La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 4
7%

Capítulo 4

MARIE

L os caminos de piedras grises irregulares serpenteaban entre diminutas casas de aldeanos que presumían de sus encantadoras fachadas y sus estructuras de entramado de madera, con marcos oscuros que contrastaban con sus paneles blancos.

Sus techos inclinados, cubiertos con tejas rojas, pintaban de color el triste cielo de Varnath que hoy me robaba el aliento.

Casi parecía estar tan agotado y roto como nuestras tierras.

Algunas casas exhibían buhardillas y chimeneas que, junto con sus grandes ventanas, usualmente decoradas con flores, añadían algo de encanto a esta penumbra.

En un acto de inercia, mis piernas comenzaron a moverse por sí solas, callejeando entre las estrechas avenidas mientras ligeros copos de nieve caían sobre mi pelo blanco.

Me paré en seco en el Horno de Ébano, acercándome a la cristalera. Theón acababa de sacar sus recién horneados bollos de lavanda. Una suave capa de miel goteaba sobre ellos y brillaban tanto que casi podía ver mi reflejo.

Una campana tintineó mientras entraba a la pastelería y me abrazó la calidez de su interior. El olor a lavanda, limón y azúcar inundaba el pequeño local, donde pequeñas motas lilas adornaban las pálidas paredes. Inhalé toda la fragancia, tratando de hacerla mía, pero no parecía suficiente.

Theón salió del obrador y me dedicó una de sus más cercanas sonrisas mientras me preparaba una bolsa de papel con sus bollos y me los acercó por encima de su reluciente vitrina.

—Esta vez son gratis.

—Sabes de sobra que pagaría diez mil noctenes por cada uno de tus bollos.

—Theón soltó una fuerte carcajada mientras negaba con la cabeza.

Se estaba dejando su rubia cabellera larga y ya casi le pasaba las cejas.

Las gotas de la miel derretida caían sobre mi mano y, aunque al principio me agradaba el calor que desprendían, no tardé mucho en limpiarlas a toda prisa para evitar una posible quemadura.

Seguí visitando tiendas, haciendo tiempo en lo que mi madre terminaba la reunión.

Había accedido a acompañarla, pensando que tal vez mi ataque sería de ayuda para encontrar un modo de combatir a esos bichos espeluznantes.

No fue así, por lo que me marché antes de presenciar el desenlace de tal fatídica reunión.

Al salir de Los Hilos de Baile, las calles de Varnath se habían vuelto más oscuras.

La nieve se había convertido en hollín negro que levitaba en el aire y el barullo de la gente me desconcertaba.

Apenas lograba comprender cómo en pocos minutos La Plaza del Alba había cambiado de manera tan drástica.

El sol se había escondido por completo y una densa neblina comenzaba a cernirse sobre los tejados.

Figuras oscuras se movían con rapidez entre los callejones con algo que parecían armas adheridas a su espalda.

Había comenzado a chispear. A pesar de que las gotas eran escasas, se sentían pesadas como el plomo.

Comenzaron a mojar mi pelo, mi cara, mi capa.

Traté de restregarme aquellas que caían sobre mi cara, pero eran más espesas de lo habitual, viscosas.

Mi mano se vio empapada de un extraño líquido burdeos y dirigí mi mirada al tejado de la tienda.

—¡Oh, por la Diosa! —grité.

Un extraño murciélago gigante colgaba inerte del letrero del local. Su cuerpo era membranoso y su cabeza tenía, por lo menos, nueve ojos que no envidiaban nada a su tenebrosa dentadura.

Una sensación vomitiva me invadía el cuerpo y las lágrimas comenzaron a brotar de mi rostro.

Traté de huir de esa escalofriante escena, incapaz de apartar la mirada del bicho que yacía muerto en el metálico cartel.

Las bestias comenzaron a plagar los cielos.

Una gran multitud trató de esconderse; otra, enfrentaba a esos demonios en el centro de la plaza.

Mis piernas corrían mientras mi cuerpo chocaba constantemente con la multitud, traté de esquivar los golpes en vano. Había demasiada gente y un caos crepitante que invadía la plaza. Mis ojos saltaban de un lado a otro en busca de mi madre, que no aparecía por ningún lugar.

