La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 19. El octógono
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19. El octógono

E dimburgo los recibió con una e spesa niebla .

La li teratura universal hablaba siempre de la niebla de Edimburgo como algo inseparable, pero es que aquello superaba toda imaginación.

Parecía un ente vivo que se pegaba a la ropa para no desprenderse ni con el aire más caliente.

Además, a l igual que en Liverpool, el hollín era terrible, y suspendido en el aire, junto a la niebla, se convertía en una mancha que lo teñía todo.

Salieron de la estación de Waverley cansados. La noche había sido dura: habían dormido y comido poco.

Coches de caballos que iban y venían, atravesando la niebla, dejaban en el aire el sonido de sus herraduras con un ritmo obstinado, salpicando los charcos de lo que hoy era agua y ayer fue nieve.

Los siete cruzaron ateridos de frío un mercado en el que se apilaban manzanas, lechugas y pescados, mientras que un chaval vendía periódicos con un titular en el que Fogg era el protagonista.

El inglés miró de reojo el periódico, pero lo devolvió al instante.

Ahora su cabeza estaba centrada en algo mucho más importante.

A Telmo le pareció leer las palabras «robo» e «inocente», pero tenían preocupaciones mayores en ese momento.

Llegaron a un callejón y Telmo sacó el papel que le había dado Fix.

—Esta es la alcantarilla.

La abrieron y el hedor era insoportable. Todos habían leído en alguna ocasión algo sobre el «universo de las alcantarillas», los laberintos de túneles debajo de la ciudad. Pero una cosa era leerlo y otra, muy distinta, vivirlo.

—¡No sé si voy a poder soportar esto! —dijo Passepartout, mientras intentaba evitar una arcada.

—¡Hablad en voz baja! —murmuró Telmo—. El sonido viaja con mucha facilidad aquí abajo.

Habían conseguido unas lámparas de aceite y, al menos, el olor se mezclaba con el hedor y lo hacía llevadero por momentos. Varias ratas, que al iluminarlas dejaron ver sus ojos rojos, pasaron junto a ellos nadando por la inmundicia.

Fix les había dejado por escrito el lugar y las marcas que encontrarían dibujadas en las paredes, hasta encontrar una marca final que indicaría la entrada al Núcleo Central.

Telmo hizo una señal con la mano para que le siguieran y continuaron por una pasarela que cruzaba el túnel.

Los tres hermanos caminaban con decisión y solo una idea les servía de guía: salvar a sus padres.

Unos metros más adelante vieron una A de color verde fosforescente.

La A de ALBA escrita sobre la pared llena de musgo del túnel.

Siguieron las instrucciones que Fix les había escrito: quitaron un ladrillo que dejó a la vista un panel. Introdujeron las claves, códigos y diagramas. Nada más terminar de teclear el último número, una enorme compuerta, que llevaba mucho tiempo cerrada, se abrió ante ellos.

—¡Estamos dentro! —dijo Sammy en voz baja.

El lugar era inhóspito. La humedad se colaba hasta los huesos. Las paredes eran de piedra y unas antorchas daban algo de luz.

—Antorchas. Esto no me gusta nada —dijo Mía.

—Parece una antigua cárcel. Creo que nos han tendido una trampa —concluyó Aouda.

La sensación era muy desagradable. No solo era el peso de la humedad que era insoportable, sino el presentimiento de ser observado.

Todos guardaron silencio. El corredor era muy ancho y con una pendiente ascendente.

El techo estaba cruzado de enormes tubos que parecían las venas de un animal siniestro.

Las antorchas ayudaban a ver algo según iban avanzando. Telmo recordó a Ciro: si hubiese estado con ellos en ese momento, todo habría sido mucho más fácil. Sammy se acercó a una de las antorchas y la sacó de base.

—No sé vosotros, pero mi instinto me dice que nos estamos metiendo en la boca del dragón.

Como si hubiese estado ensayado, al terminar la frase, el gran pasillo se iluminó y una puerta metálica detrás de ellos cayó estrepitosamente bloqueando la salida.

Ante ellos se abrió una puerta corredera grande y desde la oscuridad se oyó una voz que hablaba con tono burlón.

—Vaya, vaya, vaya… Las ratas han caído en la trampa, tal y como queríamos.

Las dos figuras emergieron de la oscuridad. Los hermanos Lobo y Carmina sintieron náuseas al verlos. No necesitaban presentación para ninguno de ellos: Fedallah y John el Largo.

