20. Una ayuda inesperada
C inco segundos en la vida de una persona pueden parecer algo insignificante, pero para Telmo, Mía, Carmina, Sammy, Fogg, Passepartout y Aouda fueron una eternidad.
Los anillos modulares de Telmo se desintegraron. Quedó libre en un instante. Telmo buscó a Fix, pero este ya no estaba.
La imagen de Vértigo, que había desaparecido esos cinco segundos volvió a aparecer. Su gesto iracundo lo decía todo.
—¡¡¡Qué demonios está pasando!!! ¡¡¡Que alguien me lo diga inmediatamente!!!
Una sensación de vacío colectivo inundó la enorme sala, entonces una gran masa comenzó a formarse en el aire. Una masa que al principio no tenía forma, poco a poco se fue aclarando hasta que se vio perfectamente quiénes eran.
—¡¡¡Abuelooo!!! ¡¡¡ Valentinaaa!!! —gritaron los hermanos Lobo y Carmina.
Aouda, Fogg y Passepartout no podían creer lo que estaban viendo.
El capitán Bebo y Valentina Luz flotaban delante de ellos en una enorme bola. Las caras de desconcierto de Fedallah y de John el Largo eran tan elocuentes que no hacían falta palabras. Vértigo estalló en cólera.
—¡¡¡Cómo os atrevéis!!! ¡Cómo habéis conseguido burlar mi seguridad!
El aire se cargó de una energía imposible de soportar. Vértigo comenzó a respirar de una manera irregular, como si le faltara el aire. Sabía que, si el capitán Bebo y Valentina Luz estaban allí, sería por algo terrible. Terrible para él y ALBA.
El capitán Bebo miraba serio a su enemigo, consciente de la importancia del momento.
—Llevamos mucho tiempo preparando este momento. Demasiado, quizá. Esto debería haber sucedido hace mucho. Pero nunca es tarde. Hoy comienza el final de ALBA. Se acabó, Vértigo. Se acabó provocar tanto dolor, tanta miseria a millones de personas.
Vértigo se puso de pie y apretó los dedos, tanto que sus nudillos se blanquearon.
—¡De qué estás hablando!
—Del regulador del tiempo, a quien prefiero llamar Ciro, como mis nietos. Aunque te dijeron que fue una creación vuestra, no lo es. Lo infiltramos hace mucho tiempo. Hemos tenido que sufrir en silencio mientras ejecutaba planes que tú le ordenabas a él o a robots como Fix.
A Vértigo le faltaba el aire. Que su mayor enemigo, el abuelo de los hermanos Lobo, hubiera infiltrado a alguien en su equipo era algo que destrozaba su orgullo y su arrogancia.
—¡Imposible! ¡Nadie se ha atrevido jamás a contradecir mis órdenes!
Valentina Luz se dirigió a los niños.
—No os podíamos decir todo lo que estamos haciendo por seguridad. Cuando vuestro abuelo os dé la orden, podréis salir.
—¡¿Salir?! —bramó Vértigo—. ¡De aquí no sale nadie!
La imagen del capitán se hizo más grande.
—Telmo, ¿recuerdas la canción del canguro que os cantaba cuando erais pequeños?
Telmo entendió que aquello era un mensaje. Recordó al momento la canción que decía:
Un canguro
saltaba sin parar
en el campanario
de la catedral.
Telmo asintió mientras abrazaba a sus padres. Luego su abuelo insistió con otro mensaje.
—Bien, recuérdala cuando me toque contar.
Los tres hermanos se miraron y comprendieron al instante el mensaje encriptado del abuelo. Cuando jugaban al escondite y el abuelo decía: «Me toca contar», los demás salían corriendo a esconderse.
—Hasta nunca, Vértigo —sentenció el capitán—. Espero que el daño que has hecho durante tanto tiempo te persiga hasta el último de tus días.
El capitán Bebo miró el Octógono y dio la orden.
—Cuando quieras, Ciro.
—¿CIRO? ¡¿CÓMO QUE CIRO?! —gritó el infame.
El núcleo del Octógono comenzó a vibrar y pasó de un color claro a un oscuro profundo en una fracción de segun do.
En cada uno de los lados del enorme artefacto comenza ron a aparecer códigos y números.
Luego desaparecieron las ci fras y en cada lado de la figura geométrica apareció Ciro, con su forma de ojo inigualable.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que habías sobrevivido! —exclamó Mía, emocionada.
—¡Te desintegramos en Liverpool! ¡ Lo vi con mis ojos! —gritó Vértigo, desesperado.
El suelo comenzó a temblar y Ciro, por primera vez, habló. Habló con tanta fuerza que daba miedo.
—Olvidasteis destruir mi consciencia. Cuando entré en el sistema, me protegí. Pensasteis que acabando físicamente conmigo sería suficiente. Pero tu soberbia y tu chulería te cegaron.
El techo empezó a caerse a pedazos. El capitán Bebo gritó con todas sus fuerzas.
—¡Me toca contar! ¡Yaaa!
Telmo, ante la confusión general, llamó a la retirada.
—¡Vamooosss! ¡Todos fuera!
El Octógono comenzó a vibrar con mucha fuerza, mientras el lugar se iba descomponiendo.
Trozos de pared empezaron a caer, mientras fibras y cables se desprendían de las máquinas soltando chispas por todos lados.
John el Largo y Fedallah huyeron junto con la guardia pretoriana que debía custodiar la central.
Mientras empujaban las sillas de ruedas en donde iban sentados Paula y Alonso, Mía se giró a mirar el Octógono y se detuvo un segundo.
—¡Jamás te olvidaré, Ciro! —gritó con toda su alma.
