Capítulo 1
MARIE
D icen que cuando el Fuego Eterno temblaba era porque los dioses antiguos susurraban advertencias que solo los heridos y los locos podían oír. A pesar de no ser nada de eso, mi cuerpo parecía estar empeñado en intentar entenderlo.
Théodore se había quemado. Otra vez. Cada vez que venía, sus heridas y las de sus herreros eran peores que las anteriores.
El Fuego Eterno, ese que una vez obedeció a los Ignasari, ahora se rebelaba como si tuviera voluntad propia.
Molí salvia en un mortero empapado de aceite, mientras el olor a romero y caléndula se colaba por cada grieta de mi casa y envolvía las quemaduras de Théodore.
—No he sido yo —gruñó—. El fuego cada vez es menos manejable y nos complica herrar —añadió con un suspiro que reflejaba agotamiento—. Gracias. Si no fuera por los Sylvari, todos mis Ignasari estarían abrasados.
—Tranquilo, Théodore. —Lo tranquilizó mi madre—. Solo espero que ahora no te aparezcan dos dedos de más. —Mi madre esbozó una sonrisa traviesa y sus ojos verdes, los mismos que yo había heredado, se iluminaron con un toque juguetón—. Justo ahí, entre el índice y el...
—¡Por la Bruja del Alba! —interrumpió Théodore, incorporándose de un brinco—. ¡Más te vale que no, Camille, o te abrasaré esos largos cabellos negros, aunque sea lo último que queme! —Agitó su bastón con ímpetu y se dirigió a la puerta.
Mi madre y yo estallamos en una carcajada que hizo que Théodore frunciera todavía más sus pobladas cejas castañas.
—¿Recuerdas el tratamiento? —le pregunté entre risas.
—Sí, sí. Embadurnarme de aceite y hojas de esas dos veces al día. —Una vez fuera, el radiante sol iluminó su bronceado rostro, acentuando sus cicatrices—. Me voy, mujeres. Cuidaos. —Théodore guiñó un ojo y cerró la puerta tras él.
Me giré para mirar a mi madre, quien todavía mantenía una expresión burlona.
A pesar del caos en el que se estaba convirtiendo Varnath, apenas parecía estar preocupada.
Aunque Eldoria no había sufrido ningún ataque de esas sombras devoradoras, las montañas vecinas ya habían tenido que enfrentarse a ellas.
Los Ignasari nos habían proporcionado dagas y flechas forjadas con el Fuego Eterno, capaces de acabar con cualquier extraña criatura; no obstante, por alguna razón, el hierro de la Forja no parecía afectarles lo más mínimo.
—Marie, siéntate —me pidió.
Recogí el vuelo del vestido que caía sobre mis pies y me senté. Mi madre cogió mi melena blanca y la acomodó en mi espalda. Mientras el cepillo me recorría mechón a mechón, mi madre me advirtió:
—Aunque las sombras devoradoras todavía no han llegado al Bosque Espectral, no tardarán en hacerlo.
Y nadie, ni siquiera las criaturas que lo habitan, serán capaces de impedir el mal que desean realizar.
—Las manos de mi madre se movían con sutileza mientras cepillaba mi cabello.
Su voz todavía sonaba relajada. Aun así, pude percibir cierta preocupación en ella.
Ignoré el sentimiento que me estrujaba el corazón, el mal augurio que me calaba los huesos y me dejaba un sabor agrio en la boca.
—Debería ir a los Campos de Luminis por un poco de salvia y caléndula. —Fingí una sonrisa modesta y me levanté deprisa. Necesitaba un poco de aire y librarme de la sensación pesada que se había asentado sobre mis hombros—. Los Ignasari han acabado con todos nuestros suministros.
—Es una buena idea —coincidió mi madre.
Giré mi cabeza para encontrar su rostro y dedicarle una tierna sonrisa. Ella acarició mi espalda y volvió para seguir preparando brebajes.
Las plantas que crecían en el Bosque Espectral eran capaces de curar cualquier herida, por grave que fuera, en cuestión de un día, pero desde hace poco la magia que se encontraba en ellas parecía estar apagándose.
Era como si el Bosque Espectral comenzara a presentar grietas.
Donde antes se encontraban luces deslumbrantes y vivas, ahora habitaba una tenebrosa oscuridad que arrasaba con todo a su paso.
Tomé mi capa marrón de seda, salí de casa y, a medio camino, tuve que volver a por mí canasto de mimbre. Una vez lista, puse rumbo a los Campos de Luminis.
✽✽✽
La melodía de los pájaros y las hojas siendo golpeadas por la suave brisa eran música en mis oídos. El olor de la tierra húmeda y el musgo se mezclaba con un dulce pero ácido aroma floral de las Elyndras.
Las pequeñas criaturas volaban a mi alrededor, pintando el bosque de sus colores vibrantes y dejando un rastro de polvo púrpura y turquesa que combinaba con los tonos verdes de los pinos y los eucaliptos, que parecían alcanzar el cielo.
Sus diminutos cuerpos brillaban con una luz suave y cálida.
Sus alas, transparentes y puntiagudas, emitían un resplandor suave en colores que variaban del azul al dorado.