Fedallah caminó hacia ellos entre amenazante y altivo. John el Largo disfrutaba el momento desde la distancia.

—Qué ganas tenía de veros de nuevo. Me encanta reencontrarme con viejos amigos.

Telmo no quiso ser menos y fue a su encuentro.

—Veo que sois igual de aburridos que siempre. Esperábamos un recibimiento más importante. Queremos ver a nuestros padres inmediatamente.

El sarcasmo y el tono de Telmo no gustó nada a John el Largo, que carraspeó y escupió al suelo, recordando a todos sus modales de pirata. Fedallah seguía sonriendo. John era más transparente, lo veías venir. Pero el persa era peligroso. Detrás de esa sonrisa, uno nunca sabía qué podía esperar.

—Os habéis metido en un problema muy gordo al quitarnos el regulador del tiempo —dijo Fedallah—. Afortunadamente, ya es historia.

—Ciro —gritó Mía—. Se llamaba Ciro.

Fedallah soltó una carcajada.

—¡Ay, perdona, que me habían dicho que os habíais hecho muy amigos! —contestó burlón—. Lo siento mucho. Descanse en paz.

John el Largo avanzó unos pasos.

—A mí no me hizo ninguna gracia. Fuimos señalados por todo el mundo, y si hay algo que no me gusta es que me señalen.

El suelo sobre el que estaban los siete soltó una fuerte descarga que los tumbó.

—Continuaría soltando temblores sísmicos, si no fuera porque os tengo que entregar. Pero, creedme: después de que os haya entregado, le he pedido a Vértigo que me quiero encargar personalmente de vosotros.

Sammy se puso de pie de un impulso.

—Antes eras un cobarde y un don nadie, pero ahora veo que te superas.

Una segunda descarga en el suelo algo más fuerte volvió a tumbarlos violentamente. John el Largo, que estaba un par de pasos detrás de Fedallah, le llamó la atención.

—Te ha dicho el jefe que con cuidado. A ver si no van a llegar.

—¡Levantaos! —gritó Fedallah—. ¡Seguidme!

Los siete se levantaron a duras penas y siguieron a los dos esbirros. Passepartout, que caminaba junto a Sammy le suplicó.

—Sammy, guarda tu rabia para otro momento. Una descarga sísmica más y no sé qué será de nosotros.

El corredor los llevó a una zona con techos más altos, en los que había paneles digitales con mapas y logos del grupo ALBA. En la sala previa había una guardia pretoriana que en cuanto vieron a Fedallah y a John el Largo, se cuadraron. Telmo no pudo evitar sonreír amargamente.

—¿Se cuadran ante vosotros? ¡El mundo se ha vuelto loco!

Fedallah se detuvo un instante y se giró, enfrentándose a Telmo.

—Escúchame bien, Lobo. Ponte de rodillas.

Telmo lo miró como si estuviera loco y le sostuvo la mirada.

—Nunca me pondré de rodillas ante ti.

—Lo diré una sola vez más —dijo el persa, algo nervioso.

John el Largo se acercó.

—Basta ya, Fedallah. Tenemos que seguir.

—¡Cállate! —contestó, para luego encararse de nuevo con Telmo—. Ponte de rodillas o te arrepentirás.

Telmo lo miró retador, sin contestar. Entonces el persa sacó un dispositivo del bolsillo.

—Tú te lo has buscado.

Fedallah puso el dispositivo en la palma de su mano y a continuación la puso sobre la cabeza de Telmo, que comenzó a marearse. Hasta que se oyó un grito procedente del fondo.

—¡Bastaaa!

Cuando estuvo cerca, todos se quedaron fríos.

Era Fix, que los miraba muy serio. Fogg no podía creer lo que veía.

—¡Fix! ¡Maldito seas, tú también te has vendido! —gritó Fogg.

—Habéis tardado más de lo que pensaba —contestó Fix.

Telmo, desde el suelo, levantó la mirada, vencido. Fix lo había engañado. ¿Cómo había podido caer tan fácilmente? Se sentía tan culpable que era incapaz de pronunciar palabra alguna. Mía se dirigió con rabia al «inspector» .

—¿Por qué todo esto? ¿Por qué no nos cogisteis en Dublín o en el tren? ¿Por qué esperar tanto? —preguntó Mía.