El artefacto se había convertido en algo de un rojo intenso y desprendía humo y líquido. La voz de Ciro se escuchó por última vez.
—¡¡¡Nos volveremos a ver en otra vida, querida Mía!!!
La voz grave y rotunda fue lo último que se oyó antes de que reventara por completo. La posterior sacudida en los sótanos de ALBA fue brutal, y provoc ó que Aouda y Passepartout cayeran al suelo mientras una columna de hierro se desplomaba delante de ellos.
—¡¡¡Vamooos, vamooosss!!! ¡No os paréis, no os paréis! — gritó Telmo animando a todos, a pesar de lo que estaban viendo.
En la huida las alarmas sonaban por todas partes. El sistema de seguridad iba abriendo puertas aquí y allá. Fogg y Telmo empujaban las sillas de Paula y Alonso todo lo rápido que podían.
Una detonación reventó una de las paredes del corredor, que aprovecharon para escapar.
—¡Por aquí, por aquí! —ordenó Sammy.
El boquete que se había abierto los llevaba hacia una rampa empinada, que los conduciría hacia la salida. Paula comenzó a quejarse; aquello era demasiado para ella.
—¡No puedo más, no puedo más!
Telmo y Fogg empujaban con toda su alma las sillas de ruedas. Una serie de explosiones iban derrumbando el suelo tras ellos.
Al girar por el pasillo vieron que la luz de la calle estaba cerca, pero la onda expansiva de una última detonación los lanzó con fuerza hacia el exterior.
Telmo, magullado y mareado, se puso de pie como pudo.
—¿Estáis bien? ¡Mamá! ¡Papá!
Todos estaban vivos. Temblorosos, heridos y asustados, pero vivos. La adrenalina había conseguido que Paula y Alonso pudieran mantenerse de pie y abrazar a sus hijos.
Unos carruajes con caballos pararon para ayudarlos, momento que Telmo aprovechó para pedir ayuda.
—¡Llevadnos a la catedral, por favor! ¡Es urgente!
El carruaje llegó a la catedral y corrieron hacia las escaleras que los llevarían hacia el campanario. Si el capitán Bebo les había dado esas claves, alguien les estaría esperando allí.
Telmo lideraba el grupo, tirando de Paula como podía. Subir las escaleras de la catedral, a pesar de lo empinadas y difíciles, era el último esfuerzo que les quedaba por hacer.
Al llegar al campanario, allí estaba. Una burbuja transparente y dentro de la burbuja, la nave. Frente a la nave, Fix.
—¡Pensé que no llegaríais nunca! Vértigo descubrió vuestro cambio de rumbo y planeó una emboscada en el último momento.
No pude avisaros a tiempo. Tuve que idear un plan rápido.
Logré contactar con Etérea para que me ayudasen a despistar a Vértigo de modo que pudierais destruir el Octógono y salir ilesos.
Fix abrió la puerta de la nave para que pudiesen entrar.
—Dentro hay cascos especiales y sistemas cuánticos de navegación.
Sabéis que alterar el espacio/tiempo puede provocar el caos en el universo.
Para eso me eligieron. En este tema, soy el mejor.
Lo he dejado todo programado: solo tenéis que seguir las instrucciones que os he dejado en las pantallas de navegación.
Todos abrazaron a Fix.
—¡Gracias, amigo! —le dijo Sammy—. No te olvidaremos.
Fix sonrió y urgió a que subieran a la nave.
—¡Recordad, tenéis que seguir las indicaciones del navegador cuántico!
Fogg y Passepartout los abrazaron uno a uno, emocionados.
—¡Ha sido un honor vivir esta aventura con vosotros! ¡Espero viajar pronto a Santa Fe y conocer vuestra bella isla! —dijo Fogg mientras les ayudaba a subir.
—¡Ha sido lo más emocionante que me ha sucedido en la vida, gracias a vosotros! —dijo el francés, con la voz algo quebrada.
Aouda miró a Sammy, Mía y Carmina y les sonrió. Luego buscó a Telmo con la mirada y se puso la mano en el pecho.
—Ha sido un honor trabajar para vuestro abuelo. Sigue confiando en tu instinto.
Telmo le devolvió una sonrisa y puso la palma de su mano sobre el pecho.
Una explosión lejana les recordó que la central, el corazón y el cerebro del plan del Imperio del Odio en la tierra, tocaba a su fin.
Comenzaban a subir a la nave, cuando Telmo oyó unos pasos y el breve momento de entusiasmo se esfumó. Ahí estaban, a unos metros de distancia, Fedallah y John el Largo. El persa parecía un perro rabioso.
—Hasta aquí habéis llegado.
Fix se giró y los empujó a la nave.
—¡Dentro todos! ¡Ya!
Una vez todos estuvieron a bordo y cerraron la puerta, Telmo activó la barrera de defensa. El disparo de Fedallah impactó sin éxito en la barrera. La nave comenzó a elevarse, mientras que abajo Fix conseguía deshacerse de los esbirros de Vértigo con dos descargas de láser y Aouda los esposaba.
El impulso del aparato generó que el aire cambiara de color, creando una gran alfombra blanca bajo ellos.
La presión dentro de la nave era inhumana. Imágenes de todo tipo inundaron el interior. En la pantalla principal en grande se leía: Coordenadas Temporales , y debajo, CARGADO . Acompañado de un mensaje de Fix: BUEN VIAJE, OS ECHARÉ DE MENOS.
Tras unos segundos que se hicieron eternos, apareció una luz verde a toda pantalla y en el centro dos letras que no dejaban margen a la duda.
¡GO!
Telmo presionó el botón verde y, como en su primer viaje, sintió que algo grande, mucho más grande que ellos y que el universo, los succionaba hacia arriba.