La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 21. Victoria
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21. Victoria

S i las palabras pudieran sostener el infinito, esa sería la definición del viaje de vuelta que hicieron a Santa Fe.

Imaginemos cien…, mil…, diez mil relojes de arena uno encima del otro y nosotros cayendo de uno a otro, pasando por los conductos estrechos una y otra vez y sintiendo una presión que a veces se hace insoportable, pero que no puedes evitar. Como si envejecieras y rejuvenecieras en segundos.

Vieron cosas muy bellas y espeluznantes durante el viaje: entrando y saliendo de los agujeros negros, viendo como nacían y morían estrellas, galaxias moviéndose como aceite en el agua. Como si fuera un ballet precioso en el que planetas nacen y mueren.

Los seis sabían que su destino estaba ligado a esos viajes.

La nave tocó tierra y se desintegró. Como si no hubiese existido. Los cascos, los respiradores…, todo se había evaporado.

La sensación inevitable de pesar mil kilos les dio igual. Estaban de vuelta.

Estaban en Santa Fe.

Estaban en casa.

La playa del Sultán, la misma que había sido testigo de mil aventuras y paseos familiares, les volvía a dar la bienvenida.

La tarde en Bona Fide era fría, pero el sol brillaba con fuerza en todo lo alto. Desde Etérea, habían creado un canal directo en el que un equipo médico pudo estabilizar los niveles y constantes de Paula y Alonso, que no dejaban de alabar y piropear a los médicos.

—¡Parece magia! —repetía una y otra vez Alonso—. Hace quince minutos no podía ni pensar, ni caminar… ¡y mírame ahora!

—¡Los milagros de la neogenética! —contestó el capitán Bebo.

Todas las cosas habían vuelto a su lugar en Santa Fe.

Poco después de su llegada se enteraron de que el asunto del robo del banco había quedado resuelto.

Los habían declarado inocentes. El comisario Cartagena y su ayudante detectaron que las cámaras de vigilancia habían sido trucadas y sustituidas por vídeos hechos aparentemente con inteligencia artificial.

Una vez terminado todo el proceso, el capitán Bebo quiso felicitar a sus nietos y a Carmina.

—Aún no sois conscientes de lo que habéis logrado.

Todos se miraron, cansados, pero con una pequeña sonrisa en la cara.

—Pero yo os pregunto: ¿qué habéis logrado realmente?

Telmo miró a sus padres, a Carmina y a sus hermanos.

—Lo más importante para mí es que conseguimos traer de vuelta a nuestros padres.

—Además de destruir el plan de ALBA —dijo Sammy.

El capitán Bebo asintió.

—Sí, eso lo hemos visto todos. Pero hay algo mucho más importante que esto. Cuando ya no podíais más, cuando creíais que todo estaba perdido, ¿cuál sería la lección?

—Que por muy fuertes que seamos, si no compartimos esa fuerza, no sirve de nada —dijo Mía.

El capitán Bebo sonrió. Esa nieta suya era brillante.

—Vértigo podrá atacarnos una y otra vez, pero a veces el verdadero enemigo está aquí…

—se señaló la cabeza— y aquí —sentenció poniendo la mano en el pecho—.

Nuestra lucha contra el miedo, la desconfianza, la soberbia, la vani dad…

, esa es la más importante. A veces es más complicado de derrotar que un Imperio del Odio como ALBA.

Los tres hermanos escuchaban emocionados a su abuelo.

—Vértigo podrá volver o no. El Imperio del Odio seguirá o será sustituido por otro. Lo más importante es que nadie pueda destruir vuestros principios.

El capitán respiró profundamente y miró a sus nietos con todo el amor que un abuelo puede dar.

—Las victorias no se miden por el número de derrotas infligidas al otro, sino por el número de corazones reparados, curados, renovados. Las mayores victorias son las que no se celebran, las que nadie ve y el mayor acto de bondad es aquel que se hace cuando nadie mira.

Paula y Alonso miraban a sus hijos emocionados. ¡Cuánta razón llevaba el capitán! Telmo, Mía, Sammy y Carmina. ¡Tan pequeños y sin embargo tan grandes!

—¡Quiero ir contigo a Etérea, abuelo! —dijo Sammy.

El abuelo sonrió. No podía estar más orgulloso y satisfecho de sus nietos, que habían conseguido superar algo que muchos adultos no hubieran podido conseguir.

—¡Os quiero con locura! —dijo, feliz.

La conexión terminó con la sensación agridulce que siempre deja una despedida. Pero el abuelo sabía que esas simientes que había ido sembrando en sus nietos eran pequeñas victorias.

Las que de verdad importaban.

Aquellas que no se enmarcan, ni se cuelgan en paredes, sino las que transforman almas y corazones.

Esas victorias son inmortales.