Unos ojos grandes y curiosos se posaron frente a mí, reflejando la luz que emitía su enano cuerpo peludo. Las Elyndras flotaban y se desplazaban con gracia, alejándose de mí, mientras formaban diminutas constelaciones de luz rosada en el aire.
Continué mi camino con una sonrisa en la cara; cruzarte con ellas siempre te calentaba un poco el corazón y me acerqué a un tronco donde habitaba una colonia de frongos.
—Veamos… Frongos para los cortes abiertos.
—Saqué una daga de mi canasto y comencé a cortarlos uno por uno.
Cada uno de ellos tenía un color y tamaño distinto: azules, con forma de almendra; morados, con forma de pelota; naranjas, parecidos a las fresas…
Cuando ya había cortado por lo menos siete, me dirigí a la siguiente planta de mi lista: Caléndula.
Apenas pasaron unos segundos cuando una mística bruma comenzó a acechar en el bosque.
Cubría el suelo húmedo y musgoso, ocultando raíces retorcidas y arbustos exóticos.
Ascendía en columnas finas que se enroscaban alrededor de los troncos de los árboles antiguos, como si estuvieran abrazando su corteza.
Se podía palpar la magia en el aire. A pesar de estar familiarizada con ella, se sentía distinta, más poderosa, más oscura.
Al adentrarme en ella, se escuchaban susurros distantes que se filtraban entre los árboles, voces que desaparecían tan rápido como llegaban.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Como si alguien estuviera detrás de mí. Como si algo acechara. Me giré tan rápido como pude, pero no había nadie allí. Nada.
Negué con la cabeza y continué con mi camino. Tal vez las historias del resto de las montañas me estaban afectando demasiado. Al fin y al cabo, no habían llegado criaturas a Eldoria.
Todavía.
Mi cabeza libraba un debate sobre si continuar avanzando o volver a casa.
Conocía estos caminos demasiado bien como para perderme y estaba segura de que eso no serían más que ridículas especulaciones mías.
Aun así, a cada paso que daba, seguía intentando convencerme de que todo estaba bien, incluso cuando un miedo paralizante habitaba en los recovecos más profundos de mi cabeza.
«Seguro que había sido una Elyndra», me dije a mí misma. Eran criaturas juguetonas y les gustaba gastar bromas, pero la presencia de una Elyndra nunca había sido tan cargante. Tan escalofriante. Tan… oscura.
El olor a bosque era tan intenso que me ahogaba, parecía corromper el aire. La niebla comenzó a tornarse opaca y densa. El ambiente se volvió tan pesado que me costaba respirar. Abracé mis brazos, buscando algo de calor y consuelo.
Percibí el brusco movimiento de las hojas a mi lado. Se movían como si un fuerte vendaval las estuviera agitando a pesar de no haber viento. Ni siquiera para mover un solo mechón de mi cabello.
Un extraño humo verde seguía su movimiento y traté de enfocar mi vista para descifrar quién estaba allí, acechándome, y, de nuevo, no había nadie. Pero sí había algo .
En apenas un parpadeo, una extraña sombra se abalanzó sobre mí y, con la fuerza de mil golums, me derribó rápidamente. Traté de recobrar la compostura sin éxito, todo mi cuerpo seguía entumecido por el impacto.
La sombra voló sobre mí rápidamente. No era humana, estaba claro, pues era amorfa y no tenía rostro. Destacaban dos grandes ojos verdes brillantes que parecían flotar en toda esa oscuridad. Era silenciosa, apenas emitía ruidos al moverse, como si no existiera.
Cada vez estaba más cerca. Con su rostro casi pegado al mío, sentí que me desvanecía, como si por instantes mi corazón se rindiese, negándose a continuar latiendo.
Un miedo profundo, que me paralizaba, se apoderó de mi cuerpo. Apenas podía respirar. Inspiraba con fuerza al sentir mis pulmones vacíos, me ahogaba, y no podía hacer nada para detener tal molesta emoción.
Intenté gritar. No me salía la voz, solo unos cuantos murmullos reducidos a extraños sonidos incoherentes.
Podía escuchar el rápido latir de mi corazón, que me ensordecía, trepando por mi tráquea, ansiando salir de mí. Me ardía tanto que amenazaba con consumirme y reducirme a cenizas.
Un agudo sonido retumbó en todo el bosque y todo a mi alrededor se marchitó en cuestión de segundos. Las flores se volvieron negras, las hojas comenzaron a tornarse tristes. Ya no quedaba rastro alguno de ninguna Elyndra, ni de alguna criatura que aguardara en estos bosques.
Era la muerte personificada.
El sonido era tan agudo que parecía haber obligado a mi corazón a dejar de latir. El mundo estaba paralizado, más oscuro. No parecía el mismo lugar, sino más bien un paralelismo mortal.
Busqué con desespero un arma, algo con lo que atacar a ese ser.
No encontré nada de utilidad. Aunque eran mi única opción, un par de trozos de madera no serían suficientes para derrotarla.
Si realmente esos bichos habían conseguido derrotar a los Ignasari, yo estaría más que descompuesta en cuestión de segundos.
Fue entonces cuando caí en la cuenta. Mi daga estaba forjada con hierro de Ignavar; estaba hechizada. Tal vez, con una ínfima posibilidad, podría salir con vida.