Capítulo 3
MARIE
E l trayecto hacia la Plaza del Alba transcurrió en un silencio tenso, cargado por el recuerdo del ataque en Los Campos de Luminis.
Mi madre caminaba a mi lado, con el gesto cargado de preocupación e irritación que enmarcaba sus arrugas prematuras.
No me había atrevido a volver a mencionar el tema desde la última discusión repleta de gritos que tuvimos.
Según mi madre, había sido irresponsable intentar hacerle frente a la criatura.
Mi mente volvía casi de manera constante al Consejo y a mi presencia allí.
Era la primera vez que asistía a una reunión del Consejo, tenía los nervios a flor de piel y mi corazón bombeaba acelerado.
Al fin y al cabo, era la única en Eldoria que había presenciado un ataque de una sombra devoradora.
Eso no hacía que fuese más fácil. El ambiente con el resto de montañas era hostil y cualquier movimiento en falso podría suponer un final trágico para nuestro pueblo.
El traqueteo del carruaje me sacó de mis pensamientos más oscuros, aquellos que habitaban en lo más profundo de mi mente y a los que solo recurría cuando sentía mi mundo romperse en pedazos.
Esos que jamás admitiría en voz alta. Miré al exterior, donde se alzaba el Valenves, custodiado por una sombra lúgubre y tenebrosa, un reflejo casi idéntico de aquellos que habitaban en Nocturia.
El sol parecía estar dándole la espalda, renegado a mirar en todo lo que se había convertido: una tierra de nadie.
Una que le dio la espalda a su pueblo y ahora vivía aislada, aguardando el día en el que nuestros corazones aparcaran rencores.
Esperaba que, con mucha suerte, ese día no llegara jamás. Mi interior bullía de rabia, la enviaba por mis venas como veneno que me marchitaba y me ennegrecía la vista.
Desmontamos en el centro de Varnath y comenzamos a recorrer sus calles empedradas y nevadas, que serpenteaban entre edificios antiguos coloridos. Los aromas del mercado y las tabernas se entremezclaban, otorgando calidez al aire junto con el toque salado de las costas pesqueras.
La Torre del Consejo dominaba el horizonte. Al entrar, la penumbra parecía abrazarnos y el eco de nuestros pasos resonaba en las paredes de piedra. Subimos las viejas escaleras de madera, que parecían estar a punto de desaparecer, y llegamos a la Sala del Consejo.
La sala circular exudaba autoridad. Era un espacio amplio, coronado por una lámpara de cristal que parecía resguardar resquicios de magia.
Las paredes estaban adornadas con frisos que narraban la historia de Varnath, la ascensión de las familias fundadoras y la traición de los Arkenvoss.
En el centro, la mesa de obsidiana estaba rodeada de las seis grandes sillas, cada una con el emblema de una familia.
La silla de los Arkenvoss, sin embargo, siempre se encontraba vacía, estaba envuelta en sombras, como si el tiempo hubiera olvidado reclamarla.
Cada líder había tomado su lugar en la mesa y la reunión estaba a punto de comenzar. A diferencia del resto, yo me había colocado en una silla de madera alta en una de las esquinas.
—Es momento de comenzar —dijo mi madre. Hoy llevaba un vestido color jade que conjuntaba con sus ojos; era largo, de tirantes, relucía un escote de corazón y hacía un contraste perfecto con su oscura melena.
Desde que Viktor Arkenvoss había dejado de asistir a las reuniones del consejo, el resto de los fundadores se había visto en la necesidad de buscar un líder sustituto para las reuniones. Mi madre fue quien adoptó ese papel.
Comenzaron debatiendo aspectos menos triviales, como el cambio de precio en los aranceles, restricciones a oficios sin regular por el Consejo o nuevas adaptaciones a los gremios.
La economía de Varnath estaba dividida de manera que cada montaña tenía el monopolio de un gremio: Nocturia, que solían ser las fuerzas militares y cabeza del estado; Avelora, sector agrícola y ganadero; Ignavar, la gran forja; Vecthorn, carpintería; Zephyria, comunicaciones y comercio —proporcionaban mensajería entre montañas, por lo que si Ignavar necesitaba mercancía de Vecthorn, podían comunicarse en apenas segundos gracias a los canales de Zephyria—; por último, Eldoria, alquimistas y curanderos.
Cada montaña ponía a la venta sus productos en el Mercado Central de Varnath o, por el contrario, ofrecía sus servicios.
Desconecté de la reunión y mi mente viajó a un lugar oscuro, repleto de columnas en ruinas, ríos que relucían en tonos nunca vistos de azul y un barquero cruzando sus aguas. Fue la voz de mi madre la que me obligó a volver al presente:
—Ya sabemos que el fuego en la Montaña de La Forja se ha vuelto un tanto rebelde. ¿Los Ignasari habéis logrado encontrar una solución, Théodore?
—Eso creemos —afirmó Théodore, agotado—.
Si embadurnamos el hierro antes de forjarlo en los manantiales de Avelora, el fuego parece ser…
más dócil. Además, nos permite conservar las propiedades de nuestra aleación sagrada.
Pensamos que nuestras armas serán ahora más eficientes contra las sombras devoradoras.
—El rostro de Théodore, que parecía estar curtido en bronce, se había vuelto más pálido, tal vez fruto del poco descanso que había tenido esos días.
Sin embargo, las heridas que yacían en su cara días atrás parecían haberse curado al completo.
—Eso sería una buena solución permanente, si los Fluvii no estuviéramos sufriendo de sequía.
El agua de mi manantial se está volviendo turbia y, como si no fuera suficiente, mis cultivos comienzan a pudrirse.
—La usual expresión serena de Éloise se había tornado en un reflejo del desasosiego de Avelora.
Se llevó sus finas manos a su rostro, parecido al sándalo, en un intento de contener un suspiro.
—Nuestros árboles se secan. Cualquier cosa que fabricamos se raja. La madera es inútil. —añadió Lucien mientras se pasaba una mano por su cabello castaño salpicado de canas.
La sala se vio arrojada a un manojo de gritos, golpes y quejas.
Cada líder deseaba enmarcar las tragedias por las que estaba pasando su montaña, pero ninguno de ellos hacía ademán de escuchar al resto, solo se preocupaban por ellos mismos, por su pueblo.
Si el equilibrio no estuviera ya roto debido a los Arkenvoss, nosotros nos hubiéramos encargado de hacerlo pedazos y abandonarlos a su suerte.
—Nuestros vientos susurran, Camille. —Aurore rompió su usual silencio mientras su cabello rubio platinado parecía flotar en el aire—. Si deseamos restaurar el equilibrio de Varnath, se debe arreglar el equilibrio entre las familias.
—El equilibrio entre nosotros está perfectamente —gruñó Théodore.
Era mentira. Todos en aquella sala lo sabíamos.
—No entre nosotros, Théodore, entre los Arkenvoss y nosotros. —Los ojos de Aurore, que reflejaban el cielo nublado, se entornaron y parecieron tronar.
—¡Nada de esto habría pasado si ellos no hubieran deseado más y más! ¡Todo esto es su culpa! —Los ojos avellana de Lucien se habían tornado más oscuros debido a la exasperación.
—¿Cómo podemos hacer eso, Aurore? —añadió mi madre con un tono demasiado sereno. Lo suficiente como para sembrar el silencio en el consejo.