Capítulo 2
ADRIEN
E l Mainoît estaba repleto de Umbrae, todos ellos entrenando contra las criaturas que asediaban el Valenves. El estruendo de sus espadas resonaba a lo largo del campo, mientras sus voces de esfuerzo tenían el poder de hacer volar a cientos de Nocturix.
Sus armaduras emitían destellos fugaces de luz que iluminaban levemente el Valenves.
Aunque los Umbrae eran expertos burlando a la muerte, las sombras devoradoras suponían una verdadera amenaza, no solo para nosotros, sino también para nuestro pueblo.
Por eso ellos trabajaban día a día para mantener esa habilidad.
A pesar de que Nocturia yacía, en su mayoría, sumida en la oscuridad, también había días como ese en los que la niebla apenas impedía la presencia del sol, iluminando la cumbre con rayos vagos.
De normal, lo hubiese detestado, pero me permití disfrutar del deleite doloroso cada vez que la luz acariciaba mi piel.
Devoré un cuenco de cerezas mientras Vortex se encargaba de engullir sus huesos, emitiendo sonidos desagradables.
Sus ojos carmesíes brillaban con expectación, esperando otro de ellos.
Vortex no era, que digamos, muy paciente, por lo que me pegaba fuertes cabezazos exigentes o, directamente, se abalanzaba sobre el cuenco.
Desde mi balcón podía distinguir a mis tropas entrenando acompasadas, junto a Cassian, formando a los aspirantes. Centré mi atención en Laurent.
Admiraba su valentía al convertirse en un Umbrae, incluso a sus escasos diecisiete años.
No era lo habitual. La mayoría de aspirantes esperaban a cumplir veintiún años para presentarse al Rito del Umbracero, pero Laurent tenía claro que este era su año.
Las pruebas eran desafiantes y, aun así, él se volcaba en el entrenamiento, como si su vida dependiera de ello. En parte, así era.
Su melena rojiza estaba impregnada de polvo y restos de sangre que se deslizaban por su sien.
Los Umbrae lo habían derrotado en repetidas ocasiones durante el ejercicio, lo que explicaba su repentino mal humor.
Una vez finalizado el entrenamiento, Laurent y yo nos dirigimos al comedor después de escuchar las sonoras plegarias de nuestras tripas.
El pasillo parecía interminable. Sus grandes paredes escarlatas exhibían extravagantes retratos de los distintos líderes Umbrae a lo largo de toda la historia de Varnath. Unos frisos dorados elegantes contrastaban con las columnas y arcos negros que rodeaban el pasillo.
—Sabes que el entrenamiento me funcionaría más si fueras tú el que me entrenara —gruñó.
—Cassian es un buen entrenador. —Mi voz sonó firme. Laurent y yo teníamos la misma discusión día tras día y hoy no buscaba repetirla.
—No, no lo es. De ser así, los Umbrae no me derrotarían cada día —dijo mientras pateó una de las columnas negras.
—Estate quieto —le reñí con una mirada amenazante—. Los Umbrae te derrotan porque son más fuertes que tú, Laurent. Ya lo hemos hablado. Deberías centrarte en preparar las pruebas en vez de derrotar a tus compañeros.
—¿Y cómo se supone que voy a sobrevivir a La Caza Nocturna si no puedo ganar a un Umbrae? —Laurent elevó su tono de voz y sus ojos azules se abrieron más todavía. Podía sentir su frustración recorriéndome la médula.
—Es suficiente. —Alcé la mano, obligándolo a mantenerse en silencio—.
Los Umbrae no son tus enemigos. La Caza Nocturna no tiene como finalidad vencer a nadie.
—Comenzó a gesticular, decidido a rechistar.
Lo corté en seco—. No quiero escuchar ni una palabra más.
No me des razones para pensar que debo prohibir tu participación en El Rito por no estar preparado.
Entrena, practica y estudia, y pasarás las pruebas con facilidad.
Laurent me dedicó un gruñido que trató de disimular con una tos falsa y que yo decidí ignorar.
En cuanto giramos la esquina, el olor de la comida le hizo apartar su enfado y estuve a punto de sonreír cuando escuché que su corazón había comenzado a latir más despacio y su respiración se había vuelto regular.
Podía comprender su frustración por El Rito del Umbracero, El laberinto de sombras, La Caza Nocturna y El ritual de las Espinas.
Eran las pruebas más complicadas para convertirte en un Umbrae, pero si él lograba superarlas, las otras cuatro deberían resultarle sencillas.
No tenía de qué preocuparse y, aun así, yo no era capaz de deshacerme del nudo de nervios que crecía en mi estómago.
Mi mano tiró de las anillas que colgaban en la inmensa puerta de madera del comedor, conectadas a decoraciones serpenteantes metálicas negras que recorrían toda la puerta y su marco.
El comedor estaba repleto de Umbrae alimentándose. Les habían vuelto a cocinar carne guisada con hortalizas. Me gustaba bromear con las cocineras, argumentando que su plato sería capaz de disolver las tensiones con el resto de montañas. Ojalá fuese cierto.