Los graznidos retumbaban en los edificios mientras se mezclaban con los temerosos gritos de la muchedumbre. La gente corría, se atacaban entre ellos. La locura se había desatado de forma casi instantánea en Varnath. Como siempre, solo había unos posibles culpables, y justo acababan de llegar.

Los Umbrae plagaron las calles tratando de erradicar al mal. Deseaba espantarlos, gritarles que aquellos demonios con los que debían acabar eran ellos mismos. Decidí morderme la lengua.

Al menos, eso se les daba bien. Muy bien, para ser sincera. Nadie debería conocer a esos monstruos mejor que los Umbrae, los guerreros de Varnath. No obstante, a juzgar por sus caras de asombro, comenzaba a dudar de mi palabra.

Sus negros uniformes destacaban de cualquier aldeano y sus espadas resplandecían sobre el oscuro cielo gris.

—Deberías huir, conejito, estar aquí no es seguro. —Una anciana se dirigió a mí; a pesar de sonar preocupada, la expresión de su rostro era traviesa, satisfactoria, como si disfrutara de este caos.

—Estoy buscando a mi madre —declaré mordaz. Estaba comenzando a cansarme de ese apodo.

—Si tu madre estaba en la plaza cuando estos monstruos llegaron, ella ya estará muerta.

—¡Eso no es cierto! —Mi voz temblaba y, de pronto, todos mis pensamientos comenzaron a disiparse, dejándome la mente totalmente en blanco.

Trataba de caminar, pero parecía que unas grandes cadenas me ataban al suelo, impidiéndome moverme.

Una parte de mí se negaba a contemplar la idea de que esa anciana tuviera algo de razón, no deseaba pensar que algo malo le hubiera ocurrido a mi madre.

Sin embargo, había otra parte que sentía que ya había pasado y que no había hecho más que comenzar.

Me limité a estudiar la escena: la sangre de los murciélagos creaba un riachuelo en medio de la plaza, sus cuerpos caían como ligeras montañas, juntándose con los de los habitantes fallecidos.

Una vasta mano comenzó a sacudirse delante de mi rostro y, a pesar de estar viéndola, era incapaz de reaccionar, de gesticular o incluso de parpadear. Era como si yo estuviera muerta en vida.

Un arremolinado cabello platino comenzó a enfocarse frente a mí. Mi mirada se posó en sus cínicos ojos marinos que, poco a poco, borraban cada rastro de angustia en mi interior, insertando una paz tan gélida como aterradora.

—Menos mal que has comenzado a reaccionar, de lo contrario, debería haberte apuñalado para comprobar que seguías siendo humana. —Se ruborizó y exhibió una hermosa sonrisa dentada acompañada de una suave risa.

—Yo… busco a mi madre. Se llama Camille y es…

La cabeza me pesaba, retumbaba como percusiones ruidosas y era incapaz de pensar en nada más.

—¿Camille Lafont? —asentí sin darle demasiada importancia a sus palabras—.

¿Justo esa que está luchando junto a los Umbrae?

—Desplazó su cuerpo, permitiéndome ver a mi madre.

Grandes gotas de sangre recorrían su precioso rostro y su negra melena se había esponjado debido al sudor—.

Soy Cassian, por cierto. —Desearía haberle respondido, lo deseaba con todas mis fuerzas, pero mi mirada no podía moverse de mi madre.

Quería correr hacia ella, pero el hombre estaba ejerciendo una fuerza casi inhumana en mi brazo, impidiendo mi huida.

Mi mirada se posó en un reluciente uniforme un poco distinto al habitual.

Este llevaba la camisa negra a medio abrochar con las mangas arremangadas y unos largos y ceñidos pantalones negros.

Su brillante espada parecía una extensión de su brazo, que se movía con agilidad y precisión, sin fallar ni un solo golpe.

En apenas segundos, la perturbadora criatura cayó a sus pies sin vida.

Su rebelde pelo negro se encontraba repleto de hollín y sudor. Su rostro, esculpido al detalle, estaba manchado de sangre y su mandíbula estaba tan tensa que cortaba tan solo de mirarla.

