Epílogo. El imperio del odio
U n silencio que pesaba, incómodo, flotaba en el ambiente. El lugar era inmenso, y tétrico. Solo unos puntos de luz alumbraban a los miembros del Consejo Supremo que, sentados alrededor de una gigantesca mesa, miraban impasibles a Vértigo.
—Ha sido una vergüenza —dijo Omnio, uno de los líderes del Imperio del Odio—. Has vuelto a quedar en evidencia y has hecho el ridículo ante unos niños. Han destruido el trabajo de muchos años.
Vértigo no habló. Sabía que, dijera lo que dijera, lo único que haría sería enfadar más al Consejo y, en especial, a Omnio.
—Te hemos dado todo lo que has pedido, pero el odio que sientes te ciega de tal manera que lo utilizas como los humanos.
El odio, Vértigo, es una herramienta. Nosotros no odiamos.
Ese sentimiento es para los que son incapaces de controlar.
El odio es una energía, y lo importante es saber dirigirla.
El miedo puede controlar a una sociedad.
Pero el odio, amigo mío, puede llegar a organizar auténticos ejércitos.
Omnio miró a su alrededor y después volvió a depositar su mirada en Vértigo.
—Por lo que hemos podido comprobar, eres incapaz de controlar y dirigir algo tan primario.
El Consejo se puso de pie.
—La decisión es unánime. Exilio a tu propio pasado hasta nueva orden. Podrás ver y vivir todo tu pasado, pero no podrás tocar nada ni a nadie. Tú y tu pasado: no hay escuela más inhumana.
Los miembros del Consejo salieron de aquel inmenso y lúgubre espacio. Vértigo, que aún seguía de pie, apretó con rabia las manos y no pudo evitar decir en voz alta unas palabras que sonaron a presagio y a maldición.
—El exilio será para mí una escuela inhumana…
El infame apretó aún más los puños.
—Pero os aseguro que yo seré su mejor alumno.