La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

ADRIEN

T raté de reaccionar lo más rápido posible cuando un Viltoru se dirigió hacia un aldeano. A pesar de la relación de mi reino con el resto de montañas, no salvar su vida sería una imprudencia; ya no me quedaba margen para permitirme más descuidos.

No podía dejar de preguntarme cómo la situación había escalado de tal manera, pues los Viltoru eran conocidos por ser criaturas pacíficas. Hoy, en cambio, estaban arrasando con toda la ciudad.

Tomé una flecha del estuche que colgaba sobre mi hombro y apunté sin apenas dudarlo hacia la cabeza de la criatura. Sin embargo, la mujer se movió de improviso y se puso en el recorrido de la flecha.

Los gritos de su hija eran desgarradores y su mirada estaba repleta de un odio capaz de estremecerme.

El sufrimiento tintó de negro todo el cielo, invocando tormentosas nubes que tronaban tristes y lloraban sobre nosotros.

La sangre de su madre corría libre por las calles, impulsada por la lluvia tan enfurecida que cada vez calaba más y saturaba la nieve del suelo.

Cassian trató de levantarla, pero ella se había anclado al cuerpo herido de su madre mientras buscaba desconsoladamente una forma de curarla. No la había, al menos no en La Plaza del Alba.

—Aquí no vas a poder curarla, deja que se la lleven a los curanderos de Nocturia.

—Jamás dejaría a mi madre a manos de un Somnari.

—Esa última palabra se tiñó de un desprecio que hizo enfurecer mi corazón.

Estábamos tratando de salvarla a ella y a su madre y ella continuaba siendo una niña malcriada que despreciaba mi reino.

Se agarró a su madre con más fuerza mientras nos fulminaba a ambos con la mirada.

—Es la mejor opción y también la más cercana si quieres que tu madre viva —le dijo Cassian, y aquello pareció pillarla por sorpresa.

Con una rudeza admirable, levantó a su madre de su regazo.

Ella, sin embargo, seguía postrada en los caminos mientras la lluvia caía con rabia, empapándonos por completo.

Antes de que esta pudiese cambiar de opinión, le dediqué una mirada a Cassian y desapareció con su madre en brazos.

—Deberías irte. Esta plaza ya no es segura. —Traté de que mi voz sonara como un consejo, pero se tornó más bien en una amenaza.

—¿O qué? ¿Me atacarás a mí también? ¿Tal vez con esa espada que cuelga sobre tu cintura? —me reprochó a la vez que se cruzaba de brazos.

Ella no se había dado cuenta, pero su vestido blanco había comenzado a tornarse transparente, dejando a la luz casi todo su cuerpo.

Le lancé un abrigo negro de cuero, que con una gran suerte se pondría y me evitaría estar en una situación altamente incómoda.

Yo acababa de casi matar a su madre y, aunque las vistas eran decentes, lo último que deseaba era disfrutar de una persona tan despreciable, que despertaba todo mi instinto animal y despiadado.

—Será mejor que cierres el hocico, bruja —escupí—, o lo próximo que haga te resultará aún más cruel.

—Le di la espalda y tomé camino hacia mi carruaje.

Tenía menos de quince segundos para pensarse si quería venir conmigo o llegar a Nocturia andando, lo que le llevaría, por lo menos, cinco horas.

—Tienes diez segundos. O te pones la chaqueta y apareces decente en mi carruaje —le señalé el vestido con la cabeza—, o continúas tú sola bajo la lluvia.

Y puedo asegurarte que tu muerte por una posible hipotermia no me robará el sueño.

Entendió a qué me estaba refiriendo en apenas segundos y me pareció verle un ligero rubor que coloreaba sus mejillas.

Aunque lo hizo a regañadientes, se colocó la chaqueta, que le quedaba ridículamente grande.

Las mangas caían sobre sus muñecas casi dándole un segundo brazo y el bajo de esta caía ligeramente sobre sus muslos, ocultándome —gracias a la sombra— otra vista incómoda.

—No me llamo bruja, tengo un nombre —gruñó mientras sus diminutas piernas trataban de alcanzarme el paso.

—Si me interesara, te lo hubiera preguntado.

Apenas habían pasado unos cuantos minutos desde que me quedé a solas con ella y ya estaba rozando los límites de mi paciencia.

—¡Es que no soy una bruja! —gritó mientras movía sus brazos al aire.

—Entonces cállate.

Sus ojos brillaron enfurecidos y le dediqué una sonrisa torcida cuando me hizo caso.

El camino en el carruaje estuvo liderado por silencios incómodos y miradas que lanzaban dagas.

Se había pasado la mayor parte del tiempo de brazos cruzados, tratando de esquivar mis ojos, y con signos de unos problemas respiratorios verdaderamente preocupantes.

De vez en cuando, se le escapaba algún sollozo que apestaba a debilidad para pasar a preguntarme qué era lo que había hecho con su madre.