Él ladeó su cabeza hacia el soldado que todavía me agarraba con desespero y su mirada se encontró fugazmente con la mía.

Sus ojos tenían una expresión desafiante y encendida que, sin motivo aparente, me dejó sin aliento.

Había dejado de sentir el fuerte agarre de Cassian y todo lo demás desapareció por un instante.

Su presencia era magnética. Una vez que te percatabas de ella, era imposible no gravitar a su alrededor.

—Todos sabemos que nuestro líder es especialmente atractivo, pero es de mal gusto mirar a un hombre con tanto desespero mientras tu madre está en apuros y otro joven te protege el culo.

—Unos febriles labios se posaron cerca de mi oreja mientras notaba que el cuerpo de Cassian se colocaba detrás de mí y colocaba mi pelo en mi espalda, provocándome escalofríos.

—No lo estaba mirando —aseguré con un patético hilo de voz, sabiendo que acababa de soltar una mentira muy poco convincente.

—Entonces, ¿podrías explicarme por qué tu pulso se ha acelerado de esa manera?

¿Me mentirías también diciendo que, por un segundo, no has deseado ser lo único a lo que Adrien mirara el resto de su vida?

—Mi respiración se agitó mientras mi mirada seguía fija en el líder de los Umbrae.

Sería inaceptable admitir lo que Cassian me estaba preguntando.

No solo porque era nada menos que el general Umbrae, sino por la sensación de peligro que recorría mi cuerpo cada vez que su mirada se encontraba con la mía—.

Tranquila, princesa, es el efecto natural que él provoca, no eres la única.

—Podía sentir su sonrisa malvada posándose sobre mí mientras acariciaba mi cuello con sus cálidos y largos dedos.

Mi sangre bullía enfurecida y me solté de su agarre con asco. Fuese lo que fuere que encontró en mi expresión, pareció divertirlo.

—¿Serías tú capaz de explicarme por qué en alguno de los universos yo estaría interesada en el líder Umbrae o en alguno de sus traicioneros soldados?

—Cassian palideció mientras yo sentí que me volvía más ardiente y desafiante.

Era incapaz de entender lo que esta gente despertaba en mí.

Retrocedí unos pasos, tratando de recuperar mi pacífica compostura.

Sin embargo, sentía que algo latía envenenado en mi interior.

Deseé ser capaz de borrar su tacto de mi piel y el recuerdo de Adrien de mi mente.

—Nosotros no somos traicioneros, somos más leales de lo que tú o cualquier otra montaña de Varnath se pueda imaginar.

—El problema es lo que sois y a quién le debéis lealtad. —Le di la espalda de la manera más satírica que pude y busqué a mi madre con la mirada.

La plaza estaba ahora repleta de cuerpos muertos. Nunca antes habíamos sufrido un ataque tan mortífero y la escena tan sombría parecía el principio del fin. Nuestro fin.

Adrien mandaba órdenes y soldados a todas partes, quienes se movían como si fueran una extensión de su cuerpo. Reagruparon tropas para retirar los cadáveres, ayudar a aldeanos que quedaron atrapados, y me sorprendió que, por una vez, decidieran formar parte de este pueblo.

—¿Tan difícil de creer es que un Umbrae sea el héroe esta vez?

—Cassian se dirigió hacia mí, con una sonrisa vanidosa.

Odié la forma que tenía de pensar que podían embaucarme con un par de sonrisas y actos buenos.

Nada podría compensar el daño que habían hecho.

La situación a la que nos habían arrastrado.

—Si consideras que lo que acabas de hacer es salvarme, tal vez deberíamos trabajar en el significado de esa palabra —gruñí.

—Me sirve trabajar contigo en cualquier aspecto —afirmó mientras me guiñaba un ojo de una manera tan repugnante y obscena.

Cassian volvió con el resto de Umbrae y yo encontré a mi madre entre la multitud.

No había pasado ni un segundo cuando apareció otra extraña criatura volando hacia mi madre, dispuesta a arrancarle la vida en un simple bocado.

Adrien lanzó una flecha, sin apenas pestañear, que atravesó la cabeza del murciélago y el estómago de mi madre.