La balada de los caídos (Erebus 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Traté de alcanzar mi canasto. No se encontraba lejos, pero la sombra se movía con una rapidez inhumana. Antes de que yo pudiera siquiera moverme, ella ya estaba de nuevo sobre mí.

Algo extraño comenzó a emanar de ella, debilitándome lentamente.

Como si la poca vida que me quedaba estuviera siendo arrebatada.

Mis ojos se tornaron blancos y mi cuerpo se volvió rígido como el suelo al que me agarraba con tanto ímpetu.

Estaba desesperada y apenas podía pensar con claridad.

Ese bicho parecía absorber toda luz del entorno.

Giré mi cabeza y me encontré la daga brillando, llamándome.

Intenté agarrarla, pero se escabullía de mis dedos.

Estiré mis dedos hasta que creí que se desgarrarían de mi cuerpo.

Un grito de auxilio quebró mi garganta mientras me enredaba con las raíces que se interponían en mi camino.

La criatura comenzó a arañarme el cuerpo con sus garras frías y espeluznantes y las lágrimas me empañaron el rostro.

Me revolví de su agarre sin éxito y, antes de poder volver a intentarlo, me empujó y salí volando.

Mi cuerpo daba volteretas en el aire y caí en un golpe sordo que hizo temblar mis huesos.

Aturdida y dolorida, volví a abrir los ojos cuando la sentí de nuevo sobre mí.

Giré mi cabeza hacia todas las direcciones tratando de localizar la daga, que estaba a escasos centímetros de mí, centelleando, llamándome.

Casi parecía que estaba exigiendo que la usara.

Volví a estirar los dedos y conseguí agarrar la daga y clavársela a la sombra. Una humareda brotó del orificio donde la clavé junto a una peste rancia y putrefacta. Parpadeé varias veces sin terminar de comprender qué estaba sucediendo. Estaba confusa, impotente, desesperada.

La sombra agarró mi rostro con unos dedos flácidos, casi muertos, y yo batallé por contener las náuseas.

Unas lágrimas repletas de rabia bañaron mis ojos mientras me revolvía, intentando liberarme de su asqueroso agarre.

Pataleé, mordí y grité; no obstante, todos mis golpes la atravesaban sin provocarle apenas dolor.

Tal vez estaba equivocada y realmente ese sí sería mi final.

—La profecía, niña. ¡Oh, sí, la profecía! No puede cumplirse, conejito. —Una voz espectral brotó de ella, de ese monstruo—. Ella estará furiosa. ¡Oh, sí, muy furiosa!

—¡¿De qué leyenda hablas?! —grité frenética, casi demente—. ¡¿Quién es ella?! —Mi voz sonaba ronca, los gritos se disparaban de mi garganta mientras la ira se apoderaba de mí y me cegaba. No la entendía. No entendía qué quería. ¿Quería matarme? ¿Asustarme?

—¡¡¿Qué quieres?!! —grité todavía más fuerte y entonces acercó su rostro al mío.

—Ella ha trabajado mucho. —Su putrefacto aliento rebotaba en mi rostro, revolviéndome las tripas y el tono mordaz con el que hablaba me enfurecía todavía más—. Vigila tus espaldas, conejito, ella viene a por ti.

Y, con eso, se disipó. Como si nunca hubiera estado aquí, como si no me hubiera atormentado los últimos minutos.

Con el corazón acelerado y los músculos aún tensos por el enfrentamiento, bajé lentamente la daga mientras observaba atónita el lugar donde, hasta hace segundos, se encontraba la sombra devoradora.

El aire del bosque seguía siendo pesado, apestaba a muerte y, a pesar de la extraña victoria, me recorrió un escalofrío.

Intenté llenar mis pulmones de aire. Sofocada por la peste, me agarré el pecho como si temiera haber muerto.

Me había dejado vivir. La misma criatura que había llevado a la muerte a cientos de habitantes de Varnath, me había dejado libre. A mí. Y no podía dejar de preguntarme el porqué.

Al menos, ya no estaba sola.

Sentí el regreso de las Elyndras, susurros de las hojas y pequeños ruidos en la distancia. El bosque parecía respirar de nuevo, todavía vigilante ante una sensación de peligro inminente.

Me quedé allí un momento, jadeando, tratando de calmarme, de comprender lo que acababa de suceder. La sombra había mencionado una profecía y «ella» ¿Quién o qué era «ella»? Las preguntas me llenaban la mente y no tenía respuestas. Odiaba ese sentimiento.

Comencé a escuchar pasos a lo lejos, mientras mi cuerpo seguía en el suelo, lleno de barro, y mi cabello colmado de hojas. Daba asco, pero no me importaba. Fuese quien fuere que pasaba por aquí, tendría mayores preocupaciones.

Traté de estirar mi cabeza y vislumbré una familiar melena dorada que estaba cada vez más cerca. Maldije en silencio y recé a Aeliana todas las oraciones que conocía. No sirvió de nada. Sus ojos azules me observaban desde arriba y brillaban con ese toque asesino que tanto conocía.

—¡Vaya! —replicó burlón—. ¿Qué tenemos aquí?

—Señor Duddle —saludé con una fingida cordialidad.

—Veo que, por fin, la mierda se junta con los de su especie. —James enmarcó mi aspecto con el dedo. Deseaba mordérselo hasta hacérselo papilla y escupírselo en su tallada cara de arrogante.

—¿Te gustaría unirte? —le ofrecí—. Creo que este es el mejor lugar para ti.

James pasó por mi lado, pisándome el pelo con su bota rota y llena de barro. Joder, apestaba. Esa bota tenía más que barro. Grité ante el dolor y deseé que lo partiera un rayo en ese mismo instante; o que se lo comiera un brumario. Me servía cualquier cosa.

—Cabrón arrogante —musité mientras me puse en pie, ignorando mi cuerpo dolorido. Todo mi sistema se había encendido debido a la rabia y lo que no había podido pelear antes, deseaba hacerlo ahora.

—Puede que tu familia sea la que gobierna ahora, Marie —escupió—, pero no olvides que sigues siendo una pobre miserable a la que apenas le llega el dinero para comprar el pan; y cuando caigas, yo estaré allí para terminar contigo.

Dudaba en si comportarme como una verdadera dama y mandarlo a arder en la hoguera de manera delicada, o ceder a mis impulsos y arrancarle los ojos. Deseé ser capaz de hacer las dos cosas.

Lo aparté a un lado con un codazo para coger mi canasto. La mitad de frongos estaban pisados o perdidos por el bosque. No me esmeré en recogerlos, no quería pasar ni un segundo más en ese lugar, mucho menos con esa compañía.

—Le sugiero que tenga cuidado, señor Duddle. —Fingí una sonrisa cordial—. No le gustará descubrir las cosas que pasarían si intenta destruir a mi familia.

James me agarró del brazo antes de dejarme marchar.

—Me gustaría ver cómo lo intentas. —James me fulminó con la mirada mientras soltaba mi brazo de un manotazo—. No tengo muy claro qué podría hacerme una Sylvari sin poderes.

Oculté mi indignación ante semejante ataque. Sabía de sobra la decepción que suponía para mi madre, pero nadie más se había atrevido a mencionar el asunto en voz alta.

Le escupí con toda mi saliva disponible y regresé a casa. Mi madre tendría que conformarse con las pocas cosas que quedaron en mi cesta.