La balada de los caídos (Erebus 1) Prólogo
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La balada de los caídos (Erebus 1)

La balada de los caídos (Erebus 1)

Por Judith Kramer

© inepub.com

Prólogo

A cababa de condenar a su propia hermana. La había traicionado, como aquellos que se enfrentaron a su furia esa misma noche.

La bruja creía que estaba haciendo lo correcto.

Pensaba que sus acciones harían de Varnath el valle seguro que era antes.

Esperaba que, algún día, su hermana olvidara que todo eso había pasado y volviera a ser la joven que recordaba, con una sonrisa brillante, que veía la bondad incluso en aquellos que habitaban en la más aterradora oscuridad. Esperaba que ella la perdonara.

Por eso, cuando iba camino a declarar la victoria, entre el oscuro bosque donde la brisa agitaba enfadada sus delicadas ramas y la niebla comenzaba a acechar como un depredador el momento idóneo para atacar a su débil presa, no se sintió capaz de huir del recuerdo tan traicionero que llevaba persiguiéndola desde que abandonó el castillo.

Los llantos desconsolados de su hermana la atormentaban: resonaban entre los árboles, los pájaros imitaban su melodía y los animales danzaban a su ritmo.

Comprendió entonces que esa sería su condena y, por un momento, se sintió agradecida de que no igualara la gravedad de su pecado.

Lo que no sabía era que, en ese mismo momento, su hermana estaba consiguiendo nuevos aliados y que, llegado el momento, sus tropas se levantarían y conseguiría escapar de la prisión en la que se había visto forzada a vivir. Una que no estaba pensada para ella.

La bruja tomó asiento en una silla que no debía ocupar, en un edificio mundano que no le pertenecía, y declaró:

—Ya está hecho.

Los otros cinco presentes afirmaron, satisfechos y aterrados al mismo tiempo con sus acciones, y comenzaron su ronda de negociaciones. Todos ellos eran egoístas, reclamaban sin derecho, le exigían cada vez más, y se vio saturada. ¿Acaso no había hecho ya suficiente?

Ninguno lamentó su reciente pérdida ni le agradecieron por haberlos salvado, por escuchar sus súplicas otra vez y cumplirlas sin cuestionarlas. Eso la enfureció.

—¿Seguro que no podrá escapar?

Asintió, decidida a guardarse parte de la información, porque temía lo que harían los humanos con ella.

No dijo cómo había sellado las puertas de la prisión. No dijo que existiera una llave. Lo habría hecho de no ser porque ellos habían demostrado, en más de una ocasión, que eran codiciosos y anhelaban destruir todo aquello que encontraban.

Estaba decepcionada, furiosa. Los maldijo en secreto y recordó que solo quedaba una persona en la que podía confiar. Su valiente guardián, quien por el momento no era más que una voz en su cabeza. Una que todavía no había encontrado su lugar en Varnath.

—Cuando llegue el momento, ella será mía —le dijo su guardián—. Me aseguraré de que cumpla con su destino.

Eso la tranquilizó. Tenía claro que dejar el destino en manos desconocidas era peligroso, por eso mismo comenzó a elaborar su minucioso plan.

Decidió cumplir con el resto de peticiones a cambio de una única petición que ella realizaría llegado el momento, y ellos aceptaron. Sabía que esa sería la última vez que la verían, pues había pensado desaparecer hasta que pudiera liberar por fin a su hermana.

Se estrecharon las manos, sellando así el pacto, y la cuenta atrás comenzó.

Ninguno escuchó el repentino tictac del reloj.

El mismo sonido que los perseguiría a ellos y a su legado durante más de un siglo.

Cuando se percataran de la bestia que dormía bajo su cama, ya sería tarde.

Porque la ascensión de su hermana ya habría comenzado y sería la protagonista de sus pesadillas.

Vivirían con la constante duda de cuándo llegará el día, desearían estar muertos, llorarían y rogarían.

Pero el Dios de la Muerte tenía otros planes, porque ellos habían asesinado a su amada, y los haría cantar hasta que su último aliento dejase su cuerpo.

Esa será su venganza.

Todos ellos cantarán La balada de los caídos.