—No seré yo quien conteste a esa pregunta. Seguidme, por favor —dijo Fix, que empezó a caminar hacia la puerta junto a los guardas.

—¡Dónde están nuestros padres! —exigió Sammy.

Telmo se detuvo.

—¡Basta! —gritó lleno de ira—. No pensamos movernos de aquí. ¡No vamos a seguir vuestro juego hasta que nos digáis dónde están nuestros padres!

Fix se detuvo en el umbral de la puerta y se giró hacia ellos.

—Seguidme y los veréis —contestó serio.

Mientras caminaba hacia la puerta, Telmo no hacía más que darle vueltas a todo. Su instinto nunca le había fallado, pero como su padre decía: siempre hay una primera vez para todo.

Al llegar al umbral de la puerta, entraron en una cámara.

Allí, Fix activó una clave y la inmensa pared que tenían delante se abrió por completo, dejando al descubierto una sala del tamaño de una catedral.

En el centro se encontraba un enorme Octógono que iba cambiando de color, como si tuviera vida propia.

Junto al Octógono había un cubo opaco. Siguieron caminando y, al acercarse, el cubo se abrió y dentro estaban Paula y Alonso.

—¡Mamááá, papááá! —gritaron los tres hermanos, que corrieron hacia ellos.

—¡NO LOS TOQUÉIS!

La repugnante voz de Vértigo se escuchó en cada rincón, para luego aparecer flotando, enorme y desagradable, encima del Octógono.

Paula y Alonso apenas tenían fuerzas para mover la cabeza. Sus miradas eran huecas y sin expresión.

Vértigo los observaba con una sonrisa diabólica.

—Por fin os tengo a todos ante mí. Ha sido de los juegos más divertidos que he jugado en mi vida. Debo reconocer que en algún momento me habéis sorprendido. Demostrasteis ingenio a lo largo de la novela, pero, desgraciadamente, el final estaba escrito.

Mía y Sammy lloraban, impotentes, al ver que no se podían acercar a socorrer a sus padres.

—¡Déjanos acercarnos a nuestros padres! —imploró Mía.

Vértigo volvió a sonreír.

—¿Sufres, pequeña? Eso es bueno. Nada mejor que aprender a sufrir desde pequeño.

Telmo dio un paso al frente.

—Por una vez en tu vida da tu palabra. Mis padres por mí. Libéralos y conéctame a mí los electrodos.

Vértigo dio una palmada y gesticuló con su dedo índice.

—¡Sabía que lo dirías! Como contaba con ello, no perdamos más tiempo. Desconectad a los padres y sentad a Telmo.

—¡No, Telmo, por favor! —gritaron Mía, Carmina y Sammy.

Telmo caminó con decisión hasta sus padres. Ayudó a soltarlos, mientras Fedallah, John el Largo y Fix los acercaban en unas sillas de ruedas a la posición de Sammy, Mía y Carmina.

Luego Fix volvió, y comenzó lentamente a atar a Telmo y a conectar los electrodos.

Le colocó unas esposas que llamaban anillos modulares.

Parecían grilletes de vidrio líquido, que en cuanto tocaron la piel de Telmo, se convirtieron en sólidos.

Aquellos grilletes parecían vivos, pues se contraían o expandían continuamente.

—Tú serás el primero. Luego irán tus hermanos y, finalmente, por traidora, se sentará Aouda —dijo Vértigo.

—¡Me diste tu palabra! ¡Déjalos en paz! —gritó Telmo.

—¿Palabra? ¿Quién te ha dicho que yo tengo palabra? —contestó el infame.

Fix estaba terminando de colocar los electrodos en la cabeza de Telmo cuando hubo una fluctuación de luz.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Vértigo, nervioso.

John el Largo y Fedallah miraron alrededor intentando comprender qué pasaba.

—No lo sé —respondió Fix, mirando a Telmo—. Ahora lo revisamos.

En ese momento, Fix le guiñó disimuladamente un ojo a Telmo, que hizo un esfuerzo sobrehumano por mantenerse quieto. ¡Fix estaba con ellos! ¡Su instinto había acertado!

La luz volvió a fluctuar una vez más, pero esta vez fue mucho más fuerte.

—¡Qué está pasando, Fix, maldita sea! ¡Qué está pasando! —gritó Vértigo, poseído.

Hubo una tercera sacudida y entonces se desencadenó el caos.