Capítulo 6
MARIE
S eguí a una melena pelirroja a lo largo de los pasillos lúgubres mientras maldecía en silencio a cada rincón de este lugar.
Las paredes negras tenían breves contornos rojos rumbeados que mostraban finos detalles dorados.
Sobre ellas se levantaban imponentes columnas adornadas con intrincados arcos puntiagudos.
Grandes candelabros colgaban del techo, con luces suaves que iluminaban el espacio con dificultad.
Laurent parecía estar tan incómodo como yo, lo que me tranquilizó un poco y me obligó a buscar maneras estúpidas de romper el hielo entre nosotros.
Sabía que estaba mal, relacionarme con un Somnari nunca era buena idea y tampoco estaba segura de poder hablar sin sacarle los ojos a cambio de información sobre mi madre.
Sin embargo, estar a su lado no se sentía como un aviso constante de peligro, sino todo lo contrario.
Recordé lo que decían de los insectos y la gente que se asustaba de ellos solo por su aspecto —en ocasiones, demasiado tenebroso—, cuando en realidad el insecto estaba más asustado de ti.
No pude evitar pensar que algo parecido estaba sucediendo entre nosotros.
Yo trataba de mantener las distancias por lo que él era, por lo que me parecía que era, y él las mantenía conmigo porque yo no era más que una extraña que acababa de conocer.
—¿Cuántos años tienes? —pregunté, en un intento de librarme del sabor tan espeso que se adueñaba de mi boca. Parecía bastante joven, pero había algo en él que relucía en sus ojos: sufría todo aquello que, según creí, él no se permitía sufrir en voz alta.
—Diecisiete —exclamó orgulloso y esas tintas de dolor se derritieron—. Soy el aspirante más joven al Rito del Umbracero.
—¿Qué es eso?
Laurent me miró como si me hubiese convertido en una especie de fantasma y soltó una cantidad indecente de improperios para una persona de su edad.
—Yo… no puedo hablar de eso con nadie que no sea Somnari, está prohibido. —Noté cómo alejó su mirada avergonzada de mí y, durante un segundo que odié, se me estrechó el alma, porque parecía que deseaba contarme más sobre ese Rito, pero, claramente, no podía.
—¿Te gusta este lugar? —pregunté. Giré levemente la cabeza hacia él buscando sus ojos. Laurent parecía sentir cierta admiración hacia Nocturia, cosa que no llegaba a comprender.
—¿Por qué me interrogas? —Laurent me devolvió una mirada que reflejaba incertidumbre e incluso un poco de molestia—. El resto de montañas… Siempre pensáis que sois superiores a nosotros y nos tratáis con modestia y repulsión. No necesito tu amabilidad, mucho menos tu amistad.
—Eso no es así —intervine. Una punzada de arrepentimiento me recorrió de los pies a la cabeza y deseé poder mantenerme callada. No fue el caso—. Entiendo que todavía no comprendas…
—¡No soy un niño! —rugió—. No me trates como tal.
Tragué con fuerza mientras mi mirada seguía fija al frente, tratando de no admirar demasiado los pasillos y las salas que iban apareciendo frente a mí.
Me tragué mi respuesta y le fulminé con la mirada. Estuve a punto de descargar toda mi rabia con él, pero me contuve. Al fin y al cabo, él no tenía culpa de lo que le había sucedido a mi madre.
Laurent por fin me llevó a la habitación después de perdernos por todo el Valenves.
Las paredes eran de piedra negra, decoradas con lámparas doradas.
Todo en ella era lúgubre, casi con un aspecto funesto.
En el centro de la estancia había una cama doble, envuelta en sábanas grises y adornada por un cabecero pintoresco, intricado en detalles grisáceos y plateados.
Había una puerta que llevaba a un baño privado, igual de oscuro y lujoso que el resto del castillo, y a su lado, un tocador de roble que me robó el aliento por segundos.
La habitación parecía ser perfecta para mí y a la vez era tan fría y lejana que me estremecía el alma.
Con suerte no pasaría aquí más de dos noches.
Laurent se marchó y me embelesé con la luz de las velas, que danzaba por los aposentos y formaba formas amorfas en las paredes.
Me acerqué al gran ventanal que protegía la habitación y me limité a observar la escena, tan distinta a Eldoria, tan glacial, oscura y sombría; tan cautivadora a la vez.
Como un secreto dispuesto a llevarte a la locura.
Prohibido, peligroso y, aun así, lo dejabas entrar en las partes más escondidas de tu ser.
Los jardines tenían un encanto fúnebre, las rosas que crecían en él parecían marchitas y, al mismo tiempo, llenas de vida.
Desde lo alto de la montaña donde se erguía el Valenves, podía ver su montaña elemental: la Montaña de la Sombra Eterna.
Esa misma que nublaba sus cielos al ocultar el sol, envolviéndolo en sombras tan espesas que se asemejaban a una prisión que liberaba a su pueblo; sus calles serpenteantes y foscas, donde los edificios parecían brotar inclinados desde el suelo.
Me revolví incómoda ante el vestido hecho trizas, repleto de lluvia, suciedad y sangre. Deseé poder arrancármelo y deshacerme de la molesta sensación que provocaba en mi piel. Recordé entonces las palabras del general Umbrae, tan mordaz y maleducado:
«Laurent te llevará a tu cuarto, allí podrás cambiarte la ropa».
Busqué en la estancia ropa amontonada en algún lugar.