Laurent no tardó demasiado en tomar asiento en la mesa que recorría todo el centro del comedor.
El suelo arenoso de mármol reflejaba la espalda de cada uno de mis soldados, junto con la luz tenue de las lámparas colgantes, creando sombras danzantes en las paredes de piedra.
El murmullo de conversaciones animadas y el tintineo de cubiertos llenaban el aire.
—Señor Arkenvoss —me llamó mi consejero—, la entrega Ignasari ha llegado.
La señorita Monteau lo espera en su despacho.
Dice que necesita negociar unas cláusulas de su acuerdo.
—La voz de Varin sonó aburrida, aunque seguía manteniendo su tono imponente.
Sabía perfectamente qué «cláusulas» necesitaba negociar Ewa.
Suspiré con agonía. No tenía ganas de aguantar a Ewa, en ninguna de sus facetas. Esperaba que hoy no fuera uno de esos días en los que creía que era mi novia.
—Está bien, Varin, vamos. —Comencé a seguir su delgado y largo cuerpo a lo largo del pasillo. Si no fuera por su larga melena negra, sería casi invisible.
Varin ejercía como consejero real en nuestra Corte. Su responsabilidad abarcaba todas las transacciones comerciales de Nocturia. Su vasto conocimiento en tácticas de intriga y estrategias políticas lo habían convertido en un recurso invaluable para mi padre.
—La señorita Monteau asegura que esta nueva entrega está mejorada. Creen haber arreglado el problema en la forja. Estas nuevas armas podrían ser algo útiles con las sombras devoradoras —me comentó.
—Ya sabes lo que opino de la palabra de la señorita Monteau —resoplé frustrado.
Tenía hambre, al menos con eso ella podría ayudarme—.
No vale nada. Si de verdad estas nuevas armas son útiles o no, lo decidiré yo.
—La puerta de mi despacho se abrió de golpe, dejándome ver a Ewa sentada en mi mesa, encima de mis papeles.
Solté un bufido y le dediqué una mirada fulminante indicando que se bajara de mi mesa. De inmediato.
—Diría que has herido mis sentimientos, Adrien, pero estoy acostumbrada a tu hostilidad. —Ewa me dedicó una sonrisa traviesa. Demonio. Era capaz de sacarme de mis casillas en cuestión de segundos. Por lo menos, el sexo era bueno.
Mi mirada se dirigió ahora hacia Varin, quien mantenía una expresión impasible en su pálido y afilado rostro. Se había acostumbrado a las escenas de Ewa casi tanto como yo, al punto de resultarle aburridas, incluso irritantes.
—Gracias, Varin, puedes marcharte.
Me dedicó una última mirada cautelosa y asentí, tranquilizándolo. Yo me encargaría.
Sin expresar ni una sola palabra, se marchó con su larga melena negra flotando por el pasillo.
—No tengo tiempo para juegos, Ewa. ¿De verdad estas armas me servirán contra esos bichos? —Ewa bajó brincando de mi escritorio. Por fin. A cada paso que daba, sus afilados tacones tronaban contra el suelo de azulejos negros.
Hoy había dejado su suave melena roja caer sobre su ajustado conjunto de cuero que remarcaba sus curvas. Se puso detrás de mí mientras acariciaba de manera suave mi espalda.
—Es una pena, tenía muchas ganas de jugar hoy —susurró en mi oído. Yo puse los ojos en blanco.
Volvió a colocarse delante de mí y esta vez rodeó mi cuello con sus brazos, acercándose cada vez más para depositarme un infecto beso en mis labios. Estaba seguro que me había manchado de su pintalabios rojo.
Conocía su juego mejor que nadie. Comenzaba con besos repulsivos y terminaba con ella en mi cama.
Aunque todos mis sentidos me obligaban a seguir mis instintos más primitivos, hoy no era el día.
Sus besos me parecían hediondos. Le dediqué una agria mirada, tratando de hacerle entender que parase o esta conversación no terminaría bien.
Sin embargo, o ella no parecía captarlo, o le daba igual.
Continuó acariciando mis hombros, bajando a mis pectorales y, poco a poco, a mi abdomen. Mi expresión se oscureció. Me estaba cabreando.
Le agarré firme por el cuello, ejerciendo la fuerza necesaria para que el aire no pasara por su garganta.
Volví a sentarla en mi escritorio y a dedicarle otra mirada enfurecida.
Sus comisuras se levantaron, reflejando una sonrisa demoníaca y victoriosa.
Una chispa en su mirada indicaba que disfrutaba del desafío. Bruja maquiavélica.
Entrelazó sus piernas en mi cadera. Era estúpida, de verdad pensaba que tenía lo que quería. Estampé su cabeza contra la mesa. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro, mientras en sus ojos se reflejaba una furia asesina. Bien. Por fin empezábamos a entendernos.
Mi rostro se inclinó para acercarse a su oreja:
—He dicho que no estoy para juegos, demonio.