—Kennedy me guiñó un ojo, como si hubiera un secreto infame entre nosotros del que yo no era consciente y, tras eso, dio por finalizada la clase.

Al llegar al descanso, Sasha y yo nos sentamos sobre la hierba para comernos nuestro almuerzo: bayas y pan con frongos. Ella llevaba siendo mi mejor amiga desde que éramos pequeñas y se había convertido en una especie de hermana para mí.

La relación que guardaba con su madre era extraña.

Era la mayor de los tres hijos y, aunque siempre estuvieron muy unidos, tras la muerte de su padre, su madre se vio forzada a prescindir de uno de ellos.

Sasha fue la elegida, por lo que mis padres la acogían de vez en cuando mientras su madre trataba de encargarse de sus dos hermanos menores.

Un pequeño cervatillo se posó delante de nosotras y Sasha comenzó a lanzarle bayas para atraerlo más todavía.

A medida que se iba acercando, un vendaval comenzó a agitar las hojas de los árboles que nos rodeaban, sus ojos brillaban de un verde veneno y sus huesos comenzaron a romperse mientras un nido interminable de arañas comenzaba a brotar de su boca.

El pequeño cervatillo se convirtió en una negra criatura, cuyo cuerpo era indistinguible.

Una gota de sudor frío nos recorrió la sien.

En segundos, estábamos paralizadas, incapaces de gritar, correr o luchar.

Mi corazón comenzó a latir desbocado mientras sentía cómo el poco aire que se quedaba en mi cuerpo se agotaba, siendo incapaz de tomar más.

¿Cómo una niña de apenas doce años podría enfrentarse a semejante monstruo y vencer? Era imposible.

«Es tu fin, conejito, la profecía jamás se cumplirá», dijo una voz femenina en susurros. Estaba completamente segura de que Sasha no la había escuchado y me convencí todavía más cuando los restos del cervatillo se dirigieron hacia mí, formando una macabra sonrisa de afilados e infinitos colmillos.

Estaba segura de que me iba a devorar, a despedazar miembro a miembro. Intenté retroceder mientras seguía tirada en el suelo. Mis manos se cortaron con ramas y hojas que descansaban sobre la hierba. No fui lo suficientemente rápida.

Se puso frente a mí y pude ver su espeluznante boca sobre mi cabeza. Traté de cubrirme con mis brazos, pensando que así el dolor pasaría más rápido, pero en cuanto mis manos entraron en contacto con el gélido cuerpo, se convirtió en humo y desapareció.

—¿Marie? ¿Estás bien? ¿Me has escuchado? Es hora de volver a clase, vamos —añadió Sasha.

Traté de examinar mis brazos, que deberían estar mordisqueados.

Nada.

Mis manos, que estaban repletas de cortes.

Nada.

Restos del humo que flotaba en el aire hasta hacía segundos.

Nada.

Al fondo, aun en el bosque, seguía el cervatillo, intacto.

En el momento en el que su mirada volvió a mí, ahí estaba: ese brillo venenoso me había vuelto a robar el habla.