No había nada por ningún sitio, pero sí encontré un armario de roble de dos puertas y recé a Aeliana para encontrar algo de mi agrado en su interior con lo que poder cambiarme para visitar a mi madre.
Sin embargo, al abrirlo, este se encontraba vacío.
Abrí y cerré las puertas, esperando que esto no fuese más que una broma cruel: no apareció nada en su interior.
Resoplé frustrada, imaginando un vestido amplio que, al abrir nuevamente las puertas, apareció tal y como lo había imaginado.
No lo pensé dos veces antes de cogerlo y cambiarme, dispuesta a poner este lugar patas arriba con tal de volver a ver a mi madre.
Cuando salí del dormitorio, había dos guardias apostados en mi puerta, cortándome el paso. Intenté escabullirme, gritarles. Tras varios intentos agresivos y fallidos, me empujaron dentro de la habitación y cerraron con llave.
«Idiotas».
Pasaron horas en las que descargué mi rabia con todo lo que encontraba. Hice jirones la ropa, aporreé la puerta sin cesar. No fue hasta que se hizo de noche que me digné a cambiarme nuevamente la vestimenta tras un millón de intentos fallidos.
En el armario apareció un camisón blanco con volantes en su bajo.
No era lo que estaba esperando, pero me lo puse igualmente.
Recogí mi pelo en una coleta alta deshecha y me puse unas zapatillas rosa palo peludas que el armario volvió a crear para mí.
Di vueltas en la cama durante horas, incapaz de conciliar el sueño, hasta que terminé rindiéndome y decidí volver a intentar salir de esta prisión.
Grité y golpeé la puerta hasta que unos murmullos se escucharon al otro lado. En apenas unos segundos, los guardias abrieron la puerta. Cassian estaba al otro lado, dedicándome una risita de suficiencia.
—No hagas ninguna trastada —dijo, sin borrar esa ridícula sonrisa. Le respondí con un gruñido y comencé a caminar lejos de él. Si esperaba algún agradecimiento por mi parte después de haberme pasado toda la tarde encerrada, estaba demente.
La enfermería se encontraba lejos de mi dormitorio, pero eran altas horas de la noche, por lo que nadie debería verme en pijama. Sinceramente, no esperaba que la puerta se abriese, por lo que no había reparado en mi vestimenta hasta ese momento.
En las paredes colgaban retratos gigantes de lo que supuse que eran antiguos líderes Umbrae. Todos ellos tenían un aspecto serio y demoledor, y la mayoría revelaban espeluznantes cicatrices por la cara y los brazos.
El último de ellos era de Adrien. Su pelo negro estaba, obviamente, sin peinar.
Habían capturado perfectamente sus glaciales ojos grisáceos, tan vacíos que parecían absorber toda la luz a su alrededor; su mandíbula estaba tan marcada que parecía ser el filo de su espada y la armadura se cernía sobre él como si fuera su segunda piel, manchada de polvo y sangre.
—Creí haberte dicho que te pusieras ropa más decente. —Una voz áspera sonó detrás de mí y el corazón se me detuvo por lo que me pareció una eternidad.
Adrien estaba apoyado sobre una columna con los brazos cruzados, fulminándome con la mirada y estudiando mi atuendo.
—Esto es decente, se llama pijama —añadí mientras señalaba mis ropas y Adrien puso los ojos en blanco.
—Eso es decente para dormir, no para pasear.
—Da la casualidad de que no estoy paseando —le repliqué en una burla peligrosa—, estoy buscando a mi madre. Quiero verla.
—Entonces, ¿tu excursión a la enfermería incluye admirar mis retratos? —Adrien me enseñó sus dientes blancos y perfectos en una sonrisa torcida—. Me siento halagado.
Gruñí y le di la espalda, caminando en la misma dirección por la que vine.
—Puedo enseñarte más de ellos si tanto te gustan.
—No me gustan —rugí—, son igual de repelentes que tú.
—Seguro —murmuró mientras se le dibujaba una sonrisa sarcástica en la cara—. La enfermería está en la otra dirección, dos habitaciones más adelante. —Señaló unas puertas al final del pasillo y me tragué mis palabras—. No te desconcentres mientras, bruja.
Adrien comenzó a acercarse a mí con una mirada abrasiva, que casi parecía desprender fuego de ella. Estaba claro que no me toleraba, que mi simple presencia era un estorbo, pero yo a él tampoco y nada me haría más feliz que librarme del tormento que suponía estar cerca de él.
—Dices «bruja» como si fuera algo malo. —Esta vez crucé yo los brazos y entrecerré los ojos mientras él agarró mi barbilla con sus dedos, con una furia que explotaba en el ambiente.
—Si piensas que no lo es, entonces no sabes nada. —Soltó con fuerza mi barbilla, obligándome a girar la cara.
La rabia palpitaba en mis oídos. Quería gritarle, hacerle los huesos pedazos. Se suponía que debía darle las gracias nada más verlo, pero mi interior se enfurecía como un animal salvaje nada más sentir su presencia.
—Es curioso que seas tú el que odie a Varnath cuando nosotros tenemos motivos más que evidentes para odiarte a ti. —Le propicié un golpe en el pecho con el dedo y me dirigí hacia la enfermería.
—Definitivamente no sabes nada, criatura.
Lo fulminé con la mirada, deseando que se evaporara en ese preciso instante, pero en lugar de ello, él me dedicó una sonrisa que desafiaba toda la calma en la que había trabajado tantos años.
Nunca había sido una persona que se enfureciese con facilidad, pero este hombre era capaz de despertar las partes más tenebrosas de mí. Y lo odiaba.