No tardó en rendirse cuando no obtuvo respuesta alguna por mi parte.

Una vez que llegamos a Nocturia, bajé del carruaje y le cerré la puerta en la cara. Pude escuchar sus graznidos desde metros más adelante. Los ignoré con placer mientras me adentraba en los muros de mi castillo.

Nuestros curanderos habían atendido a su madre con una rapidez admirable.

Habían cosido la herida y, a pesar de que seguía débil e inconsciente debido a la pérdida de sangre, quedaba cada vez menos para que se despertara y se marchara junto a su vulgar hija.

Una parte de mí se preocupó de las molestias que estaba tomándose mi padre con una simple aldeana, pues yo había obligado a Cassian a traerla hasta Nocturia por mera cortesía y para evitar otro conflicto político.

De normal, si un aldeano cualquiera resultaba herido en una intervención como la de hoy, no pestañearía antes de dejarlo morir, y si ese día me sentía piadoso, le ofrecería un traslado hasta Eldoria, donde los Sylvari pondrían en práctica su conocimiento en brebajes.

Una punzada de desconfianza me golpeó de repente, haciéndome pensar que había algo que mi padre aún no me había contado.

Algo que debería afectar a todo Varnath.

Eso me enfureció todavía más, porque pensar que una bruja tan molesta pudiese ser relevante en algún aspecto se sentía como si me arrancaran el mismo corazón que siglos atrás dejó de latir.

Eché un vistazo rápido a mi camisa: tenía un par de rasgaduras y estaba cubierta de la sangre del Viltoru.

Odiaba a esos murciélagos tan aberrantes.

En Nocturia no estábamos acostumbrados a lidiar con ataques de esas criaturas.

No solían interferir en asuntos de la plebe y los humanos les resultaban tan divertidos como apetecibles.

Es por eso que tratar las heridas que causaban era una tarea complicada para nuestros curanderos.

Sobre todo, teniendo en cuenta que era la primera vez que atacaban de una manera tan primitiva, como si su propia supervivencia dependiese de ello.

La bruja apareció con el pelo empapado y una expresión que rezumaba un odio tan estremecedor como delicioso.

—¿Dónde está? —exigió.

Antes de poder abrir la boca y jugar un poco con su inocencia, Cassian apareció para hacerse cargo de ella. Se me revolvieron las tripas solo de pensar en cómo una sonrisa encantadora era capaz de diluir el asco con el que me miraba.

—Tu madre necesitará reposar un par de días más —dijo Cassian e interrumpió a la bruja antes de que ella tuviera ocasión de abrir la boca, o de que yo me entrometiera y la echase de Valenves. De mi hogar—. Te hemos preparado una habitación en el ala este.

Me quedé sin palabras por primera vez en siglos y las ganas que tenía de estrangular a este bastardo incrementaron hacia niveles peligrosos.

—Quiero saber cómo la han tratado —reclamó de nuevo—. ¿Qué remedios han usado para curarla?

Miré a Cassian expectante, me moría de ganas de saber qué clase de mentira soltaría ahora.

Tal vez volviese a pensar con la polla e invitara a la piojosa a sus aposentos.

Me revolví solo de pensarlo, no toleraba la idea de tener que soportarla un par de días más, como para aguantarla si se colgaba de Cassian.

—Marie —pronunció su nombre con dulzura y una arcada amenazó con salir—. Tu madre está bien. Sus heridas ya están curadas y, con suerte, todo esto ya habrá pasado —mintió.

Con mucha suerte, querrá decir, porque se necesitaría un verdadero milagro para que unas heridas tan agresivas y mortales no le dejaran estragos.

Cassian acarició a Marie —o así la había llamado antes—, y la joven pareció relajarse.

Sus preocupaciones se disiparon un poco.

Aunque su expresión seguía teñida de rencor y disgusto, no era nada comparado con la manera que tenía de mirarme.

Intervine sin apenas pestañear, en parte para quitármela de la vista y también para que semejante escena tan empalagosa no me arrebatase el hambre más tarde.

—Laurent te llevará a tu cuarto, allí podrás cambiarte la ropa. Te llevarán la cena en una hora —declaré cortante. Odié haber involucrado a Laurent en esto, el pobre solo pasaba por ahí y vi un salvoconducto perfecto para librarme de semejante arpía.

Giré mi cuerpo y me dirigí al despacho de mi padre, con quien tenía una conversación pendiente que incluía una buena lista de explicaciones.

Todo el pasillo pareció encogerse, las rojizas paredes habían adoptado un tono más oscuro.

La gran puerta que separaba el despacho del adornado pasillo se tornó más sombría.

Deseé haber ido a por un aperitivo antes de tomar el pomo negro, armándome de valor para enfrentarme a otra bestia esta noche.

Sin embargo, lo último que esperaba era que mi padre hubiese planeado un futuro tan minucioso para mí sin siquiera consultarme.