La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 7
10%

Capítulo 7

MARIE

D ecenas de Umbrae reposaban en las camillas de la enfermería, la gran mayoría estaban en estado de coma, con grandes heridas y mordiscos que marcaban sus brazos, piernas y pecho.

Algunos de ellos incluso habían perdido varios miembros del cuerpo.

Sus susurros de agonía rompían el intenso silencio de la sala.

Era fatídico pensar que habían arriesgado sus vidas por defender a Varnath de sus propias criaturas, y no sabía cómo me hacía sentir eso.

Le pregunté a una enfermera que estaba tratando a un malherido y me indicó dónde se encontraba mi madre. Agradecí que Viktor se hubiera tomado especiales molestias en cuidarla —por extraño que me resultase— y le hubiera dado un cuarto apartado de la sala común en la enfermería.

—Es demasiado joven, Viktor —sollozó.

No llegué a escuchar la respuesta cuando una voz melódica retumbó por toda la enfermería y una suave brisa azotó mi cuerpo, congelándome y agitándome con desespero:

«No deberías estar aquí, conejito».

Fue apenas un susurro, una alucinación que parecía demasiado real y que, aun así, no fue capaz de alejar mi mente de las dudas que me rondaban.

—Ya sabes lo que opina el consejo, Camille —murmuró Viktor.

Me pregunté cómo era capaz de saber lo que opinaba el consejo, si nunca había asistido a una de sus reuniones.

—Los elementos necesitan una unión y ellos son la mejor opción.

El corazón me latía ansioso y, a sabiendas de que escuchar a hurtadillas es de mala educación, lo hice igualmente:

—Primero debo hablar con ella. No puedo casarla así sin más.

—Es la llave, Camille. Es casi un derecho por nacimiento.

Retrocedí por instinto un par de pasos, sacudida por la sorpresa que calaba en mis huesos como el gélido frío del invierno.

—Adrien ya está al corriente.

No. Esto era una clase de broma.

Era imposible.

Sopesé la idea de irrumpir en la sala, enfrentarme a mi madre y solucionar este asunto. No iba a casarme. Mucho menos con un monstruo de semejante calibre.

Mis piernas comenzaron a correr hacia mi dormitorio con las lágrimas recorriendo mi cara y sintiendo cómo se me encogía el corazón.

Estaba mareada, con náuseas, y no tenía claro poder llegar a mis aposentos de una pieza.

Traté de convencerme de que debería haber escuchado algo mal; mi madre nunca me haría nada del estilo.

Mi visión se tornó borrosa y se me entrecortó la respiración mientras notaba punzadas en el estómago que me dejaban un regusto áspero, metálico.

Un regusto a traición. Sentí que el rumbo de mi vida se perdía, que no tenía el control, se escurría entre mis manos como agua en un mar abierto.

Por más que lo intentara, no llegaba a comprender por qué mi madre desearía hacer cualquier tipo de pacto con esta familia.

Con estos traidores. Ni mucho menos porqué me involucraría a mí.

¿Acaso era una decepción tan molesta que la única solución posible era librarse de mí?

Mi cuerpo se chocó contra algo duro, una pared tal vez, que provocó que me comiera en el suelo. Era incapaz de ponerme en pie, incapaz de regular mi respiración y no recuerdo el momento en que había empezado a sollozar a gritos.

—¿Marie? —Ignoré el sonido de su voz, tan profunda y tentativa, marcada de tanto desconcierto como repulsión, y caí pronto en cuenta de que no me había estampado contra una pared, sino con mi futuro marido.